26 agosto, 2010

CARIPE VERDE AMOROSO

El fin pasado estuve en Caripe, un pueblito pequeño, verde, verdísimo en el Estado Monagas. Fui al cumpleaños de mi amiga Avryl y aproveché para tomar fotos. No había para la guía.
Avryl es mi amiga del alma desde chiquiticas, estudiamos juntas en el colegio y nos hemos acompañado en los grandes momentos de la vida. En los pequeños también. Fue la primera del combo en salir en estado regalándome a mi primera sobrina, Aytana. Hace poco me brindó también el orgullo profundo de convertirme en la hadita madrina de Aynoa, la segunda de la camada. 
Hace pocas semanas, Avryl, Iván y las niñitas mudaron domicilio de Caracas a Caripe, donde mi amiga celebró sus treinta con toda la familia. Incluyéndome a mi.
Fue divino verla recibirme en su jardín con pomalacas, su casa con cuartos para cada quién, agua fría, Shanty la perrita callejera, dos morrocoyes, vista a las montañas, un marido realizado y dos niñas con los ojos más brillantes que nunca. Más rico fue amapucharme con Adriana, Héctor, Magaly y todos los demás. Cuando la amistad viene tan de atrás, se comparten hasta los afectos filiales. En esa casa yo soy la "tía Ari" y nada me hace más feliz.
Llegamos tras 8 horas de viaje. En mi mente acalorada yo había resuelto que eran entre 5 y 6. No. Entre 8 y 9 mi reina. Aguante y paciencia que se iban agotando en el último tramo. Pero cuando te acercas y comienzas a encontrarte ese despliege verde de exuberancia que es Caripe, se te olvida todo y entramos felices a la casa nueva de nuestros amigos cariperos. ¡Ah! había olvidado el detalle de que no sólo Avryl y yo somos amigas, mi biologuito es compañero de cuitas escaladoras de Iván, el esposo de Avryl, se aman y cada vez que están juntos resuelven manejarse en una edad mental de 6 años que resulta divertida en el par de manganzones. Así que ambos íbamos con la ilusión de conocer el nuevo hogar.

Magaly, siempre ultra operativa, nos calmó el hambre en el acto. Nos pusimos al día. Aynoa me hizo el tour de la casita y para cerrar la tarde nos fuimos a la Cueva del Guácharo a ver a sus características aves salir a comer por la noche. Es impresionante. Nos sentamos todos tranquilitos a esperar. Nada pasa. De pronto comienza a hervir un extraño sonido en las entrañas de la caverna. Se hace más y más fuerte. Con ese previo aviso comienzan a aparecer en el cielo montones de guácharos buscando sustento. Mi ahijada grita de euforia, pasea a su abuelo por todo el patio y los señala contenta. Esa noche montamos la carpita en el jardín y dormimos felices ante la certeza de que nuestros amigos tomaron una extraordinaria decisión.
A la mañana siguiente cumple Avryl. Le cantamos temprano y nos vamos a desayunar y pasear en el Mercado. Precioso, pulcro, colorido. En esa tierra fértil y agrícola, sólo podía haber un mercado así de bonito enmarcado en montañas verdes. Desayunamos en la "Arepera La Sabrosita de la Popular Juanita", tan divinas como su nombre. Compramos los insumos para la parrilla de la noche, flores para la cumpleañera y vamos a la casa a acomodarnos para el Chorrerón.

Arrancamos emocionados una caminata de un par de horas que comienza planita entre los sembradíos y se torna cada vez más salvaje junto al cambio de vegetación. Nos lanzamos por barriales y barrancos hasta que llegamos a una cascada de más de 60 metros, El Chorrerón,  donde el agua lame suavemente la piedra mientras se desliza cariñosa hacia la poza que está abajo. El baño es divino, nos caemos a fotos y vuelta al regreso de barriales y barrancos. Llegamos golpeados y felices.
Se baña todo el gentío en dos regaderas y nos preparamos a celebrar los treinta de mi amiga con cerveza y parrilla. Nuestros machos alfa se lucen con sendos videos de sus aventura para los asistentes (biologuito con Baikal e Iván con una escalada en Colombia) y la noche va cayendo sobre todos bajo una lluvia torrencial. A duras penas y con botas de jardinero, llegamos a la carpita en el jardín. 

Me acuesto pensando que la familia es el más valioso regalo que le podemos proveer a nuestros hijos. Nada sustituye ese pilar de amor en la vida. Nada es más importante. Pienso en las niñitas felices dejándose abrazar por sus tías y abuelos, mostrando contentas la nueva casita. Ellas ya saben que es con esa gente con la que cuentan y contarán siempre. Me conmueve saberme parte de ese bloque que las protegerá del mundo y duermo en la más absoluta placidez.
El domingo Adriana, la mamá de Avryl, me despierta a las 5:30am cual lo acordado para salir a tomar fotos. Nos lanzamos una rumba fotográfica que comenzó con la salida del sol en el mirador, siguió tras unas telarañas, un arcoiris detrás de una casa de colores con un araguaney, árboles barbudos y montañas. Tuvo su climax en el Salto La Paila donde nos bañamos en cueros para rendirle honores al sol y la cascada, y cerró en Agroplantas Caripe haciendo un tour por toda la siembra. Volvimos a la casa a comer un liviano desayuno de arepas, huevo y chorizo, con fresas con crema de postre (¡Dios qué felicidad!) y salgo con Avy y Aynoa a buscar a la abuela y a Ama en la misa de un pueblito cercano. Como iban por el Padre Nuestro apenas, nos lanzamos de expedición y compramos maticas de cítricos para el jardín verde de mi amiga. Más tarde salimos a comprar helechos y orquídeas para ambos hogares. Me hace ilusión tener un pedacito de esta tierra en mi balconcito con vista al Ávila en medio de la urbe.

Volvemos a recoger todo, llegan nuestros varones de explorar las posibilidades de escalada de una cueva cercana y nos vamos a almorzar ya con las maletas en el carro. Comemos divino y criollo, jugamos a las adivinanzas, nos reímos y, cuando estábamos por partir, llegan a avisarle a mis cariperos que la casa se inundó. Tenemos que partir igual. En la noche llamo por teléfono y me entero de la debacle. Creció un río y se metió en la casa ese barrial salvaje. Los vecinos solidarios ayudaron a limpiar. Mientras escribo esto sé que ya todo volvió a la normalidad. Supongo que la felicidad cobra, pone pruebas, te reta. Lo bueno es que estoy segura de que las sabrán superar todas.
Avryl, amiga, lo hiciste bien. Eres feliz. Te quiero.

18 agosto, 2010

DE TRABAJO EN SAN CRISTÓBAL

Sí, de trabajo, la misma razón por la que he tenido al blog en el olvido casi dos semanas. Me disculpo y aprovecho para hacer un poco de publicidad. Estoy como loca, entre viaje y viaje clavada en este escritorio editando textos, reuniéndome con ventas y contenido, con el diseñador, la diagramadora, seleccionando y editando fotos. Todo eso para que la nueva Guía Valentina Quintero, que se llamará Venezuela Impelable, sea un producto precioso, útil y amigable para ustedes los viajeros. Así que espero me perdonen y sigan leyendo mis peripecias para que vivan conmigo la diferencia entre viajar de trabajo y hacerlo de puro placer.
Salí a San Cristóbal un sábado en la mañana, me fui en mi carrito al aeropuerto porque he descubierto que me sale bastante más barato que el par de taxis. Sin mayores novedades (una hora de retraso en un vuelo nacional es lo más común del mundo) llegué al aeropuerto de San Antonio porque la vía por Santo Domingo estaba cerrada. Como para el momento andábamos de peleíta con la hermana república, había una cola terrible gracias a las alcabalas de la GN "protegiendo la frontera". Ronald, mi gran aliado del Táchira, encargado de pasearme y creador de Venezuela Eculturística, intentaba tomar algún camino verde para salirnos de esa, pero sólo logramos agarrar más y más colas. Finalmente llegamos a la Universidad Experimental del Táchira, donde me tocó -despelucada, sudada y recién llegada- tener un conversatorio con los alumnos de Turismo. Fue bien sabroso, era un grupo pequeño, con muchas ganas de sacar adelante el turismo en Táchira. Discutimos sus proyectos, compartí algunas ideas, y supongo que mi mal aspecto los hizo sentirse bastante cómodos, pues terminaron amapuchándome y tomándose fotos conmigo. De verdad lo disfruté mucho. Mi mamá me preguntó -¿te gustaría dar clases? -No, no, no, tampoco para tanto. Una cosa es un ratico y otra distintísima ser la profe. No me veo.
De ahí, muerta del hambre, nos fuimos a comer al Sambil para conocer al gigante del consumismo en su gochi-versión. De lo más lindo, con un grave problema de estacionamiento y me quedé impactada con la coquetería de las chicas en San Cristóbal. Unas pintas súper producidas, insólitas. Nos encontramos con Mérida Vanessa, una amiga muy querida de allá, paseamos, conversamos y hasta heladito comimos. Ya cansada, me dejaron en la posada Residencia Turística El Sol donde me esperaba Minorka atentísima. Me dí un buen baño -una maravilla las regaderas- y me lancé a dormir. Tenía cocinita, nevera y de todo, pero yo lo único que vi con ese sueño, fue la cama.

Al día siguiente me buscó Ronald para hacer una gira por los pueblitos cercanos, estuvimos por Cordero conociendo el corredor turístico, subimos al Páramo del Infiernito, pasamos por la Posada La Huérfana que es espectacular, vimos las siembras y ventas de flores en la vía de Cordero a Zumbador, tratamos de ir a La Grita, pero la procesión del Santo Cristo nos lo hizo imposible. Pasamos por Boca de Monte, en el Corredor de Las Rosas, donde me comí un asado memorable en el Restaurant Don Martín. Cruzamos un puente colgante, vimos un trapiche antiguo, pasamos por Michelena a ver el Museo de Perez Jiménez, le dimos una vuelta a San Pedro del Río y volví a caer muerta en la posada.
Al otro día me tocaba San Cristóbal, desayuné con Ronald y su padre en La Castellana Country Club y me dejaron en COTATUR (Corporación Tachirense de Turismo). Ahí me reuní brevemente con el director y me asignaron a Carlos como guía y a Jairo de chofer. Ambos encantadores, conocedores de su tierra y amables como buenos andinos. Comenzamos la jornada con una visita al mirador Loma del Viento, bellísimo, pero full de basura, una lástima en serio. De ahí pasamos al Chorro del Indio, una cascada grandota donde se bañaban felices los niñitos, cae como por etapas y por eso tiene muchos pozos cuando te trepas por sus piedras. Me quedé con las ganas de darme un chapuzón con el atore de trabajo y seguir viendo y fotografiando más lugares. Táchira estaba verdísimo, divino. Visitamos un par de posadas por la zona. Me encantó volver a La Montaña Encantada porque esa familia es divinísima y tenía años sin ir. Me sorprendió y conmovió terriblemente la presencia de una pequeña cunaguaro en el jardín. La GN la había confiscado ya sin uñitas y con los colmillos cortados, ellos la tienen bien cuidadita y la dejan amarrada con la cuerda larga para que no atormente a los patos. Parece un gato exótico, pero en su constante caminar de un lado a otro deja ver su lado salvaje desesperado por salir, cazar, ser libre. Ya no se puede. Moriría de inanición. Hermosa. Me alegró poder ver uno de cerca, tocarlo y fotografiarlo, pero me entristeció muchísimo que fuera en esas condiciones. Cada vez creo más firmemente en que la lucha en contra del comercio de expecies exóticas tiene que ser más fuerte y severa.

De ahí bajamos a San Cristóbal para tomar unas fotos en el Mercado de Pequeños Comerciantes. Fascinante. Verduras de colores, cereales, plantas medicinales, carnes, frutas, flores, todo fresquísimo y baratísimo. Adoro los mercados y éste me cautivó. Luego comimos sabroso, barato y criollito en el Mercado Metropolitano, justo al lado, en unos mesones largos, con jugos naturales y porciones amables. Con la barriga llena nos empujamos a la gira de iglesias y plazas de San Cristóbal a tomar fotos. Me maravilló ver a los gochos concentradísimos jugando ajedrez en la Plaza Bolívar. Ya cubierta la capital, salimos a visitar Peribeca y El Topón para tomar fotos de la zona, hablamos con la gente sobre el turismo y nos comimos los mejores dulces criollos de la vida.
Finalmente regresamos a la capital, pero esta vez me quedé en la Posada Piedemonte. No se imaginan la preciosura del lugar. Era el hogar de Humberto Durán y su familia, que tenía un par de cuartitos y un área social para recibir amigos. Resultaba tan bonito que los amigos comenzaron a picarlo con la idea de abrir una posada. Finalmente se decidió, construyó más cuartos y mantuvo siempre los detalles que hacen del lugar una casa de familia. Así te sientes ahí, en casa de un tío con muy buen gusto. Esa noche me invitó Mérida Vanessa a comer en un sushi nuevo en el Barrio Obrero, muy rico y creativo. Volví a la posada más linda de San Cristóbal (click aquí) exhausta del merequeteo de todo el día. Me desperté feliz, pero el clima no me dejó tomarle ni una sola fotico., sin embargo me despertaron los pajaritos que son lo menos pudorosos y se sienten a sus anchas en la posada. Desayuné rico y me buscó un taxi para ir al aeropuerto. Seguía cerrado el más cercano, Santo Domingo y me tocó el viaje de una hora y media hasta San Antonio con un personaje que resolvió ponerme música andina todo el camino. Gracioso. En el aeropuerto no había cajero, yo estaba en la carraplana, me faltaron  2Bs. para pagar el impuesto de salida, que a punta de sonrisitas me condonaron y terminé rogándole a un señor  de aduana que me regalara una botellita de agua. Total, la propia indigente.

Finalmente llegué a Maiquetía, busqué mi carrito, saqué plata del cajero y me empujé al terminal internacional a buscar a mi biologuito más lindo del mundo que llebaga de una expedición en Perú esa misma tarde. Regresó flaquito y greñudo, pero amadísimo y con los ojitos brillantes de tanta montaña. Yo con el acento y los verdes gochos pegados en el pecho y las ganas de volver a ver más. No de trabajo, de placer.