Tras el frenesí aventurero de Queenstown, nos fuimos a Manapouri -un caserío a orillas del lago con el mismo nombre- de donde partiría nuestro crucero de una noche por un fiordo llamado Doubtfoul Sound. Los fiordos son canales dragados por los glaciares que al estar a un nivel más bajo que el mar, se inundan con él. Este fiordo en particular, es el segundo más grande de Nueva Zelanda. Fueron decretados patrimonio de la humanidad y están en un parque nacional que se llama Fiordland y que unieron a otro par más en la costa oeste en aras de proteger las maravillas que aquí se encuentran.
La travesía comienza en Manapouri, ahí nos montamos en un barco pequeño. La Quintero y yo salimos de zafriscas a encaramarnos en el techo y que para ver todo y tomar fotos. Veinte minutos después nos cayó el primer salpicón de agua y nos dejamos de valentías para sentarnos calentitas adentro. Menos mal, porque a los 5 minutos la cosa se puso más intensa y comenzó a bajar gente que chorreaba agua gélida y tiritaba de frío.
Nos bajamos del bote pequeño y llegamos a un lugar donde estaban un complejo hidroeléctrico y un autobús esperándonos para llevarnos a la orilla del fiordo donde atraca el crucero. Una belleza, sólo para 70 personas, azul marino y blanco y con forma como de velero. Desde el momento en que nos dieron un boarding pass anaranjado y vimos que había una señora elegantísima que tenía uno morado, comenzamos a dudar sobre si yo había escogido un camarote para nosotras dos o nos tocaba el acomodo "bunker like", unos huequitos con un par de literas que se compartían con otra gente al igual que los baños. La verdad es que tampoco era fin de mundo, sólo si nos tocaba con algún poco higiénico o un gordo que roncara como león. Bajamos rapidito y elegimos uno, nos sacaron en el acto porque no nos habíamos fijado que los nombres estaban afuera. Nos disculpamos y salimos en la búsqueda del cartelito que nos mentara. Nada. Así que le preguntamos a una de las chicas de la tripulación. Cuál sería nuestra sorpresa al ver que teníamos tremendo camarote en el piso de arriba, con vista, baño privado y par de camitas individuales muy bien tendiditas. Tras habernos conformado con las literas comunales, este era un upgrade considerable que celebramos a viva voz.
Comenzó el viaje y sí, todo nublado. Pero lo raro sería que saliera el sol en un lugar del planeta donde llueve 200 días al año y no se molestan en medirlo en mm como el resto de los mortales, lo hacen en metros de una vez. Son como 6 o 7 al año. El paisaje es asombroso, intimidante. Unas montañas altas, de piedra, forradas por una selva impenetrable que aguanta lluvia y nieve pareja. El agua es un espejo negro y profundo donde viven unos delfines enormes que pudimos ver bien de cerquita. Poco después de navegar un rato, hacemos una parada para que los que así lo deseen, salgan a pasear en kayak. Obviamente, no nos pelamos esa ni de casualidad. Claro que con el intenso pacheco entramos en conflicto de vestuario. Sólo teníamos lo que llevábamos puesto más la pijama y una mudita de pantaleta y franela. Es decir, si eso se mojaba, nos tocaba cenar en pijama. Decidimos, tras ser aconsejadas, quitarnos los zapatos y la ropa interior de invierno, para apetrecharnos con nuestros pantalones que se secan rápido, medias, la franela y el impermeable. Total, si te da mucho frío, remas con intensidad. Así lo hicimos y valió toda la pena del mundo. Vas serenito remando cerca de la orilla, que no es más que la piedra entrando abruptamente al fondo del agua y los árboles colgando precariamente de ella. Helechos, musgos, líquenes, orquídeas. Montones de cascadas pequeñas, grandes y apenas hilitos de agua que se precipitaban montaña abajo. Sobrecogedor.
Durante la remada un señor de North Carolina y dos señoras australianas comezaron con un chalequeíto retador a ver quién se metía a nadar tras la remada y quién no. Cuando le digo que como para qué me voy a meter yo en esa agua helada, me contesta el gringo: para decir que lo hiciste. Caí. Una vez en el barco, me puse mi bikinito tropical y me fui a la parte de atrás a envalentonarme con los otros del equipo. Comenzamos a agruparnos tímidamente - ¿qué, tú vas a nadar? - sí, yo sí- nos decíamos unos a otros. Poco a poco, mientras se acercaba el momento, la vaina se convirtió en un alboroto de desconocidos aupándose para entrar al agua helada. Primero se lanzó la australiana y de segunda esta pequeña hija del trópico que les escribe. Inexplicable el estado de shock en el que entras. Yo me quejo de frío en Playa Caribe, Margarita, Mar Caribe. Sin embargo, no me conformé con el primer chapuzón y luego me lancé otra vez pero desde más arriba para hacer una bombita. La madrea orgullosa me esperaba estupefacta con una toalla seca. Sí les puedo decir que nos convertimos en el evento de la tarde y que luego se nos unieron unos cuantos más. La parte fea fue desentumecerme poco a poco en la regadera. Duele.
Tras sentir los pies de nuevo, subí a tomarme una sopita. Con la barriga también caliente, nos llevaron hasta el mar para ver una colonia de focas. Una preciosura todas echadas en sus piedritas. Vimos el mar y nos regresamos a unos de los brazos del fiordo para pasar la noche.
La cena fue un acontecimiento notable. En la mesa estábamos: la Quintero y mi persona "from Venezuela", las señoras australianas divertidas con las que me metí en la cava, una pareja de alemanes recataditos y un francés que andaba de viaje solo por todo un año porque vivió dos en Dubai y le resultó traumatizante. Con la primera botella de vino la conversa no podía resultar más interesante y diversa, deliciosa. Del mismo modo resultó la comida, una comelona memorable, glotona y abundante. Con las pancitas templadas nos llevaron a ver unas fotos, yo me quedé profunda y decidí subir a nuestro súper camarote hasta el día siguiente.
Amaneció y llovía y llovía y llovía. Desayunamos y pasamos un buen rato viendo cómo caía agua de las montañas del fiordo. En una de esas, pararon el barco cerquita de una de las cascadas para recoger un poco y dárnosla de tomar. La más rica de la vida.
Finalmente llegamos de nuevo al puerto, toamos el autobús, el otro barquito y llegamos al motorhome de nuevo. Tras dos días estacionado, olía a mujuñito el baño. Casi nos morimos de asco. Decidimos llegarnos hasta Te Anau, un pueblo tantico más grande, para conseguir campamento y descargar las cochinaditas. El fulano "dump station" estuvo bien ácido. Decidimos mediante decreto familiar viajero que número dos está prohibido en la pocetica del motorhome por siempre jamás.
Hicimos unas chuleticas de cordero estelares para almorzar y, como salió el sol, nos fuimos a caminotear por el pueblo -una calle principal es lo que hay- e ir al cine a ver Ata Whenua, una peli documental de los fiordos con montones de tomas aéreas. Suena imposiblemente cursi, pero yo lloré de lo espectacular de las imágenes, me conmovió hasta las lágrimas lo hermoso que es el planeta tierra. La música, todo. Es perfecta.
Luego llegamos de nuevo al campamento y me anoté para saltar en paracaídas mañana. Yo quiero ver con estos ojitos que la vida me regaló, cómo se ve esto desde arribota. Ya les contaré.








