13 septiembre, 2010

LA TORTUGA CON EL VIENTO

Este fin que pasó me quedé tranquilitiquita en Caracas, pero como cuando fui a La Tortuga hace poquito y no conté nada, aquí van relato y fotos.
Teníamos meses planeando este viaje en velero a La Tortuga. Que si el menú, mejor pescamos, hay que arreglar el GPS empeñado en que está en Canadá,  llevar gasolina porsia no hay viento, el hielo panela dónde se consigue, a qué hora salimos, cuántas horas, conseguiste la carta de navegación, el kayak inflable va, sí, el dingui también, le servirá el motor, berro hay que comprar protector, no en el velero hay bastante. 
A menos de que hayas viajado en velero, parece irreal la cantidad de detallitos que hay que resolver antes de un zarpe. La salida de Caracas fue tarde porque la señora Quintero no salía de la radio, su novio -al que llamaremos "el ingeniero" de aquí en adelante- encaramaba el perolero en la camioneta donde iríamos, a duras penas -no era normal la cantidad de comidas y cavas-, mi madre, el ingeniero, mi biologuito y yo. 
Catastrófica la cantidad de colas que agarramos hacia Oriente, pero finalmente llegamos a la marina donde nos dividimos el trabajo. Las niñas salían a comprar hielo panela y lo que faltaba, mientras los varones hacía lo que sea que se hace en el velero y sudando a cataratas.
Ya de noche, con una pepa de luna enorme en el horizonte, zarpamos rumbo a La Tortuga. El viento iba y venía. La primera guardia la hicieron Valenta y el ingeniero, porque aunque uno usa piloto automático, hay que estar viendo si vienen barcos, apretar la vela por aquí y por allá, apaga el motor, prende el motor. Hay que estar pendiente pues. Luego de una buena dormida porque el mar estaba platico nos tocó a biologuito y a mi. Magia fue lo que hicimos para mantenernos despiertos. Adivinanzas normales, adivina el personaje, veo veo, lo que se les ocurra hicimos para mantener el cerebro despierto. Luego mi biologuito, que sabe de navegación, se fajó con la cambiadera de posición de las velas y en eso nos dió la madrugada. Con las primeras luces del sol, le pasamos el mando a los señores y otra siestica más.
En la placidez de la mañana llegamos a La Tortuga. La primera intención era Punta Delgada, abortada de inmediato cuando divisamos a lo lejos una ciudad de yates hacinados unos sobre otros. Absurdo. Si vieran todo el espacio que hay en esa isla -la segunda más grande del país- sabrían a qué me refiero. Pero nos encanta, definitivamente, a los venezolanos nos encanta estar apretados en el mismo lugar, porque claro, si te compraste el yatesote, no vas a ir a una playa desierta, ahí quién te va a ver con tu mami de tetas artificiales tomando güisqui 18 años. Nadie. Así no sirve.
Nosotros, venezolanos, pero veleristas, conseguimos una bahía tranquila y ahí atracamos. El propio paraíso terrenal. Demasiado quizás. Mas cristalino, arena blanca y mangle verdísimo, todo un paisaje prístino al que le cayeron encima toneladas de plástico, vidrio y basura en todas sus formas y tamaños. Se nota que las trae la marea. Es muy triste el espectáculo. Pero bueno, uno juega a fingir demencia y se baña feliz en el mar, voltea para otro lado y te juras escribirlo en el blog a ver si sirve de algo.
Pasamos el día amodorrados por la noche de navegación, los señores se quedaron sin gasolina en el dingui cual adolescentes dando vuelticas y llegaron exhaustos jalando la fulana balsita a nado. Comimos como el más sibarita y decidimos acostarnos a dormir. Biologuito y yo habíamos llevado nuestra carpa para acampar en la playa, pero con el esconderse del sol y el día de playa y kayak  te va dando flojerita todo y decidimos que podíamos dormir en la bañera del velero con una colchonetas. Craso error. Los mosquitos azotaron la zona, no soplaba ni un escupitajo de brisa. Si te arropabas te daba calor, si te descubrías te picaban con saña vil los bichitos. La pesadilla comienza. Arranca el mal humor. Pero como todo puede ser peor, el ingeniero logra -asombrosamente- conciliar el sueño y arranca a dar alaridos. Sí, ese ser no ronca, se traga la tierra, gruñe, vocifera. Es una locura. Nos pasamos con las colchonetas a la proa tratando de escapar del gigante roncador y los mínimos insectos. Infructuoso. El mal humor se eleva, especialmente en mi poco tolerante cabecita. Decidimos escapar por la borda. Agarramos carpa, sacos de dormir, mucho repelente y una linterna y nos vamos en el dingui, pero a pala, hasta la playa. El mosquitero de la carpa nos salva de un mal y varios metros de mar y arena, del otro. Dormimos felices.
A la mañana siguiente decidimos salir a navegar en el velero para conocer más la isla y ver si dormíamos en otro paisaje. Nos volvemos a despelucar con las muchedumbres hacinadas en Punta Delgada y encontramos, varias millas más adelante, una bahía preciosa donde sólo había un puñado de veleristas. Les voy a decir una cosa: son dos razas diametralmente distintas las de los yateros y los veleristas. Yo, me quedo con los míos. Ahí nadie puso música más que para sí mismo, nadie gritó, nadie pasó meneando barcos a mil por hora en un dingui. Eso era puro placer contemplativo. Unos niñitos criados en el agua jugaban con la vela de su embarcación y se hacían casitas de Robinson Crusoe  en la arena. Dos señoras conversaban viendo la tarde. Un canadiense limpiaba el casco de algas y caracolitos. Una chica paseaba en kayak. Perfecto. Encontramos nuestro lugar y bajamos el ancla.
Pasamos el día explorando la playa y los corales, casi todos muertos, pero aquí por lo menos no llegaba la basura. La brisa se comportó, pero el ogro volvería a vociferar FI FA FO FÚ en la noche, así que, tras la opípara cena, esperamos que saliera la luna y emprendimos nuestra travesía hasta la arena para dormir. Volvimos a entregarnos a morfeo felices entre dunitas de arena blanca con maticas verdes.
Último día en La Tortuga. Comer y comer, nadar y nadar y navegar de regreso con la tarde. Otras 13 horas dejándonos llevar por el mar y el viento. Los delfines se asomaron a hacer visita. Volvimos a adivinar los mismos personajes y llegamos con los primeros rayos de la mañana. Nos pasamos horas arreglando todo eso que hay que arreglar antes de dejar el velero en la marina, nos bañamos por primera vez con agua dulce, jabón y shampoo y volvimos a agarrar varias colas para llegar a Caracas.

08 septiembre, 2010

LA SABANA PREÑADA DE AGUA

El fin pasado agarré mis peroles y me fui con el biologuito a Corozopando, en el Estado Guárico, donde queda el Hato La Fe. Ahí nos esperaba Sorelia, la encargada del hato, amiga entrañable de mi madre santa y mujer maravillosa que el tremedal se tragó. La Sore me tenía a monte por el Facebook mandándome fotos de la sabana inundada y las toninas dando brincos. Sabe que me encanta, y desde que pasé por ahí el Diciembre pasado, en pleno verano, andaba con el empeño de que me fuera a ver la sabana preñada de agua, como dice ella. 
Salimos el viernes en la tarde. Mal hecho. Nos agarró la noche en esa carretera negro cacho, con curvas, huecos, gandolas y autobuses. Nos juramos jamás volver a salir a esa hora, con la cantidad de paisajes que queremos seguir recorriendo, más nos vale cuidarnos y vivir un buen rato más. Finalmente llegamos un poco antes de las 10pm, nos preparamos unos perros en la cocina del hato firmada por Sumito, y nos acostamos exhaustos.
Como buena pichona de fotógrafo, hice que nos levantáramos a las 5am para salir tempranito y agarrar la mejor luz. Arrancamos del Hato La Fe a los Esteros de Camaguán aún sin sol, compramos mandarinas y cambures para no desfallecer de hambre en el camino y nos encontramos con Pedro en el puerto de Camaguán. El sol seguía sin salir y aún así, en penumbras, el espectáculo era inspirador. Son dos llanos, el de tierra agrietada y monte quemado que vi en Diciembre y este espejo de agua infinito que se abría antes mis ojos asombrados. Comenzó a calentar la luz y saqué la cámara finalmente. Llegamos a donde están las toninas, Sorelia comienza a cantarles "Tonina, toniiiina de Laaaa Portugueeesa" con su voz ronquita. Les hace fiesta y ellas responden. Arranca mi frenesí fotográfico, pero la tarea es mucho más difícil de lo que esperaba. Sólo logro algunos lomos de tonina, pero me voy felicísima de haberlas visto. 
Seguimos por los esteros inundados y vemos iguanas, guacamayas bandera, garzas, cotúas, todo. Un espectáculo llanero con todas las de la ley. Volvemos al puerto tras un par de horas de cacería fotográfica y nos vamos a desayunar donde Nelly. Arepitas asadas, carne mechada y huevitos criollos fritos. Llevamos un queso fresco, hallaquitas de chicharrón y devoramos opíparamente. Sí, bueno, no estoy a dieta.
En el camino de regreso confieso: "yo amo el chicharrón de bolsita de chuchería, pero nunca he comido chicharrón de verdad." Sorelia frena en el acto: "señor, deme una ¿ese es de hoy? Come niña." Explota en mi boca esa maravilla crujiente, luego lo pruebo con limón y deliro. Lo cuento en mi Twitter y el querido Sumito responde: "Bienvenida al lado oscuro hija mía." Me doy cuenta de que este puede ser mi más exquisito vicio. Creo que no sé hacer dietas.
Nos lanzamos una merecidísima siesta para pararnos a comer más chanchito, esta vez a la brasa con cachapa y ensalada. Luego, baño en la piscina porque, irónicamente, no había agua. No estaba llegando bien la luz y la bomba no daba.
Salimos a ver la procesión de Santa Rosalía. Ahí conozco a Dieguito, un piojo de 5 añitos que enfrenta con entereza llanera una enfermedad de la columna. Toca maracas, quiere tocar el arpa como Vicente Torrealba y monta caballo como el más llanerazo. Ese día andaba de liqui liqui y pelo e'guama acompañando a la Virgen al galope. Me conmueve cómo hay quienes ante las dificultades, sólo saben crecer.
Nos vamos a capturar el atardecer entre los palmares inundados. Gozo. La naturaleza le regala a mi lente rojos, naranjas, sombras, colores, reflejos. Los canaritos posan. Me regreso feliz a por una ensaladita y a dormir. No, no es que comencé dieta, es que mi barriga no aguantaba más excesos.
Otra vez madrugonazo para navegar por la sabana, pero esta vez salimos del puerto de Carrizales con "La Abuela" (era un señor, pero le dicen así) hacia la finca de un amigo de Sorelia. El sol decide no aparecer para nada hasta que llegamos a la cabañita donde en verano reciben al ganado a pastar. Con el rayito que se asoma le caigo a fotos a un par de cochinitos que cargan un pajarito en el lomo haciéndoles limpieza de cutis. Una preciosura. De regreso en Carrizales está armado el zaperoco de caveros comprando queso y llaneros vendiéndolo. Cunde la anarquía. Volvemos al desayuno "ligero" de casa de Nelly, ahora acompañados por Ricardo, el dueño de la hacienda inundada. Cometamos los bemoles del llano, cuánta tierra se necesita para criar ganado, cuánto desconocimiento en las fulanas expropiaciones. Lo típico últimamente.
Llegamos al Hato La Fe y nos damos un último baño de piscina para refrescar las neuronas, nos siembran en potes un par de maticas llaneras para el balconcito caraqueño y arrancamos a Caracas bajo un palo de agua intenso.
Agua. Agua que preña la llanura, agua que hierve de vida, agua que mata, agua clarita, agua turbia. Agua.