27 mayo, 2010

AVISO A LOS LECTORES COMEFLOR

Me van a perdonar el abandono. Alguna vez han escuchado la maldición maracucha que mienta: ¡OJALÁ TE MUDEIS! Bueno, es sabia, certera y eficiente. Me estoy mudando, finalmente tendré casa propia, cuando haya pasado el agite, les cuento.
Gracias por la paciencia
La Gerencia

19 mayo, 2010

LA CUEVA ALFREDO JAHN

Como en post anteriores anduve quejica de haberme quedado mucho en Caracas, decidí que era hora de inventarme algo nuevo para tener material bloguístico comeflor. Como soy periodista de viajes de naturaleza y aventura, suelen llegarme los boletines de las operadoras que organizan este tipo de actividades. En este caso me llegó por el FB la invitación de EXTREMOS para ir el sábado pasado, ida y vuelta, a la Cueva Alfredo Jahn. Conozco a Imerú Alfonzo, el guía de Extremos, y como el biologuito estaba en Chicago metido en un congreso de cosas científicas de los músculos, me inscribí en el acto.
A las 7am había que estar en la Plaza Altamira, me levanté tempranito, me preparé un sánduche para el almuerzo, galleticas, agua y a paticas hacia el encuentro. Enseguida vi un Encava que se llamaba Azul Extremo y supe que debía ser el mío. Yo, que le tengo terror a los aires acondicionados del transporte terrestre venezolano, me fui bien abrigadita no fuera a ser que la cría de pingüinos me azulara los pies; sin embargo era un autobús sin aire, de esos "porpuesto" que abundan en la ciudad. Yo felíz de no pasar frío, pero luego me enteré que la razón no respondía a  termostatos, los autobuses frufi no logran subir la cuesta hasta la cueva y estos son más guerreros. Así las cosas, arrancamos por la vía de Higuerote para llegar a Birongo que es donde está la Cueva Alfredo Jahn. Como periodista especializada en esta materia, me llama la atenciíón cuánta gente asiste y arranco a preguntar que cómo se enteraron. Sólo unos pocos eran amigos de Imerú, la mayoría -incluyendo familias con niños y todo- eran simples ciudadanos comunes con ganas de hacer algo distinto. Algunos sencillamente morían por ir a una cueva, y como la del Guácharo está muy lejos, en la averiguadera se habían encontrado a Imerú por Internet. Eso me alegró profundamente, saber que hay gente sencilla, sin aspiraciones extremas ni echonerías viajeras que se las arregla como sea para salir a conocer el país. Si no tienen carro o no saben bien a dónde ir, se dejan llevar por los expertos y salen a vivir la aventura de encontrarse con la naturaleza.
Yo, que no puedo escuchar el motor porque me duermo, eché un camarón aprovechando que iba solita. Hicimos una parada en el Flamingo para ir al baño, comprar comida y seguimos hasta la cueva. Cuando llegamos nos recibieron un grupo de mulas y burritos que llevaban bloques de concreto a algún lugar de esa selva. Me maravilla que sigan existiendo lugares tan agrestes. Algunos se tomaron fotos con los animaluchos y comenzó la excursión. Lo primero que me llamó muchísimo la atención fue saber que estábamos  dentro del Parque Nacional El Ávila -sí y SIEMPRE le diré así- a pesar de haber rodado casi dos horas fuera de Caracas. Imerú nos dió las primeras explicaciones de seguridad, repartió cascos y tapabocas y arrancamos a caminar. En el camino paramos a ver una de las bocas ya cerradas de la cueva -tiene como 16- y seguimos hasta la boca 6 que es la que tiene el acceso más sencillo. Me pongo el tapabocas y siento que me genera mucho más claustrofobia que meterme en una cueva oscura. Trato de calmarme y respirar. La formación es preciosa, impresionante. Me dejo envolver por el silencio.
Comenzamos a caminar caverna adentro, Imerú señala cuán importante es andar con cuidado, seguir al grupo y no andarse con jueguitos de empujaderas y necedades. Nos explica que el tapabocas es para protegernos de ciertos hongos que si se alojan en los pulmones pueden traer problemas respiratorios. Pienso que menos mal que no me comí nada con ajo o cebolla, porque eso de olerme mi propio aliento 5 horas estrujándome por toda esa cueva, se habría convertido en un suplicio. 
Imerú es geólogo especializado en espeleología, en cristiano eso significa que es un experto en cuevas, además se conoce esta como la palma de su mano porque la opera desde 1992, por ellos resulta tan interesante venir con él. Sus explicaciones acerca de la naturaleza de las formaciones son impecables, certeras y claras, pero la mejor parte es sentirse tranquilo, pues no sólo es ratón de cueva, también ha participado por años en el Grupo de Rescate Venezuela, sabe de rapel, nudos, escalada y todo lo necesario para salir de un aprieto. Es por ello que se atreve a colarnos por las zonas menos turísticas y más entreveradas de la cueva Alfredo Jahn. Caminamos y nos sumergimos en el río, nos estrujamos por grieticas, nos encaramamos en las rocas y nos deslizamos por pasillos. En pocas horas todo el grupo se uniforma color barro. Entonces comienzan los chalequeos, porque, para el que no ha participado en una actividad de estas, les cuento que es inevitable que se desate un ambiente de camaradería y confianza, especialmente si el grupo es de venezolanos. El Gordo, amigo de la infancia de Imerú, se lleva todos los galardones y los asume bonachón.
Como para tantear las capacidades del grupo, Imerú nos mete uno por uno a través de una cascadita y de ahí nos hace deslizarnos por un agujerito mínimo. Acostada, brazos hacia el frente, cabeza de lado, cachete en el agua, lo hago, no sin antes sentir cómo del susto se me engarrota el hombro como que no hay mañana. Pero me quedo calladita y valiente. Lo logro.
Tras mucho caminar y arrastrarnos llegamos a la galería donde está "El Chaguaramo", una columna enorme (columna es cuando se unen la estalactita con la estalagmita) que recuerda a dicha palma. Le caemos a fotos, lo admiramos y comienza el regreso pasando por un lugar que llaman "el arrastradero". Pasamos al Gordo de primero, luego un chamo y salgo yo de atoradita a meterme. No se imaginan lo que es estar en una mini cueva con la barriga, el mentón y las rodillas hincadas en la tierra, las nalgas pegadas al techo, el tapaboca asfixiante y el casco sonando contra la piedra, esperando a que la persona que está delante haga el esfuerzo de estrujarse hacia la salida. Yo sólo veía las enormes nalgas de el Gordo (él sabe que es con cariño) y la patica nerviosa del pana que lo seguía dándose con furia. Eventualmente todos lo hicimos, agregándole bastante más tierra al atuendo y, ya hambreados tras 5 horas de caminata y gateo, salimos poco después hacia la superficie para darnos un baño de río, comer y arrancar de regreso. Salgo de ahí aliviada, pero lo haría mil veces, amé la sensación de explorar un universo que desconoce la luz del sol.
Esta vez no dormí en el Encava "Azul Extremo", me caí a chicharrón picante con dos nuevos panas, conversamos todo el rato y llegué a mi casita molida a zamparme una cena calentita y despatarrarme a dormir exhausta.

13 mayo, 2010

LA LEYENDA DE LAS CASCADAS Paria Profunda

 

*relato que prometí a una viajera.

Cuando te internas en la Península de Paria, en el Estado Sucre, comprendes las razones por las que Colón se abismó ante esta "Tierra de Gracia". Conozco Paria desde mi más tierna infancia. Lo típico: Playa Medina, Río Caribe; en mi adolescencia, cuando descubrí el surf, también descubrí que las mejores olas del país caen ahí en Diciembre.
En esa época escuché por primera vez lo que hasta ahora consideraba una leyenda: se suponía que si agarrabas una lancha y navegabas hasta lo más profundo de Paria, era tanta la exuberancia del paisaje que había cascadas que caían al mar. Me parecía insólito, la verdad es que toda la península es increíble, y que la selva se une al mar de una manera que sólo había visto ahí. Pero ¿cascadas que caen al mar? Eso había que verlo en persona.
Por años me quedé con ese pendiente. Unos meses atrás la gente de la posada Villa Antillana invitó a un grupo de amigos para hacer ese viaje y probarlo como destino ecoturístico sólo para aventureros y amantes de la naturaleza. En el acto, mis maletas estaban listas con carpas, sacos de dormir, hamacas y lo necesario para una buena acampada en lo más remoto de Paria.

La logística
Cristianne y Tamara lo habían organizado todo desde la Posada Villa Antillana, donde dormimos la primera noche. Nos llevaría el capitán Botuto, un oriental que desde pequeñito salía a pescar con su hermano encaramado en una tripa de camión. Ahora tiene dos lancha bien grandotas, una se acomoda para el equipaje (a donde vamos no hay nada, debemos llevarlo todo) y otra para los viajeros.
Salimos desde San Juan de Las Galdonas temprano en la mañana. Son cerca de 5 horas navegando hasta llegar a Uquire, el último pueblito del territorio venezolano antes de llegar a Trinidad y Tobago. Una comunidad de pescadores, con pocas casas y una pequeña bodega, que se las arreglan con una planta eléctrica que sirve cuando le parece. Al llegar, Botuto habla con sus amigos y nos prestan la enramada de un pescador para dejar el equipaje y tener la logística de comida establecida bajo techo. En otro galponcito guindamos unas hamacas y el resto nos quedamos en carpas bajo un árbol enorme frente al mar.
Estamos todos exitadísimos de estar ahí, durante el viaje vimos la profundidad de la selva y los azules del mar. Pero nada de cascadas todavía. Entre los que estamos, es divertido ver quiénes están acostumbrados a estas lides y quiénes pertenecen al concepto de los hoteles con estrellas. Sin embargo, la calidez de los habitantes de Uquire y la energía que emana esa naturaleza virgen y salvaje, mantiene los ánimos altos y las pupilas fascinadas.
Ese primer día vamos a una bahía cercana a hacer snorkeling. El agua es verde esmeralda y los corales se ven desde afuera, hasta los peces más grandes son divisables sin siquiera mojar la cabeza. Me quedo helada, jamás imaginé tanta riqueza en ese mar que yo recreaba azul oscuro y misterioso. Nada es como yo pensaba. Bajo la sombra de los árboles que están ahí mismo, nos encontramos con una familia de calamares que cambia de colores, una tortuga tímida que nada alrededor y cientos de especies de peces de colores que se esconden entre los corales y las piedras.
Regresamos esa tarde a Uquire con sonrisas que sólo un lugar así puede tatuar mientras vemos el más bello atardecer.

Buscando la leyenda de las cascadas
Esa primera noche, nos cae una lata de agua épica. Creo que mi carpa fue la única que sobrevivió. En medio del desastre, se escuchan risitas nerviosas y escapes furtivos para guarecerse bajo techo donde están las hamacas.
A la mañana siguiente sale el sol sin tapujos para ayudarnos a secar sacos de dormir, toallas y osamentas aún heladas del frío mojado.
Los reclamos no se hacen esperar. “Botuto, si no nos llevas a las cascadas, nos llevas directo a Río Caribe!!!”  Así que hoy es el día.
Tras un buen desayuno y una calentadita bajo la luz de la mañana, agarramos lo necesario para pasarnos todo el día de paseo en la lancha. Además, Botuto va a tener que pescar, porque si no, no hay cena.
Así salimos de Uquire. Primero vamos a llegar hasta el Promontorio de Paria, es decir, la última puntita oriental de Venezuela, donde se acaba el Mar Caribe y se encuentra con el Atlántico. En el camino están las cascadas, pero pasamos rápido para pararnos de regreso. El orgullo nacional se impone y pegamos gritos eufóricos cuando llegamos a la frontera. Trinidad se ve ahí mismito, y la furia del mar se hace sentir en la que llaman la Boca del Dragón, una zona que sólo los más experimentados se atreven a cruzar.
De regreso, el momento más ansiado, el pináculo de este viaje. Llegamos a dos chorros de agua que, en efecto, caen directo de la selva hasta el mar. Es la máxima expresión de lo que significa Paria. La perfecta comunión entre la selva tropical y el Mar Caribe. Sin pensarlo, me pongo un salvavidas y me lanzo al mar. Tener el cuerpo sumergido en agua salada y la cabeza masajeada en agua dulce, es una experiencia exotiquísima que no me perdería por nada. Valió la pena. La leyenda ya es real, ya la vi, la toqué y la viví. Sólo así podía escribirla para ustedes.

Las playas y el fondo del mar
Para apaciguar la euforia –o continuarla- Botuto nos lleva hasta la Ensenada de San Francisco. Una zona donde la superficie del mar parece no moverse para poder reflejar fielmente la belleza de las montañas tupidas de verde que la protegen. La vegetación crece terca sobre las piedras y se lanza al mar cuando se cansa. Ahí Botuto va a pescar y nosotros vamos, irónicamente, a observar a quienes podrían convertirse en la cena.
De nuevo nos quedamos pasmados ante tanta variedad marina. Pero lo más insólito es que sacas la cabeza asombrada del agua y te encuentras con una selva que quiere competir con el mar a ver quién sorprende más. Todas las tonadas de pajaritos que puede captar el oído humano se reúnen para darnos una serenata natural. Es conmovedor.
De ahí nos vamos a la Playa de San Pedro, muy cerca de Uquire, para relajarnos un poco. La playa es más que todo de piedras, por lo tanto, algunos se echan sobre troncos viejos y otros nos quedamos metidos en el mar compartiendo la alegría de estar en un lugar como ese.
Esa tarde nos espera un merecido banquete de mejillones como pasapalos y luego una cena memorable de pescado fresco cocinado en hojas de plátano a la leña. Después de nadar entre los peces, es un poco difícil tenerlos en la mesa…pero logro abstraerme de esa idea y disfruto esa comida sentada en la arena, feliz. Tanto, que Juan Sará sacó su guitarra para cantar viejas canciones de Los Beatles y Los Rolling Stones. La alegría de vivir que la naturaleza brinda, sólo la podemos encontrar en estos lugares mágicos donde el mar lava los pies de la selva y las cascadas caen directo al mar.

10 mayo, 2010

DE MADRES Y EXPEDICIONES

Me quedé en Caracas. Sí, yo sé, perderé mi identidad si sigo pasándome los fines de semana en la ciudad. También sé que no debo quejarme porque me pasé un mes de viaje al otro lado del mundo. En fin, a lo que voy, el fin de semana caraqueño estuvo tranqui y giró en torno a la expedición del biologuito al Lago Baikal en Siberia y el día de las madres. 
El sábado me levanté tarde y me pasé toda la mañana organizando las fotos de la expedición de mi biologuito, él estaba en una reunión con la gente del Instituto Gatorade y esta novia -pequeña y abnegada- le hizo el trabajo para poder mostrar su hazaña en el evento Innova en el CIEC de la Unimet. Arreglamos los últimos detalles juntos, descubrí nuevas funciones de mi adorada Mac y nos empujamos por la Cota Mil hasta el evento. Me sorprendió gratamente descubrir las maravillas que hacen los jóvenes a través de las ONG. Los archi conocidos de Dr. Yaso que hacen una labor hermosa aunque a mi no me gusten los payasos, unos chamos que hicieron una página web para que uno denuncie atracos y afines y así se comparta la información, asesores en materia de derecho para gente de bajos recursos, otros que ayudan a los que salen de la cárcel a reinsertarse en la sociedad y un larguísimo y fascinante etc. Ante tanta decepción, es refrescante saber que hay gente como uno echándole un cerro a este país.
Luego nos dimos una vuelta por los tarantines de vendedera de día de la madre, nos zampamos un fondue de chocolate glorioso y, finalmente, al biologuito le hicieron un pequeño reconocimiento -junto a otros personajes como Gaelika, Jean Marie y el karateca Antonio González- por su labor innovadora como expedicionario. Menos mal que estaba mi amigo Albert y los familiares de los otros "reconocidos" para hacerles barra enardecida, porque, ante el afán consumista, a pocos les importó lo que pasaba en la tarima. Ante el poco quorum, nos fuimos sin mostrar las foticos, pero igual gozamos y me encantó ver a mi biologuito halagado. Se merece todo en esta vida y es mi héroe personal. En la noche celebramos con el mayor placer culposo compartido: "Destruido en segundos", un programa en el que el morbo se deleita ante la explosión, choque o destrozo de lanchas, carros y afines. Un horror, lo sé, por eso es un placer culposo, me aterra y no puedo dejar de verlo, es mi vena amarillista.
A la mañana siguiente salimos tempranito a Caruao para desayunar con mi abuelita linda, hicimos una parada estratégica para comprar El Nacional y llevarle a Los Pichis el artículo que escribí sobre la expedición a Siberia de mi biologuito más valiente del mundo y comimos arepitas, perico, jugo de guanábana y de "postre de desayuno" había un flan de leche riquísimo. Nos echamos en las hamacas un ratito y regresamos derechito a almorzar con mi mamá en Sushi Market de los Palos Grandes que, al parecer, no califica como lugar de reunión matriarcal y era el único al que podíamos entrar. Dormimos otra siestica y cerramos las celebraciones cenando con la madre del biologuito en su hogar. Me supe la reina de la gula cuando me volví a servir un plato de comida y repetí postre. Bailamos el pasito del Delfín, cantamos Israel, Israel qué bonito es Israel (buscar video surrealista del Delfín, Wendy Sulca y la Tigresa), comentamos el artículo de la expedición, el de Jaime Baily del sábado y a dormir como boa constrictor tratando de digerir la comelona.