Eufóricas en el Kukenán
Habrá quién diga que resulta una indiscreción blasfema estar poniendo tu edad en público mami, pero a tí te encanta decirlo. Me parece que se trata de un compendio entre el orgullo de haberlos vivido con gracia y que estás tan estupenda que debe ser rico verle la sorpresa en la cara a los entrépitos.
Yo llegué a tu vida cuando tenías 26. Ya habías vivido una infancia feliz y viajera con mis abuelitos, habías resultado una alumna ejemplar del San José de Tarbes, habías estudiado Comunicación Social en La Católica y te habías casado a los 19 para luego irte a Boston a hacer un máster. Ahí te pusiste en las manos del médico judío y fue cuando me lograste concebir, una vez destapada la trompa de falopio que tanta vaina hechó, conseguiste abultar tu vientre, ensanchar las caderas y verme a los ojos. "Aquí estamos mi hija y yo para lo que venga". Me sorprende el augurio de tu reflexión cuando nos conocimos. Porque hemos sido un equipo mami, tú y yo, juntas en esta vida.
Como nos decían las brujas, mi misión en la vida es protegerte, y como reza la ley, la tuya fue protegerme a mi. Yo siento que crecimos juntas, tú tan púber y yo tan queriendo ser grande. Pero la verdad es que a ambas nos ha tocado ser el pilar de la otra en esos momentos en que las piernitas flaquean y el alma deambula solitaria.
Mientras te escribo esta carta pública, desde mi nuevo hogar de mujer, lloro porque es la primera vez que no me levanto corriendo de mi cuarto a tu cama para decirte Feliz Cumpleaños entre amapuches, pero también es la primera vez que te pude comprar un regalo que siento que te mereces y tras escribir estas líneas me estrenaré como repostera para llevarte un postre a tu casa. Ahora somos dos mujeres.
Cuando hago un minirecuento me encuentro con una infancia feliz viajando a Maracay en el escarabajo azul de tu independencia para tropezarnos torpemente entre mi adolescencia y Bitácora. Me fui a Boston a los 17 para aprender a ser independiente y al año me regresé aterrada con la experiencia. Me pasé 5 años estudiando Comunicación Social para hacer cine o publicidad y no fue hasta que me zamparon el diploma por la cabeza que comprendí mi destino: "Aquí estamos mi hija y yo para lo que sea".
Entonces comenzamos Trashumante, lloraste cuando te lo dije, lloraste cuando te llevé a la reunión de la página web, lloraste cuando te dije que haría la Guía Extrema -a estas alturas el lector deja de conmoverse por mi llanto anterior y lo decreta hereditario- lloraste cuando te dije que me casaba y cuando te dijo que ya no lo haría. Yo creo que hemos llorado tanto que aprendimos a banalizar el dolor y seguir adelante. Además, estoy convencida que eso nos ayuda a arrugarnos menos. Eso y las carísimas sesiones con Pinto. Bueno y la catafarria de potingues.
Pero sobretodo mami, hemos gozado. En el viaje a Galápagos donde me estrené como tu fotógrafa, en el hippie a México, la avanzada feminista a Guatemala y Costa Rica, un millón de idas a Caruao, el Paria profunda, la paujizada con viaje en helicóptero, la tragedia que convertimos en comelona entre Lima y Machu Pichu, mis primeros Bitácoras contigo y los varones, el rafting loco en el Orinoco, el paseo en avioneta de la muerte, la ida al Acopán con los escaladores, el cumpleaños de niñitas en Nueva York y nuestro viaje a Nueva Zelanda que quedará en los anales de la historia materno filial Quintero por los siglos de los siglos, amén.
Como te lo dije ayer mamaíta linda, sólo tú podías levantar un país entero y hacer lo mismo con tu hija ¡FELIZ CUMPLEAÑOS MAMAÍTA!
Te adora,
Güirirí



