26 abril, 2010

FINDE EN CARACAS, variaciones del ánimo capitalino.

Me pasé este fin de semana en Caracas, lo hago poco, pero cuando se llega de viajes muy largos provoca estacionarse un ratico en la misma cama.
El viernes me informaron que aún falta un rato para que pueda retomar mi trabajo en la radio...maté las penas en la Tasca de Juancho en Chacao -gratamente acompañada por el Reverón y mi biologuito- cayéndome a chistorra, tortilla de papas, tequeños y birra. No pasa del todo, pero hay tanto ruido que dejas de pensar tanto. Yo, que suelo ahogar mis pesares en el silencio de los paisajes, comprendí el escape de salir en la ciudad aunque sigo prefiriendo el mío.
El sábado me levanté temprano -soy tan polla que aún cuando salgo, me acuesto antes de las 12 cual Cenicienta- para ir al Parque del Este con mi biologuito. Él a correr como loco y yo a caminar para empezar con una rutina de ejercicio que me prometí al iniciar el 2010. Me dio una tristeza infinita. Debo confesar que habían pasado años desde la última vez que fui al Parque y lo que me encontré no me lo esperaba. La indolencia total, la dejadez, el abandono, las ruinas de lo que alguna vez fue un parque. Entiendo que Inparques es un organismo con enormes responsabilidades y un presupuesto que no se ajusta a ellas, es evidente que no hay con qué mantener el Parque del Este y si además -en un arranque clásico de populismo- se les quita la oportunidad de cobrar una entrada, entonces es evidente la razón de tanta ruina. Los árboles se caen, les dan con una sierra y dejan ahí el reguero, de animalitos quedan los monos y el perro de agua a los que se les cambia el agua cuando la cosa se pone grave, las pepeleras rotas, la grama descuidada, estaba sucio, descuidado. Es terrible que uno de lo poquísimos espacios verdes de la ciudad se lance al abandono de esta manera. Pienso en el famoso plan de anexarle La Carlota para hacer un súper parque y pienso en que, si no se puede con éste, cómo van a mantener uno más grande. Igual es asombroso ver cómo se llena de gente que ante la adeversidad insiste en mantener sus espacios: los que corren, caminan, practican artes marciales, yoga, tai chi. Esa gente se merece un lugar más digno e Inparques se merece que algún gobierno, algún día, le de la importancia que tiene en este país de verdes intensos. Esta naturaleza es tan generosa que igual los loros y las guacamayas arman alboroto en las ramas, los árboles florecen y la grama revive tras la sequía aunque nadie la peine.
Esa tarde fui al bautizo de mi sobrino Federico Emilio, un rico encuentro con amigas que quiero tanto. Amapuché a mi pequeñín harto de tanto brazo, flash y alboroto y me dediqué a la comida, la conversa y las mimosas
Al día siguiente fuimos el biologuito y yo a encontrarnos con el maravilloso Maickel Melamed  (www.pasoapasohacialameta.com) tras su participación en un 5K por la Copa Autismo en Voz Alta en Altamira. Mi adorado fisólogo del ejercicio está metido de pata y cabeza en el proyecto de Maickel para correr el marathon de NY. Me conmueve el esfuerzo de ese ser a quién la naturaleza le impuso un cuerpo cuyo cerebro desafía a diario. Es una maravilla verlo entregado con sus piernitas chuecas y su mente brillante. Todo mi respeto y admiración están con él. Desayunamos en la Flor de Altamira, yo me comí el pastelito -mega gordis- de queso kraft, queso crema y pavo, el biologuito se llevó el Polar de Maickel para estudiar los datos, compramos el periódico y nos echamos. Almorzamos chino, aunque ha dejado de ser una opción barata, participamos en las primarias y en la tarde nos fuimos a un concierto gratis en Corp Banca.
Fue como dos conciertos en uno, primero tocaron: Valdemar Rodríguez (clarinete), El Pollo Brito (cuatro), Eddy Marcano (violín), Roberto Koch (bajo), Juan Ernesto Laya (maracas), Andrés Briceño (batería) y Edepson González (piano) -para quienes saben de música esto es un grupete matador- manteniendo un repertorio bastante venezolano, delicioso y perfectamente bien ejecutado. Eso me lo esperaba. Ellos bautizaron su disco y le dieron el auditorio a la gente de la Simón Bolívar Big Band Jazz, parte del movimiento del Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela llevado por el Observatorio de Música Simón Bolívar, cuyo director es Valdemar Rodriguez, el mismo clarinetista que inició el concierto. Gocé con sus interpretaciones de clásicos del jazz, el entusiasmo que le imprimen es contagioso y amo los Big Bands, pero mi locura de la noche fue una joven llamada Linda Briceño que la parte tocando trompeta, canta como una diosa y hace scat como una pro. Para mí, cuando la vi con sus lentes de pasta blacos, toda aquella actitud y su trompeta, fue la personificación misma de lo que es ser "cool". La amé. Investigando un poco descubrí que es hija de un baterista que es un monstruo y se llama Andrés Briceño (también tocó, pero yo no sabía que era el papá), que comenzó en la Orquesta Sinfónica Juvenil de Chacao, que ha participado en varios festivales y que suele tocar con Biella Da Costa. Para esta pequeña servidora, Linda manda y es mi ídola. Punto.
En síntesis, durante un fin de semana en Caracas, viví la frustración, la indolencia, el esfuerzo y la magia de la música. Nada mal ¿no?









20 abril, 2010

13 abril, 2010

EL REGRESO

Tras miles de horas entre aviones y aeropuertos, medio día en Santiago comiendo mariscos, bebiendo pisco y bailando borracha en la Plaza de Armas, una noche desvelada y enratonada, más otro pucho de horas en avión, llegué a Maiquetía, pero ya la gente no aplaude en el avión, es una lástima, me encantaba esa costumbre.
Ahí me esperaba mi adorado biologuito, recién llegado de Siberia, para irnos directo a Caruao. Mi último recuerdo de Caru está plasmado en la carta que se hizo archiconocida a través de este blog junto a todo el incidente de la invasión de las tierras de mis abuelos. Era un recuerdo tristísimo, terrible, doloroso. Ahora que -llamada de Esteban de por medio- se decidió que nos devolvían La Guachafita, era hora de regresar al terruño para reconciliarme con el trago amargo.
Mientras estábamos en Nueva Zelanda supimos del desenlace, lo celebramos, lo lloramos, hablamos con los abuelitos mientras estaban en Caracas y la primera llamada a Caruao la hicimos el 1ro de Abril para felicitarlos por su 60 aniversario de casados. En uno de esos gestos de solidaridad venezolanísimos que tanto agradecemos y que abundaron durante la debacle, una familia se había aparecido por allá a preparales un Palo a`pique como intento de consuelo por lo que les había tocado vivir. Hermoso y conmovedor agasajo, a la vez muy oportuno tratándose de tan significativa fecha para los pichicuchos.
En fin, el biologuito y yo teníamos dos meses sin vernos, él en Siberia de expedición y yo en Nueva Zelanda de vacación. Se imaginarán que no hubo silencio posible en ese carro, conversamos divino lo que cada quién había vivido, las impresiones, reflexiones, recuerdos, amapuches y añoranzas de haber estado juntos. Finalmente llegamos a destino donde esperaban impacientes los viejitos, un poco tristes porque la noche anterior había muerto Boche, el pastor alemán de 11 años adorado por mis abuelos. Fue rico servirles de consuelo, distraerlos con los cuentos, las fotos, la larga conversa, la compañía. Mi abuelita me había tendido la cama preciosa para recibirme, hasta con toallitas en las paticas para bañarme el jet lag. Tan primorosa. Estaban fascinados con la llegada del par de viajeros.
Pero debo decir que lo más delicioso de todo fue verlos de nuevo en su hogar. El terreno sigue quemado y triste, pero ya volvieron los pajaritos a alegrarle el día a mi abuelita trinando en las maticas que quedaron ilesas, Tony tiene espacio para caminar y sus árboles de mango para sentarse a leer. Mi abuelita sigue asistiendo a la misa de La Sabana porque aún no le provoca andar por Caruao. Parece que la primera vez que fue se armó gran revuelo dejándola abrumada con las expresiones de solidaridad. La verdad es que en Caruao también las ha recibido, pero supongo que hay heridas que se toman su tiempo en sanar. A mi se supone que no me quieren ni ver porque dije que eran "cuatriboleados" y pensar que para mi eso constituye un atributo positivo. Pero, las cosas de la vida, cuando ya salía a Caracas, le di la cola a una señora hasta el pueblo. En lo que me vio supo de donde venía y me dijo en el acto: mira miamor, yo nunca estuve de acuerdo con eso que le hicieron a los señores Tony y Ana, primero porque soy cristiana, pero aparte de eso, ellos tenía bastantes años ahí y esa tierra estaba sembrada. Además, con todo el tiempo que le dedica la señora Ana a los hijos de uno, mis muchachitos siempre van a pintar con ella.
Como dije en aquella carta, no es culpa de nadie, se trata de una situación que nos sobrepasa a todos. No guardo rencores -quizás un par de ellos- pero en general, ver a mis abuelos de nuevo en su casa  es todo lo que necesitaba para regresar en paz.

09 abril, 2010

LOS VINOS, EL ZOOLÓGICO, LAS COMPRAS, LA PLAYA Y EL TEATRO

Y así, en es enunciado que funge de título, se resumen los últimos días en Sydney. Un frenesí por ver lo que hay que ver, obtener lo que se quiere y sacarle el jugo a esa ciudad maravillosa con la playa, las montañas y los viñedos al lado.
Por partes: el lunes nos buscó Ale a las 11am para salir a Hunter Valley donde están los viñedos, no todos, pero un buen número de ellos. Se apareció con su novia noruega, Henri, que parece caribeña de lo cariñosa, intuitiva y querida que es. Nos caímos a probaditas de espumante, comimos ostras, probaditas de vinos y más espumantes, quesos olorines y en la búsqueda del almuerzo rodamos, porque eran más de las tres de la tarde y esa gente no quería servir más comida. Mucho menos un lunes de Easter. Tras muchas vueltas, nos metimos en una tienda de delicateses e hicimos picnic de quesitos, jamones, dips y galleticas. Con helado estelar para cerrar. Mal, no quedamos. Conmovidas por el gesto de Ale, las conversas y el cariño. Me sorprende los amores que uno cosecha por la vida, ese es como un primo que pasé años sin ver y la adoración sigue intacta. Divino.
Al día siguiente nos fuimos en el ferry para el zoológico Taronga pues habíamos leído que era hermoso. Ya he comentado que no me entusiasma ver animalitos encerrados, pero aquí las jaulas eran enormes, amables, resultaba un genuino intento por hacerlos sentir en algo parecido a casa. Sin embargo no pude eviatar sentirme mal por algunos de ellos que insistían en dar vueltas como si supieran que más allá hay otras cosas: la inmensidad, la locura, el humano, la libertad, la muerte...qué se yo. Otras cosas.
Igual me conmueve ver a animalitos que de otra manera me sería dificilísimo ver como las jirafas cuellilargas, el extraño ornitorrinco, el panda rojo, los hipopótamos pigmeos. Nos pasamos toda la mañana ahí.
En la tarde le dimos la caminada oficial a George St para ver las tiendas, especialmente un centro comercial que se llama The Strand y tiene tenditas particulares, diseño autraliano, pequeños proveedores. Una ricura. Cerramos el día co una cena Thai en Victoria St, bien cerca del hotel y muy rica.
A la mañana siguiente fuimos a darle la vuelta al Queen Victoria Building, un centro comercial metido en un edificio viejísimo y precioso. No compramos nada, pero nos disfrutamos los espacios, los detalles y las vidrieras. De ahí nos lanzamos de nuevo al Chinatown, pero esta vez a por un vietnamita que habíamos leído en la guía y que no nos dejó nada mal. Para bajar los fideítos, paseamos por el remanso de paz, esteticismo y sensibilidad que es el Chinese Garden of Frienship. Precioso, delicado, sublime. Lo disfruté muchísimo. Lástima que estaba tan nublado que no le tomé ni una foto. Yo sé, qué necia, pero bueno...
Nuestro último día en Australia se lo dedicamos a la playa. Agarramos un autobús en Oxford St que nos llevaba a Bondi, la playa más cercana a Sydney (que por cierto me enteré que no es la capital aunque parezca, -gracias al pana del formspringme- ese título se lo lleva Canberra) y epicentro absoluto de la vida de mar. Fue perfecto ir un jueves porque no estaba nada full. Mi sorpresa fue esplendorosa, no me esperaba para nada una playa tan linda. Debe ser ese paradigma que llevo en la sangre que me dice que tras el Caribe nada sorprende. Pues la arena es blanca brillante y amplia, el mar azulito y helado, las piedras extrañas, retorcidas, coloridas, casi vivas diría yo. Insólitas.
Me encantó la nota de las piscinas entrelazadas con el mar para cuando la cosa está muy fuerte, detesto una piscina, pero en una de estas me metería feliz, se mimetizan y no huelen a cloro.
Nos lanzamos la caminata desde Bondi hasta Bronte pasando por Tamarama que fue mi favorita, una playita mínima que tiene más de profundo que de largo, un parquecito de grama impecable atrás, olas preciosas para el que surfea y mini piscinas entre las piedras. Sencillamente perfecta. Y la caminata, impelable, las vistas son infinitas, las formacines de piedra sinuosas y la brisa riquísima.
Pero el cierre de nuestra estadía aussie no pudo ser mejor: un show de danza de un grupo francés (Montalvo-Hervieu) llamado Good Morning Mr Gershwin en el Sydney Opera House. Verlo de afuerita es de desmayos, entrar es el éxtasis y sentarse en uno de sus asientos a presenciar un show...cómo describirlo. Una sala enorme, con una acústica perfecta, toda de madera ligera, pulida, acompasada, sensual. A cuatro filas del culo del teatro -sí eso fue lo que encontramos- lo veíamos todo en technicolor, escuchábamos en surround, sentíamos las paticas de los bailarines estrellarse contra la tarima, sus cuerpitos de plastilina que se desarmaban en el escenario. El uso del recurso audiovisual fue exquisito, nunca perturbó ni sobró, siempre estuvo acorde, acompañó las músicas y los esqueletos vibrantes. Fue una experiencia delirante, alucinada, irreverente. Esos francese se las traen. Las desnudeces se hacían naturales, necesarias, desafiantes. Una maravilla. Me deleité de principio a fin a pesar de que la caminata de playa me había dejado en el limbo de la inconsciencia.
Salimos de ahí embelesadas, tomamos un taxi al hotel, dormimos plenas de dicha y nos levantamos para cerrar la maleta y decirle adiós a Sydney. O por lo menos hasta la próxima.

05 abril, 2010

SYDNEY

Tras despedirnos pesarosamente de ese país de verdes y contrastes que es Nueva Zelanda, nos encaramamos en un avión de Air New Zealand y presenciamos nuestra última y más divertida demostración del despliegue de optimismo y simpatía que caracteriza a los kiwis. En un avión normal en cualquier país del mundo, las aeromozas te dan las instrucciones de seguridad todas muy circunspectas en el pasillo, mientras una de ellas las describe rutinariamente –hasta aburrida me atrevería a decir- por el micrófono. Pero Nueva Zelanda es otra cosa, por eso ellos se inventaron un video ambientado con el pop rock más hyper que se imaginen en el que te dan las instrucciones muertos de la risa y te dicen que fumar en el avión es un “big no no”. Con eso en mente, impactadas con la coherencia de imagen de esta gente, nos empujamos 3 horas de vuelo para llegar a Sydney, la capital de ese país-continente que es Australia. 

La primera impresión es cuánto tiempo te pasas sobrevolando la ciudad. Creo que habernos pasado tres semanas manejando las diminutas dimensiones de Nueva Zelanda, nos convirtió en casi un par de campurusas, porque en la guía Lonely Planet dicen que es una ciudad mediana. El aeropuerto enorme, impecable y repleto de asiáticos, pasamos migración sin mayores pormenores, cambiamos una platica para el taxi, comentamos lo lindo y colorido de los billetes de aquí y llegamos al hotel que reservé por Last Minute como un “hotel boutique cerca del centro”. En efecto, esta vez no hubo chascos y comprendí que un hotel boutique es un hotel como cualquiera, sin más ni menos lujos, pero decorado con muebles modernos en lugar de los peroles de la abuela del resto de los hoteles. Nos habíamos levantado a las 4 y media de la madrugada y aquí echamos dos horas para atrás. Así que nuestro cuerpo llevaba casi medio día despierto y eran que si las 8 de la mañana. Nos dimos una merecida ducha en una de estas regaderas modernísimas que no tienen puerta y emparaman todo el baño –procurando no mortificarnos por ello- descansamos un ratico, deshicimos las maletas y nos lanzamos a la calle con nuestra Lonely Planet bajo el brazo a almorzar. Un gay encantador que atiende a los turistas, nos hizo líneas fosforescentes en el mapita y nos indicó a dónde ir.  Panicadas con el frío que hemos pasado en el viaje anterior y en casi todos a los que vamos este par de tropicales, salimos –por lo menos yo- de pantalón, zapato, medias largas y suetercito, para encontrarnos con una ciudad semi desnuda que se desparrama por los parques tomando sol. Cuando empezaba a acalorarme, llegamos a un restaurancito chino que supimos que era sifrinísimo cuando al poco tiempo de sentarnos se llenó de yuppies encorbatados y niñas entaconadas con la melena secada. La comida estaba divina y veníamos mareadas del hambre, así que resistimos dignamente nuestra posición de las mamarrachas del lugar sin ningún problema. De ahí, con la barriga templada, nos lanzamos en la grama del jardín botánico con vista al magnífico Teatro de la Ópera. No saben cuán emocionante es ver sus piquitos blancos que asemejan a velas de barcos asomarse en el horizonte. Ese ícono de tierras lejanas del primer mundo se materializa frente a mis ojos y termino de entender que estoy en Sydney y que esto sí es una ciudad.
Tras un rato desesperada del calor, decidimos buscar un Cyber para contactar a una chica de una agencia que nos ayudaría a viajar a la Gran Barrera. En el interín me entró un ataque de mal humor y malacrianza de outfit y me le lancé encima a un taxi para poder cambiarme la pinta y ser feliz. Con cholitas puestas y un bluyincito más apropiado, nos fuimos caminoteando hasta el icónico teatro con la mejor luz para fotografiarlo: en pleno atardecer. Ya llegando, nos encontramos con muchedumbres enardecidas a la orilla del mar en las inmediaciones y nos preguntamos qué pasaría. Pues bueno, resulta que es Easter (algo así como Semana Santa) y el bar al aire libre del Teatro de la Ópera estaba a rabiar. Nos unimos inmediatamente al jaleo y nos tomamos felices par de copitas de espumante a ver si nos logramos acostumbrar a esto de estar en una gran ciudad.
Al día siguiente decidimos ir a Manly, un suburbio de playa cercano, para visitar a Ale, el hermanito -que ahora es hombre- de mi amiga Avryl – quien por cierto acaba de nombrarme la orgullosa madrina de su segunda hija Ainoa- y para ir a la agencia de viajes que nos ayudaría con el viaje coralino. Pero primero hacemos una parada en el Museo de Australia, pues estaba una exposición de fotos de naturaleza que no me podía perder. Se trata de un concurso que se hace cada año a nivel mundial y se monta la expo con los mejores. Deliré. El impacto que me causaron, la inspiración, la motivación, la alegría. Fui absolutamente feliz viendo todas y cada una de las foticos, analizando la composición, el lente con que fueron tomadas, las historias. Tanto así que quedé exhausta y no quise ver más nada del museo. Tras eso hablé con mi biologuito y supe que había terminado exitosamente su travesía por Siberia. Es mi héroe.
Salimos de ahí y agarramos el ferry a Manly, Ale nos esperaba descalzo y feliz con su novia noruega. Entendí por qué va poco a Venezuela y tras cinco años aquí, ni se plantea volver. Abrazos, amapuches, impresiones y a la agencia. Donde tras mucho darle, llegamos a la conclusión de que esto del fulano Easter tenía todo carísimo y decidimos quedarnos tranquilitas en Sydney, total, hay bastante que conocer por aquí. Dicho esto, nos sentamos en un restaurancito y nos metimos una bacanal de mariscos fresquísimos, paseamos por la playa, conocimos la casa de Ale y nos encaramamos en el ferry de regreso. Esa noche nos estudiamos la Lonely Planet y fuimos decidiendo qué hacer cada día.
A la mañana siguiente comenzó en itinerario Sydney con una visita de shopping profundo a Paddington con sus tienditas de diseño, sus mercaditos hippies y su ambiente relajadísimo y hypster. Tampoco fue que nos volvimos locas, fue mucho más lo que curioseamos que lo que en efecto compramos. Almorzamos en un sushi de esos que te pasan los platicos por delante, caminamos hasta morir y a final de la tarde nos metimos en un cine que era bar y librería, de lo más bohemio, a ver un peli francesa: “Welcome”. Hermosa, terrible, conmovedora, tristísima. Yo lloré como una loca, pero no con elegancia así de lagrimita silente, no. Lloré desgarrada y de hipidos. Lloré hasta cuando iba caminando hacia el hotel. Lloré.
Al día siguiente nos tocaba Bondi Beach, pero el día amaneció horrendo y cambiamos de planes para resguardarnos bajo techo. El destino: Darling Harbour. Ahí nos caímos a codazos con las muchedumbres para entrar al acuario, donde tuvimos que asumir el llanto infantil como parte del ambiente, vimos a los tiburones, los manatíes, las mantarrayas y salimos desesperadas y sin rastro de instinto materno. Nos metimos en un bar a por un par de birras y unas ostras y seguimos hacia el National Maritime Museum. Estuvo bien, pero nos lanzábamos contra las paredes de sueño. Así que lo dejamos de ese tamaño y nos fuimos a ver qué onda con el Imax, el cine 3D más grande de la vida del mundo por siempre jamás. La idea era ver Alicia, pero faltaba mucho y nos metimos en una de surf llamada “Tahiti Extreme yo-no-sé-que-cosa”. Espectacular y sorprendente,  igual nos prometimos volver  por Tim Burton. Finalmente, cerramos el día con una visita a Chinatown donde nos encontramos con un restaurant enorme llamado “East Ocean” que cuando llegamos estaba vacío y al segundo plato se llenó de puros chinos en cambote familiar. Supimos que habíamos elegido bien, comimos exquisito y con palitos y nos tiramos la caminata de vuelta hasta el hotel para bajar la comida.
Hoy nos vamos de viñedos con Ale, luego les cuento en un post que espero no sea TAN largo como este.

02 abril, 2010

NUESTROS ÚLTIMOS DÍAS EN NUEVA ZELANDA

Mirror Lakes via Milford

Sí, yo sé que hubo un largo periodo de abandono blogger. Estuvimos ajetreaditas aprovechando nuestro últimos días en el ese país hermoso que es Nueva Zelanda. Me quedé en la llegada a Te Anau y el cuento de lanzarme en paracaídas. Lo hice y fue ¡increibilísimo!!! En la mañana salimos a hacer una caminata a la orilla del lago y pasamos por un parque de aves precioso donde vimos a los más icónicos del país, menos al kiwi, por supuesto, que sólo manguarea de noche. Llegamos de nuevo al camping y me fueron a buscar para hacer el salto. No sentí nada de sustico hasta que me dieron el traje blanco y negro que debía utilizar ¡Ayayayyy! Ahí me di cuenta de que de verdad iba a lanzarme desde 13mil pies amarrada a un completo extraño. El pana era un encanto, eso me alivió, hasta conocía a un venezolano y no hacía sino decirme "de pinga, de pinga",  que al parecer era lo único que sabía decir en español, gracioso. Me pusieron el aparataje, la madre orgullosa me cayó a fotos y nos montamos en la avionetica. La vista era majestuosa: montañas, planicies y el gigantesco lago Te Anau con su azul turquesa intenso imponiéndose en la inmensidad. Todo fue muy rápido, de pronto andaba toda contemplativa en mi avioncito y de repente ¡zácata! vamos para abajo. Absurdamente hermoso, no dudo en decir que es lo más espectacular que he hecho en mi vida enterísima. Puse los pies sobre la tierra con una sonrisa gigantesca, las pupilas nutridas, el alma hinchada.
Nos fuimos a hacer pic nic frente al lago, vimos el atardecer y a dormir. Felíz como una lombriz.
El siguiente día amaneció precioso, todo un golpe de suerte, porque nos tocaba hacer la carretera que lleva a Milford Sound, el siguiente fiordo donde haríamos un viaje en barco. No tiene sentido la belleza de ese camino. Nos paramos en mil lugares a ver para allá y tomar fotos. Especialmente en un río donde nos bajamos a ver el azul de esa agua helada y glaciar. Luego en Mirror Lakes, que como su nombre lo indica, es un espejo de agua perfecto para ver las montañas que están atrás, lo amé como loca, espectacular. Por último hicimos una caminata de 45 minutos cerca de Lake Gunn, jamás vi un bosque tan bonito, eso sí fue como estar en el Señor de Los Anillos. Todo forrado en musgo, árboles enormes, altísimos y a media caminata la vista al lago de color turquesa claro. Sublime. Ya casi llegando pasamos el túnel Homer...un agujerito negro cacho, cavado en piedra maciza bajo una montaña enorme. Verdaderamente aprensivo, por decir lo menos.
Finalmente llegamos a Milford, nos comimos unos sanduchitos y nos montamos en el barco. Ver un fiordo con sol, fue otra cosa. Además es mucho más pequeño que Doubtfoul, los disfrutamos muchísimo, kayakeamos por el mar de Tasmania, volvimos a comer opíparamente y regresamos al día siguiente. Estuvo lindísimo, podría parecer lo mismo, pero entre el paisaje soleado y que este fiordo es más estrecho y las montañas como más empinadas, fue otra cosa. Valió la pena ir a conocer ambos fiordos.
En el camino de vuelta paramos en Chasm, unas piedras en las que el agua moldeó agujeros y el agua cae estrepitosamente. Le dimos hasta Riverton, un pueblito pequeño en la costa del sur con unas playas muy bonitas, especialmente una llamada Rock Bay. Paseamos por la playa y nos acostamos temprano para madrugar al día siguiente.
El amanecer fue rojo enardecido y con él agarramos la carretera de la ruta turística del sur donde teníamos todo un itinerario de animales salvajes, paisajes y felicidad. En Bluff, nos encaramamos en una montaña a ver el paisaje, desayunamos y seguimos. Entonces se prendió una lucesita...¡oh, oh! A partir de ahí el motorhome no quiso hacer ningún esfuerzo, especialmente en las subidas, donde se lanzaba unas achantadas que ni en primera lo lograba mucho. Con esa situación no hubo posibilidad de hacer ni una sola parada más, llamamos frustradísimas por teléfono, nos dijeron que nos llegáramos a Dunedin, la ciudad más cercana y eso hicimos. No se imaginan el shock de entrar a una ciudad tras tanta naturaleza, pueblito pequeño y cielos abiertos. Nos mandaron a un taller, donde se decidió que no había nada que hacer, el motorhome estaba muerto por un buen rato. Como sólo nos quedaba un día y no nos queríamos perder Christchurch, la última parada del itinerario kiwi, dejamos a nuestra casita rodante en manos del mecánico, hicimos maletas como pudimos metidas en un taller mecánico y nos montamos en un taxi manejado por Santa hasta el aeropuerto para llegar a donde queríamos llegar.
Conseguimos hotelito en Internet y llegamos a las 10pm molidas y derechito a la cama. A la mañana siguiente amaneció un día precioso, de franelita y todo, así que a pasear y pasear como locas. Desayunamos como chanchitas, nos echamos en la grama del espectáculo de parques que hacen que a Christchurch la llamen la "ciudad jardín" y en la noche fuimos a un fulano show maorí. Terrible, para ser honestas, patéticamente turístico, un horror. La parte buena: luego de la melcocha esa nos llevaron a ver a los pajaritos nocturnos. Eso sí estuvo precioso, vimos primero a las Keas que son bastante parecidas a un loro muy grande que prefiere caminar y finalmente al ícono de Nueva Zelanda: el misterioso y exótico kiwi en peligro severo de extinción. Fue emocionante verlo de cerca con su piquito oliendo todo, su formita particular, las plumitas marrones, pero tristísimo saber todos los peligros que acechan su existencia.
Con ese último recuerdo dormimos felices, más kiwis que nunca, para salir de madrugada a Sydney, pero ese ya es otro post.