29 octubre, 2009

La bahía de los buzos


El fin pasado (sí, yo sé cuán tarde estoy escribiendo este post) estuve en Chichiriviche de la Costa, conocido también como la bahía de los buzos gracias a un característico desnivel que permite hacer inmersiones a pocos metros de la orilla. Es muy divertido verlos caminar por toda la playa con sus trajecitos negros ajustados, las botas y el perolero guindando. Son absolutamente variopintos en edades, estratos y estilachos, compartiendo la misma curiosidad que los lleva a explorar el fondo marino una y otra vez.
De nuevo viajé con el biologuito, debíamos encontrarnos el sábado temprano con el apneísta Carlos Coste. La idea incial era que mi biologuito, especializado en fisiología del ejercicio, le hiciera unas pruebas de unas cosas que yo todavía no alcanzo a comprender plenamente, pero el mar estuvo agitado, así que yo sólo atiné a tomarle un par de fotos a Carlos mientras se preparaba y el tema de las pruebas quedó para otro día. Eso sí, puedo afirmar con conocimiento de causa que el reconocido apneísta es poco más que un súper hombre. Insólito. Lanza una cuerda de 90 metros - "estoy comenzando suave el entrenamiento"- y juácata, desaparece asido a ella para aparecer un puño de minutos después como quien fué a comprar una canilla en la panadería de la esquina. Yo deliraba del mareo y tuve que anularme despatarrada en un banquito de la lancha para no pasar pena con Aquaman volteando mi estómago en su "playground". Menos mal que el biologuito se mantuvo presto a asistirlo, recoger cuerdas y toda la parafernalia apneística.
Gracias al mar rebelde nos tomamos la tarde libre. Yo me horizontalicé frente a un quiosco a leer a Laurita Restrepo tomando birras -el libro las ameritaba- y el biólogo-deportista se empujó montaña arriba con su bicicleta. En la noche nos encontramos con unos amigos suyos, conversamos frente al mar, cuadramos un paseo a Petaquire para el día siguiente y vimos las linternas moverse en el agua. Son famosas las inmersiones nocturnas en esta bahía.
Amanecí cámara en mano para aprovechar la luz más tibia, a las 10am nos buscaron en la posada y nos encaramamos en un peñero rumbo a Petaquire para conocer su famosa cascada. Desembarcar no era tarea fácil con ese mar y el pedregullero que suplía a la arena. Luego caminamos unos 10 minutos y llegamos al cañón de un río. Sólo logro ver un montón de rocas gigantes y escucho el agua. Al acercarme siento erizar el pellejo ante el espectáculo que me recibe. El decidido poder del agua ha taladrado un agujero entre las piedras de la cueva para poder seguir su rumbo hacia el mar. Una regadera fuerte, invasiva, abarca el espacio y hace llover entre las rocas. Hermosa, fascinante.
Tras el baño de agua dulce, hacemos una parada para comer uvas de playa frente al mar y re entrompamos la de montarnos en el peñero sorteando olas y piedras. Salimos ilesos, regresamos a la bahía de los buzos y emprendemos camino a la ciudad con la firme promesa de volver para explorar más.
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21 octubre, 2009

Una visita verdísima



Estuve en Casa María, una posadita en Canoabo, por los Valles Altos de Carabobo. Tenía que ir a tomar unas fotos para la columna de mi madrecita y hacer algún paseo para contarle. Salí con mi biologuito el domingo porque el sábado era el baby shower de mi amiga Vanessa y me moría si no le veía la barriga. Ella no vive aquí así que era LA oportunidad para hablarle a mi sobrino a través de la panza y la partida podía esperar unas horas.
Agarramos carretera, temprano en la mañan y a punta de GPS, el de mi mamá que se llama Estela. Toda una novedad eso de tener una mujercita que te indica por dónde ir, lástima que al final perdió la señal y tuvimos que recurrir al clásico: "Señor, buenas, disculpe la molestia ¿usted sabe dónde queda la posada Casa María?". Finalmente llegamos a la vieja usanza. Nos reciben con desayuno servido Gaby y Norbert , dos alemanes que ya pintan canas con una vitalidad que sólo se ve fuera de la ciudad y Xiomara una criolla alemanizada que trabaja y vive con ellos. Nos sentamos en la mesa y hay como 7 mermeladas caseras, todas preparadas por Gaby. Una pequeña antesala de lo que sería la experiencia culinaria. La posada es una preciosura, hay matas y maticas en cada rincón. Tienen dos loros y un tucancito verde que no saben lo que es una jaula, tres perras juguetonas y cariñosas, dos chigüiras, un montón de acuarios, tres tragavenados, un par de mariposiarios, dos jaulas con unos escarabajos enormes, una laguna con ranas cantarinas, jardines y jardines y más jardines. Todo construido con esmero y paciencia por la pareja. Casi me muero de un empache comeflor.
Norbert es entomólogo, que son los que saben de insectos, y tiene una colección de mariposas increíble guardada en un estudio desordenado al lado de su cuarto. Desordenado el estudio, porque la colección es lo más prolijito que he visto en años. Filitas perfectas de colores y formas distintas junto a sus orugas, nombres y especificaciones. Él, que es un creador de mundos, está construyendo un pequeño museo para exhibirla.
Después de comer salimos con Norbert y una comitiva de locales en su Unimog, un camión de la II Guerra Mundial. La misión era explorar la naciente de una de las quebradas para un proyecto que está organizando el alemán junto a la comunidad en aras de tener reservas de agua cuando hay sequía y utilizarla racionalmente. Lo clásico, estaba todo talado para sembrar y descubrimos el uso indiscriminado de veneno en la zona. Una lástima. Escucho conmovida cómo Norbert explica la importancia de los suelos y del cuidado de ellos para preservar el agua. Me da la impresión de que su opinión cuenta, luego me entero de que fue elegido como miembro de la Junta Comunal y que aunque todavía hay muchos que entorpecen y desconfían, hay quienes escuchan sus consejos. En sus palabras: "se han dado cuenta de que no es tán estúpido el alemán".
Regresamos en la tarde y tras almorzar opíparamente -sí, la comida es un evento de varios platos, postres y buena compañía- vamos a un terrenito al frente donde hay otras lagunas y un senderito en el bosque. Me doy banquete tomando fotos de insectos a ver si sorprendo a Norbert en su terreno. Volvemos para la cena -espectacular de nuevo- y logro sacarles el cuento enterito de cómo es que terminaron en Venezuela tras un par de copas de vino. Adoro las historias de aventureros y este es un par memorable que tras recorrer el mundo terminan enamorados de éste verde desordenado que los aloja. También escuché cómo Xiomara, oriunda de Puerto Ayacucho, estaba aprendiendo alemán para trabajar con turistas, conoció a Gaby y Norbert a través de un novio entomólogo y ya tiene 10 años en Casa María. Luego Norbert nos enseña su show de fotos 3D ¡Doy alaridos de la emoción! Tiene una colección de fotos de mariposas, insectos y reptiles para delirar. Duermo feliz.
Al día siguiente desayunamos en la terraza y nos vamos a explorar un nuevo camino para subir a un terreno que alquila Norbert en la montaña. A punta de machete y desmalezadora descubrimos un pozo insólito, unas toronjas que saben a limón y una nueva ruta para ir a La Neblina, una casita en el tope de la montaña, con gramita perfecta y pareja que parece de campo de golf, y una vista impactante del valle. Me caigo a apurruños con los tres pastores alemanes de la casa y subimos por un sendero a ver mariposas. Me sentí cómo en los documentales con los científicos observando insectos. Divino. Gaby nos buscó, bajamos hasta la posada y volvimos a comer como reyes antes de irnos. Me fui enamorada de la vida, la naturaleza, la gente que no teme intentar nuevas experiencias,  los viajeros, los amantes de este planeta que quiero recorrer. Amo viajar y conocer gente.
Si un día les da por ir, entren en www.bugparadise.com y si quieren ver mis fotos, hagan click aqui

13 octubre, 2009

Crónica social de un puente en Caracas


Procuro no viajar en puentes, feriados y afines, no me interesa engrosar la insondable cola de carros, prácticamente estacionados, tratando de entrar o salir de la ciudad para conseguir un puestico de 1m x 1m en alguna playa atiborrada del país. También admito que es pura echonería. Eso de tener un trabajo que consiste en viajar me permite hacerlo en cualquier momento del año, incluyenddo los días laborales, porque, repito, es mi trabajo. Así que este 12 de Octubre, que fue puente por caer un lunes, me quedé jugando a la casita en la morada de mi madrecita santa. El camping Los Palos Grandes resultó un hit. Como invitado principal "bed and breakfast todo incluído" estuvo el biologuito dueño de mi corazón. El sábado tuvimos a Amandititica con Daniel que aprendieron a hacer sushi y se vinieron a practicar la novedad, invité a Emi y Gus porque me encanta mezclar a los amigos de diversas fuentes a ver qué pasa. Suele resultar estupendo como de hecho lo fue. Hicimos pescadito crudo con arroz en millones de versiones y como para alimentar un ejército. Gozamos, nos echamos palo hasta quedar japoneses y luego nos pasamos horas fregando platos. Asombrosa la cantidad de peroles que se ensucian para lograr esa especialidad asiática.
El domingo seguí la iniciativa deportista de mi biologuito -que también es escalador- y me fui a la Cota Mil a pasear a Keala mientras él montaba bici de un extremo a otro contando metódicamente los latidos de su corazón. Resultó un evento social de lo más nutrido eso de salir a ejercitarme . Comenzando por Altamira me topé con mi padrino Gonzalo y Roland, a quien tenía años sin ver y lo hacía en algún lugar del norte. Ambos paseaban a la Beba sin correa y mi padrinito decidió inculcarme un poco de culpa canina por llevar a mi perrita aferrada a mi. Tuve culpa, pero no suficiente como para soltarla, los patineteros desbocados calle abajo no me inspirran confianza. Keala está añosa y sus reflejos no son los de ayer. Además, la correa me hace sentir acompañada. Soy hija única. Poco después me encontré al tío Antonio, mi preferido. Cincuentón que se mantiene estupendo a punta de patineta y dibujitos con tiza en la calle cada domingo. Buena genética, también. Hablamos un rato y  por La Castellana llegó Masuá, mi amigo del alma, cuya perrita Fiona es hija de la que llevaba mi padrino -un detalle para que vean cuán pequeño es el círculo social capitalino- también iba suelta, cachorra y loca corriendo detrás de su amo en la patineta. Nos pusimos al día, pensé en qué rico estar de vuelta. Ya de regreso a Altamira corrí a lo película para abrazar a mi amiga Ana María, la hermana de mi adorada Belita. Me volvió a recordar cuán mojona soy por olvidar el cumpleaños de Bela, me volví a agarrrar de por qué carajo ella no pone su cumpleaños en el feisfus. Llegué exhausta de tanto caminar, hablar y farandulear. Hice mi brunch preferido de la vida en Boston Bakery: huevos benedictinos con salmón y una ponchera de té frío. En la tarde fuimos al cine a ver "Los Girasoles Ciegos" del ciclo de cine español en Centro Plaza. No me mató.
Ya el lunes decidí que era hora de arriesgarse a turistear fuera del municipio. Tras un par de días a pie por el Municipio Chacao era hora de probar suerte con el carro. Visitamos la Guairita para encontrarnos con Avy, Crispín y las niñitas que están divinas. Una visita deliciosa a mi amiga de la infancia. Luego hasta Los Guayabitos para verle las caras a Fernando y Andreína a quienes tanto extrañé y por último cena mexicana en El Hatillo.
Cero colas, cero accidentes, cero gentío. Puro cariño. Un puente perfecto en la capital.

07 octubre, 2009

Llegar a casa


Yo soy bien caraqueña, pero desde hace 16 años también me considero "caruareña", por eso, para mí llegar a Venezuela implica, necesariamente, una ida a Caruao. Allá viven mis abuelitos adorados en una haciendita que se llama La Guachafita, un pedacito de paz, cariño familiar y comelonas cerca de la playa y los ríos donde todo es verde y frondoso.
Cuando compré mi pasaje para irme a Buenos Aires calculé todo para estar de regreso en la víspera del cumpleaños 83 de mi abuelo que además coincide con el de mi tío Antonio. Llegué un viernes al mediodía, mi madrecita preciosa y mi perrita rubia me buscaron en el aeropuerto y de ahí nos fuimos directo a Caruao sin escalas caraqueñas de ningún tipo. Necesitaba "caruarear" antes de entrompar esto que llaman la realidad aplastante.
Fue la mejor idea de la vida. Allá estaban mis tíos, mis primitos, Vicky con su novio y el sábado se apersonaron mis adoradas Paloma y Emilianita junto a la Basco y un invitado incógnito. El día de playa estuvo radiante en La Sabana, los niñitos se dieron un sólo baño de río que duró desde el mediodía hasta el final de la tarde. Mi pequeña Isa me confesó que soy su prima favorita, descubrí que a Ignacio le gusta el rock y se da durísimo en Guitar Hero. Vacilé con las acuarelas de mi tío Antonio, vimos videítos de super 8 donde salía mi madre adolescente. El tío Cristóbal me atormentó y mi madrina me tuvo consentida. Me amapuché con los cuchis, chismeé con mi madrecita y mis amigas hasta que se nos cayó la lengua, comí huevos en salsa, me bañé en el mar, en el río, en las aguas termales, en el pozo del cura. Abracé a mis abuelos un millón de veces, le canté cumpleaños a Tony y Antonio a grito en cuello usando la mesa de tambor. Me reí, me reí a caracajadas. Fue exactamente la clase de regreso que esperaba: cálida, amable y tropical. El domingo agarré la camioneta y me fui con mi perrita Keala de nuevo al aeropuerto a buscar lo único que todavía me hacía falta para ser perfectamente feliz. El amor.
Ya llegué a Caracas y estoy contenta de haber regresado, retomar mis rutinas, volver a salirme de ellas, trabajar, ver a los panas, caminar por las calles de Los Palos Grandes y tirar besos a lo Miss Venezuela por la vecindad. Soy feliz en casita y aquí viviré mientras pueda, entre la capital que me acogota y mi Caruao sanador.

01 octubre, 2009

Despedirse


Hay viajes de viajes. A la playa con los panas, cerca, los que le das la vuelta al mundo, los solitarios, los multitudinarios, los relámpago y éste. Vine a Buenos Aires durante 4 meses -con un intermedio Ccs NYC Ccs- a escaparme un rato de la vida que me jugaba una mala pasada. Decidí verla desde lejos, salirme de su nucleo un rato, pero, como dice la canción "you can run but you can`t hide". Es cierto, el dolor te sigue a dónde vayas, pero estar en otro lado me permitió atravesar ese pequeño luto en paz, lejos de las preguntas, las observaciones y la rutina en común.
Abrí los ojos grandes a otros mundos, conocí a otra gente con otros puntos de vista, con otros enfoques sobre lo que me pasaba. Hubo lugares que sanaron mis heridas, espacios inmensos que empequeñecieron lo malo, personas que también hicieron su parte, pasé frío, pasé calor, vi el agua congelada y el agua correr, tomé mucho vino, comí más bifes, pizzas y empanadas que nunca. Caminé, caminé y caminé, tomé taxis, remises y colectivos, aviones nacionales e internacionales. Aprendí a distinguir acentos. Estuve pletórica de dicha y en el foso de la tristeza. Escuché música nueva, vieja, fui a conciertos de bandas que ni sabía que existían, bailé y canté. Escribí, escribí muchísimo y también lei un montón. En el interín hasta me volví a enamorar y ese amor me hizo la visita, se vino hasta acá para amarme en la ciudad que me curaba.
Siento que tengo un nuevo camino trazado, me conozco mejor,  del dolor aprendí y de la alegría también.
Ahora me toca despedirme y tengo sentimientos encontrados: estoy feliz de volver a casa y me embarga una inmensa nostalgia al saber que dejo esta ciudad que tanto me ha dado en ese ratico de vida que disfruté en sus entrañas. Es mi último día aquí y no sé ni qué hacer. Ya están listas las maletas, los regalitos, vi lo que quería ver, comí lo que quería comer. Un día es un periodo muy corto y largo de tiempo, chato y atravesado entre dos realidades que me llaman. No sé a cuál entregarme, dudo entre salir a tomarle fotos despechadas a esta Buenos Aires querida o entregarme plena a la ansiedad de volver a casa. Supongo que haré las dos hasta que me toque cerrar la puerta y despedirme.