28 junio, 2010

TUS 56 MAMI

Eufóricas en el Kukenán

Habrá quién diga que resulta una indiscreción blasfema estar poniendo tu edad en público mami, pero a tí te encanta decirlo. Me parece que se trata de un compendio entre el orgullo de haberlos vivido con gracia y que estás tan estupenda que debe ser rico verle la sorpresa en la cara a los entrépitos.
Yo llegué a tu vida cuando tenías 26. Ya habías vivido una infancia feliz y viajera con mis abuelitos, habías resultado una alumna ejemplar del San José de Tarbes, habías estudiado Comunicación Social en La Católica y te habías casado a los 19 para luego irte a Boston a hacer un máster. Ahí te pusiste en las manos del médico judío y fue cuando me lograste concebir, una vez destapada la trompa de falopio que tanta vaina hechó, conseguiste abultar tu vientre, ensanchar las caderas y verme a los ojos. "Aquí estamos mi hija y yo para lo que venga". Me sorprende el augurio de tu reflexión cuando nos conocimos. Porque hemos sido un equipo mami, tú y yo, juntas en esta vida. 
Como nos decían las brujas, mi misión en la vida es protegerte, y como reza la ley, la  tuya fue protegerme a mi. Yo siento que crecimos juntas, tú tan púber y yo tan queriendo ser grande. Pero la verdad es que a ambas nos ha tocado ser el pilar de la otra en esos momentos en que las piernitas flaquean y el alma deambula solitaria. 
Mientras te escribo esta carta pública, desde mi nuevo hogar de mujer, lloro porque es la primera vez que no me levanto corriendo de mi cuarto a tu cama para decirte Feliz Cumpleaños entre amapuches, pero también es la primera vez que te pude comprar un regalo que siento que te mereces y tras escribir estas líneas me estrenaré como repostera para llevarte un postre a tu casa. Ahora somos dos mujeres.
Cuando hago un minirecuento me encuentro con una infancia feliz viajando a Maracay en el escarabajo azul de tu independencia para tropezarnos torpemente entre mi adolescencia y Bitácora.  Me fui a Boston a los 17 para aprender a ser independiente y al año me regresé aterrada con la experiencia. Me pasé 5 años estudiando Comunicación Social para hacer cine o publicidad y no fue hasta que me zamparon el diploma por la cabeza que comprendí mi destino: "Aquí estamos mi hija y yo para lo que sea". 
Entonces comenzamos Trashumante, lloraste cuando te lo dije, lloraste cuando te llevé a la reunión de la página web, lloraste cuando te dije que haría la Guía Extrema -a estas alturas el lector deja de conmoverse por mi llanto anterior y lo decreta hereditario- lloraste cuando te dije que me casaba y cuando te dijo que ya no lo haría. Yo creo que hemos llorado tanto que aprendimos a banalizar el dolor y seguir adelante. Además, estoy convencida que eso nos ayuda a arrugarnos menos. Eso y las carísimas sesiones con Pinto. Bueno y la catafarria de potingues.
Pero sobretodo mami, hemos gozado. En el viaje a Galápagos donde me estrené como tu fotógrafa, en el hippie a México, la avanzada feminista a Guatemala y Costa Rica, un millón de idas a Caruao, el Paria profunda, la paujizada con viaje en helicóptero, la tragedia que convertimos en comelona entre Lima y Machu Pichu, mis primeros Bitácoras contigo y los varones, el rafting loco en el Orinoco, el paseo en avioneta de la muerte, la ida al Acopán con los escaladores, el cumpleaños de niñitas en Nueva York y nuestro viaje a Nueva Zelanda que quedará en los anales de la historia materno filial Quintero por los siglos de los siglos, amén.
Como te lo dije ayer mamaíta linda, sólo tú podías levantar un país entero y hacer lo mismo con tu hija ¡FELIZ CUMPLEAÑOS MAMAÍTA!
Te adora,
Güirirí

16 junio, 2010

COMPARTIENDO EN LA GUAIRITA



* Este post es una tarea que hice para el taller de crónicas Historias que Laten, si quieren leer lo que han escrito mis talentosísimos compañeros, entren  AQUÍ y sírvanse.


Desde hace un año comparto vida y cama con un escalador. Lo he visto encaramarse un par de veces, pero el sábado, mi araña de la roca que también es biólogo, me pidió que lo acompañara a La Guairita. Ante la improbable petición supe que debía complacerlo cuando inquirí: -¿Y yo qué voy a hacer ahí? -Compartir un rato conmigo, respondió. Hombre de ciencias y pocas palabras. Me puse un chorcito y subí mansa al carro.
El plan era ir a la Guairita a practicar una cosa que se llama “dry tooling” y consiste en utilizar los instrumentos de escalada en hielo, sin hielo. Dichos artefactos son: los crampones, que son unos pinchos que van amarrados a las botas, y los piolets, que forman una hoz aerodinámica cuya punta se aferra al hielo. Al no haber masa helada en este reducto del trópico, las puyas destinadas a su superficie se prenden de los agujeritos que ofrece la piedra. Todo este trajín para practicar: en julio escalarán una montaña de la Cordillera Blanca peruana llamada La Esfinge en la que las temperaturas llegan a -20º y harán escalada mixta. Mixta porque hay roca y hay hielo.
En fin, me monto en el carro con mis chorcitos. Mi héroe de las montañas lo hace con pantalones largos para no puyarse con los aparatitos, monta par de mochilas llenas de aperos de escalada atrás y nos vamos.
Primera impresión: salgo de mi área y me encuentro con que por allá montaron un centro comercial enorme. Sí reconozco los kioscos de vende perritos y pelis de siempre. Llegamos a Las Cuevas del Indio justo antes de entrar al Cementerio del Este. Pienso: hace tiempo que no se me muere nadie porque no había visto el Centro Comercial. Toco madera.
Mi escalador como que también tenía rato sin venir, porque me pide que cuente las moneditas hasta setecientos y resulta que nos cobran cinco mil (bolívares de los viejos) al entrar. Nos encontramos con uno de sus co-expedicionarios y comenzamos a subir por una colinita en cementada. Hasta ahora todo muy familiar: parque infantil, piñatas, globos, muchachitos que corren en euforia de azúcar, un cafetín, estacionamiento, vigilantes, lo normal. Elevo la mirada y me encuentro con un bosque tupido por el que se asoman rocas de infinitas formas y tamaños. Se trata de un morro formado por piedra caliza, la gran escuela de escalada en roca de la capital. Subimos por un caminito de tierra y el escándalo de piñata se aleja, me sumerjo en el mundo de los escaladores. Muchos brazos fuertes, nadie está gordito, la ropa ha de lucir desaliñada, cadencia en el lenguaje. Son sumamente solidarios, se estila aupar a viva voz a quienes están en lo más alto. Yo: comparto.
Me parece complicadísimo lo que hacen con los aperos de hielo, entiendo que a ellos también pues lo comentan. Hacen una primera ruta fácil y luego vamos a otra que tiene “extraplomo”, es decir, que se inclina hacia ti. Ahí estaban otros escaladores recogiendo sus cuerdas. Entiendo que a mi biologuito/escalador lo respetan en este mundo, pero me sorprende notar que se quedan sólo para verlo. En lo que se monta en la piedra extraplomada con los periquitos de hielo, enmudece el entorno. Todos observan sus movimientos, se pelan los ojos unos a otros y cuando mi escalador culmina la faena se deshacen en halagos. Él baja cual pavo real, le preguntan cosas que responde amablemente en su brevedad de verbo. Yo: derretida. Comprendo entonces el “compartir” de mi amado: llegué con mi novio a La Guairita y me llevé un macho alfa a la casa. Hombre de ciencias que sabe lo que hace.

07 junio, 2010

DESDE MI NUEVO DESPACHO

El nuevo despacho

Una de los grandes placeres de viajar -al menos para mí- es llegar a casa. Tener eso que llamamos hogar o en las melodías del gran Simón Díaz: casiiiiiiitaaa casiiiitaaaaaaaaaaaaa. Encontrarme con mis almohadas de plumas, mis sábanas de 300 hilos, mi alfombrita de baño, mi agua caliente que no se acaba, mi cargamento de potingues embellecedores, mis frutas con yogurt en la mañana y la comidita vegetariana hecha en casa. En ello reside el significado de hogar para esta pequeña comeflor.
Hoy, tras 29 años de domicilio en el hogar materno, he estirado -nunca roto- el cordón umbilical una docena de cuadras para escribirles por primera vez desde mi nuevo despacho donde conviven mis libros de crónicas de viaje, guías del mundo y equipos fotográficos, con los de electrocardiografía clínica y bioquímica del biologuito que también es escalador y tiene cascos, mosquetones, cuerdas y millares de aparaticos. 
No tiene sentido contarles lo que fue conseguir el apartamento adecuado, con la vista predilecta, la luz ansiada, el precio justo y la zona de mi gusto. Para luego trajinar la platica -merece un aparte el agradecimientro profundo a mi madrecita santa cuyo aporte resulta invalorable- conseguir el préstamo y firmar el documento. 
Porque lo más serio de mudarse, es mudarse. Comenté en el post de disculpas por el abandono, aquella célebre maldición maracucha que reza: ¡ojalá te mudeis bastante y tengais que hacer los baños! Nunca una imprecación fue más acertada.
Gracias al cielo los baños están perfectos, sólo hubo que acomodarles el mecanismo de las pocetas, ponerle al baño principal un mueblecito adecuado para mi manada de potingues y listo. 
Pero esto ha sido de locos. La productora eficiente que vive dentro de mí se afiló al máximo de sus capacidades, me convertí en el tormento de carpinteros, pintores, camioneros, repartidores de JVG, plomeros, instaladores de termos y afines. "Miamoreé" a cuanta secretaria se me atravesó. Me convertí en la señora de las cajas,  reina del embalaje, patrona del mandado, soberana de la instalación. Amplié mágicamente la capacidad de mi pequeño Toyota Starlet y del Renault Megane del biologuito para hacer varios viajes de cuadros, espejos, adornos, floreros, sábanas, toallas, maletas de ropa y cajas de zapatos. El biologuito que compartirá domicilio conmigo tuvo que caletear como el que más y tenerme la paciencia del santo varón que es.  Durante toda una semana mi comportamiento se tornó compulsivo. Hay que trabajar demasiado para pagar este préstamo y no nos podíamos dar el lujo de más de una semana de mudanza. A la pobre niña de Supercable la embestí sin piedad hasta que me pusieron internet y ese mismo día mudamos mi despacho desde donde escribo este primer post de mujer independiente que cocina, trabaja, viaja, lava la ropa, pasa coleto, debe , consiente a su biologuito, se deja consentir por él y friega los platos. Amén.