Esta foto la tomó Alberto porque yo no me encaramo. El punto rosado soy yo :)
Así le puso mi biologuito a la ruta dificilísima que abrió en Chuao hace tiempo y fue ese mi segundo destino vacacional decembrino. Llegué de la isla en el Orinoco, pasé 24 en Caruao con mi abuelitos y mi madrecita santa y el 26 arranqué con el escalador, y dos de su gremio, rumbo a Chuao. Debo confesar que la experiencia de pasar por Choroní en pleno frenesí de la temporada fue aterrador. Olía mal. Yo soy poco ascosa y sufrí horrores al poner mis paticas en la arena putrefacta del embarcadero para irme en lancha a un mejor destino. Una vez superadas las arcadas, llegamos a Chuao. Bastante más limpio y cuidado, como si lo quisieran. Ahí nos encontramos con el Gran Pedro quien en su Defender remendado nos llevó de la playa hasta el pueblo. Le averigué la vida entera y arrancamos a caminar selva y río adentro. La vegetación del Henry Pittier es exhuberante, prepotente, los árboles se alzan orgullosos con la frente en el cielo, removiendo la tierra con la fuerza imparable de sus raíces. Todo verde, milenario y fresco. La caminata hasta nuestro destino dura hora y media, SIEMPRE en subida y con calor, hasta que ves una pared de piedra enorme asomarse desde la otra colina. A través de un caminito, apenas perceptible, te desbarrancas selva abajo y llegas al cañón del Río del Medio, donde te reciben unas lajas de roca enormes, mucha selva y aguas cantarinas de una cascada a otra. Montamos campamento y los varones se fueron a escalar. Yo, me dediqué a verlos de a ratos y me devoré "Leopardo al Sol" de Laura Restrepo -delicioso, por cierto-.
Así trascurrieron los días, les hice meriendita a los trepadores, nos bañamos mucho en el río, observamos la fila de hormigas que atravesó el campamento, hicimos una expedición en busca de cascadas y boulders y recibimos la visita psicodélica de otro grupo de campistas. Todo súmamente pacífico y aletargado, por lo menos para mí que no escalo.
Al regreso nos agarró un mar de leva violentazo que casi nos deja varados en Chuao. Me encontré en el pueblo a mi hermanito menor quien se negaba a montarse en un peñero con esas olas. Pero los lancheros no creen en nada, igualito llevaban a los que se atrevían y de ñapa cobrabas 5 más -por el riesgo pues-, así que regresamos a Choroní en sus peor estado, vimos a los surfistas del malecón un rato, y nos largamos a Caracas a pasar 31 con la familia. Como se supone que debe ser.


