02 marzo, 2015

ALL I NEEDED WAS ECUADOR

ALL YOU NEED IS ECUADOR es el lema de esta lindura de país en medio del planeta. 
Yo no sé si sea lo que el mundo necesita, pero yo estuve tres semanas allá, recorriendo la Ruta del Spondylus y sí: todo lo que yo necesité para ser feliz fue Ecuador.
Este viaje comenzó como un intento desesperado por volver a Galápagos, había estado ahí hace por lo menos 10 años con mi madre y tenía ganas locas de volver y fotografiarlo con ojos y nuevos, más experimentados. Terminó siendo un encuentro conmigo, con mi lado más libre y silvestre.
Explico, en Venezuela se estaba decidiendo a qué tasa nos iban a dar los dólares -en mi país llevamos 15 años de control de cambio- y en el interín, me quedé sin aprobación. Pasaje comprado, itinerario incierto, poquísimas divisas en efectivo para viajar y un golpe de suerte, supe que los chicos de Algo Distinto estarían en Ecuador la misma fecha. 
Estuvieron encantados de recibirme y les propuse, tras investigar un poco, que hiciéramos juntos la Ruta del Spondylus que recorre toda la costa de Ecuador. Sonaba divino eso de acampar de playa en playa y no se necesita mucho dinero para hacerlo, sólo colaborar con la gasolina, la comida y llevar mi carpita para dormir en la arena.
Llegué un 26 de Enero a Guayaquil y me hospedé en el Tomo Hostal, una preciosura que conseguí tras mucho indagar, extraordinariamente bien ubicado, adorable y con una atención tan cálida como el clima de la ciudad. Cuando llegué agotada a la 1 de la madrugada y me recibió una sonrisa, supe que estaba en el lugar indicado.
Durante un par de días estuve con los muchachos, Gabo, Carmen y Luis Felipe, caminando por la ciudad, recorriendo el malecón, tomando cerveza fría en Las Peñas y fotografiando a las iguanas que coexisten por montones en medio de la urbe. También conocí el puente en Zig Zag, comí cangrejo con las manos, recorrí el paseo lineal y de noche me encontré una fuente iluminada de colores que bailaba al son de la música.
Me pareció linda Guayaquil.
Al tercer día agarramos carretera y comenzamos el periplo. Ya los chicos me habían comentado lo bueno de las carreteras en Ecuador, pero ni así dejé de asombrarme. Perfectas, enormes y bien señalizadas, se nota que el Gobierno de Ecuador comprendió que impulsar el turismo requiere que la gente pueda moverse sin problemas. 
Comenzamos la ruta por el sur, en un lugar que llaman Playas. Carmen, harta del frío, salió corriendo enloquecida al mar junto a Lupita su perrita pincher. Las tres dábamos brincos y celebrábamos entre las olas y las gaviotas. Al rato descubrimos que muy cerca estaba Engabao, bastante más solitaria y perfecta para irnos a acampar. En ese pueblito pesquero desayunamos pescado fresquísimo y nos bañamos horas en el Pacífico ecuatoriano. 
De ahí seguimos a Chanduy, donde nos encontramos con una playa que no nos gustó nadita, pero conocimos a un alemán divino que nos dejó andar por su casa.
Pasamos por Ancón donde Carlos aceptó hacernos almuerzo aunque ya había vendido todo y terminó dejando que su hijo Héctor nos llevara a una playa secreta llamada Mambra que resultó un paraíso increíble y donde nos encontramos con la osamenta de una ballena varada en la orilla.
Almorzamos en Salinas que es una casi ciudad ultra turística, para seguir hasta Ayangue, un pueblito tranquilo donde logramos colarnos en Playita Mia para acampar solitos. Lástima que dentro de muy poco será imposible entrarle pues están urbanizando sus alrededores.
En Montañita, la más cacareadamente popular de las playas en la Ruta del Spondylus, supe porque no soy turista, soy viajera. No me gustó para nada, demasiado turística, el ambiente me no era para mi y lo único que la salva fue el placer de encontrarme con mi amigo de la infancia Hans en su hostalcito Tepuy. Pero bueno, yo soy una ermitaña, si lo tuyo es rumbear y surfear, seguramente adores Montañita. Para mí,  Olón a menos de 15 minutos: enorme, preciosa, con servicios para campistas, y un ambiente muchísimo más tranquilo.
Más adelante nos pasamos el día en Ayampe, una playa maravillosa donde no permiten entrar carros para proteger a las tortugas marinas. La adoré.
En Puerto López nos pasamos dos noches para poder hacer el paseo a la Isla de La Plata, que la llaman la Pequeña Galápagos o el Galápagos de los pobres. Obviamente tenía que ir.  En Los Frailes también fuimos a pasar la mañana, es un trío de playas hermosísimas protegidas por el sistema de parques nacionales ecuatoriano. Maravillosas, impecables, se llega caminando de una a otra y cada playa tiene un color diferente. No se lo pueden perder por nada si andan por ahí. No pasamos más rato porque hubo que dejar a Lupe en el carro ya que no aceptan mascotas.
La verdad es que no se parece casi, pero pude ver tortugas marinas y piqueros patas azules para derretirme de amor natural.
En Canoa, una playa de las más turísticas, conseguimos una zona tranquila donde se acaban las posadas y comimos bolón frito que lo amamos.
En Cojimíes no conseguimos dónde acampar, pero los dueños de La Mapara nos permitieron entrarle a la playa por su posada y usar sus baños a un precio módico.
Mompiche nos encantó, ya por aquí la zona es muchísimo más verde que el desértico sur, el ambiente es relajado aunque abundan las posadas y restaurantes y conocimos a los chilenos que andan de Alaska a Patagonia desde hace dos años. A su lado está la deliciosa Playa Negra a la que puedes llegar caminando con la marea baja.
Para cerrar nos metimos por el corredor turístico Galera - San Francisco. Pasamos una noche en San Francisco donde hicimos un pargo de 5 kilos a la parrilla, nos comimos el pulpo más rico de la vida en Esteros de Plátano y nos pasamos dos días perfectos, idílicos en Playa Escondida, una posada de una canadiense llamada Judith que tiene una zona de camping absurdamente bonita y una playa gigantesca para suspirar.
De Ecuador amé el contraste entre los paisajes desérticos del sur que se van convirtiendo en selva exuberante hacia el norte. La felicidad de comer plátano en todas sus variantes: bolón (pidan el mixto que tiene chicharrón para que sepan lo que es bueno), corviche, maduro, empanada. Me enamoré del baile de las marea que cuando se retira deja desnudo al Pacífico reflejando el cielo sobre la arena. Amé a su gente amable, sonriente, siempre dispuesta a explicarte la dirección aunque no se la sepan. Me encantó el aire de crecimiento, de abundancia, de querer salir adelante, de estar orgullosos de su tierra. Amé al mar, siempre cálido, amable, amplio, hermoso.
Amé pasarme dos semanas descalza y sin sostén. Libre.
Adoré andar con Gabo, Carmen y Luis Felipe, amapucharme con Lupita y contagiarme de esa vibración aventurera y relajada que emanan, de ese impulso vital que los llevó a dejar todo atrás para recorrer lo desconocido en una kombi vieja. Los admiraba cuando supe que lo harían, los adoro ahora que me pasé una temporada con ellos. Me llevo en la piel el bronceado, en la barriguita los almuerzos de 2$ y los sánduches diarios de jamón y queso para desayunar, las noches de peli, armar y desarmar campamento con Carmen, cocinar con Luis Felipe, copilotear a Gabo y hacer fotos con los tres, perseguir a Lupe Libre a grito pelado. Que la última noche en el mar la pasáramos nadando con plancton.  Regresé llena de arena, sal y muchísimo amor.
All I needed was Ecuador.

18 agosto, 2014

LAS MONTAÑAS DE SANTIAGO

Salgo una la mañana del edificio enorme donde vive mi amigo Raúl en Santiago, me encuentro a una chica agachada frente a la grama y frente a ella una perrita salchicha toma el sol con los ojitos semi cerrados.
Me acerco.
Le hago un cariño a la pequeña y comento ¿Es viejita verdad?
-       Tiene 13 años.
-       Ay la mía duró 12, uno los quiere tanto.
-       Sabes, creo que le queda poco, está re enferma.
Le hago otro cariño a la pequeña y le digo que no sufra, volteo a ver a su dueña y le comento que es bueno comenzar a despedirse para que se vaya tranquila, que es duro, pero es lo mejor. Veo que comienza a llorar y le ofrezco un abrazo.
Ella se levanta y me abraza fuerte.
Lloramos las dos.
Sigo mi camino y no sé cómo se llaman ni ella ni la perrita.

Me pasa a menudo. La gente me cuenta, se abre conmigo, me regala instantes de intimidad tan bonitos. Los atesoro. Puede que sea un don, de a ratos me pesa, pero por lo general es sólo bonito y humano escudriñarle el alma a otro.

Creo que no conecté con Santiago. Me pareció una hermosa ciudad, especialmente por las montañas que la rodean, que si bien retienen el molesto smog, te dan la sensación de espacio natural y eso se les agradece. Me cautivó su historia repleta de cicatrices que aún sanan, su avasallante progreso, sus callecitas de casas bajas y bonitas, sus edificios enormes, sus parques y hasta el frío.  Pero hay ciudades con las que conectas y ciudades con las que no.
Estoy segura de que a Chile voy a volver porque esa visita al Cajón del Maipo con la maravilla turquesa que es el Embalse el Yeso me dejó con ganas de mucha más naturaleza chilena. Con ansia de explorar sus espacios abiertos, sus silencios, su vastedad.

Creo que llegué a Santiago a regalarle sonrisas del Caribe a mis compatriotas que ahora hacen vida en el sur. No vi a muchos, apenas unos pocos y en especial a cuatro.
Unos me agradecieron la risa
¿Es ese mi don? Saber sonreír. Alegrar. Ser optimista, positiva o como sea que eso se coma ¿Es abrirle el corazón a la gente? ¿El mío, el de ellos, ambos? ¿Es ser espejo? ¿Comunicar? Siempre he creído que es comunicar, pero entiendo de a ratos que para hacerlo he aprendido a escuchar, a ponerme en los pies de otros, a saber relacionarme y conectar con los sentimientos ajenos, a ayudar a desenredar el pabilo del sentir.

Emigrar es tan duro.
En la vida todos llevamos una maleta de recuerdos encima, pero cuando salimos lejos de casa parece que pesa más. Debe ser la sensación de que la cargas solito.
Durante mis días en Santiago agarré una de las asas de la maleta de Gabi, una hermana caribe que me regaló el destino y le permití verse en mis ojos para saber que todo va a estar bien, que ella tiene el poder de descargar parte del equipaje, seguir más liviana y ser feliz donde esté.
Pensé que Víctor venía a acompañarme a hacer fotos durante un día, pero tengo la sensación de que en su bonita soledad, fui yo la que le hice compañía un rato. O nos hicimos compañía. Al fin y al cabo es lo mismo.
A Raúl vine a verlo feliz, a darle la alegría de presenciar que ya todo pasó y que ese remanso de paz que lo acompaña es hermoso. Y merecido.
A Rei vine a verlo lanzarse, triunfar y a reírnos mucho juntos. Mucho, mucho, mucho.

No conecté con Santiago, pero conecté con la vida. Con el señor Reinaldo de Copa que me llevó a hacer una diligencia y hablamos largo mientras le invitaba la primera centolla que había comido en su vida. Con el taxista que ahora me sigue en Instagram y dice que lo mejor de Santiago es su carro. Con el que se mortificó horrores de que anduviera sola y se negó a dejarme en el edificio hasta que me abrieran la puerta. El que me recomendó con pelos y señales cómo ir al Yeso y qué hacer allá. Con la señora de limpieza del baño de Bellas Artes que me habló de las fotos que le habían gustado tanto y tenía que ver. Con los perritos callejeros gordos y con suéter. Con Luna que me contó de su padre ahogado. Con todo el que me permitió retratarlo. Con Andrés que se mataba de risa con mis venezolanismos y mi alegría de ver “picos nevados”. Con la pareja del kiosco en Santa Lucía, que la mujer se quejaba de que tenía que alimentarle al perro al señor y el señor aseguraba darle amor a cambio. Con el muchacho del Cerro San Cristóbal que me dejó cargar el teléfono en la barra. Con la chica de la perrita salchicha, el señor que vendía cámaras, el mesero del mercado y las dos venezolanas en Santiago que me fueron a buscar para conocerme.

Ahora que lo veo así ¿Será que sí conecté con Santiago y no me he dado cuenta?

Si quieres ver las fotos del periplo Mi Ciudad Tu Destino, entra ahí o en mi Instagram @arianuchis.

10 agosto, 2014

BOSTON, MI CIUDAD NATAL

Recuerdo claramente el instante preciso en que supe que volvería a Boston. Estaba en Panamá, reunida con todo el equipo de Mi Ciudad Tu Destino, ya sabía cuáles eran los países pero no las ciudades. Siendo Copa una aerolínea latina supuse que iría a Miami, Los Ángeles, de pronto NYC o Fort Lauderdale que acababan de abrir el vuelo. Pero no. Me tocaba Boston. Boston, mi ciudad natal. 
La que le regaló a mi madre un master y el sueño tantos años frustrado de tenerme. La que me permitió venir al mundo a través de las manos de un doctor amable que destapó la trompa que le quedaba a Valenta y la puso a trabajar. Boston, mi origen.
Hace 15 años, cuando me gradué del colegio me vine a conocer mi ciudad y pasar un año aquí, aprender inglés, ver otra manera de vivir y crecer un poco antes de comenzar a estudiar una carrera. Fue un año que definió mi vida. Tengo sentimientos encontrados al respecto. El tatuaje de la mariposa en la espalda simboliza esa metamorfosis, pero me fui de Boston con un sabor amargo en la boca. Fue un año duro. Durante mis últimos meses aquí sufrí la única depresión de mi vida. Sentí que había perdido el control, que necesitaba supervisión. Regresé. No terminé mis estudios de fotografía. 
Ahora veo atrás y creo que en 15 años nunca volví para visitar Boston porque aquí me asechaba oscurísimo el fantasma de la derrota.
Nunca me había detenido a pensarlo. Se avalanzó sobre mí pocos días antes de venir.
A punto de montarme en el avión de Medellín a Panamá para hacer la primera escala entré en pánico y comencé a llorar. El largo brazo de la tecnología me permitió no hacerlo sola, recibir una caricia a través de la pantallita y montarme ya más serena en el vuelo.
La gente de Copa en Boston me recibió con tal cariño que fue casi como si supieran que lo necesitaba. La sonrisa de Giselle, la brasilera maravillosa que me buscó en el aeropuerto y me llevó de paseo los dos primeros días fue una poción mágica anti miedo. También la de María Daniela, amiga querida de la red ignaciana que me recibió como familia en su hogar.
La ciudad me abrazó amable, cálida y soleada. Me pasé los primeros 4 días fajada revisando todos los daticos que me tocaba visitar. De a ratos me encontraba con flashes de memorias perdidas, esquinas que me hablaban, comidas que recordaba. Tuve muy presentes a mis primas Sensi y María Laura que compartieron la ciudad conmigo hace 15 años. 
Todo normal, todo tranquilo.
Pero el sábado desperté con una misión: buscar mi casa. 
El apartamentico, más bien la cajita de fósforos, en el 513 de Beacon St donde hice vida durante mi año bostoniano. Arranqué a caminar desde el Public Garden, que me traía todos los recuerdos del mundo. Eran varias cuadras y mientras me acercaba el corazón pegaba brincos desbocados. Sentía miedo, emoción, ansiedad ¿Lo reconocería?
Llegué a la esquina y el grifo se abrió de golpe. Pude verme, adolescente, rebelde y bastante perdida. Comencé a llorar, sin elegancia, sin pudor. Un llanto sentido que regresa de a poco mientras lo describo. Tenía que hacerlo, tenía que enfrentar el fantasma, abrazarlo, reconocerlo como parte de lo que soy y seré. Ahí estaba el fracaso, desnudo, revisitado, cercano y brutal.
Me senté en la escalera y lloré hasta que quise. 
Vi desde abajo la ventana de mis 18 años en el segundo piso, me pegué al vidrio de la puerta y observé las escaleras. 
Vi alrededor, respiré profundo, me tomé una foto y seguí camino como quien sigue su vida. 
María Daniela y su esposo Pino me buscaron, fuimos a hacer kayak y bañé mis penas río arriba en el Charles.
Ya está. 
Ya puedo volver, ya sé que lo que importa es que uno sigue su camino, guarda en un bolsillo lo que queda atrás y de vez en cuando se asoma a verlo con el cariño que le vamos tomando a nuestros miedos. Porque eso, lo oscuro, también soy yo.

Si quieren ver el viaje, los lugares y qué pueden visitar cuando vayan a Boston pueden revisar mi Instagram @arianuchis y el HT #MiCiudadTuDestino