02 mayo, 2012

LA PROFE EN EL DELTA

Comienzo el post con "la profe" y una amplia sonrisa sonrojada se apodera de mis facciones. Le tenía terror a dar clases hasta que entendí que está bien tener alumnos que sepan más que tú, que lo más hermoso de la experiencia es aprender de ellos y que, como nadie sabe TODO, siempre va a haber algo que aportar, bien sea a nivel académico y profesional, como a nivel humano.
Nadie imagina la saña con la que rechacé la invitación de dar el taller de Fotografía de Naturaleza en la Escuela Foto Arte. Menos mal que la dulce insistencia de Diana melló mi coraza de pánico, porque es una de las cosas que más me estoy gozando en la vida. Así que este segundo #DestinoFotoArte para hacer #FotosAlAireLibre también fue de agua. Nos fuimos 12 alumnos, dos profes y dos panas, a Waro Waro Lodge en el Delta para aprender de las mareas, los waraos y la selva.
El encuentro en el aeropuerto con fin de semana largo estuvo violento, menos mal que no faltaron los prudentísimos que llegaron de madrugada e hicieron la cola por todos. Luego vino la cola de las arepas y nos montamos en el avión rumbo a Maturín. Una de mis grandes alegrías de este viaje era saber que la mitad de los alumnos estaban repitiendo -ergo, les gustó la cosa ¿no?- y la otra era compartir la cátedra con Arlette Montilla, la directora de la escuela, una fotógrafo extraordinaria y un caramelito de miel con limón que adoro. Si bien me intimidaba hacerlo porque es obvio que Arlette sabe MUCHO más que yo y tiene BASTANTE más experiencia, supe desde el principio que sería de ella de quién más aprendería y eso hay que aprovecharlo sin necedades ni complejos.
Llegamos a Maturín bajo la llovizna, recogimos las maletas y nos dividimos en dos vancitas que nos llevaron a San José de Buja con parada estratégica para adquisición de birras en el camino. Ya en puerto nos encaramaron en sendas curiaras de metal para no volver a saber lo que era tierra firme en 4 días. Navegamos un par de horas y tuvimos nuestro primer encuentro con la bora, una planta que se apodera del agua por temporadas y que con el vaivén de las mareas es capaz de entorpecer la movilidad en el Delta y hasta de anularla por completo. Sin embargo, para nosotros neófitos y apenas afectados por el tema, resultó fascinante esa alfombra verde brillante con florecitas moradas para caerle a fotos.
Finalmente llegamos a Waro Waro, un campamento precioso en medio de la selva y el agua, básico en lujos, pero construído con el mejor de los gustos y respetando el espacio en que se encuentra. Es decir, una serie de palafitos de madera y techo de palma que se unen con caminerías de tablas y cumplen sus funciones. Uno grande y con una amplia terraza para el comedor, uno para la cocina, uno para el baño común, dos para guindar hamacas y otro par con camitas y todo. A la mayoría le sorprendió que fuese todo obra de un francés y una argentina. Tras muchos años conociendo mi país, estoy acostumbrada a que este tipo de paisajes sólo sean apreciados por quien viene de afuera. Tampoco me pareció inusual que fuera una rareza recibir un grupo de venezolanos y que nuestros siguientes compañeros de posada fueran todos extranjeros. Ayer en Twitter me dijeron que con lo que costaba el full day a la Tortuga se iban un fin para Aruba. Imagínate, yo prefiero ir a una isla prácticamente virgen a caminar por playas desoladas que instalarme en un hotel impersonal a sancocharme en una piscina repleta de gente...definitivamente a los venezolanos les gusta demasiado el aire acondicionado. Por eso la mayoría jamás ha ido a un destino como el Delta, pero se conocen todos los malls de Miami. Supongo que es asunto de gustos.
En fin, de vuelta al Delta y dejando atrás las disertaciones culturales-turísticas, nos instalamos todos en nuestras hamaquitas que tenían unos mosquiteros enormes como para poner las cositas adentro y todo. Me conmovió saber que algunos jamás habían pasado la noche en una hamaca y sin embargo lo asumieron sin miriñaques. Esa tarde almorzamos y salimos al caño más cercano a navegar, tomar fotos y ver mucha, muchísima vegetación. Cerramos el día con el atardecer en el cielo y un baño de río delicioso. Esa noche decidimos no hacer revisión de fotos porque no habíamos tenido mayor variedad que fotografiar. 
Mi primera noche en el Delta estuvo bien rara. La señora que cocinaba y sus dos hijitas estaban en la churuata donde dorminos Afuita, Clara y yo (Afuita vino porque fue ella quien organizó el viaje www.autana.org y se trajo a Clara). Lo primero que notamos fue que roncaba como un león. Mis compañeras tenían Ipod, yo tuve que apelar a la respiración profunda. Pero lo más loco vino a la media noche cuando la mayor de sus niñas tuvo un sueño loco de alguien que la buscaba y la madre resolvió que era real. Lloraban enardecidas, prendían la linterna aterradas y convirtieron la noche en un show de terror digno de novela en horario estelar. 
Me levanté un poco choreta con lo abrupto de la noche y el sol no salió para tomar fotos. Sin embargo decidimos salir a otro caño a ver qué pasaba y nos pasamos horas persiguiendo a unos monos bastante esquivos. Antonio, el warao que nos llevaba y nos traía, se apoderó de nuestro destino y hubo que pasar de la súplica a la furia colectiva para que nos llevara a desayunar al campamento. Ya comidos, agarramos cámaras y platica y nos fuimos a visitar a una familia warao para comprar artesanías y compartir con ellos. Conociendo el frenesí de mis alumnos, les advierto que no pueden llegar como unos locos a clavarle el lente en la cara a la gente, que primero se pasea, se conversa, se entra en confianza y se saca la cámara. Lo segundo es que está prohibido regatear, la cestería warao es de los trabajos más hermosos y elaborados que hay, así que resulta injusto hacerlo, sobre todo viendo en la pobreza en que viven. También les recuerdo no preguntar nombres si hay bebés, la tasa de mortalidad en neonatos es tan alta que no les ponen nombre hasta que cumplen por lo menos un año. Todos asienten y se portan a la altura. Mariflor hasta les llevó ropita a los pequeñines. En medio de la faena de compras, fotos y sonrisas, me doy cuenta de que estoy rodeada de gente sensible y bonita y me alegro de que quisieran venir al Delta.
Cuando nos estamos regresando al campamento, pasa una curiara, el francés la detiene para que veamos. Me veo forzada a ver para otro lado, soy muy cobarde para enfrentar lo que me duele. Son varios tucanes y guacamayas atrapados para la venta. Los warao se encaraman en lo más alto de la palma con sus pájaros amaestrados que llaman a los silvestres y son atrapados. No los culpo, la necesidad es brava. Pero me enfurece saber cuánta gente se regodea en el placer de encerrar un ave exótica en casa para sentirse "tropical" en lugar de venirse a un lugar como el Delta y pagar para verlas libres.
Almorzamos en el campamento y tras un breve descanso nos encaraman en botas de plástico para la caminata de selva, una de las locuritas más divertidas del viaje.
La caminata de selva que se hace en el Delta, suele ser para mostrarle a los turistas las herramientas de supervivencia de los warao. En este caso, con un warao interesado casi exclusivamente en chalequear y un francés abrumado por el escándalo de 17 venezolanos a la vez, la caminata fue más bien una pequeña y cruel prueba de supervivencia. Un "vamos a ver de qué están hechos" en el imperio de los mosquitos asesinos, el lodo pastoso y las raíces engañosas. Arlette estuvo fascinada con el barro y se sumergió en él en cuanto se bajó de la curiara. Las botas de Azalia estaban empeñadas en vivir en la selva para siempre utilizando la técnica de aferrarse al terreno y dejarla descalza cada vez que pasaba por un lodazal. Nancy nos dejó atónitos con su elegancia proverbial digna de Doña Bárbara en su mejor época. Felicidad le imprimió drama al asunto con llanto y todo tras el paso de liana que la despatarró hasta la cintura en el barro (estamos convencidos de que vio demasiado La Historia Sin Fin y a eso se debió el susto), Sonia la acompañó con un poco más de autocontrol, Martín destruyó su atuendo de gauchito vestido de blanco impoluto para hacer una prueba Vanish y hasta Afuita, acostumbrada a estas lides, sintió el impulso desgarrador de regresarse porque los mosquitos la estaban desangrando. Cuando los ánimos comenzaban a caldearse, el francés reaccionó y le dijo a Antonio que nos hiciera abanicos con hojas de Temiche. El glamour del gesto calmó a las nenas. Luego nos abrieron unos coquitos, nos cortaron una liana de la que sale agua potable cual si se tratara de un filtro de ozono y regresamos picados, embarrados y muertos de risa a la curiara a darnos otro baño de río con atardecer para quitarnos el barro y sellarnos la sonrisa.
Esa noche hacemos la primera revisión de fotos y entiendo que fue el paisaje humano lo que más impactó. La mayoría de las fotos son retratos de los warao que visitamos. Me alegra ver con cuánta delicadeza lo hacen. Lo único que nos preocupa es que nadie está pensando sus fotos, están como unos locos soltando disparos a diestra y siniestra. Arlette da con una solución pontífica: "mañana van a contar una historia en tres fotos". Soy la primera en aterrarme, sólo se escuchan cuchicheos nerviosos y las buenas noches.
A la mañana siguiente decidimos hacer fotos en el campamento hasta la hora del desayuno y luego nos vamos a pescar pirañas. No fue el mejor momento fotográfico del viaje, pero fue una gozadera entendernos con la carnada de pollo podrido, la falta de paciencia citadina y con que Nancy, la única criolla que pescó, lanzara por los aires su caña presa de una emoción desbordada. Además, las profes gozamos con el fenómeno de "la historia". Comenzaron por comentar entre ellos las ideas, luego, al ver que se pisaban los talones, se desató una caleta misteriosa de fotógrafos fotografiando como quien no quiere la cosa. Los notamos en una actitud más de búsqueda que de lanzamiento de fotos a ver qué salía y presentimos que la noche podría estar buena.
Esa tarde fuimos a visitar otra familia warao, esta no hacía artesanías, así que la cosa era más de búsqueda antropo-fotográfica que otra cosa. Al bajarme de la curiara veo un desorden de plumas amarillas y azules regadas cerca de un fogón. El francés, encantado de escandalizarme, pregunta que si se la comieron y le responden que ese fue el desayuno. Respiro profundo. Entiendo que no tengo derecho a juzgar el hambre ajena y se me escapa una lágrima. Tengo una primera reacción de rechazo a la familia, así que decido acercarme sin preguntar nada. Me sorprende que puedan tener una guacamaya mascota y luego comerse a otra que atraparon. Veo las sonrisas de sus niños y sé que me toca guardarme mis prejuicios. Gozo con los niñitos, me río con ellos y acepto que todo se justifica cuando te toca alimentar a una familia. Que yo no sé lo que es pasar trabajo. Le doy gracias a la vida. Salimos de ahí a volver a pasear por los caños del Delta y cerrar la tarde con un baño y el atardecer. 
Esa noche me dejan heladas las historias, la satisfacción de ver como todos se fajaron, las miradas de cada quien y la manera en que el Delta tocó a cada uno me conmueven. Ser profe es lo mejor que me ha pasado en la vida y no me canso de agradecérselo a Foto Arte. 
Celebramos con ron y risas de noche estrellada y nos acostamos tarde.
Nuestra última mañana es para hacer dibujo libre. Como decidí dormir afuera para evitarme los ronquidos, puedo ver el amanecer y tomar foticos con las primeras luces. A las 6 y media no aguanto más y voy a fastidiar a la churuata para decirles que amaneció bello. Unos nombran a mi madrecita santa y otros sacan sus cámaras. Después de almuerzo nos encaramamos de vuelta para un último viaje en curiara, van, avión y de regreso a la casita todo el mundo con el buche y las memorias SD llenas de historias de selva, agua y waraos.

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16 abril, 2012

EL ACOPÁN HECHICERO

Me ha costado sentarme a escribir este post. Como si de alguna manera quisiera guardármelo, como si de un tesoro se tratara, me cuesta confiarlo y compartirlo aunque sea este mi oficio y mi pasión.
Hace muchos años, Manuel Criollo, un pemón taurepán de la comunidad de Kariñacon, descubrió mientras pescaba un valle perfecto rodeado de tepuyes y se mudó con su familia para fundar Yunek Kukuy. Las cosas no fueron tan bien en un principio, así que intentaron en Santa Elena de Uairén 4 años. No los convenció, volvieron a Yunek y se quedaron ahí. Hoy en día Yunek son sólo 80 personas viviendo en un valle mágico donde el Acopán tepuy se roba el horizonte cual castillo primigenio vigilando el devenir.
Yo había ido un par de veces a Yunek y sabía de lo pura y hermosa que es la comunidad, había acompañado desde la base de la pared a mi amado escalador y me había pasado la noche en la selva para amanecer viendo la roca abrazarse de amarillo con los primeros rayos del sol.
Cuando supe que existía una ruta para subir al Acopán a pie, comencé a perseguir ese viaje. Ansiaba ver el mundo desde allá arriba como lo han hecho los escaladores tantas veces, quería bañarme en sus aguas rojas, cruzar la selva espesa y descubrir la magia hechicera del Acopán tepuy. La vida se tardó un par de años en regalarme el momento y, cuando menos lo esperaba, vi que Venelands lo tenía entre sus planes de Semana Santa y el grupo estaba armado. Me reuní con mis compañeros de viaje un domingo antes en un Kepen y quedé en encontrarme con ellos en Puerto Ordaz. 
Volé al sur del país y me hospedé en el fabuloso Hotel 286, comí con mi amigo Nacho y nos pusimos al día, me di un paseo a la mañana siguiente por el Parque La Llovizna, conocí a Gabriel Picón que me llevó por senderos hermosísimos del parque y me encontré en el Orinoquia con Gabi, Vivi, Aquiles y Elis que se convirtieron, desde ese primer instante, en los mejores compañeros de viaje.
Arrancamos de Puerto Ordaz con una cola infernal, nos perdimos porque el GPS de Aquiles adora los caminos verdes y llegamos agotados a las 10 de la noche a Santa Elena de Uairén a comer en la calle del hambre y acostarnos a dormir.
A la mañana siguiente desayunamos y nos buscaron para ir al aeropuerto. El pobre Elis, un boricua encantador que no sabía que eran mil horas de carretera y un vuelo en avioneta sólo para llegar al punto de partida, tuvo que hacer de tripas corazón para encaramarse en la tarita que nos voló hasta Yunek. Yo, que adoro ver todo y preguntar más, me senté de copiloto para ver cómo la sabana se abría entre los tepuyes y entristecerme con los desastres de la minería que nadie termina de parar.
Llegamos a Yunek donde me recibieron cariñosamente por ser "la esposa de Federico", Leonardo me abrazó, me preguntó por mi amado y me dió su bendició para subir el tepuy. Luego llegó Julio y nos sirvió la piña más extraordinariamente dulce y perfecta de la tierra en un banquito de la escuela. Instalamos campamento en la escuelita y mientras llegaba la otra avioneta, me fui con Gabi a ver el río. La emoción de aguas rojas, jardines naturales y vista de tepuy fue tal, que en cuestión de segundo nos empelotamos y nos lanzamos al río. Ir a buscar el traje de baño era retardar una necesidad intrínseca irrefrenable. En ese instante supe que Gabi sería una gran compañera de excursión.
Esa tarde todos nos dedicamos a bañarnos (ya con traje de bañito) y a ver al tepuy comerse el cielo. Presenciamos un partido de fútbol pemón en el que sólo uno tenía tacos, otros jugaban descalzos y los demás en botas de jardinero, con el Acopán como único árbitro mientras se escondía el sol.
Esa noche dormí poco, estaba ansiosa por comenzar a caminar. Desde las 3am estuve esperando la salida del sol y a las 5 salí de la carpa a presenciar cómo las estrellas le daban paso al azul claro, luego al rosado y finalmente al amarillo brillante. A las 5:30 Gabi se levantó y fuimos de nuevo a darnos un baño de río para abrir el día.
Tras un buen desayuno y repartir los peroles entre los porteadores, el equipo quedó conformado por nosotros 5 los turistas, Joel y Karla, los guías de Venelands, Julio, el guía local y Andrés, Tomás, Romualdo y Onésimo, los porteadores. A las 8am no soporté la ansiedad y arranqué a caminar por donde me dijeron. Caminé sola durante un par de horas hasta que llegué a la selva y esperé a los demás. Sumida entre mis pensamientos y la vista abrazadora del tepuy nunca sentí cansancio en el trayecto de sabana inicial. Cuando llegaron nos bañamos en el río para recuperar fuerzas y entrompar la selva, esa frontera perfectamente definida entre el pasto y una pared espesa de árboles altísimos.
Ahí cambió todo por completo, la selva es sumamente exigente, agobiante inclusive. Resulta demasiado fácil perderse y debes ajustar el paso para ir siempre con alguno de los pemones que se saben el camino. Tienes que ver el piso para no meter el pie en un hueco, tropezarte con una raíz o resbalarte con una piedra, pero debes subir la cabeza para no perder el ojo en una rama, hacerte un chichón con un árbol caído o meterte por el camino errado. Debes ir siempre concentrado y lo desigual del terreno resulta agotador, la belleza de la selva es directamente proporcional a lo difícil que resulta cruzarla. Sin embargo, ese día sólo nos pidió un par de horas entre raíces y ramas para llegar al Campamento Soropankén, suficientemente amplio para las carpas y con el río al lado. El día estaba hermoso y nos instalamos a conversar por horas entre las piedras y el agua como lagartijas. Todo parecía tan fácil que era imposible imaginar que la lluvia existía. Pero a las 4pm, como si fuera una cita, se apareció la lluvia cada día, sin mayores aspavientos -en un principio-, pero siempre presente. Nos guardamos en el toldo de la cocina y acompañamos a Joel y a Karla mientras hacían la cena y echaban sus cuentos de tepuyes. Tras el trasnocho anterior y la caminata, dormí como una piedra y me sorprendió encontrarme al río mucho más grande al amanecer. Nos levantamos temprano y agilizamos pues nos tocaba un día largo. Cerca de 8 horas de caminata en una selva que no daba tregua. Paramos a comer piña y fuimos atacados sin clemencia por las chivacoas y sus hermanas mayores las garrapatas, generando una neurosis colectiva de búsqueda y piquiña que no excluía ni a los pemones.
Luego de eso venían unas subidas intensas, agotadoras y largas en las que era preciso agarrarse con manos y pies de lo que se podía para llegar a un tronco caído, paralelo a una cascada, absolutamente baboso y con tan sólo unos machetazos de guía, en el que nos encaramamos para seguir avanzando, continuar entre rocas gigantes y cruzar un pasillo mínimo entre la espesura de la vegetación. Cuando finalmente volvimos a ver el cielo, las paredes del tepuy estaban al nivel de la mirada asombrada. Celebramos, caminamos un poco más y llegamos al Campamento Incá, una especie de campamento base prácticamente en la cima del tepuy. El espacio de acampada es reducido y algunas carpas quedaron sobre las piedras. Un río brioso, rojo oscuro, se contoneaba entre sinuosas formas pétreas y la lluvia llegó justo con nosotros, dándonos apenas chance de quitarnos el sudor con un baño helado para refugiarnos exhaustos en las carpas antes de cenar.
Esa tarde, cuando escampó, Gabi y yo nos unimos a la fogatica que cada día hacían los pemones para calentarse y logramos secar, ella los zapatos y yo la chaqueta impermeable. Probamos su cena que consistía en un atol de harina pan con azúcar y conversamos un rato con Julio que me contó la leyenda del Tirik Tirik, un águila cuyo nido estaba entre el Acopán y el Upuigma y que se comía a los habitantes de Yunek. Gozo con las leyendas pemón porque siempre me resultan surrealistas y descabelladas, tanto como la superficie de los tepuyes.
Amaneció tapado pero sin lluvia y salimos a caminar de nuevo para llegar a la cumbre. Como sólo serían tres horas, nos la tomamos con calma. Tras caminar un rato entre las raíces, llegamos a un río amarillo, grande y hermoso, subimos a una poza roja, oscura y nos instalamos en una laja de piedra a hacer una parrillita y aprovechar el sol que salió radiante de entre las nubes. Lavamos las franelas malolientes con jabón biodegradable y nos lanzamos desde una piedra en el pozo del clavadista. Fue un medio día perfecto. Claro que, cuando nos tocó continuar el camino, las deliciosas y muy grasosas calabresas se convirtieron en una pequeña pesadilla digestiva que se repetía sin cesar mientras atravesábamos una sabana de vegetación anegada que nos hundía hasta las rodillas si no poníamos el pie donde era.
Finalmente hicimos cumbre y nos encontramos con el otro grupo entre el que estaban varios panas del twitter que tuve la felicidad de conocer en carne y hueso. Ellos se instalaron en la laja de piedra con vista al infinito y nosotros en una cueva más abajito protegidos del clima. En la noche los pemones hicieron una fogata para todos y estuvimos horas en esa distracción hipnótica y primaria que es ver el fuego.
Esa noche me levanté a ir al baño, Gabi también. Nos pusimos a hablar y nos desvelamos. Le pregunté qué era eso de la sanación reconectiva que ella hacía y mientras me explicaba y hablábamos de nuestra vida, sentí un impulso incontenible de llanto profundo. Gabi mecomenzó a hacer la sanación y sentí como los latidos de mi corazón palpitaban al ritmo de la tierra mientras mi alma se expandía. Es algo que me cuesta explicar y que no entiendo tan bien, pero así se sentía y como revelaciones que se abrieron desde las entrañas de mi ser entendí de un perdón que necesitaba conceder. Me liberé. Salí de ese peso tenaz que es el rencor y le deseé, genuinamente, lo mejor en la vida al ser que me hirió.
Fue hermoso y extraño. Gabi estaba feliz de hacerlo y yo feliz de haber entendido. Puede que fuera la magia del tepuy, la energía de las piedras, la conexión entre Gabriella y yo...puede que sólo fuera una ilusión, pero fue todo para bien y eso es lo que importa. A veces resulta prepotente pretender entenderlo todo. A veces hay que sentir y más nada.
Nos levantamos entre cansadas del desvelo y energizadas de la experiencia para desayunar y salir a conocer el Valle de Los Soldados y caminar por la superficie del tepuy. Camino entre las piedras de formas sinuosas y me sorprende cuánta vegetación hay allá arriba. Valles verdes, grietas tupidas y a cada paso una pequeña plantica distinta a cualquier cosa que hayas visto antes.
Julio se para en el confesionario, una piedra con forma de silla y nos habla de que es Semana Santa, de que la subida al tepuy ha sido como una peregrinación y que debemos darle gracias a Dios por este paisaje fantástico que tenemos la gloria de presenciar. Adoro la ironía del sincretismo, Julio es un evangélico que se confiesa con el tepuy. Eso es hermoso. 
Poco después pasa Elis y lo veo salir con los ojos aguados, nos abrazamos y no puedo evitar conmoverme con mi amigo querido del tepuy. Se acerca Gabi y se une a las lágrimas, junto a Julio que en un abrazo colectivo nos dice con la voz quebrada: "Este es el origen de la creación, lo primero que hizo Dios y es hermoso, admírenlo, den gracias y recuerden que el cielo que nos espera, es aún más hermoso que esto". Sus palabras me siguen arrancando lágrimas de emoción. Algo pasa cuando uno está en la cima de estas formaciones. Me pregunto si será lo infinito de la vista, lo imponente de las rocas, lo insólito de las formaciones, la sutil elegancia de las plantas, el brillo de la arena rosada, el cielo abierto, el río brioso de colores...algo pasa que el Acopán hechiza.
Bajamos esa tarde a volver a dormir en Incá, llueve sin tregua toda la noche, el río se despierta furioso. Nos cuesta reacomodarnos para salir a caminar, pero debemos llegar ese mismo día a Yunek y nos esperan más de 9 horas de caminata de selva espesa y anegada. Todo comienza bien, vamos a buen paso, se disipan los temores cuando pasamos el tronco de la cascada y las subidas, ahora bajadas, más fuertes. Gabi, que iba más entusiasta que nunca, se lesiona una rodilla que la obliga a caminar a un tercio de su paso normal. Elis y yo seguimos con Joel y Karla, la esperamos una hora en Soropankén, pero se nos empiezan a acalambrar los músculos de frío y no nos queda sino seguir con Onésimo hasta llegar a la sabana. Nos preocupa Gabi, la pensamos mucho en silencio y lo comentamos. Nos sentimos un equipo fracturado. Pasamos dos ríos crecidos en los que Onésimo se porta como un ángel y nos ayuda a cruzar uno por uno. Siento que la selva me oprime, me ahoga, que los árboles se juntan a mi paso, me siento casi asfixiada el último trecho. Estoy desesperada y no quiero ver un árbol más, quiero caminar con la frente en alto. Parece que la selva se extendiera cada vez que creemos que la sabana está por llegar. Celebramos la salida de la espesura como celebra un náufrago que toca tierra. 
Tratamos de volver a esperar a Gabi y los puri puri nos comen. La verdad es que el resto del grupo está con ella. Onésimo se queda con la esposa de Julio que espera con cambures y piña a su marido. Nosotros caminamos las dos horas más de sabana y nos reímos de júbilo cuando entendemos que nuestra llegada a la "civilización" es un pequeño puñado de techos de palma y zinc. Queremos bañarnos y ponernos ropa limpia, nos encontramos con que a nuestro jardín zen se lo tragó la crecida y nos toca hacerlo con cautela en la orillita. Llega la noche y no sabemos nada de Gabi. Me voy a la casa más cercana y pido ayuda para comunicarme por radio. Me dicen que acaban de salir de la selva. Son las 7pm y se me encoge el corazón de pensar a mi amiga, mi compañera amada de faena, en esa situación. Decido activarme. Busco la comida de la cena, ordeno todo en el mesón, armamos las carpas. Gabi llega agotada y aún así feliz casi a las 9pm. La ayudo a cambiarse, lavarse con una tinita y descansar. Hablamos de la selva de noche, de la angustia y el llanto que pasó, de la solidaridad absoluta de Aquiles, de Vivi y de Julio, del aprendizaje de humildad. Doy gracias a la vida por haberla conocido aquí. Cenamos divino y dormimos agotados. 
Llueve toda la noche y nos despertamos preguntándonos si la avioneta podrá llegar así. Compartimos con la gente de Yunek, les regalamos lo que podemos, compramos artesanía y picante, les agradecemos, los abrazamos y llega nuestro carrito volador para ir a Santa Elena, comer carne en la línea y emprender el largo trayecto a casa con el Acopán hechizero prendado del alma.

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15 marzo, 2012

EPOSAK, DONDE QUIERO VIVIR

Eposak significa "logro" en lengua pemón y de eso se trata esta fundación.
Supe de ellos por un tweet, me llamó la atención el nombre y que me hablaran de apoyar emprendedores. Entré a la página y con los ojos aguados llamé desesperada a mi mamá para que la viera. A esta gente había que apoyarla.
Recibí de mi madre el legado de crear sentido de pertenencia en éste país. Hoy hago una vida de recorrerlo, relatarlo y fotografiarlo, de compartir lo hermoso que veo e intentar que tomemos conciencia para mejorarlo. Cuando vi lo que hacía Eposak (pueden/tienen que verlo en www.eposak.org) lloraba de alegría porque esta gente estaba llevando a otro nivel lo que mi madre ha hecho siempre y yo continúo. Eposak es una fundación que no se limita (como nosotras) a dar a conocer pequeños emprendedores del turismo. No. Ellos, además, les consiguen financiamiento, los capacitan, los promueven y los apoyan con camiones de cariño y esperanza para que salgan adelante con sus proyectos. Sólo ver la página web, hacer click y donar lo que uno pueda es conmovedor. Ahora bien, nada me preparó para lo que me tocaría vivir en el Valle de Kamarata el fin de semana pasado.
Valenta y yo fuimos invitadas por Eposak para conocer de cerca el proyecto. Nos daba mucha risa que llamaran tanto a confirmar y recontra reconfirmar, porque desde el primer instante apartamos la fecha con tinta china en las agendas. No nos íbamos a perder ese viaje por nada del mundo.
Con la maletica en la mano llegamos el viernes a las 4:45am a la Plaza Altamira donde una sonriente Karen nos esperaba con Oscar. Ahí supimos que los otros periodistas eran Gerhard Weil y Eduardo Rodríguez. También estaba José Diaz que daría un curso de rescate y primeros auxilios y Esteban Torbar, fundador de Eposak. Arrancamos al aeropuerto Caracas, esperamos a que abrieran el cafetín y comentamos el viaje. Los únicos que ya conocían la zona era la gente de Eposak, mi madre y yo, así que para los otros el viaje sería aún más sorprendente. Desayunamos y nos dividimos. Los periodistas en una avioneta y los demás en la avioneta que piloteaba el mismísimo Esteban. Cuando cerraron la puerta de nuestra avioneta, al pobre Eduardo se le bajaron los suiches y le comenzó un tic nervioso. Sufría de claustrofobia y lo que venía era un vuelo de 2 horas con poco espacio. Lamentándolo mucho y con el dolor de su alma tuvo que devolverse y cederle el puesto a José. Me asombró el poder de las limitaciones de la psique, cuando la mente se niega es difícil controlar la situación.
Volamos plácidos entre el sueño y la lectura hasta Uruyén, uno de mis lugares favoritos en el mundo. Ahí nos recibió Victorino Carballo junto a su familia, los pemones propietarios de este campamento a orillas del río y cobijado por la falda del Auyantepuy. Lo primero que hice fue ponerme el trajebaño y lanzarme al agua color té para sacarme el madrugonazo de encima. Almorzamos y salimos a hacer un paseo en las cercanías del campamento para ver unas cascadas preciosas. Nos acompañó Arturo, uno de los chicos que Eposak capacita para ser guía turístico. Nos bañamos, nos las gozamos y, cuando veníamos de regreso, veo un grupito caminar hacia nosotros, enseguida noto la contextura corpulenta de Eduardo y comienzo a gritarle eufórica, él agitaba los brazos al aire cual ventilador y todos nos abrazamos entre sorprendidos e incrédulos al verlo caminar por la sabana como si nada. Nos contó cómo Esteban lo había ido convenciendo cual muchachito, hasta caramelitos le dió y le conversó largo y con aire acondicionado para hacerlo resistir las tres horas de vuelo que su avioneta se echaba hasta Uruyén. No había empezado el recorrido y ya a Eduardo le había cambiado la vida.
Esa noche cenamos y conversamos largo. Algo me tenía sensible, porque la absoluta certeza de Esteban de que este país daría un vuelco radical hacia el progreso me hizo llorar a mares. Supongo que esto de ser una militante del optimismo resulta agotador de a ratos, especialmente en una Venezuela tan conflictiva como la que me ha tocado vivir. Debe ser por eso que conseguirme con alguien que le apuesta todo a lo mismo que yo me generó como una explosión del alma, un sentir que no soy una loca absurda nadando a contracorriente. Dormí removida.
Me levanté de madrugada, en viajes pasados a Uruyén jamás había logrado agarrar al Auyantepuy despejado para una buena foto, esta era la oportunidad. Me senté horas en la pista a esperar que una nube al Este cediera y dejara al sol hacer lo suyo sobre la pared. A las 7 fue que por fin se colaron unos rayitos y me dejaron hacer mi tan anhelada foto. Entendí que sólo soy paciente para fotografiar algo que quiero, no sé si haya algo más en el mundo que me haga esperar hora y media sentada a merced de los puri puri.
Gerhard se fajó toda la mañana a hacer su programa de radio desde un teléfono satelital. Esta vez fue Karen la que me hizo llorar con sus declaraciones. El optimismo, la seguridad de que el cambio es posible, la fé, la alegría con la que esa mujer hace su trabajo me desarmó por completo.
Me volvía a bañar en el río para despedirme de Uruyén y arrancamos a Kavak, un campamento más grande e igual de bien ubicado en las faldas del tepuy. Ahí apareció Eulalia con su pinta de pemona de antaño, Hortensia, Alexander y todo el que tenía que ver con el funcionamiento de Kavak. Vimos todos y cada uno de los tres campamentos, comimos piña, saludé a Rosita que tenía años sin verla y hablamos con los pemones sobre la importancia de mantener sus tradiciones, la locura que vivieron con Aerotuy y la necesidad de tener vuelos más baratos y acceso a teléfono o internet para sacar adelante a Kavak como destino. Tras eso nos agasajaron con un hermoso ritual de baile pidiéndole permiso a la Cueva de Kavak para entrar a conocerla. Volví a llorar, -ya les dije que andaba sensible- la viejita pemona bailando con los muchachitos, dejándoles el legado de su sabiduría milenaria tan respetuosa con la naturaleza, me conmovió profundamente.
Entonces emprendimos camino a la cueva, otro de mis lugares favoritos en la tierra. Vas por el río y se abre una laguna entre peñascos enormes, a la izquierda se asoma un pasadizo estrecho que cruzas asido a una cuerda. Lo que te consigues al final es una cascada poderosa que horadó las piedra hasta crear una caverna amplia de paredes gigantescas, un útero primitivo, un espectáculo natural que me deja igual de estupefacta cada vez que lo presencio. La impresión es unánime. Todos estamos anonadados. Gerhard y Eduardo parecen dos muchachitos, no hay manera de sacarlos del agua.
Regresamos a Kavak, almorzamos rico y abundante para arrancar a Kamarata. Llegamos y comenzamos el recorrido por La Misión, la escuela, vemos cómo se hace el casabe y lo probamos recién hechecito y con picante, nos conmovemos con los cuentos de Flora y René y su panadería mínima, vemos la churuata de Fany que no logra terminar porque no hay cemento y llegamos al campamento de Santos que le está quedando increíble. Todo el tiempo me sorprende lo pequeños y fundamentales que son los proyectos, el entusiasmo de los pemones potenciado por el de Eposak, las dificultades, la emoción de querer salir adelante, de sentirse apoyados, el sentido de comunidad, la solidaridad.
Esa noche el profesor de la escuela nos prepara el más primosroso de los espectáculos, los niñitos se disfrazan, cantan, bailan, juegan, nos invitan a bailar, hacen una vasija y le entregan a Esteban un bordado de agradecimiento. Obviamente me lanzo de nuevo en llanto, es demasiada alegría y fé, más de la que mi pequeño cuerpo puede sostener, por eso se desborda en lágrimas gordas como garbanzos.
Cenamos opíparo, canto Luis Miguel con las chicas y me voy a dormir. Entiendo cuánto le ha cambiado la vida a Eduardo cuando lo veo tratando de resolverse su primera noche en la vida encaramado en una hamaca. Lo hace sonriente y curioso.
Nos levantamos, recogemos el perolero, llovió durísimo toda la noche y no voy a lograr hacer otra foto del tepuy. Me voy con las chicas al conuco de Petra y me uno a la algarabía que causan los pepinos verdecitos y las lombrices fertilizantes. Esperamos a que abra el tiempo, nos despedimos. Se me queda un pedacito en el Valle de Kamarata que no quiero buscar jamás. Si vuelvo, será para dejar más.
Gracias Karen por hacerme llorar con tu entusiasmo y mística infinita. Gracias Lucía por tu mirada clara, tu hablar pausado y esa manera de creer en lo que haces. Gracias Mayita por hablar a mil por hora y actuar aún más rápido, eres el motor fuera de borda que impulsa a Eposak. Gracias Joselyn por la sonrisa eterna y la dulzura perenne. Gracias Esteban por creer así de desbarrancademente en el futuro y saber contagiarlo. Gracias Edu por ser tan absolutamente espléndido, sencillo y tener ese corazón abierto a lo que venga. Gracias Gerhard por compartir el entusiasmo de hacer país y tener la humildad de dejarme enseñarte fotografía. Gracias a los pemones del Valle de Kamarata por enseñarme que las dificultades son para superarlas y convertirlas en posibilidad. Gracias al Auyán porque siempre me hace sentir chiquitita. Gracias Eposak por enseñarme de cerquita el país en el que yo quiero vivir.
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