26 septiembre, 2009

Iguazú día 3: Brasil, la la la la la la la laaaaa

Qué verguenza, pero no puedo pronunciar la palabra Brasil sin cantar la tonadita de hora loca en matrimonio venezolano. Me disculpan ¿sí?
En fin, hoy me tocó visitar el parque del lado brasilero. Más pequeño, pero la panorámica es fabulosa, enorme, amplia. Me gustó mucho.
Salí temprano en la mañana con Esteban, el chico que me llevaría, pasamos la frontera (hubo que devolverse porque se me quedó el pasaporte) y me dejó primero en el Parque das Aves. No voy al zoológico porque me dan lástima los animales enjaulados, esta máxima se potencia si dichos seres son alados, pero me convencieron y fui. Debo reconocer que me cautivó. La verdad es que los tienen de lo más bien dispuestos en unas jaulas enormes, todos se ven sanitos y contentos. Hubo unos loros amarillo insólito que fueron rescatados de las garras putrefactas de unos contrabandistas. Mother fuckers. Sólo me sentí muy mal con el Águila Arpía cuya jaula es enorme, pero no suficiente para su capacidad de libertad. Otro caso de herido de guerra rescatado, es difícil tomar partido.
Lo que más me emocionó fue que se puede entrar a algunos viveros y ver de cerca a los pájaros, gocé tomando fotos que pueden ver en mi flickr por aquello de las imágenes y las mil palabras.
Crucé hacia el parque donde están las cataratas, agarré el autobús hasta Cañon Iguazú y entrompé mi primera aventurilla del día: lanzarme en rapel 55 metros desde una torre para ver las cataratas cual guindarajo. Me dió terror, panico con las alturas. Sin embargo insisto en enfrentarlas y así fue mi día, un entrompe a eso de estar lejos del suelo. De ahí al "arborismo" -que yo llamo canopy-, un circuito en la copa de los árboles, no tan alto como lo otro, pero requería equilibrio. Cerró con el "salto de gato", una barbaridad que consiste en encaramarse sobre un palo altísimo y saltar para tratar de agarrarse de un trapecio. Yo me agarré de esa cuerda como que no hay mañana y ni rocé el fulano trapecio. Por último: intentos diversos en la pared de escalada que superé sin pena ni gloria.
Cuando terminé con mi asignación de periodista de aventura me fui tranquilita a ver las cascadas, salió un solecito mejor y se pusieron bellas. Disfruté horrores estar tan cerca de la garganta y emparamarme a sus pies embriagada del poder que emana ese chorrote de agua. Vida.
Cuando me disponía a encontrarme con mi chofer asignado me arrebató un antojo: ver esa vaina desde arriba, de verdad, para entender la magnitud del asunto. Pagué un puño de plata y volé en helicóptero sobre Iguazú. Cada centavo valió mil.
Como cada día, la jornada termina en una peña internacionalísima en la terraza de la posada tomando cerveza y compartiendo experiencias. Estoy contenta hoy.