15 diciembre, 2009

Yo me voy un ratito

Me voy de vacaciones un ratito, como debe ser. Estaré en Amazonas acampando en el Orinoco bajo la tutela de Alejandro Buzzo, el conocedor absoluto del rafting en los raudales de Sardinata. Se vienen mis amigas Bela y Emilianita, Rafael de acompañante y yo con mi biologuito -por supuesto-. Les cuento con fotos y todo cuando llegue antes de Navidad.

04 diciembre, 2009

ENTRE CENTINELAS SAGRADOS


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Estuve en la Gran Sabana la semana pasada, no lograba escribirlo porque es un sentimiento que me abruma y debo dejarlo reposar un instante, masticarlo con calma. Salimos el viernes de Caracas en una avionetica de esas que parecen un escarabajo volador y en tres horas de paisajes lejanos aterrizamos entre tepuyes sobre la precaria pista de la comunidad de Yunek. Ahí, en el medio de la nada y el todo, conviven 150 almas con lo mínimo, regalándose el lujo de la contemplación entre los gigantes sagrados. El motivo de nuestra visita tenía que ver con mi biologuito escalador quién había sido contratado para guiar a Horacio, el piloto estelar de la tarita, hasta el final de una ruta en el Acopán llamada "Hasta luego Taurepán". Era la primera vez que vería al dueño de mis suspiros encaramarse en las paredes de un tepuy. Una mezcla sublime de sustico con profunda admiración.
Llegamos a la comunidad, repartimos el peso entre los porteadores de la zona y nos empujamos sabana adentro, colina arriba y ríos de por medio hasta el campamento base en las faldas del Acopán. Nos tomó poco menos de dos horas y llegamos hasta un bosquecito de cuento por donde seprenteaba un río tinto rodeado de musgos verdes, árboles enormes y piedras resbalosas.
Instalamos el campamento donde mi madrecita y yo nos dedicaríamos a la contemplación mientras los escaladores se hacían con su hazaña trepadora. Ahí estaban también Lyo y Raphi, un par de escaladores que nos hicieron grata compañía mientras descansaban entre un ascenso y otro.
Al día siguiente los chicos salieron con el sol, horas después acompañé a Lyo y Raphi hasta la base de la pared para poder ver de cerquita a mi araña querida y hablarle por el radio mientras aseguraba a Horacio.
Bajé, me dediqué a la lectura y esperé el atardecer junto a mi madre para hacer fotos y llenarme las retinas de colores cálidos, paisajes amplios y cielos acontecidos. Al caer la noche con su manto de luceros hubo un brillo juguetón que me hacía ojitos desde la pared del tepuy. Señales de amor en la distancia que acercaron nuestras voces en ondas de sonido. Dormí feliz.
Temprano en la mañana la Sra. Quintero y yo decidimos que estaba bueno de ocio y leedera y arrancamos río arriba cual exploradoras audaces a ver si nos topábamos con una cascada digna de foto y algarabías. Tras casi dos horas de expedición mojada lo que nos encontramos fue una pequeña culebrita -con dientes, eso sí- que nos omnibuló la valentía haciéndonos retroceder cautas hasta las hamaquitas que nos esperaban en el campamento. Todo parece indicar que estamos madurando. De pozo en pozo caturreamos siguiendo el devenir del agua y recibimos a los verdaderos exploradores que llegaron molidos y dichosos. Cuentos iban y venían hasta que las tripas exigieron pausa y los esqueletos descanso. Hicimos fogatica, brindamos por una última noche arrullados cerca del río y esperamos profundos la llegada de un nuevo día.
Enseguida comenzó la recogedera, llegaron los pemones auxiliares, nos despedimos de los otros viajeros y vuelta por el mismo trecho hasta donde nos esperaba el carrito volador. Compartimos los cuentos con aquellos que apenas hablan nuestra lengua, disfrutamos la risa sincera, el abrazo cálido, aquellos ojitos chinos que sólo abarcan verdes y explanadas, nos dimos un último baño de río y en tres horas nos esperaba la ciudad del caos. Ahora amansada en nuestras almas hinchadas, sosegadas por la vigilia de los centinelas sagrados de la Gran Sabana.