El fin de semana me quedé en Caracas, no hice mayor cosa, se acababa de ir mi biologuito y no inventé nada. Visité a la bebé preciosa de Mari, chismeé con mi Avy querida, caminé por la Cota Mil con Keala y mi amigo Alexey y pensé en los tepuyes y sus ríos.
Es que este cielo azul que no acepta nubes, no me permite pensar en otra cosa que no sea estar erguida rindiéndole homenaje a la grandez de un tepuy. Subir hasta sus cimas es fascinante. Pero -puede que se deba al calor- el que más recuerdo ahora es un viaje que hice rodeando al Auyantepuy y fluyendo a través de los ríos que su ciclo alimenta. Porsia no lo saben, los tepuyes son generadores permanentes de agua, sobre sus milenarias plataformas de piedra llueve sin cesar, eso le ha regalado las peculiares sinuosidades de las que se jacta y ha enriquecido los paisajes de sabana y selva con ríos parlanchines que reflejan la luz del sol. Es el ciclo de la vida en su más imponente versión.
El viaje comenzó saliendo de Ciudad Bolívar, en una avionetica, hasta la comunidad de Uruyén en las faldas del Auyantepuy. El río era el centro de todo. Los pemoncitos no se salián de sus aguas. Al parecer, todos sus juegos terminaban en chapuzones sin mediar en muchas otras reglas. Ahí visitamos la cueva de Uruyén, una cascada que insistió en su devenir hasta horadar un hueco en la piedra. Par de paredes gigantes que te llevan al agua. Fascinante la percepción de lo que puede hacer su poder.
De Uruyén caminamos a Kavak, otra comunidad pemón, pero más grandecita. Ahí pasamos año nuevo cantanto y comiendo hallacas. El 1ro de Enero nos recibió con la vista del tepuy rosado y el cielo azul. Visitamos el cañón de Kavak, otra cascada cercana y nos lanzamos por un tobogán de agua. Seguimos hasta Kamarata, donde nos embarcamos en una curiara para recorrer el río Akanán y llegar, eventualmente, hasta el Salto Ángel. Claro que sin apuro. Por ello acampamos en dos lugares distintos, durmiendo en hamacas bajo la sombra de las churuatas, antes de llegar a la caída de agua más grande del mundo. Siempre vigilados por la paredes imponentes del Auyantepuy, una vista honorable que jamás nos abandonó. Celebramos con abrazos la llegada al mirador, el salto nos recibió despejado, insolente, eterno, milenario, insólito. Pasamos la noche escuchándolo y el día viendo cómo sus goticas de agua se evaporan antes de tocar el suelo. El viaje terminó en la Laguna de Canaima con sus saltos bestiales, aquel chaparrón de agua cayendo furioso. Pasamos por debajo del Salto Sapo, gritamos, aullamos, nos emparamamos, gozamos. Ese fue el cierre de agua del viaje fluvial. Poderoso.
Lo que deseo transmitir es la sensación del fluir del agua, del viaje que trasciende sin prisa pero sin pausa, lavando el alma, la mirada porque luego supe que ese viaje me auguraba cambios, la vida me haría fluir, mutar, seguir, recorrer sin parar. Esa es la sensación que hoy sigo viviendo: fluir.




