28 enero, 2010

CACAO DE CHUAO



 Esta foto la tomó Alberto porque yo no me encaramo. El punto rosado soy yo :)

Así le puso mi biologuito a la ruta dificilísima que abrió en Chuao hace tiempo y fue ese mi segundo destino vacacional decembrino. Llegué de la isla en el Orinoco, pasé 24 en Caruao con mi abuelitos y mi madrecita santa y el 26 arranqué con el escalador, y dos de su gremio, rumbo a Chuao. Debo confesar que la experiencia de pasar por Choroní en pleno frenesí de la temporada fue aterrador. Olía mal. Yo soy poco ascosa y sufrí horrores al poner mis paticas en la arena putrefacta del embarcadero para irme en lancha a un mejor destino. Una vez superadas las arcadas, llegamos a Chuao. Bastante más limpio y cuidado, como si lo quisieran. Ahí nos encontramos con el Gran Pedro quien en su Defender remendado nos llevó de la playa hasta el pueblo. Le averigué la vida entera y arrancamos a caminar selva y río adentro. La vegetación del Henry Pittier es exhuberante, prepotente, los árboles se alzan orgullosos con la frente en el cielo, removiendo la tierra con la fuerza imparable de sus raíces. Todo verde, milenario y fresco. La caminata hasta nuestro destino dura hora y media,  SIEMPRE en subida y con calor, hasta que ves una pared de piedra enorme asomarse desde la otra colina. A través de un caminito, apenas perceptible, te desbarrancas selva abajo y llegas al cañón del Río del Medio, donde te reciben unas lajas de roca enormes, mucha selva y aguas cantarinas de una cascada a otra. Montamos campamento y los varones se fueron a escalar. Yo, me dediqué a verlos de a ratos y me devoré "Leopardo al Sol" de Laura Restrepo -delicioso, por cierto-.
Así trascurrieron los días, les hice meriendita a los trepadores, nos bañamos mucho en el río, observamos la fila de hormigas que atravesó el campamento, hicimos una expedición en busca de cascadas y boulders y recibimos la visita psicodélica de otro grupo de campistas. Todo súmamente pacífico y aletargado, por lo menos para mí que no escalo.

Al regreso nos agarró un mar de leva violentazo que casi nos deja varados en Chuao. Me encontré en el pueblo a mi hermanito menor quien se negaba a montarse en un peñero con esas olas. Pero los lancheros no creen en nada, igualito llevaban a los que se atrevían y de ñapa cobrabas 5 más -por el riesgo pues-, así que regresamos a Choroní en sus peor estado, vimos a los surfistas del malecón un rato,  y nos largamos a Caracas a pasar 31 con la familia. Como se supone que debe ser.

12 enero, 2010

UNA ISLA EN MEDIO DEL ORINOCO


 Para ver las fotos, clic en flickr
Yo sé que no escribí en todo Diciembre -mea culpa- pero soy muy venezolana en ese sentido, me desaparezco desde el momento en que recibo la quincena de Diciembre y no regreso hasta que se repite esa misma fecha en Enero. Fueron unas vacaciones con cédula por el territorio nacional que comenzaron con este viaje al sur del occidente.
Arrancamos una mañana de Diciembre con Anabellita importada de NYC, Emilianita, Wafas, mi biologuito y yo rumbo a Corozopando en el Edo. Guárico, donde nos hospedaríamos una noche en el Hato La Fé para seguir al día siguiente hasta Puerto Ayacucho en Amazonas. Llegamos al mediodía al hato, Sorelia nos recibió con un almuerzo delicioso y fuimos a conocer Masaguaral, otra hacienda cercana convertida en un reducto protector de fauna silvestre y refugio para la cría de caimanes y babas. El biologuito pudo lucir sus conocimientos y todos estuvimos fascinados. El descubrimiento del día fue un pajarito llamado "Tordito pechirojo" que nos alumbró la retina con su pechito colorado y los oídos con la sonoridad de su nombre.
Al día siguiente comimos de las mejores quesadillas del mundo y seguimos hacia el sur. Hicimos una parada en los médanos a orilla de carretera apureña, cruzamos en la chalana y  llegamos al encuentro de Alejandro Buzzo, conocedor legendario de la zona y experto kayakista de aguas bravas.
La misión era mudar toda su operación de rafting desde Barinas hasta una isla en medio del Orinoco. Constó de dos forzosas partes: la primera se basaba en pasar los peroles de los carros hasta el bongo para bajarlo en una isla que no era la nuestra - aún - y ser picados sin compasión por una comisión de bienvenida puri puri. Ahí pasamos la primera noche durmiendo en la arena -tapitas de ron de por medio- para amanecer operativos en la segunda fase de la misión. Teníamos que inflar las tres balsas de rafting, cruzar con todo hasta el otro lado de la isla y navegar  a remo hasta la tierra prometida.  Una isla que Alejandro llama Zion. Eso, lo más temprano posible, porque el sol no se anda con rodeos por esos lares. Está de más decir que no fue la mejor parte del viaje, pero valió la pena. Una vez instalados teníamos sombra, mucha arena, varias playas de río y piedras enormes  para que el biologuito hiciera bulder. El lugar es sencillamente alucinante. Ahí nos pasamos 5 días felices acampando, haciendo rafting y jugando a las tortugas de río. Nos lanzamos por los raudales con balsas, kayaks y salvavidas y le dimos la vuelta a la isla navegando. Nos trasladamos de una islote a otro para degustar los más insólitos atardeceres con varias perspectivas. La sensación de estar en un lugar así de virgen es conmovedora, no provoca pisarlo, dan ganas de levitar para que todo se mantenga inmaculado.
Si a alguien le provocara ir, no dejen de hacerlo, a nosotros nos tocó esa mudanza tan cabilla porque estábamos ayudando a los Buzzo, pero ya Fabiana ( Ms. Buzzo) está instalada en el campamento y se ocupa de la comodidad de los visitantes con todas las de la ley mientras su esposito los lleva de aventura por los raudales del Orinoco. Tienen un plan de tres días instalados en esa isla haciendo rafting todos los días, y si no se quieren pegar 10 horas de carretera pueden irse en avión y todo. Entren en www.raftingorinoco.com y ahí está todo.
El regreso fue menos complicado porque sólo teníamos nuestras cositas. Nos vinimos insolados, picados por la plaga, cansados y felices. En la chalana de regreso nos despidieron las toninas y en Corozopando volvimos a dormir y compramos quesadillas para la familia.
Me vine con el Orinoco, nuestro río gigante, metido en las entrañas, con esa sensación de paisaje gigante que nunca se acaba en la llanura, con la angustia de que hay que cuidarlo todo, de que se nos va de las manos.