30 septiembre, 2009

Recuerdos desmechados de agua y selva


Ya de vuelta en Buenos Aires, a punto de irme a Caracas, se asientan los recuerdos de mi viaje a Iguazú y más allá de las peripecias de un diario de viajes puedo ir descifrando lo que me dejó esa experiencia de agua y selva entre Brasil y Argentina.
Lo más impactante, sin discusión, fue el poder de la naturaleza plasmada en los 7 millones de litros de agua desbarrancándose por ese cañón llamado la "Garganta del Diablo". Los espacios abiertos me curan el alma, aplacan mi sed de mundo, los venero, encuentro en ellos mi única religión. Iguazú, con sus pasarelas,  su exceso de intervención humana, restaurantes y hoteles enormes de la dictadura, el pique entre brasileros y argentinos, sigue siendo salvaje, amenazadora, lo emparama todo para reinar solita el paisaje.
La selva que rodea a ese escándalo de agua es igualmente cautivadora. Revela la particularidad del trópico en la que uno puede ver hojitas de tosdos los tamaños y formas conviviendo sobre un mismo tronco. Esa es otra que se come todo en lo que le den el primer respiro.
Luego viene el pájaro loco de Australia que estaba en el Parque das Aves, una cosa con dimensiones de avestruz, plumas negras, patas gordas y fuertes, mirada amenazadora, actitud hostil y penacho de hueso. Según su cartelito "hasta puede matar gente". Me dió un miedo horrendo ese pajarraco. Menos mal que gocé tanto con los tucanes, las guacamayas, los loros de millones de colores y hasta los colibríes para no tener pesadillas esa noche.
Por último, me queda lo más hermoso de ser viajera: la gente que conoces en el camino. Mayra mi amiga ecuatoriana que me adoptó por un día, nunca olvidaré las risas cómplices ni las confesiones del tren. Tadeu, el brasilero que nos guió por las cataratas, un señor adorable de 55 años que se goza su trabajo contagiando de cariño a las que seguimos sus palabras por el agua. Alexis y Florian, el par de franceses divertidísimos que decidieron agarrarse un año entero para recorrer toda suramérica. Los conocí en la posada tratando de conseguir un cable usb para bajar las fotos, por alguna misteriosa curva de traducción Florian terminó dándome un rolling paper en lugar de un cable usb y nos hicimos amigos, menos mal que luego precisé el cable por otro lado. Adoré el arrojo y la inocencia con la que se lanzaron a esa aventura, apenas comenzaban cuando los conocí y espero recibirlos en Venezuela cuando ya hayan pateado continente. Patricia, la dueña del restaurante italiano donde comí todos los días, una mujer encantadora, fajada con su negocio y cariñosísima. Supongo que mi soledad despertó su instinto materno. Termino con Javier, el encargado de la posada con quién compartí varias birras, historias y reflexiones del tercer mundo. No existe nada como una buena conversación y disfruté cada minuto de banalidades e intensidad que compartimos. Fue su culpa que me montara ebria en ese avión y quisiera asesinar a una criaturita llorona. También conforman mi lista la señora divertida del canopy, el vendedor de equipos médicos con su hijo rockero y la pequeña adolescente, Daniel el divertido, la viejita de los sánduches de miga, el señor que daba alaridos en el barquito, el gringo pintoresco de barba blanca, los argentinos que le daban pan a los arrendajos para que yo tomara fotos, Esteban mi chofer asignado y Tom que me dejó parar por comida para no llegar tan borracha al aeropuerto. Se conoce mucha gente cuando uno anda solita. Me encantó hacerlo.
Así que gracias a la vida, a Andi que le dió por no venir, a las cataratas que crecieron más de la cuenta, a la selva por tanto verde, al pajarraco matón, los panas y los necios por un viaje memorable.

27 septiembre, 2009

Iguazú día 4: el último


Despertarse en un lugar y acostarse en otro da una sensación extraña, aunque lo hago a menudo me sigue descolocando. Esta mañana me volví a levantar tempranito para terminar de resolver mi maleta, desayunar y esperar a los chicos de Iguazú Forest, una operadora de aventura argentina, que me buscaron a las 8am en un camión verde tipo ejército pero todo abierto y con asienticos. Pasamos por los otras personas del grupo y nos fuimos a la selva. Éramos 10 personas, 8 argentinos, una americana y yo.
En la vía noté que estábamos pasando por una zona muy pobre. Daniel, el guía, me explica que se trata de "las 2mil hectáreas", unas tierras que el gobierno local cambió por votos y luego ni se molestó en abastecerlas de agua, luz o cloacas. La gente llega, se instala, siembra y vive como puede. Agradezco el toque de realidad en el viaje, cuando uno anda por ahí se empeña en idealizarlo todo y está bien ver las cosas como son.
En fin, a lo que iba: la actividad de hoy consistía en un canopy de 800mts que se dice el más largo de Argentina y un rapel que normalmente se hace en la cascada, pero con la crecida lo cambiaron de lugar temporalmente. El canopy fue una gozadera, te encaramas en un árbol de más de 20 metros de alto y te deslizas sobre la selva guindada de una guaya. Primero 400mts, luego 200 y otros 200 más. Provoca hacerlo varias veces, es rico volar sobre la copa de los árboles sin hacer absolutamente ningún esfuerzo.
Luego fuimos a lo del rapel...nada del otro mundo, pero sí, divertidillo. Una pared de piedra, 22 metros hacia abajo, un río precioso de escenario y unos brinquitos para llegar al suelo. Vean la cascada y todo el mundo para su hotel. Las fotos en mi flickr. A las 11am estaba de regreso en la posada sin más nada que hacer hasta las 2pm que me iba al aeropuerto. Hacía calor, estaba ociosa = birra.
Comencé tipo tranqui con una, luego me instalé a hablar con Javier, el encargado de la posada, y salió de la nevera el primer litro, se unió el francés a la conversa y nos cambiamos a la orilla de la piscina con los pies en el agua para bajar la temperatura, más birra. Tras haber roto dos vasos y hablado la pendejada pareja me fui a dar un duchazo, agarré mis cosas no sé cómo y me largué ebria de Iguazú. Fue la mejor despedida, se la merecía.

26 septiembre, 2009

Iguazú día 3: Brasil, la la la la la la la laaaaa

Qué verguenza, pero no puedo pronunciar la palabra Brasil sin cantar la tonadita de hora loca en matrimonio venezolano. Me disculpan ¿sí?
En fin, hoy me tocó visitar el parque del lado brasilero. Más pequeño, pero la panorámica es fabulosa, enorme, amplia. Me gustó mucho.
Salí temprano en la mañana con Esteban, el chico que me llevaría, pasamos la frontera (hubo que devolverse porque se me quedó el pasaporte) y me dejó primero en el Parque das Aves. No voy al zoológico porque me dan lástima los animales enjaulados, esta máxima se potencia si dichos seres son alados, pero me convencieron y fui. Debo reconocer que me cautivó. La verdad es que los tienen de lo más bien dispuestos en unas jaulas enormes, todos se ven sanitos y contentos. Hubo unos loros amarillo insólito que fueron rescatados de las garras putrefactas de unos contrabandistas. Mother fuckers. Sólo me sentí muy mal con el Águila Arpía cuya jaula es enorme, pero no suficiente para su capacidad de libertad. Otro caso de herido de guerra rescatado, es difícil tomar partido.
Lo que más me emocionó fue que se puede entrar a algunos viveros y ver de cerca a los pájaros, gocé tomando fotos que pueden ver en mi flickr por aquello de las imágenes y las mil palabras.
Crucé hacia el parque donde están las cataratas, agarré el autobús hasta Cañon Iguazú y entrompé mi primera aventurilla del día: lanzarme en rapel 55 metros desde una torre para ver las cataratas cual guindarajo. Me dió terror, panico con las alturas. Sin embargo insisto en enfrentarlas y así fue mi día, un entrompe a eso de estar lejos del suelo. De ahí al "arborismo" -que yo llamo canopy-, un circuito en la copa de los árboles, no tan alto como lo otro, pero requería equilibrio. Cerró con el "salto de gato", una barbaridad que consiste en encaramarse sobre un palo altísimo y saltar para tratar de agarrarse de un trapecio. Yo me agarré de esa cuerda como que no hay mañana y ni rocé el fulano trapecio. Por último: intentos diversos en la pared de escalada que superé sin pena ni gloria.
Cuando terminé con mi asignación de periodista de aventura me fui tranquilita a ver las cascadas, salió un solecito mejor y se pusieron bellas. Disfruté horrores estar tan cerca de la garganta y emparamarme a sus pies embriagada del poder que emana ese chorrote de agua. Vida.
Cuando me disponía a encontrarme con mi chofer asignado me arrebató un antojo: ver esa vaina desde arriba, de verdad, para entender la magnitud del asunto. Pagué un puño de plata y volé en helicóptero sobre Iguazú. Cada centavo valió mil.
Como cada día, la jornada termina en una peña internacionalísima en la terraza de la posada tomando cerveza y compartiendo experiencias. Estoy contenta hoy.

25 septiembre, 2009

Iguazú día 2: río crecido


Estuvo lloviendo bastante por Brazil y las cascadas pasaron de tener 1millón de litros cúbicos por segundo a alrededor de 6 o 7. Porque sepan algo, el 85% por cierto de los saltos son argentinos, pero el río es brasilero, y si llueve allá, se ve aquí. Insólito. Sigo alhelada con el poder del agua.
Voy a la crónica, breve porque tengo sueño. Me levanté tempranito, desayuné té y pan, me fui hasta la esquina y agarré el "Práctico" (autobús popular, pues) y me arranqué a las cascadas. Asombrosa la muchedumbre que va, pero el lugar es inmenso, no me sentí abrumada.
Llegué directo a mi plan del botecito, me emparamé con agua desbarrancada y conocí a Mayra, una ecuatoriana encantadora que viajaba tan solita como yo. Le dije que nos acompañáramos durante el resto del recorrido y me invitó a ir con su guía: un negrito brasilero llamado Tadeu que era como el alcalde del parque, todos lo conocían y trataban con cariño. Se lo merece, Tadeu es el mejor guía en el mundo, lo adoré y a Mayra más por salvarme de la ignorancia y presentármelo. La pasamos de lujo todo el día. Paseamos por el circuito inferior, el superior, agarramos el trencito y se nos descolgó la mandíbula ante el performance de poder que nos ofreció la Garganta del Diablo. Yo, que rindo culto a la palabra, me quedo muda. No sé cómo decirlo. Mayra comentaba en la pasarela que ama el agua, no le teme, podría morir ahogada. Cuando presenciamos semejante desaforo líquido bastó una mirada para saber que Mayra desea desaparecer en ese alboroto un día, cuando ya no quiera más de esto.
Fue un día movido, hermoso. El Parque organizadito, con pasarelas, carteles, casitas de información, montones de servicios. Parece primer mundo. Aún así conserva su encanto, te sigues sintiendo en un entorno natural, salvaje. Un día crece el río de verdad y se lo lleva todo.
Tomé fotos de Iguazú, koatis, mariposas, arañitas y el barquito mira aquí

24 septiembre, 2009

Iguazú día 1


Voy a intentar esto de hacer un diario de viaje. Traje la compu, tengo wi-fi, me vine íngrima y sola a Iguazú y supongo que tendré tiempo cada noche para contar mis peripecias.
Cuando voy a viajar me levanto temprano, no importa si el vuelo es a media noche, lo hago por ansiedad. Así fue hoy, me bañé, desayuné, terminé de arreglar la maleta y me fui al pilates. Salí de mi clase a la 1pm y, en lugar de salir de una vez al aeropuerto (mi vuelo era a las 2:20pm), decidí procrastinar un rato más. Llegué y vi el cartel de LAN que decía "Todos los vuelo cierran media hora antes de la hora de partida". "¡Damn!" pensé, faltaba como medio minuto para que la amenaza se materializara. La chica me ve, ve mi itinerario y grita hacia la fila "¿algún otro pasajero a Iguazú?... nada, yo era la última. Sigue con lo suyo y al darme el boarding me dice que el vuelo estaba sobrevendido, que me puso en espera y que me vaya a la puerta "a ver". Me apuro, llego a la puerta 6 y lo que "veo" es una muchedumbre embarcando. Me pregunto por qué va tanta gente a Iguazú y si todos van a estar mañana viendo la misma cascada que yo. Creo que prefiero ir a Canaima en avionetica (aunque sean unas taritas aterradoras) para sentirme más exclusiva. Entran los dos últimos pasajeros.  La chica me ve con indiferencia, habla por un telefonito y me dice "pasa".
Cuando entro al avión lamento que el vuelo no sea más largo porque esta mamarracha impuntual acababa de ser recompensada por su dejadez con un puesto en clase ejecutiva ¡wooooojoooooo!!!
Llegué, tomé un taxi de 80 pesos (caro), llegué a la posada que había reservado por internet y me recibió Walter amabilísimo. Todo bien básico, pero con un jardincito precioso. Llegué desmelenada del hambre y justo al lado hay un restaurante donde hacen woks. Me sentí raro comiendo sola y apliqué la del libro, es perfecto, lo recomiendo. Me da la impresión de que hasta interesante debo verme con mi "Kitchen" de Banana Yoshimoto.
Volví a la posada, hice buenas migas con un gringo gay fabuloso, un par de irlandesas y una inglesa. Sí, estoy en la clásica posada que los europeos adoran. Básica, barata, algunas habitaciones se comparten, la cocina es común y el ambiente relajado. Luego descubrí que tengo wi-fi y me vine a mi cuarto, la PC de la posada está demasiado concurrida.
Entro y hago casita, una costumbre de mi madre que consiste en deshacer la maleta e instalarse. Escribo, veo mi feisbuc, mis correos y escucho varios idiomas que provienen de la terraza y se cuelan por mi ventana. Ahora voy a dormir y mañana sigo contando.

22 septiembre, 2009

Histeriqueo metereológico


Como grácil ciudadana de la línea del ecuador, me asombran las estaciones. Claro que en Venezuela hay estaciones, tampoco es un verano eterno, está la temporada de lluvia y la seca.  Pero el tema que me ocupa, ahora que estoy viajando por Argentina, es el histeriqueo meteorológico en este país que se supone tiene cuatro estaciones bien definidas. Histeriqueo: una palabra acuñada por estos sureños para referirse a comportamientos herráticos. Lo que nosotros llamaríamos andar en un "tira-y-encoje" permanente. A estos seres lo he visto actuar así, bien a menudo, les gusta, por algo lo nombraron.
La cuestión es que dicha propiedad, que asumíamos humana, se está apoderando del clima. Llegué a Buenos Aires blindada para sobrevivir el invierno gélido que me atacaría en agosto, lamento decir que la chaqueta de plumas que me prestó mi tía querida sólo la usé para un paseo de nieve por Mendoza y me la tuve que quitar varias veces cuando me agitaba. Inclusive hubo un día en que no se me ocurrió ver el pronóstico de tiempo y cuando salí tuve que arrancar a desnudarme porque en la calle hacían 30º. Lo malo no fue el calor, la maldición es tener que cargar todo un outfit guindado de la cartera: chaqueta, suéter, bufanda y medias panty de lana ¡chévere!
Todo eso fue raro, pero supuse que así se comporta el invierno en su ocaso. Una vez que escuché que la primavera comenzaba el 21 de septiembre, así con fecha y todo, tuve algo en que fiarme. Una esperanza de que algo sería un poco más estable. Por eso no escribí ayer, me pasé el día afuero viendo gente tirada en la grama y caminando sin suéter bajo el sol. Divino.
Tenía mis sospechas, el día antes llovió 24 horas sin parar, pero insisto en el optimismo, pensé que era el invierno despidiéndose de una vez por todas. Y sí,  el 21 llegó el sol con todo junto a la primavera, tanto que me compré un vestidito y par de franelitas sin mangas para mis últimas dos semanas.
Dormí felliz pensando que el sol me sacaría de la cama. Cuando me levanté a las 10am y el cuarto seguía oscuro mientras yo me preparaba a estrenar, ¡langa! era la lluvia otra vez.
Así que barajeo dos opciones: o yo -grácil ciudadana de la línea del ecuador- no entiendo de qué va la primavera y sí se supone que llueva y haga sol y llueva; o en efecto el histeriqueo argentino se apodera del clima.
Es probable que jamá descifre la respuesta, los argentinos son complicados, por ahora sólo se que el secreto del éxito es jamás confiar, hay que levantarse cada mañana a ver el pronóstico del tiempo en el canal 5 de aquí. Pero me frustra, los climas herrráticos cuando estás de viaje complican todo. Uno trae ropa para una sola estación. Yo me vine lista para el invierno y con la misma ropa he tenido que apañarme con un par de pequeños veranos, algo de primavera con árboles en flor, algunas lluvias otoñales y un frío invernal del serio en otras ocasiones. Ahora estoy por irme a Iguazú con una maleta más pequeña y siento mucho miedo porque no sé qué llevar.

20 septiembre, 2009

Lily, la brecha generacional y yo


A Venezuela casi nunca llegan las giras de las bandas que a uno le gustan, eso generó en nosotros un síndrome de poca selectividad a la hora de ir a un concierto. Por lo menos en mi caso, banda que llega, banda que veo, así no tenga la menor idea. Gracias a dicho síndrome, cada vez que viajamos con pasaporte procuramos hacernos con un par de tickets para ver algo de lo que no llega al país. Inclusive, viajamos expresamente a ver a nuestros artistas favoritos en tours de un fin de semana que se venden como pan caliente en las agencias de viajes. Hasta las hijas de Chavez fueron a Paris a ver a Madonna.
Por Buenos Aires, Argentina, sí paran las giras, pero descubrí ya tarde que mi timing no fue el mejor. Me vine durante Agosto y Septiembre, entre el invierno y la gripe porcina, todos los conciertos buenos vendrán a partir de octubre: The Killers, Pete Doherty, Charly García. La nube negra venezolana me persiguió hasta acá. Pero soy terca y no pensaba moverme del sur hasta haber visto por lo menos un par de recitales.
La semana pasada fuimos a La Trastienda a ver El Perro de Mar, una sueca altísima y rubia que canta precioso. Gocé, ella -con su nombre de nutria- me pareció un hit, nos tomamos una botella de vino sentaditos en una mesa mientras la veíamos, el promedio de edad de la sala estaba alrededor de los 30 y las pintas denotaban cierto nivel socio cultural cercano a la clase media y estudiada. Me sentí fresca y juvenil, parte de algo importante que estaba pasando. Además, descubrí que me gusta el folk.
Como me fue bien sin tener la menor idea de qué iba a ver, me entusiasmé con la idea de asistir al de Lily Allen. Qué falla de criterio la mía. Andi, que es una melómana, se sabía una canción divertida que fue la que escuchamos durante tres días para entrer en calor: Fuck you.
Como buenas venezolanas, donde quiera que estemos, conseguimos que nos metieran chanchullando unas entradas más baratas. Luego, cuando nos colearon ante una multitud de adolescentes con pancartas que había esperado horas para entrar, nos percatamos de la magnitud del chanchullo y de que habíamos conejeado un pelo. Da igual, estábamos adentro. Éramos Andi y yo, la argentina que nos coleó, otra argentina amiga de nosotras, un crew de maracuchos liderado por Florencia y el club de fans de la Allen apostado al frente con los dientes pegados a la tarima. Daniella comenta "mirá, en el concierto de Radiohead la gente era como más alta ¿no?" Mal presagio.
Esperamos un rato tomando Coca Cola porque en el Luna Park no venden birras y comenzó el concierto. Gritos destemplados de los pequeños forajidos. Trato de entrar en calor con un "uuuuuuuuuu", pero me siento como pajarito en grama, pasito para un lado, pasito para el otro, el bailecito de la abuela. Dos criaturas sacan una caja de pangas y prenden un cigarro extasiadas. Recuerdo que yo también fumé escondida en el concierto de Roxette ¡hace cuánto habrá sido eso! Divago en medio de la euforia colectiva que me rodea: "hey, esa también era una sueca que cantaba en inglés, ¿qué onda con los suecos?"
A la 4ta o 5ta canción - quién sabe- se me revela la verdad como una cachetada y le digo a Andi: ¡marica, soy la madre abnegada que trajo a su pequeña adolescente al concierto y no entiende nada! Nos reímos resignadas y seguimos burlándonos de nosotras para espantarnos el tufo a patetismo. Poco después sale la Lily con un cigarro en la mano y nos escandalizamos con manito en el pecho y todo -¿qué clase de ejemplo es ese para la juventud?- Sin lugar a duda no estamos en nada.
Finalmente suena nuestra canción: "fuck you, fuck you very very muuuuch", logramos mezclarnos por un instante entre las adolescente histéricas que ven el concierto a través de sus cámaras y se saben todas las canciones de memoria. Cuando se acaba el tema pseudo controvertido, re entramos en personaje con mayor fuerza y decidimos irnos antes de que se acabe el concierto para agarrar el colectivo de primeras y no tener que enfrentarnos de nuevo a la brecha generacional que como un abismo nos alejaba de la masa teenager.
Fue patético, pero revelador. Pueden jurar que de ahora en adelante seré bastante más selectiva con los eventos musicales en vivo a los que asista y que mis hijos se jodieron a menos de que el padre se resigne a ser el forzudo ecuánime que los lleve en hombros. Yo, no voy.

19 septiembre, 2009

Venezuela como yo la veo


Cuando me piden que escriba sobre las bondades de Venezuela como destino turístico, entro en pánico. No sólo por lo fácil que resulta caer clichés y lugares comunes. Sobre todo porque me aterroriza pensar en mi país como un Cancún, Aruba o Disney. No soy de hoteles ni paquetes, prefiero acampar, dormir guindada en una churuata, quedarme en una casa pequeña que decidió convertirse en posada y ser Arianna en lugar de la habitación 734. Soy una enamorada de la naturaleza y eso es lo que abunda en este país, una geografía que regala montañas altas y frías, otras calientes y áridas, sabanas llenas de pájaros, playas infinitas, bahías encaletadas, selva profunda, tepuyes, agua, saltos, médanos que caen al mar. Es una exageración. Como tratar de discernir los sabores de un cubito. Imposible conformarse, o pensar que ya lo has visto todo, hay que ir más adentro, a dónde se acaban las carreteras y se sigue a pie o en curiara. Ahí están los verdaderos tesoros, lo más genuino y especial, lo que hay que sudarse. Por eso insisto en recorrer Venezuela por los caminos verdes y recónditos de la naturaleza. Déjenle el coctel de bienvenida a otros, o para cuando estén demasiado cansados. Yo sé que es cuestión de gustos y hay quienes precisan aire acondicionado para ser felices. Pero créanme, lo más bonito está allá afuera y hay que buscarlo.


17 septiembre, 2009

Andita y mis amigas

Andi es mi mejor amiga del mundo de la vida, mi hermana, a la que acudo cuando todo está mal y me refugia. También la quiero a mi lado cuando más feliz estoy. Ahora que me vine a Buenos Aires unos mesesitos es mi esposita perfecta. Compartimos las labores del hogar, ambas trabajamos en casa, salimos al cine, a cenar y como eso del sexo no media porque no nos gustan las niñas, cada quien tiene derecho a tener lo suyo fuera del contrato que nos concierne. Es perfecto. 
Andi es diseñadora y artista, yo soy su fan desde antes de que ella misma supiera que era todas esas cosas. Es sensible al arte Andita, porque de música también sabe muchísimo, estar en su casa es un permanente soundtrack de la vida maravillosamente seleccionado. Hoy puso en su tumblr "friends are girls best diamonds" junto a esta foto que nos tomó a Ama y a mi anoche siempre prestas a modelar para sus experimentos fotográficos. Y tiene toda la razón. Las amigas son todo. Las mías son sensacionales, las adoro y no sería quien soy sin ellas, jamás habría salido de ningún problema si no pudiera acudir a sus múltiples soluciones. Porque mis amigas no se parecen entre ellas, cada una es única en su especie. Las tengo creativas, aventureras, caseras, empresarias, jipis, rockeras, madres, solteras empedernidas y felices. Bellas, son todas bellas y queridísimas. Tengo a las que me acompañan la existencia desde que estábamos en el colegio, las que conocí en la universidad, las de la vida, de los viajes, las de la mala vida también. Ellas saben que Andi siempre ha sido y será mi favorita pero las amo a todas, las amo como loca y se los hago saber cada vez que puedo, son mi muro de contención y mis alas, son lo más bonito, la conjura de mis pesares y alegrías.

16 septiembre, 2009

Catando océanos

Mi amigo Jonathan me recomendó un libro de Zoé Valdés que se llama La Cazadora de Astros. En el primer capítulo la dicha cazadora se encuentra con  Zamia y le dice que ella es una catadora de océanos. Nunca me sentí más identificada con una frase en mi vida. Yo soy una catadora de océanos. Amo el surf aunque me niegue a disciplinarme con él. Adoro andar en kayak, en peñero, velero, tapaíto, lo que sea. Bañarme en el mar, meter los deditos de los pies en la orilla, hundirlos en la arena y ver cómo las olas revientan contra mis palillos de piernitas. Sí, aunque me da frío.
Por Elena descubrí a Clark Little, un hawaiano cazador de olas. Comenzó en el 2007 porque su esposa quería un cuadrito para la sala y se le ocurrió meterse en el mar a ver qué onda. Es un duro. Capta lo más rudo y sutil del poder del mar. Congela el momento más sublime y pasajero de su devenir. Lo amo.
En la página va a vender su libro y pienso volarme mi cupo entero para tener la edición más fancy y echármelas poniéndola en la sala de la casa.

BsAs


BsAs
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Me gusta Buenos Aires

Me gusta. Me encanta que sea grande, esté llena de librerías. Cuando hace frío la gente se viste más lindo, cuando hace calor se empelotan con estilo. Fabrican los mejores helados del planeta tierra. Adoro sus parques, los Bosques de Palermo amplios, el Botánico tupido y sus gatos, Las Heras con los jipis. Qué loco que antes fuera una cárcel. Me derrito con los paseadores de perros, pero no entiendo qué le pasa a los porteños que se niegan a recoger la caca de sus perros. 
Vuelvo a las librerías: las hay enormes como un teatro, pequeñitas, con cafés, sillones, de estantes altos donde te prestan la escalerita si quieres curiosear, te recomiendan libros, saben de libros, se leen los libros. Están por todas partes. 
Adoro los nombres de las tiendas "Como quieres que te quiera", "Vos te reís", "Al queso, queso", "Cuentaconmigo". Los restaurantes "El último beso", "Los Inmortales", "Siga la vaca". Los argentinos son creativos, hasta la publicidad me divierte. Desfachatados. Ayer fui a ver una peli argentina "El secreto de sus ojos", gozan con ellos mismos, se ríen de sus puteadas, sus expresiones, ellos saben que son un hit y se disfrutan. 
Los argentinos son unas divas y unos desatados. No creen en nadie y van con todo tras la conquista y el piropeo. Trasgreden los límites del espacio personal. Pueden resultar molestos en ocasiones. 
Les gusta la música, les gusta el psicoanálisis. Según mi guía de viajes Wallpaper hay un psicoanalista por cada 30 argentinos. Si cada uno tiene por lo menos tres clientes, hagan la matemática, yo no sé sumar. Los números son mi debilidad desde que tengo uso de razón.
En Buenos Aires, o cómo le decimos los venezolanos Güenojaires siempre hay conciertos. A estos panas, como ya dije , les gusta la música. Especialmente el rock and roll, pero inventaron el tango que es hermoso y les da por la cumbia de a ratos.
Les gusta sufrir. A mí me gustan ellos, me divierten.