23 febrero, 2010

RECUERDO FLUVIAL

El fin de semana me quedé en Caracas, no hice mayor cosa, se acababa de ir mi biologuito y no inventé nada. Visité a la bebé preciosa de Mari, chismeé con mi Avy querida, caminé por la Cota Mil con Keala y mi amigo Alexey y pensé en los tepuyes  y sus ríos.
Es que este cielo azul que no acepta nubes, no me permite pensar en otra cosa que no sea estar erguida rindiéndole homenaje a la grandez de un tepuy. Subir hasta sus cimas es fascinante. Pero -puede que se deba al calor- el que más recuerdo ahora es un viaje que hice rodeando al Auyantepuy y fluyendo a través de los ríos que su ciclo alimenta. Porsia no lo saben, los tepuyes son generadores permanentes de agua, sobre sus milenarias plataformas de piedra llueve sin cesar, eso le ha regalado las peculiares sinuosidades de las que se jacta y ha enriquecido los paisajes de sabana y selva con ríos parlanchines que reflejan la luz del sol. Es el ciclo de la vida en su más imponente versión.
El viaje comenzó saliendo de Ciudad Bolívar, en una avionetica, hasta la comunidad de Uruyén en las faldas del Auyantepuy. El río era el centro de todo. Los pemoncitos no se salián de sus aguas. Al parecer, todos sus juegos terminaban en chapuzones sin mediar en muchas otras reglas. Ahí visitamos la cueva de Uruyén, una cascada que insistió en su devenir hasta horadar un hueco en la piedra. Par de paredes gigantes que te llevan al agua. Fascinante la percepción de lo que puede hacer su poder.
De Uruyén caminamos a Kavak, otra comunidad pemón, pero más grandecita. Ahí pasamos año nuevo cantanto y comiendo hallacas. El 1ro de Enero nos recibió con la vista del tepuy rosado y el cielo azul. Visitamos el cañón de Kavak, otra cascada cercana y nos lanzamos por un tobogán de agua. Seguimos hasta Kamarata, donde nos embarcamos en una curiara para recorrer el río Akanán y llegar, eventualmente, hasta el Salto Ángel. Claro que sin apuro. Por ello acampamos en dos lugares distintos, durmiendo en hamacas bajo la sombra de las churuatas, antes de llegar a la caída de agua más grande del mundo. Siempre vigilados por la paredes imponentes del Auyantepuy, una vista honorable que jamás nos abandonó. Celebramos con abrazos la llegada al mirador, el salto nos recibió despejado, insolente, eterno, milenario, insólito. Pasamos la noche escuchándolo y el día viendo cómo sus goticas de agua se evaporan antes de tocar el suelo. El viaje terminó en la Laguna de Canaima con sus saltos bestiales, aquel chaparrón de agua cayendo furioso. Pasamos por debajo del Salto Sapo, gritamos, aullamos, nos emparamamos, gozamos. Ese fue el cierre de agua del viaje fluvial. Poderoso.
Lo que deseo transmitir es la sensación del fluir del agua, del viaje que trasciende sin prisa pero sin pausa, lavando el alma, la mirada porque luego supe que ese viaje me auguraba cambios, la vida me haría fluir, mutar, seguir, recorrer sin parar. Esa es la sensación que hoy sigo viviendo: fluir.



17 febrero, 2010

CARNAVALES ANTI-MUCHEDUMBRE EN CARUAO

Suelo irme bien lejos y rebuscado cada vez que salgo de viaje en temporada, pero con la expedición Siberiana del biologuito a cuestas ( pueden verla aquí ) no podíamos inventar mucho. Quedaban diligencias por hacer, plata por pedir y maletas por terminar. Así las cosas, decidimos irnos a Caruao. Allá viven mis abuelitos, teníamos habitación reservada y suficiente conocimiento de la zona como para intentar escaparnos de las muchedumbres. En La Guachafita estarían: mi prima Sukey con mi ahijadito y su amiga La Negra con su hija, mi primo Ale con tres amigos, los abuelitos, el biologuito, los tres canes y yo.
El primer paso fue hacer mercado. El viernes en la noche resultaba suicida siquiera rodear las inmediaciones del Excelcior Gamma más cercano. Nos levantamos el sábado y nos aparecimos por ahí a una hora choreta: 12:27 del mediodía. Había bastante gente, comprar carne con numerito era imposible, pero  logramos hacernos de un mercado decente en menos de una hora. Luego a cargar la camioneta con el kayak inflable, las dos bicis, una cava y la Sra Keala. La música para el camino era fundamental en caso de cola inminente, por ello renové la música de mi ipod. Comimos en Entre Panes antes de salir, un sánduchito como para no irnos con hambre, pero tampoco brutos de sueño. Con todo el movimiento táctico anti muchedumbres, terminamos saliendo a las 4 de la tarde. Nos fuimos por Higuerote, que la carretera es más amplia que por La Guaira, para mejorar nuestras probabilidades de no-cola. Resultó. Llegamos a Caruao en tres hora exactas, había bastantes carros, pero fluía. Lo único traumatizante fue encontrarnos con el Campamento Shalom bastante cerca de la casa: 890 evangélicos jugando a Woodstock sin drogas ni alcohol.
El domingo nos levantamos a las 7am para ir en bicicleta hasta Guayabal. Fue una hora perfecta, los sancocheros aún no se habían levantado para ir al río. Yo estaba casi tan oxidada como mi bici sin uso, pero llegué hasta el pozo, me bañé divino y regresamos a la casa para desayunar. Sólo me bajé de mi vehículo en la primera subida, donde dejé la lengua pegada al piso.
De vuelta escuchamos por primera vez el merengue cristiano y a un señor que estaba muy bravo y vociferaba su amor por Cristo a través un parlante. Un amor furibundo, debo decir. Rabioso.
Tras el paseo y el desayuno, nos decidimos por la siesta. Nada como una hamaca con brisa. Luego salimos en busca de una playa sensata. Nuestra única opción fue dejar el carro en el Aloe Spa y caminar hasta una playita justo al frente. Como no entran carros, sólo había gente con ganas de bañarse en el mar, tumbarse en la arena y escuchar las olas. Perfecto. Inflamos el kayak, nos volteamos tratando de entrar, lo intentamos de nuevo, remamos, paseamos y, de regreso, nos volteamos de nuevo. Las olas estaban poco amigables. Esa noche hicimos una pasta divina y nos acostamos con el escándalo evangélico de fondo.
Al día siguiente los Cristo-woodstocks amanecieron rockeros a las 5am. Mi fé mermaba con cada tonada. Preparamos desayuno y salimos de paseo. La idea era ir a casa de Carlos Chivero a ver si tenía queso de cabra con cenizas y ver a los chivito bebés. Los otros no son cuchis.  Llegamos primero al pozo Tomasito y lo encontramos, por suerte, sin un alma en la parte más alta. Nos dimos banquete con el paisaje verdísimo y el agua helada. Al llegar a la casa de los chivitos no encontramos a nadie. Volvimos a La Guachafita para dedicarnos a leer y dormitar hasta la noche. Ya no confiábamos en que nuestra playa serena siguiera igual. Hicimos tremenda parrilla, nos caímos a vino para dormir mejor y al día siguiente nos levantamos haciendo maletas. El regreso lo hicimos el martes en la mañana para evitar el colón y lo logramos de nuevo.
Como se habrán dado cuenta, siempre existe una táctica 57 para escapar a las muchedumbres. En este Carnaval, esta fue la mía.

09 febrero, 2010

CÁLIDOS DÍAS DE FRÍO

 Para más foticos AQUÍ
Estuve en Mérida hace unas semanas, no había escrito nada porque dejé mi cámara en casa de Marcus Tobía y me niego a montar el post sin fotico. Resulta que mi biologuito tenía días allá rodando un programa de TV con Marcus, que se llama "Niños en la Cumbre": eligieron a 15 muchachitos entre los 10 y 16 años para enseñarles todo sobre montañismo y llevarlos a coronar las cumbres de los picos Humboldt y Bolívar. Una hermosa experiencia para todos, especialmente para los pequeñines. Pero yo ya extrañaba mucho a mi amorcito pese a sus románticas llamadas desde el techo de Venezuela. Y como viajar siempre es más rico, decidimos encontrarnos allá para pasear un rato y luego volver juntos a la ciudad. 
Salí un jueves a las 5pm en uno de esos autobuses que son cama también. Comodísimos sí son, pero ni me pusieron peliculita, ni había luz para leer un rato. Eso quiere decir que a las 6 ya no tienes qué ver por esa ventana y todavía quedan 12 horas más de viaje. Menos mal que dormir para mí  no es un problema. Llegué a Ciudad de Mérida a las 7am, un poco golpeada, pero hinchada de felicidad. Mi biologuito aún despedía a los pichones de montañista, así que agarré un taxi y me fui a la posada de Guamanchi en Las Heroínas a descansar y visitar a los amigos. A media mañana se dió el tan esperado encuentro y, tras millones de besitos y abrazos, nos fuimos a pasear por ahí. A dos cuadras nos encontramos con Lucrecia, madre de un viejo amigo de mi amado, quien nos recibió en su casa, nos enseñó su obra -es pintora- y nos permitió cocinarle  entre vinos y apagones. Al día siguiente visitamos a varios del equipo de rodaje de "Niños en la Cumbre" y finalmente salimos de una Mérida convulsionada por la frustración de los estudiantes, los motorizados y el sonido de las plantas. Jamás vi tanto caucho quemado.
La primera parada fue en la Estancia La Cañada para pasar la noche y hacerle fotos a la mañana siguiente. Espectacular. Una casa acogedora, repleta de obras de arte, buen gusto y cariño. Nos dieron una cabañita con una vista inmejorable de la montaña y nos hicieron un desayuno criollo memorable. Ese día paseamos por el páramo y le hicimos la visita a Marcus Tobía, viejo amigo de mi biologuito, integrante de Proyecto Cumbre y cabeza del proyecto con los niños. Nos invitó a tomar un vinito caliente con especias que casi me deja durmiendo en el sofá y que me aletargó lo suficiente para dejar mi cámara en la cocina y pasarme el resto del viaje sin ella. Un desastre. 
Luego pasamos la noche en el precioso Hotel Los Frailes, donde fuimos invitados para chequear el potencial de escalada de los alrededores. Esa noche me tomé una sopa de pimentón que despertó cada rincón de mi paladar. De escalada no hubo mucho -aunque había un par de boulders grandes- pero sí vimos la posibilidad de hacer paseos a un piquito cercano. Esa caminata por el páramo fue hermosísima, regresamos muertos de hambre, recogimos todo y nos fuimos camino a Barinas con una parada en la Casa de los Pastelitos para despedirnos del Estado Mérida con un merecido atracón.
La última parada fue en el Campamento Guamanchi, en el piedemonte barinés, a orillas del Río Acequia. Como no es temporada de rafting, el río se pone verde esmeralda y bañarse en sus aguas es un regalo de la vida. Escuchamos cantar a los conotos, desayunamos con yemitas criollas y arrancamos para Caracas. Ni modo.

03 febrero, 2010

formspring.me

Esta me parece una buena manera de permitirle a mis lectores la posibilidad de hacerme consultas de viajes, destinos y si quieren saber sobre mi porque les da curiosidad, pues ¿por qué no?