26 marzo, 2010

EN BARCO POR DOUBTFOUL SOUND

Tras el frenesí aventurero de Queenstown, nos fuimos a Manapouri -un caserío a orillas del lago con el mismo nombre- de donde partiría nuestro crucero de una noche por un fiordo llamado Doubtfoul Sound. Los fiordos son canales dragados por los glaciares que al estar a un nivel más bajo que el mar, se inundan con él. Este fiordo en particular, es el segundo más grande de Nueva Zelanda. Fueron decretados patrimonio de la humanidad y están en un parque nacional que se llama Fiordland y que unieron a otro par más en la costa oeste en aras de proteger las maravillas que aquí se encuentran. 
La travesía comienza en Manapouri, ahí nos montamos en un barco pequeño. La Quintero y yo salimos de zafriscas a encaramarnos en el techo y que para ver todo y tomar fotos. Veinte minutos después nos cayó el primer salpicón de agua y nos dejamos de valentías para sentarnos calentitas adentro. Menos mal, porque a los 5 minutos la cosa se puso más intensa y comenzó a bajar gente que chorreaba agua gélida y tiritaba de frío.
Nos bajamos del bote pequeño y llegamos a un lugar donde estaban un complejo hidroeléctrico y un autobús esperándonos para llevarnos a la orilla del fiordo donde atraca el crucero. Una belleza, sólo para 70 personas, azul marino y blanco y con forma como de velero. Desde el momento en que nos dieron un boarding pass anaranjado y vimos que había una señora elegantísima que tenía uno morado, comenzamos a dudar sobre si yo había escogido un camarote para nosotras dos o nos tocaba el acomodo "bunker like", unos huequitos con un par de literas que se compartían con otra gente al igual que los baños. La verdad es que tampoco era fin de mundo, sólo si nos tocaba con algún poco higiénico o un gordo que roncara como león. Bajamos rapidito y elegimos uno, nos sacaron en el acto porque no nos habíamos fijado que los nombres estaban afuera. Nos disculpamos y salimos en la búsqueda del cartelito que nos mentara. Nada. Así que le preguntamos a una de las chicas de la tripulación. Cuál sería nuestra sorpresa al ver que teníamos tremendo camarote en el piso de arriba, con vista, baño privado y par de camitas individuales muy bien tendiditas. Tras habernos conformado con las literas comunales, este era un upgrade considerable que celebramos a viva voz.
Comenzó el viaje y sí, todo nublado. Pero lo raro sería que saliera el sol en un lugar del planeta donde llueve 200 días al año y no se molestan en medirlo en mm como el resto de los mortales, lo hacen en metros de una vez. Son como 6 o 7 al año. El paisaje es asombroso, intimidante. Unas montañas altas, de piedra, forradas por una selva impenetrable que aguanta lluvia y nieve pareja. El agua es un espejo negro y profundo donde viven unos delfines enormes que pudimos ver bien de cerquita. Poco después de navegar un rato, hacemos una parada para que los que así lo deseen, salgan a pasear en kayak. Obviamente, no nos pelamos esa ni de casualidad. Claro que con el intenso pacheco entramos en conflicto de vestuario. Sólo teníamos lo que llevábamos puesto más la pijama y una mudita de pantaleta y franela. Es decir, si eso se mojaba, nos tocaba cenar en pijama. Decidimos, tras ser aconsejadas, quitarnos los zapatos y la ropa interior de invierno, para apetrecharnos con nuestros pantalones que se secan rápido, medias, la franela y el impermeable. Total, si te da mucho frío, remas con intensidad. Así lo hicimos y valió toda la pena del  mundo. Vas serenito remando cerca de la orilla, que no es más que la piedra entrando abruptamente al fondo del agua y los árboles colgando precariamente de ella. Helechos, musgos, líquenes, orquídeas. Montones de cascadas pequeñas, grandes y apenas hilitos de agua que se precipitaban montaña abajo. Sobrecogedor.
Durante la remada un señor de North Carolina y dos señoras australianas comezaron con un chalequeíto retador a ver quién se metía a nadar tras la remada y quién no. Cuando le digo que como para qué me voy a meter yo en esa agua helada, me contesta el gringo: para decir que lo hiciste. Caí. Una vez en el barco, me puse mi bikinito tropical y me fui a la parte de atrás a envalentonarme con los otros del equipo. Comenzamos a agruparnos tímidamente - ¿qué, tú vas a nadar? - sí, yo sí- nos decíamos unos a otros. Poco a poco, mientras se acercaba el momento, la vaina se convirtió en un alboroto de desconocidos aupándose para entrar al agua helada. Primero se lanzó la australiana y de segunda esta pequeña hija del trópico que les escribe. Inexplicable el estado de shock en el que entras. Yo me quejo de frío en Playa Caribe, Margarita, Mar Caribe. Sin embargo, no me conformé con el primer chapuzón y luego me lancé otra vez pero desde más arriba para hacer una bombita. La madrea orgullosa me esperaba estupefacta con una toalla seca. Sí les puedo decir que nos convertimos en el evento de la tarde y que luego se nos unieron unos cuantos más. La parte fea fue desentumecerme poco a poco en la regadera. Duele.
Tras sentir los pies de nuevo, subí a tomarme una sopita. Con la barriga también caliente, nos llevaron hasta el mar para ver una colonia de focas. Una preciosura todas echadas en sus piedritas. Vimos el mar y nos regresamos a unos de los brazos del fiordo para pasar la noche. 
La cena fue un acontecimiento notable. En la mesa estábamos: la Quintero y mi persona "from Venezuela", las señoras australianas divertidas con las que me metí en la cava, una pareja de alemanes  recataditos y un francés que andaba de viaje solo por todo un año porque vivió dos en Dubai y le resultó traumatizante. Con la primera botella de vino la conversa no podía resultar más interesante y diversa, deliciosa. Del mismo modo resultó la comida, una comelona memorable, glotona y abundante. Con las pancitas templadas nos llevaron a ver unas fotos, yo me quedé profunda y decidí subir a nuestro súper camarote hasta el día siguiente.
Amaneció y llovía y llovía y llovía. Desayunamos y pasamos un buen rato viendo cómo caía agua de las montañas del fiordo. En una de esas, pararon el barco cerquita de una de las cascadas para recoger un poco y dárnosla de tomar. La más rica de la vida.
Finalmente llegamos de nuevo al puerto, toamos el autobús, el otro barquito y llegamos al motorhome de nuevo. Tras dos días estacionado, olía a mujuñito el baño. Casi nos morimos de asco. Decidimos llegarnos hasta Te Anau, un pueblo tantico más grande, para conseguir campamento y descargar las cochinaditas. El fulano "dump station" estuvo bien ácido. Decidimos mediante decreto familiar viajero que número dos está prohibido en la pocetica del motorhome por siempre jamás. 
Hicimos unas chuleticas de cordero estelares para almorzar y, como salió el sol, nos fuimos a caminotear por el pueblo -una calle principal es lo que hay- e ir al cine a ver Ata Whenua, una peli documental de los fiordos con montones de tomas aéreas. Suena imposiblemente cursi, pero yo lloré de lo espectacular de las imágenes, me conmovió hasta las lágrimas lo hermoso que es el planeta tierra. La música, todo. Es perfecta. 
Luego llegamos de nuevo al campamento y me anoté para saltar en paracaídas mañana. Yo quiero ver con estos ojitos que la vida me regaló, cómo se ve esto desde arribota. Ya les contaré.


24 marzo, 2010

LOS LAGOS Y QUEENSTOWN

El arcoiris más bello de nuestra vidas

Como la tormenta nos agarró por los glaciares, no hubo manera de encaramarnos en ellos ni de ver siquiera la masa de hielo así fuera de lejitos. Ni modo, a veces se puede y a veces no. Decidimos seguir camino a Queenstown, la capital kiwi de la aventura. Si lo ves en nuestro mapa de carretera, está abarrotado de iconitos con kayaks, barquitos, gente de cabeza, bicicletas, muñequitos, paracaídas y todo lo que se te ocurra. Salimos bastante tarde con la flojera de la lluvia, paramos en el glaciar Fox y nada con el clima, así que le dimos hasta Pleasant Flats, un campamentico en el medio de los alpes del sur que apenas tenía pocetas para la visita y estaba al lado del río. Muy lindo. Nos paramos bajo un árbol enorme que nos resultó bucólico y sacamos la parrilla en una de esas que escampó para hacer chuleticas de cordero. Deliciosas. Eso sí, dormí de la patada con el grasero entre pecho y espalda y el escándalo de las gotas de agua entre las ramas y sobre nuestro techo. Nos levantamos con un día igualito de nublado y seguimos. Una vez fuera de la tierra de hielo, se despejó bastante el clima y pudimos ver los lagos. Pegábamos gritos y nos bajábamos en cada esquina que se pudiese. Agua azul turquesa, montañas enormes, vaquitas, valles. Una locura de paisaje. Absolutamente idílico. Vimos el arcoiris más alucinante de nuestras vidas. Llegamos a Wanaka, a orilla de uno de estos lagos estelares, para almorzar. Yo me zampé un sánduche de pollo con camembert y tocineta que me dejó reamiéndome de gusto un buen rato. En una tiendita consegimos unos zapaticos verdes de lo más curiosos, polacos, con peluche adentro. Decidimos que era hora de calentarse los pies y como estamos un poco cursis con este viaje, nos los compramos idénticos muertas de risa. Le tomé fotos a los sauces a la orilla del agua para regarale a mi abuelita que los ama y al motorhome de nuevo. En Queenstown nos acomodamos en un campamento perfecto, con todas las instalaciones y a dos minutos caminando del centro del pueblo. Nos dimos un baño con agua hirviendo y salimos a ver cómo era la cosa. Descubrimos un lugar llamado The Station (La Estación) donde era posible resolver y reservar absolutamente cualquier actividad que te provocara hacer. Así lo hicimos: paseo en helicóptero de 30 minutos, Shootover Jet y Ziptrail. Caminata por el pueblo y a dormir.
A las 8 y media llamamos a la gente del vuelo a ver cómo estaba lo del clima -había llovido toda la noche- y nos dijeron que plomo, a las 9:15am nos buscó una gringa encantadora que hablaba español perfecto. Poco después estábamos encaramadas por los cielo vacilándonos la primera nevada del año. Aterrizamos en una montaña, nos caimos a fotos y nos bajamos. Espectaculares las vistas del lago, los ríos y sobre todo ver de cerquita las montañas. Eso de volar en helicóptero es de verdad de las grandes experiencias de la vida cuando se está rodeado de tanta naturaleza, la perspectiva es otra cosa, sientes que te acercas más a lo que significa abarcar semejante inmensidad con la pupila. De ahí salimos a hacer un paseo por el río Shootover en unas lanchas jet que van a cincuenta mil, dan vueltas de 360 grados y pasan a milímetros de las rocas. Una loquetera. El agua de río estaba helada, pero te dan un impermeable grandote y tienen la gentileza de mantener calentito el tubo del que vas agarrada.  Mi mami y yo nos sentamos de primeritas, junto al chofer y se nos pararon los pelos cada vez que vimos aquellos peñones a punto de arrancarnos la cabeza. Luego almorzamos pacíficas en un restaurancito francés con postre, vino y sobremesa para seguir el jaleo hasta el Ziptrail. Un canopy metido en pleno bosque de pinos para el que primero hay que encaramarse en el teleférico que ellos llaman Skyline Gondola. Se trata de ir de una plataforma a otra, encaramadas en los árboles, volando amarradas de unas guayas. La gozadera. Tienen una nota ecoturística bien marcada, así que entre una volada y otra te explican montones de cosas sobre la ecología, cómo ayudar y por qué lo que ellos hacen es sostenible. Ahí nos batió otra casualidad loca: el guía nos escucha hablar en español y nos dice que es de Costa Rica, le comentamos que qué bello país y nos dice que también ha estado en Venezuela y le encanta. 
- Chico ¿y eso? 
- No, es que mi padrastro es venezolano y he ido a Caracas y viajado por allá.
- Mira tú ¿y cómo se llama? - salieron las periodistas metiches.
- Gianni Ungaro.
- ¿¡QUÉÉÉÉÉÉÉÉÉÉ?!
 Gritos de euforia, casualidad máxima, el mundo -sí coño, EL MUNDO- es un pañuelo. Gianni Ungaro es el hermano de mi padrino, amigo entrañable y compadre de mi madre. Su hija Federica es mi pana de hace añísimos. Es decir, estás del otro lado del planeta y te consigues a un niño de Costa Rica que resulta estar emparentado, no con un venezolano, sino con un venezolano que tú conoces de toda la vida y a toda su familia. Eso es de locos. Nos amapuchamos, nos tomamos fotos para registrar el encuentro y bajamos molidas a hacernos la cenita y acostarnos a dormir.  Las niñitas Quintero son de lo más juiciositas cuando les toca seguir manejando al día siguiente.

21 marzo, 2010

DÍAS DE LLUVIA

 El verdísimo Buller Gorge

Tras la atracona de mejillones en la capital mundial de los susodichos, lo que me dió fue una vomitona bárbara a medianoche. Una señora me encontró en el baño y me vio con cara de borracha perdida, le expliqué e insistió en que debía demandar al restaurante. Estaba furiosa ella. Nada grave, luego pude dormir como un lirón sin nada perturbando mi barriguita. 
Amaneció bastante lindo y pasamos por Nelson, un pueblo costero de lo más bonito y pintoresco, donde nos tomamos un té y un café respectivamente en un  restaurancito sobre el mar. Luego se fué nublando la cosa. La siguiente parada fue en el Lago Rotoroa, con el nublado no era tan emocionante ver la laguna, pero sí hicimos una caminatica de bosque de lo más bonita y fuimos salvajemente atacadas por los mosquitos de este lado del mundo, que les digo, se las traen. Luego recorrimos todo el Buller Gorge, un río imposiblemente verde esmeralda. Les juro que teniéndolo frente a mi ojitos, me los restregaba no fuera a ser que estuviera delirando envenenada con los mejillones de concha verde. Así que tomé fotos y pude constatar que de verdad el color del río era insólito. Al final llegamos hasta Westport y de ahí a Carters Beach, una playa inmensa y helada. Leímos en la arena todas embojotaditas, vimos algo del atardecer entre las nubes y cenamos rico en el motorhome. En la mañana arrancamos, con un día horrendo, a ver la colonia de "kekenos" que está en Cape Foulwind. Unas focas peludas que sólo viven en Nueva Zelanda. Como eran del mismo color exacto de las piedras y no había casi luz, la verdad es que nos costó entender hasta que por fin se movieron y las avistamos. De ahí seguimos por la costa Oeste, hermosísima la vegetación, se acabaron por completo las siembras de pinos y ahora sí se ve lo que de verdad crece aquí. Muchos helechos, palmas y otras especies de pinos rarísimas y enormes, como milenario todo. Nos bajamos a hacer un trayecto de 15 minutos absolutamente exhuberante, delicioso. Internado por completo en la espesura de esta vegetación hasta salir al mar salvaje, tormentoso y con unas montañas de roca imponentes. Más adelante entramos al Parque Nacional Paparoa, donde hay unas formaciones famosísimas y peculiares llamadas las Panckakes Rocks...yo me imaginaba unas piedras lisitas y redondas, como una panqueca pues, pero es más bien como si fueran enormes torres de panquecas unas sobre otras. Es decir, imagínense un montón de pilares de piedras frente al mar que lucen como si hubisen sido hechas en capitas. Me hizo recordar a los tepuyes. Como viajera fue un día interesante, pero como fotógrafa, el más frustrante de la vida entera. La luz apestó siempre y la lluvia me mojaba el lente.
En Greymouth nos paramos a almorzar en el Café 124, delicioso, pero la mesonera era una mojona. Lástima, la primera kiwi antipática del viaje. 
Y llovía y llovía. Por fin llegamos hasta Franz Josep Glacier, un pueblito cerca del glaciar, donde encontramos un camping bellísimo. Aquí tenemos el motorhome casi encaletado entre las matas. Ante el mal tiempo optamos por ir a conocer unas piscinas de agua caliente a las que podíamos llegar caminando. Fue la mejor idea, hermosas e igualmente camufladas entre los verdes. Nos bañamos largo, calentamos las paticas tullidas y nos vinimos a ver el reporte del tiempo. Gran chasco: rolo de tormenta exactamente sobre nuestras cabezas, eso significa que no podemos ir a conocer el glaciar y que tampoco debemos agarrar carretera hasta por lo menos el mediodía. Bueno, y ni hablar del mal humor encerradas las dos en este espacito. Así que aquí estamos, lavando la ropa, haciendo desayuno, leyendo y escribiendo bajo la lata de agua. Ni modo. Se supone que mañana ya pasa.

19 marzo, 2010

WAITOMO CAVES, EL INCIDENTE GASO/DIESEL Y EL CRUCE EN FERRY

Waitomo Cave

Tras nuestro viaje perfecto en velero por Bay of Islands, decidimos -tras mucho elucubrar y revisar mapas y guías- que el próximo destino sería Waitomo Caves. Anabella había escuchado que se hacía una cosa llamada black water rafting, y como estaba a una distancia sensata, arrancamos para allá. Eso sí, antes de salir, nos tocó vivir la gran pesadilla del viaje: el dumping station...resulta que los motorhomes tienen una pocetica, esa pocetica tiene un tanque,  ese tanque ha de ser vaciado, y ese vaciado es absolutamente manual. Uno saca una cajita llena de pipí y pupú, le abre la tapa a un tubo y lanza el contenido por un hueco. El que ve o respira, pierde. Anabellita perdió.
Pasado el trauna, arrancamos a Waitomo entusiasmados y con la firme intención de abstener los esfínteres. Hicimos una parada en Waipu para ver un museo muy bien montadito en el que se explicaba la travesía de los escoceses que habían poblado la zona. Yo me comí un banana-blueberry muffin sencillamente perfecto y los otros unos cafés con la misma característica. Luego paramos en un pueblito llamado Orewa donde almorzamos hindú muy rico. Lo más divertido fue el niñito de turbante naranja, hijo del dueño, que decidió hacer migas con el cuarteto de venezolanos. La playa de Orewa era enorme y preciosa, memorable.
Llegamos al camping site en Waitomo, el más sifrino hasta ahora. Todo perfectísimo. La niña del counter tenía un tono de voz incalable, en palabras de Cheo "en fa sostenido". La muy necia nos insistía en el tour más caro, pero como Anabellita sí le mete a la malicia y las periodistas Quintero a la preguntadera, conseguimos otro tour a mitad de precio. Instalamos nuestros camiones/casa, la Sra se fué a dormir y los otrso tres armamos la peña en el comedor del campamento. Para hacerle los honores a la venezolanidad pusimos un minuto de reggetón y bailamos sobre la mesa. Tanta civilización exprime.
A la mañana siguiente nos levantamos con calma para estar a las 10am en la ofician de Rap, Raft`n Rock (www.caveraft.com) la compañía que nos llevaría a las profundidades de Waitomo Caves. Se trata de una operadora familiar y pequeña, simpaticaza y pseudo mamarracha. Salimos en una van y llegamos al lugar donde nos cambiábamos: dos containers y una casita mínima. Los trajes de neopreno se caían a pedazos y las pintas de los cuatro eran un rancho. Eso sí, gozamos chalequeando. Nos acompañaban un uruguayo, un kiwi y Mike, el guía de la excursión. Un chamo encantador y absolutamente jodedorcito. Hicimos un rapel de 27mts para bajar a la cueva, tocamos el agua helada a la que habríamos de acostumbrarnos, vimos los gusanos que brillan en el techo de la cueva, hicimos trencito en unas tripas, anduvimos con las luces apagadas por la oscurana, nos lanzamos, nos metimos por agujeros, despertamos a los glowing worms, escalamos y nos despaturramos de la risa cn esa gozadera. Todo eso en una mañana, porque la carretera nos esperaba. Cabe destacar que mi mami es una heroína de la vida que lo hace todo y jamás se queja. Ah! y que Cheo jamás había hecho nada parecido.
Salimos vía Kai-Iwi, una playita más hacia el sur donde había un campamento cerca del mar. La carretera estuvo de tirar cohetes. Praderas, montañas, sembradíos, bosques, vaquitas, ovejas, todo iluminado con la más hermosa luz de la tarde en un día brillante. Ya casi llegando, la Quintero y yo nos percatamos de que el motorhome con los Pardo-Zubillaga no llegaba. Como teníamos la misma direcciín en los GPS, seguimos convencidas de que nos alcanzarían. Vimos el atardecer en la playa y nada que llegaban los compañeros de aventura. Cuando encontramos señal en el celular -que lo usamos poco por ser una fortuna- logramos hablar con los accidentados. Le habían puesto gasolina en lugar de diesel al motorhome y si arrancaban mataban el motor. Ni modo, ya eran casi las 10pm y les tocó dormir en un estacionamiento. A la mañana siguiente nos levantamos de madrugada, nos bañamos en una regadera que arrancaba como loca al insertarle 1$ y salimos al rescate. No hubo manera de encontrarlos porque no atendían y cogimos camino a Wellington donde nos esperaba el ferry para cruzar de la isla norte a la sur y donde Cheo tenía un toque con Los Amigos Invisibles.  Así que en el peor de los casos nos encontraríamos allá.
Como no es suficiente casualidad encontrarnos en el confín del mundo, cuando mi madrecita santa y yo pagábamos la cuenta en un café precioso -Mothered Goose en Bulls- a orilla de carretera, han llegado Anabella y Cheo sin que mediara palabra al respecto. Ellos vieron el café y les pareció lindo sin saber que estábamos adentro. Volvieron los gritos de euforia y las demostraciones frenéticas de afecto. Luego la despedida y continuación del vaije materno filial.
En el camino conseguimos el outlet de una tienda de excursionismo llamada Kathmandu donde nos equipamos hasta los dientes para el frío de la isla sur. Ya en Wellington encontramos nuestro ferry, cruzamos tres horas y media entre el mar de Tasmania y el Pacífico y llegamos a Picton del otro lado. El viaje estuvo hermoso, nos saludaron los delfines y pasamos por un canal entre montañas frondosas. Agarramos una carreterita, que se llama Queen Charlotte, repleta de paisajes de montaña y mar hasta que llegamos a Haveloc, un pueblito costero que se atribuye el título de  la "capital mundial de los mejillones de concha verde". Nos quedamos a ver cómo era la cosa y nos tomamos tremenda botella de vino neozelandés en un restaurante frente al mar para celebrar el cambio de isla, la frescura de los mejillones y olvidar el fallo del gobierno en contra de nuestra propiedad en Caruao. Mañana será otro día y les seguiré contando.

15 marzo, 2010

EL ENCUENTRO MOTORJÓNICO

Hay casualidades de casualidaes.  La más insólita de mis 29 años de vida ha sido coincidir en Nueva Zelanda con mi amiga del alma del corazón Anabella y su esposito amado Cheo. Este viaje lo he cambiado de fecha ya tres veces, finalmente logramos encajarlo en Marzo para que coincidiera con Semana Santa y la Sra Quintero pudiera escaparse un ratito de sus compromisos hertzianos sin que La Guarandinga sucumbiera en el abandono. Un día estoy en ichat y Anabella -que vive en NYC- me dice: chica, muérete que Cheíto se va de gira (es el guitarrista de Los Amigos Invisibles) por Australia y tienen un toque en Nueva Zelanda, cuándo es que te vas tú, yo llego el 14. Mi respuesta: QUÉEEEEEEE!!!!??? CÁLLATEEEEE!!!!! Nosotras llegamos ese día. Anabella respode: NOOOOOOOOOOOOOO!!!!!! y así sucesivamente fuimos expresando eufóricas nuestro asombro. Acto seguido le cuento mi plan del motorhome y la otra, que es patacaliente, decide que absolutamente se pega. Así que el 15 de Marzo nos encontramos en Paihia, un pueblito en la costa, hacia el norte de la isla norte en todo el medio de Bay of Islands. Los niveles de emoción cuando vi llegar a mi adoradísima amiga en su camión, manejando por la izquierda como toda una macha, se hicieron sentir en la paz victoriana del camping, donde sólo se escuchaban pajaritos hasta que cuatro venezolanos, con meses sin verse, arrancaron a dar alaridos hasta ponerse al día con los diversos chismes, dimes y diretes del viaje. Nos caimos a vino neozelandés, comimos quesitos y nos acostamos a dormir exhaustos.
A la mañana siguiente nos levantamos tempranón -sin frenesí, estamos de vacaciones- y nos fuimos al pueblo para anotarnos en un viajecito en velero por las islas. Nos tocó el She`s a Lady, de lo más acomodadito, todo blanco y coqueto con un capitán exacto a Harrison Ford y una familia de Iowa.  Eso de encaramarnos en un barco enorme con 87 personas no nos llamaba la atención tanto así, siete en un velero se parecía más a nosotros. El día estuvo medio nublado, pero igual nos instalamos en la proa a proseguir con la parlanchina de altos decibeles hasta llegar a una playita preciosa. El paisaje es totalmente idílico. Alguna vez fue un valle formado por un glaciar, que al derretirse se dejó inundar por el mar. Lo que antes eran colinas, ahora son islitas verdes, boscosas, prístinas en su mayoría. El climax del viaje fue el encuentro con los pingüinos en el camino, como no sabíamos que habitaban la zona, los confundimos primero con unos patitos de lo más peculiares hasta que el capitán nos iluminó. Volvieron los gritos de euforia. Uno se da cuenta, estando en el primer mundo, de lo escandalosos que somos los venezolanos. Al bajarnos en la playita nos dedicamos a kayakear, subir a lo más alto de la colina a vacilarnos el paisaje, comimos, nos bañamos en el mar helado y de vuelta al pueblito. Mientras escribo, el resto del equipo se cae a piña con la parrillera de gas del motorhome para preparar unas chuleticas de cordero que se dicen obligatorias en Nueva Zelanda. Los dejo, la gozadera me espera.

14 marzo, 2010

TO KIWI OR NOT TO KIWI

Este es un viaje que tengo más de una año planeando. Primero se suponía que fuese mi luna de miel, el detalle es que no llegué a casarme jamás, pero como ya tenía el pasaje comprado y un tiempo estipulado para usarlo, decidí que lo usaba a juro, y mi mami -que no es casi patacaliente- decidió que se venía conmigo para no dejarme solita tan relejos. Nunca pudo ser mejor, amo viajar con ella y, además, me sale más barato que hacerlo de mi cuenta. Así que primero dijimos que íbamos en Diciembre, la visa se convirtió en un tema y lo aplazamos, optamos por Marzo, lo pegamos con Semana Santa y menos de un mes antes nos encontramos invadidas en Caruao y con rolo de zaperoco mediático y familiar armado. Mis abuelitos que son LA nobleza insistieron en que debíamos irnos...Así las cosas, arrancamos el 12 de Marzo y, tras cerca de 24 horas entre un avión, un lexotanil, varias pelis, comida mala y otro avión, llegamos a las 3 y media de la madrugada del domingo 14 de Marzo a Auckland, capital de Nueva Zelanda. Gracias al cielo, en Santiago de Chile -aeropuerto absurdamente bien organizado para ser el de una ciudad sacudida por un terremoto feroz- nos enteramos de que la Gobernación de Vargas había logrado transarse con los invasores y todo parece indicar que recuperaremos a nuestro amado Caru, eso nos cambió el ánimo y el panorama de viaje. Seguimos sin esa angustia en el cogote.
Agarramos un taxi en el aeropuerto y una señora maorí amabilísima nos llevó al hotel que yo había reservado hace más de tres semanas. Resulta que era parte de un bar, pero se veía de lo más pintoresco y refulgía en personalidad. Nos abren a esa hora de la madrugada y el barman/concierge nos da la llave de la Hab 12 en el 4to piso de una casa vieja sin ascensor. La Valenta y yo, guerreras de profesión, nos empujamos para arriba con las maletas al lomo y ¡oh sorpresa! cuando abro la puerta de nuestra supuesta habitación casi mato de un infarto a una pareja gay -que se había echado palo parejo a juzgar por el olor del cuarto- que se aposentaba en nuestro hogar provisional por una noche. Bajamos, el barman/concierge dió unas vueltas y nos explicó, tranquilazo y algo curdo, que no había más habitaciones. Llamó un taxi, nos devolvió la platica y sin rumbo para la calle. Bien bueno. Un rato después logramos encontrar un hotel bastante más ostentoso, carente de personalidad y menos generoso con nuestro bolsillo, pero dispuestos a aceptarnos a esa hora de la madrugada sin previo aviso. Algo me dice que la cara de trauma y cansancio de nosotras era de película.  Pero como no era hora de ponernos quisquillosas, agarramos nuestro cuarto, pusimos la Visa cerrando a medias los ojos -tú sabes, aquellos de ojos que no ven- y echamos un camarón desde las 6 hasta las 9am para recuperarnos y salir a patear la ciudad. Vaya que la pateamos. Lo primero fue buscar un desayuno decente. Como desde que abrimos la ventana vimos el mar, nos empujamos derechito a sus azules, ahí encontramos un café llamado Mecca. Yo me comí unos huevos fritos con tocineta y tomate asado perfectos y mi mami unos huevos benedictinos que hicieron palidecer de envidia a nuestro amado Boston Bakery de Los Palos Grandes. Perfección absoluta. Resulta que se celebraba una copa Louis Vuitton de velerismo y la zona estaba que ardía en actividad. De ahí nos fuimos de paseo por Queen St que es la calle del shopping, descubrimos que la mejor tienda de souvenirs es From N to Z. Gozamos en las tiendas de excursionismo. Visitamos el Albert Park para reposar un rato y nos quedamos heladas con lo junkies de la adrenalina que son los kiwis. En el Sky Line, que es la torre más alta e icónica de la ciudad, se hacen caminatas al borde del precipicio y saltos bungie. En el puente se camina sobre el borde superior y en una esquina cualquiera hay un columpio de esos con resortes que le quitan el aliento al más guapo. Luego le dimos al Acuario, vimos pingüinitos, mantarrayas y tiburones y caminamos como unas desaforadas por la bahía hasta llegar al puerto de nuevo. Ahí nos internamos en un restaurante a comer mariscos hasta la muerte y celebramos con una botella de vino la recuperación de nuestra tierra amada -se supone que a ella y a mi nos declararon personas non gratas, pero da igual- quedamos extasiadas con la amabilidad de los kiwis y aún no sé cómo lleguamos hasta el hotel en medio de la euforia. Pero aquí estoy, preparada para pasarme tres semanas en un país remoto repleto de naturaleza virgen. Así que: TO KIWI!

08 marzo, 2010

ADIÓS CARU

Tanto que te quise Caruaíto de mi vida. Fueron 15 años pisando tus gramitas, viendo como mi abuelita te convertía en un oasis de maticas, flores, cartelitos y detalles. Me acuerdo la primera vez que te vimos, eras un terrenito con potencial, la casa estaba bastante maltrecha y tenías pocas plantas para darnos cobijo, pero nos picaste cómplice el ojo, supimos que eras el lugar perfecto para que mis abuelitos vivieran el atardecer de colores que se merecían tras una larga estadía en este mundo. Te bautizaron "La Guachafita" porque así somos los Quintero, jodedorcitos, compinchosos, un clan. Pasé mil vacaciones contigo, me recorrí todas las playas que te quedaban cerca, los ríos, las montañas, viví mis necedades adolescentes y crecí refugiándome en tus tierras. Porque eso fuiste siempre para mí: un refugio, un remanso de paz, un escape de la urbe, de la vida, de todo. Ese era el papel que jugabas para mis abuelos y yo decidí pegarme en esa. Sí, supongo que ya te habrás dado cuenta de que te hablo en pasado, también debes estar aterrado con la quema y la tala que te desnudó. Y sé que tú también nos vas a extrañar, porque durante 15 años te dimos amor y cuidados que nos devolviste en frutos y verdes agradecidos. Lo siento muchísimo, nunca quisimos abandonarte, pero te mereces una explicación y te la voy a dar.
El 28 de febrero estaban Inés, Luis Gerónimo, Lucía, Victoria, Fredy e Ignacio en La Guachafita, tú sabes, de esas combinaciones que se daban sin que nadie avisara antes porque a esa casa entraban todos como río en conuco. La calidez de mis abuelos siempre lo permitió. De pronto vino Aníbal, el muchacho que te cuidaba junto a mi abuelos, a darnos el pitazo de que estaban invadiendo por la entrada. Ya había pasado antes y lo habíamos resuelto en paz y por la ley, todos tus papeles están en regla. Pero esta vez la cosa se veía peor. Llegaron decididos a talar y "limpiar el terreno", cuando les preguntamos nos trataron groseramente y supimos que era el Consejo Comunal el que autorizaba el desatino. Fuimos ese mismo domingo a ver al presidente del Consejo, nos recibió tranquilo y nos dijo que no era su culpa, que la asamblea comunal había resuelto revisar tus papeles, pero que no se autorizaba la invasión en sí... Hicimos una cita para el martes siguiente, llevaríamos los documentos para que vieran que estabas en regla. Ahora sabemos que fue ingenuidad, pensamos que el diálogo era posible. No fue así. El pueblo de Caruao, esa gente con la que mis abuelos convivió en perfecta armonía durante 15 años, esa gente con quienes cantamos aguinaldos en las misas de gallo, esos niños a quienes mi abuelita llevó a pintar y les leyó cuentos, ESE pueblo, sin avisar, nos convirtió en el enemigo. Pasamos de ser los guachafitos a ser "terratenientes", "oligarcas" y otro montón de cosas que no entendemos. Ellos se transformaron en "cimarrones", "oprimidos" y "necesitados". No nos dejaron hablar y los documentos fueron de paseo, ni les interesaba verlos. Qué irónico, pensar que si tu tierra no estaba mejor aprovechada, fue porque no había manera de conseguir mano de obra en la zona. 
Así las cosas nos fuimos consternados de la reunión, mis abuelos estaban aterrados, no comprendían una palabra de lo que les estaba pasando. Durante esa semana terminaron de quemarte enterito, te talaron cada arbolito, te convirtieron en un desierto triste y mustio. Nosotros hablamos con el Gobernador de Vargas, con la policía y la Guardia Nacional. Al siguiente sábado pusimos la denuncia en la GN y el Gobernador mismito dio la orden de desalojo. Se apareció el mismísimo Procurador con un Comandante y toda una comisión de hombres armados a poner orden. Mandaron a llamar al Consejo Comunal y se apareció toda una poblada. No lograron llegar a nada, esa gente estaba enardecida, desesperada de ira, era terrible ver cómo nos habíamos convertido en el objetivo de tanta rabia. Ese día se apareció toda la familia a apoyarte. Nos fuimos bastante desesperanzados, pero decidimos darle un compás de tiempo a las autoridades que tanto apoyo nos estaban dando, para ver qué pasaba. El domingo en la tarde se complicó la cosa. Los invasores se aparecieron a hacer un sancocho y terminar de talar a punta de machete. Nosotros llamamos a la GN desesperados tratando de protegerte, llegaron en 40 minutos, echaron unos tiros al aire y se llevaron a uno preso por indocumentado. Tratar de poner orden y defenderte fué un detonante veloz, la gente se incendió de rabia, comenzaron a amenazarnos a gritos desde lejos. Luego un par de ellos se fue hasta la casa donde estaban sólo Antonio y mis abuelitos a decirles que si a las 9pm no habían soltado al detenido, lo pagábamos nosotros, quemarían la casa con todos adentro y si pasábamos por el pueblo quemaban el carro. Antonio nos llamó asustadísimo, y con toda razón. Arrancamos para allá en el acto, como te dije, los Quintero somos un clan unido. En el camino Carola nos avisó que en el pueblo había armado un zaperoco, que la poblada se quería meter a la casa y la policía trataba de pararlos. Hasta la policía estaba en pánico, no había pistola posible. Llegamos y todo se calmó cuando se le pidió a la GN que soltara al vándalo...no teníamos cómo protegernos. Fue muy triste, tuvimos que recoger lo que pudimos. Por primera vez en mi vida entera vi a mi abuelo llorar, mi abuelita devastada, mi mamá, toda la familia. Nunca pensamos que tendríamos que salir de tus tierras como refugiados de guerra, pero eso somos. Todos -ellos "los malos" y nosotros "los buenos"- somos TODOS  víctimas de una situación que nos supera. De un gobierno al que se le fué de las manos la situación, se les fué de las manos su discurso de confrontación, que no logra aplicar la autoridad porque no han sabido dar el ejemplo. De una descomposición social que no para, que se algidece con el consumo de drogas y alcohol, con las promesas no cumplidas y con la ley del mínimo esfuerzo. Puedes creer que fuimos a la fiscalía a poner la denuncia y tanto la fiscal, como el procurador, como el comandante de la GN  dijeron que no podían hacer nada... Sí, nosotros también estamos tristes, nos dolió en el alma despedirnos de tí. Sobre todo así, tan rápido, en apenas una semana acostumbrarse a la idea de no verte más. Pero tienes que entender que para nosotros lo importante es la vida de mis abuelos y con las cosas como están ya no puedes ser un hogar para ellos. Chao Caru. Chao para siempre. Tanto que te quise.

01 marzo, 2010

EEEN UN VELERITO, EEEN UN VELERITO

Las fotos AQUÍ

Yo te oí cantando, pon, pon, pon, eeeestos aguinaldos... Sí, hay palabras que me llevan a canciones sin que yo lo pueda evitar de ninguna manera. Este fin estuve en un velerito de paseo por Mochima. Salí el viernes en la madrugada con mi amiga Paloma que hizo el curso de vela, nos encontramos con mi mami en Puerto La Cruz, llegamos a la marina, ordenamos todo en el velerito y salimos a navegar. Ese día el capitán nos puso a practicar maniobras de navegación cuyos nombres no logro recordar, debíamos practicar para poder hacer una navegación seria al día siguiente. Sí puedo decir que es trabajo duro y que te tienes que sentir cómodo con el tema de recibir órdenes. Hay cuerdas -perdón, "cabos"- por todas partes y tienes que fijarte en que no se enreden, tensarlos, aflojarlos, soltarlos, casarlos, enrollarlos, lanzarlos. Son el secreto de todo y un par de guantes jamás sobran para no dejar la palma de la mano en una maniobra.
Ese viernes fuimos a una cienaguita cercana y dormimos en la marina para zarpar al día siguiente rumbo a Manare en el Parque Nacional Mochima. Lamentablemente, éste es un país en el que no se puede pasar la noche en cualquier playa por la inseguridad, pero la Valenta había cuadrado la protección de los pescadores de la playa a cambio de algunos insumos y podíamos quedarnos ahí. Es una lástima, no se imaginan la cantidad de playas solitarias y hermosas que hay por Mochima. 
En fin, tras 6 horas de navegación entre motor y vela, llegamos a destino. Ahí inflamos el kayak Palomita y yo y nos dimos un paseo bordeando el farallón de Manare y su cueva. Es imponente ver desde esa embarcación tan frágil las diferentes formas de la piedra, sus colores, como el agua la golpea y sale disparada bajo su sombra. Provoca un sentimiento de respeto, hasta de miedito, estar ahí. ¡Y el mar! el mar es verde esmeralda, transparente, delicioso, amable. Amé la sensación de llegar a vela hasta allá. Eso sí, LO MÁS ABSOLUTAMENTE EMOCIONANTE DE TODO EL VIAJE fueron los delfines. Creo que vimos cerca de 50 en total. Varias familias se acercaron a lo largo de la navegación a juguetear en la proa del velero. Yo estaba que podía morir de la exitación con su agilidad, sus caritas simpáticas, sus barriguitas blancas y sus brincos. Son seres maravillosos. Es inevitable conmoverse en su presencia.
El domingo vimos aún más delfines, desde que zarpamos a las 6am, nos acompañaron a una playa cercana donde paramos a desayunar y darnos un baño de mar. Luego nos siguieron rodeando hasta pasar por las Chimanas y luego no los vimos más. Llegamos a Puerto La Cruz felices, ordenamos el velerito y de vuelta a Caracas para reencontarnos con la realidad aplastante. Eeeeen un velerito eeen un velerito yo te oí cantando, pon, pon, pon. Eeeestoos aguinaldos eeestos aguinaldos que estoy disfrutando. Coro: Serena está la mar y azule el cielo, entre palmas se haya el Mar Caribe, escribiendo en papel un lindo verso, a la orilla del mar donde reside, Ay qué serena está la mar y azul el cielo, entre palmas se haya el Mar Caribe (repetir)