20 octubre, 2010

FINDE MERCADOS

Ya saben que no es mi costumbre quedarme en Caracas, pero el biologuito tenía curso de Gatorade y la verdad es que, tras la viajadera con la guía de mi madre, la patica caliente se me enfría un tanto. Así que nos quedamos en casita. El plan: ir al mercado. No al súpermercado de pasillos refrigerados, alimentos pre empacados, luces blancas y ambiente musical en el que el único contacto humano es con la cajera de uñas largas al final de la jornada. No. Mercado, mercado de verdad.
Sábado, 5:30am. Una melodía metálica invade la paz del hogar. El despertador. Nos levantamos, me pongo cualquier cosa y salimos al espacioso, moderno y amable Mercado Municipal de Chacao. Nos estacionamos en el "bien cuidadito" frente a la juguetería, ya no quedaban casi puestos, me asombra cuánta gente madruga para conseguir lo más fresco. Con el carrito robado de casa de mi madre hacemos nuestra entrada triunfal de pareja joven intentando ahorrar y comer sano. La compra sería de verdura y frutas estrictamente, de lo demás hay en casa. Es maravillosos cómo en esa estructura tan de estos tiempos, pulcra e iluminada, se gesta la tradición milenaria del mercado y el espíritu se mantiene intacto. La gente habla duro, qué desea, en qué lo puedo ayudar, pregunta, responde, regatea, toca, indaga, comenta, se queja, alaba, escoge, prueba, recomienda. Además, la variedad es fascinante: cebollas grandes, pequeñas, moradas, ajíes redondos y alargados, verdes, amarillos, anaranjados y rojos, berenjenas regordetas, papas colombianas chiquitas, colombianas grandes, de pulpa muy blanca, de pulpa amarilla, pimentones brillantes, pimientos gustosos, cambures manzanos, titiaros, plátano maduro, verde, topocho. De ramas hay tantas que me angustia no saber qué hacer con ellas en mi cocina, picas la hojita, la hueles, decides. Cuando subo al piso de las frutas entro en frenesí absoluto: los melones fragantes de pulpas gordas, encuentro guanábana madura, riñones que los amo, uvitas verdes carísimas, toronjas, tamarindo, lechoza amarilla y anaranjada, de todo. La felicidad. Cuando el carrito, que parece un bolso grande con ruedas, está obeso, entendemos que el presupuesto calculado fue eficiente. Biologuito se zampa una empanada para irse al curso y yo compro flores a la salida. Llegamos a la casa, ordenamos todo en la nevera más feliz del día y nos despedimos.
Salgo a pasear a la linda Keala, le pongo un cambur en la terraza a los azulejos, me doy un  baño, desayuno con frutas fresquísimas y voy caminando a casa de mi tía Inesita. Relleno con un sanduchito de guayanés y salimos a buscar a mi prima Victoria para irnos las tres a Delicarte en Los Galpones de Los Chorros. Pago mi entrada y cuando entro, mi amiga Ana María, con su barriga de meses y un par de tetas insólitas, me dice que estoy en la lista. Me devuelvo y pido mi platica de regreso. Buen comienzo. Delicarte es una oda a la gula y el buen gusto venezolano. Hay de todo: vinos y espumantes, los quesos de Turgua exquisitos, torticas de queso, ponquecitos, los chocolates en cajitas artísticas de Carol Blaha, cremitas, mantequillas, confitados, terrines... cuanta delicatez gourmet se te ocurra, la vas a encontrar en ese recinto sibarita. Con el bolsillo austero, me decido por una botella de espumante a precio de promoción, un queso pirámide de los de Turgua que son mis favoritos del mundo por siempre jamás y unos dulcitos surtidos de Dulce y Salao. La idea: agazajar a mi amado esa noche. Así se cumple el plan, para luego irnos a cenar con los demás científicos del deporte que trabajan en el Instituto Gatorade con mi biologuito. Me da risa, se pasan dos días hablando de nutrición y cierran el ciclo con una bacanal de carne, chorizo, yuca frita, tequeños y todas esas cosas ricas que se comen en los restaurantes de carne. Grandes conversas y orgullo profundo por la labor y logros del hombre al que adoro.
Domingo, 7am. Nos levantamos con el escándalo de las guacamayas que vienen desde El Parque del Este, nos encaramamos cualquier trapo y salimos al mercado chino del Bosque. Mi primera vez en la vida. Quedé con mi amigo de Twitter, Daniel Novoa (@ruidoblanco) que es fotógrafo y amante de la cocina asiática (enfermo, aclara él). Yo sabía que el mercado de los chinos existía, pero ante su fascinación compartida a través del pajarito, decidí ir y que Daniel me guiara. Biologuito y yo llegamos antes. Se escucha poco el español y sólo logro distinguir algunos productos como la flor de ajo y las vainitas. Eso compramos. De resto, me siento bastante perdida y eso me encanta. Comenzamos a curiosear, veo unas cosas que parecen auyamas pero la pulpa es blanca, me dicen que es para ponerle a la sopa, hay patos, codornices, cochino, especias, ramas, verduras extrañísimas, tallarines de todas las formas y grosores. También decido comprar té verde para mantenerme joven hasta el fin de mis días. Vemos una señora que vende empanaditas chinas y nos instalamos a probarlas todas, la explosión de sabores es atómica. Los occidentales se acercan a todo el que prueba y preguntan ¿está rica, de qué son? Los más experimentados dan consejos, prueba esta y no aquella. Cerramos con unos ponqués chinos que, nos habían dicho que no sabían a nada pero, a mí me encantaron. Finalmente llega Daniel con su madre, un encanto de mujer. Compran un par de cosas -recuerden que él es un pro y va directo al grano- y nos vamos a un restaurante cercano a desayunar chino. Eso sí es una novedad. Entramos y nos sentamos cerca del bufett, casi todo es al vapor, las masitas de arroz que traen camarones, guisitos de cochino y eso, también unos panes rellenos de cerdo y, la prueba de fuego: paticas de pollo en salsa. Su madre. Yo juré que las iba a probar y no me quedó otra. Paso. Demasiado pellejito y cartílago para mí. De resto todo me pareció divino. Daniel, a pesar de ser un enfermo de la cocina asiática -como él mismo afirma-, tampoco se fascinó. Menos mal que mi biologuito y la madre de Daniel dieron la cara por la mesa y le metieron a esas paticas felices, ñas, ñas, ñas. Con la barriga tiesa de tanto banquete, pasamos a comprar otras cosita, nos despedimos y se fue cada quien a su casa a dedicarle el resto del día a la modorra dominguera.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Me encanta como escribes, se lee como la carta de una amigo que te cuenta lo que hizo el fin de semana y encima te da tips para descubrir nuevas cosas. me perdí el deliarte ¿por casualidad sabes si habrá otra edición este año ?
P.D me encanto escuharte en el programa de "La Guarandinga" con tú mamá todo un éxito

freacos dijo...

Que buen relato Arianna de tu fin de semana de mercado, yo hago el mio tambien, con la diferencia que voy el domingo al Mercado de Carúpano, me desayuno con empanadas de cazón, camino, voy entre los pasillos, hace calor, par de frias para seguir caminando, voy al sector de los pescados, escucho, veo, y a veces compro pescado para "fritar" despues, par de frias otra vez, compro los periodicos de "Caracas" y me regreso a la casa, para esperar que se inventa. Visitanos pronto por estos lados. Saludos.

La peque dijo...

Gracias anónimo, es tal cual lo que me planteao al escribir el blog, ser absolutamente informal, como si le escribiera a unos "amigos imaginarios". Delicarte tendrá otras ediciones, síguelos en @delicarte (creo) para enterarte.
Freacos, mi mandoca fritica, el mercado de Carúpano son palabras mayores. Deja la echonería! ;)

mafaldamendieta dijo...

Te lo digo una vez más: me encanta como escribes, lo envuelves a uno en tu perolata que me parece estar viendo y saboreando todo. Pareces una hija cuando llega a casa después de un viaje y le quiere hacer a uno vivir todo lo que gozó. Aunque eso eres una hija para las madres que a través de una pantalla o una revista te vimos crecer.