El fin pasado (sí, yo sé cuán tarde estoy escribiendo este post) estuve en Chichiriviche de la Costa, conocido también como la bahía de los buzos gracias a un característico desnivel que permite hacer inmersiones a pocos metros de la orilla. Es muy divertido verlos caminar por toda la playa con sus trajecitos negros ajustados, las botas y el perolero guindando. Son absolutamente variopintos en edades, estratos y estilachos, compartiendo la misma curiosidad que los lleva a explorar el fondo marino una y otra vez.
De nuevo viajé con el biologuito, debíamos encontrarnos el sábado temprano con el apneísta Carlos Coste. La idea incial era que mi biologuito, especializado en fisiología del ejercicio, le hiciera unas pruebas de unas cosas que yo todavía no alcanzo a comprender plenamente, pero el mar estuvo agitado, así que yo sólo atiné a tomarle un par de fotos a Carlos mientras se preparaba y el tema de las pruebas quedó para otro día. Eso sí, puedo afirmar con conocimiento de causa que el reconocido apneísta es poco más que un súper hombre. Insólito. Lanza una cuerda de 90 metros - "estoy comenzando suave el entrenamiento"- y juácata, desaparece asido a ella para aparecer un puño de minutos después como quien fué a comprar una canilla en la panadería de la esquina. Yo deliraba del mareo y tuve que anularme despatarrada en un banquito de la lancha para no pasar pena con Aquaman volteando mi estómago en su "playground". Menos mal que el biologuito se mantuvo presto a asistirlo, recoger cuerdas y toda la parafernalia apneística.
Gracias al mar rebelde nos tomamos la tarde libre. Yo me horizontalicé frente a un quiosco a leer a Laurita Restrepo tomando birras -el libro las ameritaba- y el biólogo-deportista se empujó montaña arriba con su bicicleta. En la noche nos encontramos con unos amigos suyos, conversamos frente al mar, cuadramos un paseo a Petaquire para el día siguiente y vimos las linternas moverse en el agua. Son famosas las inmersiones nocturnas en esta bahía.
Amanecí cámara en mano para aprovechar la luz más tibia, a las 10am nos buscaron en la posada y nos encaramamos en un peñero rumbo a Petaquire para conocer su famosa cascada. Desembarcar no era tarea fácil con ese mar y el pedregullero que suplía a la arena. Luego caminamos unos 10 minutos y llegamos al cañón de un río. Sólo logro ver un montón de rocas gigantes y escucho el agua. Al acercarme siento erizar el pellejo ante el espectáculo que me recibe. El decidido poder del agua ha taladrado un agujero entre las piedras de la cueva para poder seguir su rumbo hacia el mar. Una regadera fuerte, invasiva, abarca el espacio y hace llover entre las rocas. Hermosa, fascinante.
Tras el baño de agua dulce, hacemos una parada para comer uvas de playa frente al mar y re entrompamos la de montarnos en el peñero sorteando olas y piedras. Salimos ilesos, regresamos a la bahía de los buzos y emprendemos camino a la ciudad con la firme promesa de volver para explorar más.
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