Ya de vuelta en Buenos Aires, a punto de irme a Caracas, se asientan los recuerdos de mi viaje a Iguazú y más allá de las peripecias de un diario de viajes puedo ir descifrando lo que me dejó esa experiencia de agua y selva entre Brasil y Argentina.
Lo más impactante, sin discusión, fue el poder de la naturaleza plasmada en los 7 millones de litros de agua desbarrancándose por ese cañón llamado la "Garganta del Diablo". Los espacios abiertos me curan el alma, aplacan mi sed de mundo, los venero, encuentro en ellos mi única religión. Iguazú, con sus pasarelas, su exceso de intervención humana, restaurantes y hoteles enormes de la dictadura, el pique entre brasileros y argentinos, sigue siendo salvaje, amenazadora, lo emparama todo para reinar solita el paisaje.
La selva que rodea a ese escándalo de agua es igualmente cautivadora. Revela la particularidad del trópico en la que uno puede ver hojitas de tosdos los tamaños y formas conviviendo sobre un mismo tronco. Esa es otra que se come todo en lo que le den el primer respiro.
Luego viene el pájaro loco de Australia que estaba en el Parque das Aves, una cosa con dimensiones de avestruz, plumas negras, patas gordas y fuertes, mirada amenazadora, actitud hostil y penacho de hueso. Según su cartelito "hasta puede matar gente". Me dió un miedo horrendo ese pajarraco. Menos mal que gocé tanto con los tucanes, las guacamayas, los loros de millones de colores y hasta los colibríes para no tener pesadillas esa noche.
Por último, me queda lo más hermoso de ser viajera: la gente que conoces en el camino. Mayra mi amiga ecuatoriana que me adoptó por un día, nunca olvidaré las risas cómplices ni las confesiones del tren. Tadeu, el brasilero que nos guió por las cataratas, un señor adorable de 55 años que se goza su trabajo contagiando de cariño a las que seguimos sus palabras por el agua. Alexis y Florian, el par de franceses divertidísimos que decidieron agarrarse un año entero para recorrer toda suramérica. Los conocí en la posada tratando de conseguir un cable usb para bajar las fotos, por alguna misteriosa curva de traducción Florian terminó dándome un rolling paper en lugar de un cable usb y nos hicimos amigos, menos mal que luego precisé el cable por otro lado. Adoré el arrojo y la inocencia con la que se lanzaron a esa aventura, apenas comenzaban cuando los conocí y espero recibirlos en Venezuela cuando ya hayan pateado continente. Patricia, la dueña del restaurante italiano donde comí todos los días, una mujer encantadora, fajada con su negocio y cariñosísima. Supongo que mi soledad despertó su instinto materno. Termino con Javier, el encargado de la posada con quién compartí varias birras, historias y reflexiones del tercer mundo. No existe nada como una buena conversación y disfruté cada minuto de banalidades e intensidad que compartimos. Fue su culpa que me montara ebria en ese avión y quisiera asesinar a una criaturita llorona. También conforman mi lista la señora divertida del canopy, el vendedor de equipos médicos con su hijo rockero y la pequeña adolescente, Daniel el divertido, la viejita de los sánduches de miga, el señor que daba alaridos en el barquito, el gringo pintoresco de barba blanca, los argentinos que le daban pan a los arrendajos para que yo tomara fotos, Esteban mi chofer asignado y Tom que me dejó parar por comida para no llegar tan borracha al aeropuerto. Se conoce mucha gente cuando uno anda solita. Me encantó hacerlo.
Así que gracias a la vida, a Andi que le dió por no venir, a las cataratas que crecieron más de la cuenta, a la selva por tanto verde, al pajarraco matón, los panas y los necios por un viaje memorable.











