18 agosto, 2014

LAS MONTAÑAS DE SANTIAGO

Salgo una la mañana del edificio enorme donde vive mi amigo Raúl en Santiago, me encuentro a una chica agachada frente a la grama y frente a ella una perrita salchicha toma el sol con los ojitos semi cerrados.
Me acerco.
Le hago un cariño a la pequeña y comento ¿Es viejita verdad?
-       Tiene 13 años.
-       Ay la mía duró 12, uno los quiere tanto.
-       Sabes, creo que le queda poco, está re enferma.
Le hago otro cariño a la pequeña y le digo que no sufra, volteo a ver a su dueña y le comento que es bueno comenzar a despedirse para que se vaya tranquila, que es duro, pero es lo mejor. Veo que comienza a llorar y le ofrezco un abrazo.
Ella se levanta y me abraza fuerte.
Lloramos las dos.
Sigo mi camino y no sé cómo se llaman ni ella ni la perrita.

Me pasa a menudo. La gente me cuenta, se abre conmigo, me regala instantes de intimidad tan bonitos. Los atesoro. Puede que sea un don, de a ratos me pesa, pero por lo general es sólo bonito y humano escudriñarle el alma a otro.

Creo que no conecté con Santiago. Me pareció una hermosa ciudad, especialmente por las montañas que la rodean, que si bien retienen el molesto smog, te dan la sensación de espacio natural y eso se les agradece. Me cautivó su historia repleta de cicatrices que aún sanan, su avasallante progreso, sus callecitas de casas bajas y bonitas, sus edificios enormes, sus parques y hasta el frío.  Pero hay ciudades con las que conectas y ciudades con las que no.
Estoy segura de que a Chile voy a volver porque esa visita al Cajón del Maipo con la maravilla turquesa que es el Embalse el Yeso me dejó con ganas de mucha más naturaleza chilena. Con ansia de explorar sus espacios abiertos, sus silencios, su vastedad.

Creo que llegué a Santiago a regalarle sonrisas del Caribe a mis compatriotas que ahora hacen vida en el sur. No vi a muchos, apenas unos pocos y en especial a cuatro.
Unos me agradecieron la risa
¿Es ese mi don? Saber sonreír. Alegrar. Ser optimista, positiva o como sea que eso se coma ¿Es abrirle el corazón a la gente? ¿El mío, el de ellos, ambos? ¿Es ser espejo? ¿Comunicar? Siempre he creído que es comunicar, pero entiendo de a ratos que para hacerlo he aprendido a escuchar, a ponerme en los pies de otros, a saber relacionarme y conectar con los sentimientos ajenos, a ayudar a desenredar el pabilo del sentir.

Emigrar es tan duro.
En la vida todos llevamos una maleta de recuerdos encima, pero cuando salimos lejos de casa parece que pesa más. Debe ser la sensación de que la cargas solito.
Durante mis días en Santiago agarré una de las asas de la maleta de Gabi, una hermana caribe que me regaló el destino y le permití verse en mis ojos para saber que todo va a estar bien, que ella tiene el poder de descargar parte del equipaje, seguir más liviana y ser feliz donde esté.
Pensé que Víctor venía a acompañarme a hacer fotos durante un día, pero tengo la sensación de que en su bonita soledad, fui yo la que le hice compañía un rato. O nos hicimos compañía. Al fin y al cabo es lo mismo.
A Raúl vine a verlo feliz, a darle la alegría de presenciar que ya todo pasó y que ese remanso de paz que lo acompaña es hermoso. Y merecido.
A Rei vine a verlo lanzarse, triunfar y a reírnos mucho juntos. Mucho, mucho, mucho.

No conecté con Santiago, pero conecté con la vida. Con el señor Reinaldo de Copa que me llevó a hacer una diligencia y hablamos largo mientras le invitaba la primera centolla que había comido en su vida. Con el taxista que ahora me sigue en Instagram y dice que lo mejor de Santiago es su carro. Con el que se mortificó horrores de que anduviera sola y se negó a dejarme en el edificio hasta que me abrieran la puerta. El que me recomendó con pelos y señales cómo ir al Yeso y qué hacer allá. Con la señora de limpieza del baño de Bellas Artes que me habló de las fotos que le habían gustado tanto y tenía que ver. Con los perritos callejeros gordos y con suéter. Con Luna que me contó de su padre ahogado. Con todo el que me permitió retratarlo. Con Andrés que se mataba de risa con mis venezolanismos y mi alegría de ver “picos nevados”. Con la pareja del kiosco en Santa Lucía, que la mujer se quejaba de que tenía que alimentarle al perro al señor y el señor aseguraba darle amor a cambio. Con el muchacho del Cerro San Cristóbal que me dejó cargar el teléfono en la barra. Con la chica de la perrita salchicha, el señor que vendía cámaras, el mesero del mercado y las dos venezolanas en Santiago que me fueron a buscar para conocerme.

Ahora que lo veo así ¿Será que sí conecté con Santiago y no me he dado cuenta?

Si quieres ver las fotos del periplo Mi Ciudad Tu Destino, entra ahí o en mi Instagram @arianuchis.

10 agosto, 2014

BOSTON, MI CIUDAD NATAL

Recuerdo claramente el instante preciso en que supe que volvería a Boston. Estaba en Panamá, reunida con todo el equipo de Mi Ciudad Tu Destino, ya sabía cuáles eran los países pero no las ciudades. Siendo Copa una aerolínea latina supuse que iría a Miami, Los Ángeles, de pronto NYC o Fort Lauderdale que acababan de abrir el vuelo. Pero no. Me tocaba Boston. Boston, mi ciudad natal. 
La que le regaló a mi madre un master y el sueño tantos años frustrado de tenerme. La que me permitió venir al mundo a través de las manos de un doctor amable que destapó la trompa que le quedaba a Valenta y la puso a trabajar. Boston, mi origen.
Hace 15 años, cuando me gradué del colegio me vine a conocer mi ciudad y pasar un año aquí, aprender inglés, ver otra manera de vivir y crecer un poco antes de comenzar a estudiar una carrera. Fue un año que definió mi vida. Tengo sentimientos encontrados al respecto. El tatuaje de la mariposa en la espalda simboliza esa metamorfosis, pero me fui de Boston con un sabor amargo en la boca. Fue un año duro. Durante mis últimos meses aquí sufrí la única depresión de mi vida. Sentí que había perdido el control, que necesitaba supervisión. Regresé. No terminé mis estudios de fotografía. 
Ahora veo atrás y creo que en 15 años nunca volví para visitar Boston porque aquí me asechaba oscurísimo el fantasma de la derrota.
Nunca me había detenido a pensarlo. Se avalanzó sobre mí pocos días antes de venir.
A punto de montarme en el avión de Medellín a Panamá para hacer la primera escala entré en pánico y comencé a llorar. El largo brazo de la tecnología me permitió no hacerlo sola, recibir una caricia a través de la pantallita y montarme ya más serena en el vuelo.
La gente de Copa en Boston me recibió con tal cariño que fue casi como si supieran que lo necesitaba. La sonrisa de Giselle, la brasilera maravillosa que me buscó en el aeropuerto y me llevó de paseo los dos primeros días fue una poción mágica anti miedo. También la de María Daniela, amiga querida de la red ignaciana que me recibió como familia en su hogar.
La ciudad me abrazó amable, cálida y soleada. Me pasé los primeros 4 días fajada revisando todos los daticos que me tocaba visitar. De a ratos me encontraba con flashes de memorias perdidas, esquinas que me hablaban, comidas que recordaba. Tuve muy presentes a mis primas Sensi y María Laura que compartieron la ciudad conmigo hace 15 años. 
Todo normal, todo tranquilo.
Pero el sábado desperté con una misión: buscar mi casa. 
El apartamentico, más bien la cajita de fósforos, en el 513 de Beacon St donde hice vida durante mi año bostoniano. Arranqué a caminar desde el Public Garden, que me traía todos los recuerdos del mundo. Eran varias cuadras y mientras me acercaba el corazón pegaba brincos desbocados. Sentía miedo, emoción, ansiedad ¿Lo reconocería?
Llegué a la esquina y el grifo se abrió de golpe. Pude verme, adolescente, rebelde y bastante perdida. Comencé a llorar, sin elegancia, sin pudor. Un llanto sentido que regresa de a poco mientras lo describo. Tenía que hacerlo, tenía que enfrentar el fantasma, abrazarlo, reconocerlo como parte de lo que soy y seré. Ahí estaba el fracaso, desnudo, revisitado, cercano y brutal.
Me senté en la escalera y lloré hasta que quise. 
Vi desde abajo la ventana de mis 18 años en el segundo piso, me pegué al vidrio de la puerta y observé las escaleras. 
Vi alrededor, respiré profundo, me tomé una foto y seguí camino como quien sigue su vida. 
María Daniela y su esposo Pino me buscaron, fuimos a hacer kayak y bañé mis penas río arriba en el Charles.
Ya está. 
Ya puedo volver, ya sé que lo que importa es que uno sigue su camino, guarda en un bolsillo lo que queda atrás y de vez en cuando se asoma a verlo con el cariño que le vamos tomando a nuestros miedos. Porque eso, lo oscuro, también soy yo.

Si quieren ver el viaje, los lugares y qué pueden visitar cuando vayan a Boston pueden revisar mi Instagram @arianuchis y el HT #MiCiudadTuDestino

03 agosto, 2014

EL ABRAZO VERDE DE MEDELLÍN

Cuando la gente de Wunderman Panamá me contactó para hacer Mi Ciudad Tu Destino, mi primera reacción fue la euforia de hacerlo. Luego me comenzaron a atacar las dudas. Tanto tiempo sola y en ciudades, yo no sé retratar ciudades, yo soy fotógrafa de naturaleza. 
Entonces recordé a Arlette, la directora de mi escuelita de fotografía Foto Arte, diciéndome cuán importante es salirse de la zona de confort para progresar.
Me preparé, sacudí el miedo y me encaramé tempranísimo en un avión de Copa Airlines para cumplir con mi primer trabajo internacional en la vida.
El destino es juguetón. Todo el miedo que sentía se despedazó cuando el acento afable y la sonrisa de mi primo Andrés se aparecieron a buscarme en el aeropuerto. Ni hablar de la llegada a casa de mi tía Lolita, la princesa mayor de la Fuerza Quintero. Comprendo entonces que soy un ser afortunado, esto de comenzar en una ciudad donde tengo familia tan querida, es como una exageración. Una bendición que me mandan los ancestros para decirme que está bien, que me toca recorrer, y que mi terruño siempre será el mío, el favorito y el mimado, pero el mundo me espera. Respiré aliviada, nada como la Fuerza Quintero para darme ánimos.
Medellín, además, es de un verdor apabullante y eso ayudó a disipar los miedos de esta fotógrafa de naturaleza suelta en la ciudad.
Si ya vieron el primer link, deben saber de qué se trata lo que hago y haré durante esta asignación para Copa y ya saben que es divino. Recibir recomendaciones de los locales que debo recorrer, fotografiar, reseñar, compartir y decidir al final cuál fue el mejor de todos. Es como el sueño viajero hecho realidad.

Medellín me deja rendida a sus pies.
Una ciudad que pasó de ser la más peligrosa del mundo a convertirse en un ejemplo de progreso, cultura e inclusión.
Una ciudad que construye bibliotecas en medio de las barriadas más pobres y las convierte en espacios públicos para el aprendizaje. Amplía sus museos, reverdece sus parques, dignifica sus medios de transporte y los hace llegar hasta donde sea necesario. Coloca escaleras mecánicas en zonas paupérrimas, crea espacios y más espacios públicos. Deja que por sus paredes florezca el arte callejero y los planes para que siga progresando en verdor y cultura en aras de una feliz ciudadanía parecen no agotarse.

Medellín es una ciudad que dignifica la palabra ciudadano.
Lo sentí en sus calles, en la amabilidad de su gente, en el Botánico, el Arví, el Pies Descalzos y el Ciudad del Río. Lo sentí en el Explora, el Planetario, el MAAM y el Museo de Antioquia. Lo sentí en la mesa de mi tía Lola, de mi tío Ricardo, en Ajiacos y Mondongos, en el Alambique de mi primo Andrés y en las mesas sencillas del minorista. En los mil taxis que tomé, en el metro y el metrocable, en la calle caminando, en el Calle Nueve y su Lo Doy Porque Quiero. En las sonrisas de los niños en el museo, de Hernando el indigente que viajó por Venezuela, el los viejitos tangeros de la 45 y hasta en los policías que vigilaban el Museo de Antioquia porque venía de visita Santos.
En Medellín descubrí que tengo a un primo brillante, una prima de todos los colores del amor, un tío generoso, dos primitas adorables, me abracé a la tía más preciosa que existe y conocí mis orígenes en la gran Pacha.

Esta mañana decidí cerrar mi faena con un vuelo en parapente, para irme despidiendo de Medello la verde mientras la veía de lejos.

Medellín me abrazó con su verde intenso y yo le devuelvo una sonrisa inmensa con la promesa de volver tantas veces como sea posible.

Si quieren detalles de cada lugar que visité, están en mi Instagram @arianuchis o en el blog de Mi Ciudad Tu Destino.