Y así, en es enunciado que funge de título, se resumen los últimos días en Sydney. Un frenesí por ver lo que hay que ver, obtener lo que se quiere y sacarle el jugo a esa ciudad maravillosa con la playa, las montañas y los viñedos al lado.
Por partes: el lunes nos buscó Ale a las 11am para salir a Hunter Valley donde están los viñedos, no todos, pero un buen número de ellos. Se apareció con su novia noruega, Henri, que parece caribeña de lo cariñosa, intuitiva y querida que es. Nos caímos a probaditas de espumante, comimos ostras, probaditas de vinos y más espumantes, quesos olorines y en la búsqueda del almuerzo rodamos, porque eran más de las tres de la tarde y esa gente no quería servir más comida. Mucho menos un lunes de Easter. Tras muchas vueltas, nos metimos en una tienda de delicateses e hicimos picnic de quesitos, jamones, dips y galleticas. Con helado estelar para cerrar. Mal, no quedamos. Conmovidas por el gesto de Ale, las conversas y el cariño. Me sorprende los amores que uno cosecha por la vida, ese es como un primo que pasé años sin ver y la adoración sigue intacta. Divino.
Al día siguiente nos fuimos en el ferry para el zoológico Taronga pues habíamos leído que era hermoso. Ya he comentado que no me entusiasma ver animalitos encerrados, pero aquí las jaulas eran enormes, amables, resultaba un genuino intento por hacerlos sentir en algo parecido a casa. Sin embargo no pude eviatar sentirme mal por algunos de ellos que insistían en dar vueltas como si supieran que más allá hay otras cosas: la inmensidad, la locura, el humano, la libertad, la muerte...qué se yo. Otras cosas.
Igual me conmueve ver a animalitos que de otra manera me sería dificilísimo ver como las jirafas cuellilargas, el extraño ornitorrinco, el panda rojo, los hipopótamos pigmeos. Nos pasamos toda la mañana ahí.
En la tarde le dimos la caminada oficial a George St para ver las tiendas, especialmente un centro comercial que se llama The Strand y tiene tenditas particulares, diseño autraliano, pequeños proveedores. Una ricura. Cerramos el día co una cena Thai en Victoria St, bien cerca del hotel y muy rica.
A la mañana siguiente fuimos a darle la vuelta al Queen Victoria Building, un centro comercial metido en un edificio viejísimo y precioso. No compramos nada, pero nos disfrutamos los espacios, los detalles y las vidrieras. De ahí nos lanzamos de nuevo al Chinatown, pero esta vez a por un vietnamita que habíamos leído en la guía y que no nos dejó nada mal. Para bajar los fideítos, paseamos por el remanso de paz, esteticismo y sensibilidad que es el Chinese Garden of Frienship. Precioso, delicado, sublime. Lo disfruté muchísimo. Lástima que estaba tan nublado que no le tomé ni una foto. Yo sé, qué necia, pero bueno...
Nuestro último día en Australia se lo dedicamos a la playa. Agarramos un autobús en Oxford St que nos llevaba a Bondi, la playa más cercana a Sydney (que por cierto me enteré que no es la capital aunque parezca, -gracias al pana del formspringme- ese título se lo lleva Canberra) y epicentro absoluto de la vida de mar. Fue perfecto ir un jueves porque no estaba nada full. Mi sorpresa fue esplendorosa, no me esperaba para nada una playa tan linda. Debe ser ese paradigma que llevo en la sangre que me dice que tras el Caribe nada sorprende. Pues la arena es blanca brillante y amplia, el mar azulito y helado, las piedras extrañas, retorcidas, coloridas, casi vivas diría yo. Insólitas.
Me encantó la nota de las piscinas entrelazadas con el mar para cuando la cosa está muy fuerte, detesto una piscina, pero en una de estas me metería feliz, se mimetizan y no huelen a cloro.
Nos lanzamos la caminata desde Bondi hasta Bronte pasando por Tamarama que fue mi favorita, una playita mínima que tiene más de profundo que de largo, un parquecito de grama impecable atrás, olas preciosas para el que surfea y mini piscinas entre las piedras. Sencillamente perfecta. Y la caminata, impelable, las vistas son infinitas, las formacines de piedra sinuosas y la brisa riquísima.
Pero el cierre de nuestra estadía aussie no pudo ser mejor: un show de danza de un grupo francés (Montalvo-Hervieu) llamado Good Morning Mr Gershwin en el Sydney Opera House. Verlo de afuerita es de desmayos, entrar es el éxtasis y sentarse en uno de sus asientos a presenciar un show...cómo describirlo. Una sala enorme, con una acústica perfecta, toda de madera ligera, pulida, acompasada, sensual. A cuatro filas del culo del teatro -sí eso fue lo que encontramos- lo veíamos todo en technicolor, escuchábamos en surround, sentíamos las paticas de los bailarines estrellarse contra la tarima, sus cuerpitos de plastilina que se desarmaban en el escenario. El uso del recurso audiovisual fue exquisito, nunca perturbó ni sobró, siempre estuvo acorde, acompañó las músicas y los esqueletos vibrantes. Fue una experiencia delirante, alucinada, irreverente. Esos francese se las traen. Las desnudeces se hacían naturales, necesarias, desafiantes. Una maravilla. Me deleité de principio a fin a pesar de que la caminata de playa me había dejado en el limbo de la inconsciencia.
Salimos de ahí embelesadas, tomamos un taxi al hotel, dormimos plenas de dicha y nos levantamos para cerrar la maleta y decirle adiós a Sydney. O por lo menos hasta la próxima.