21 octubre, 2010

EL FRUTO DE LA CONSTANCIA

Anoche estuve en el Millenium para asistir al estreno de Extremos, la película documental que cuenta la historia de Proyecto Cumbre. He tenido que sentarme a organizar mis sentimientos para escribir este post. No sólo porque conozco, admiro y quiero a todos los integrantes de esta aventura, incluyendo a la gente de Explorart que realizó la producción. Tampoco porque como periodista le he dedicado mi carrera a gente como ellos. Ni siquiera es el orgullo como venezolana lo que me mueve a escribir estas líneas. 
Lo que me mueve desde lo más profundo de mis cimientos es ver el fruto de la constancia convertida en imágenes, es darme cuenta de que lo que para unos es una locura, un absurdo, una pérdida de tiempo, hasta una extravagancia, comprende para otros una misión de vida, una religión, una creencia con profundas raíces en el amor por la naturaleza. Porque viendo Extremos me queda claro que viajar es, y será siempre, el mayor aprendizaje de vida que los seres humanos podemos experimentar. En definitiva, eso es Proyecto Cumbre: un gran viaje.
 El hilo del relato lo lleva la expedición que hicieron en 2008 a Groenlandia y a través de ella se va deshilachando el resto de la historia de estos expedicionarios que se convirtieron en una rara especie de héroes nacionales. Están la cumbres fallidas y las alcanzadas, la legendaria expedición al Everest en la que aprendimos que la noción de equipo es tan importante, que haber tenido a dos miembros en el techo del planeta, significó un triunfo absoluto para todos. Son particularmente sobrecogedores los relatos de Pakistán y ni hablar de la hazaña a los polos Norte y Sur. Pero lo más conmovedor es encontrarse con gente normal y corriente, que aprendió a tomar decisiones a favor del grupo y no de los individuos, que es capaz de sacrificarse en pro del resto del equipo, que han perdido compañeros, se han lesionado, han invertido dinero, tiempo y esfuerzo en llevar a cabo lo que para ellos significa vivir. 
Las imágenes son asombrosas, en un par de horas sales sintiendo que recorriste el mundo con Proyecto Cumbre, la historia es hermosa y está magistralmente bien contada -mis respetos por ello a Juan Carlos Lopez Durán, el director-, la música es acogedora, los testimonios resultan reveladores y el elemento humano es estremecedor. Esa lección de constancia queda grabada en la retina, llena de azules intensos, blancos infinitos, verdes brillantes, amaneceres polares, paisajes lejanos, cercanos, llantos contenidos, risas fraternales.
El 29 de Octubre estará ya en las salas de cine del país y ahí estaré yo de nuevo.


20 octubre, 2010

FINDE MERCADOS

Ya saben que no es mi costumbre quedarme en Caracas, pero el biologuito tenía curso de Gatorade y la verdad es que, tras la viajadera con la guía de mi madre, la patica caliente se me enfría un tanto. Así que nos quedamos en casita. El plan: ir al mercado. No al súpermercado de pasillos refrigerados, alimentos pre empacados, luces blancas y ambiente musical en el que el único contacto humano es con la cajera de uñas largas al final de la jornada. No. Mercado, mercado de verdad.
Sábado, 5:30am. Una melodía metálica invade la paz del hogar. El despertador. Nos levantamos, me pongo cualquier cosa y salimos al espacioso, moderno y amable Mercado Municipal de Chacao. Nos estacionamos en el "bien cuidadito" frente a la juguetería, ya no quedaban casi puestos, me asombra cuánta gente madruga para conseguir lo más fresco. Con el carrito robado de casa de mi madre hacemos nuestra entrada triunfal de pareja joven intentando ahorrar y comer sano. La compra sería de verdura y frutas estrictamente, de lo demás hay en casa. Es maravillosos cómo en esa estructura tan de estos tiempos, pulcra e iluminada, se gesta la tradición milenaria del mercado y el espíritu se mantiene intacto. La gente habla duro, qué desea, en qué lo puedo ayudar, pregunta, responde, regatea, toca, indaga, comenta, se queja, alaba, escoge, prueba, recomienda. Además, la variedad es fascinante: cebollas grandes, pequeñas, moradas, ajíes redondos y alargados, verdes, amarillos, anaranjados y rojos, berenjenas regordetas, papas colombianas chiquitas, colombianas grandes, de pulpa muy blanca, de pulpa amarilla, pimentones brillantes, pimientos gustosos, cambures manzanos, titiaros, plátano maduro, verde, topocho. De ramas hay tantas que me angustia no saber qué hacer con ellas en mi cocina, picas la hojita, la hueles, decides. Cuando subo al piso de las frutas entro en frenesí absoluto: los melones fragantes de pulpas gordas, encuentro guanábana madura, riñones que los amo, uvitas verdes carísimas, toronjas, tamarindo, lechoza amarilla y anaranjada, de todo. La felicidad. Cuando el carrito, que parece un bolso grande con ruedas, está obeso, entendemos que el presupuesto calculado fue eficiente. Biologuito se zampa una empanada para irse al curso y yo compro flores a la salida. Llegamos a la casa, ordenamos todo en la nevera más feliz del día y nos despedimos.
Salgo a pasear a la linda Keala, le pongo un cambur en la terraza a los azulejos, me doy un  baño, desayuno con frutas fresquísimas y voy caminando a casa de mi tía Inesita. Relleno con un sanduchito de guayanés y salimos a buscar a mi prima Victoria para irnos las tres a Delicarte en Los Galpones de Los Chorros. Pago mi entrada y cuando entro, mi amiga Ana María, con su barriga de meses y un par de tetas insólitas, me dice que estoy en la lista. Me devuelvo y pido mi platica de regreso. Buen comienzo. Delicarte es una oda a la gula y el buen gusto venezolano. Hay de todo: vinos y espumantes, los quesos de Turgua exquisitos, torticas de queso, ponquecitos, los chocolates en cajitas artísticas de Carol Blaha, cremitas, mantequillas, confitados, terrines... cuanta delicatez gourmet se te ocurra, la vas a encontrar en ese recinto sibarita. Con el bolsillo austero, me decido por una botella de espumante a precio de promoción, un queso pirámide de los de Turgua que son mis favoritos del mundo por siempre jamás y unos dulcitos surtidos de Dulce y Salao. La idea: agazajar a mi amado esa noche. Así se cumple el plan, para luego irnos a cenar con los demás científicos del deporte que trabajan en el Instituto Gatorade con mi biologuito. Me da risa, se pasan dos días hablando de nutrición y cierran el ciclo con una bacanal de carne, chorizo, yuca frita, tequeños y todas esas cosas ricas que se comen en los restaurantes de carne. Grandes conversas y orgullo profundo por la labor y logros del hombre al que adoro.
Domingo, 7am. Nos levantamos con el escándalo de las guacamayas que vienen desde El Parque del Este, nos encaramamos cualquier trapo y salimos al mercado chino del Bosque. Mi primera vez en la vida. Quedé con mi amigo de Twitter, Daniel Novoa (@ruidoblanco) que es fotógrafo y amante de la cocina asiática (enfermo, aclara él). Yo sabía que el mercado de los chinos existía, pero ante su fascinación compartida a través del pajarito, decidí ir y que Daniel me guiara. Biologuito y yo llegamos antes. Se escucha poco el español y sólo logro distinguir algunos productos como la flor de ajo y las vainitas. Eso compramos. De resto, me siento bastante perdida y eso me encanta. Comenzamos a curiosear, veo unas cosas que parecen auyamas pero la pulpa es blanca, me dicen que es para ponerle a la sopa, hay patos, codornices, cochino, especias, ramas, verduras extrañísimas, tallarines de todas las formas y grosores. También decido comprar té verde para mantenerme joven hasta el fin de mis días. Vemos una señora que vende empanaditas chinas y nos instalamos a probarlas todas, la explosión de sabores es atómica. Los occidentales se acercan a todo el que prueba y preguntan ¿está rica, de qué son? Los más experimentados dan consejos, prueba esta y no aquella. Cerramos con unos ponqués chinos que, nos habían dicho que no sabían a nada pero, a mí me encantaron. Finalmente llega Daniel con su madre, un encanto de mujer. Compran un par de cosas -recuerden que él es un pro y va directo al grano- y nos vamos a un restaurante cercano a desayunar chino. Eso sí es una novedad. Entramos y nos sentamos cerca del bufett, casi todo es al vapor, las masitas de arroz que traen camarones, guisitos de cochino y eso, también unos panes rellenos de cerdo y, la prueba de fuego: paticas de pollo en salsa. Su madre. Yo juré que las iba a probar y no me quedó otra. Paso. Demasiado pellejito y cartílago para mí. De resto todo me pareció divino. Daniel, a pesar de ser un enfermo de la cocina asiática -como él mismo afirma-, tampoco se fascinó. Menos mal que mi biologuito y la madre de Daniel dieron la cara por la mesa y le metieron a esas paticas felices, ñas, ñas, ñas. Con la barriga tiesa de tanto banquete, pasamos a comprar otras cosita, nos despedimos y se fue cada quien a su casa a dedicarle el resto del día a la modorra dominguera.

06 octubre, 2010

A BRACITO PELAO

Hace unos años, y gracias al trabajo de investigación de la Guía Extrema, supe de la existencia de Biotrek. Se trata de una operadora de ecoturismo que se dedica, exclusivamente, a organizar paseos en kayak por toda Venezuela. Aramis Mateo, su dueño y fundador, era algo así como corredor de seguros o alguna de esas cosas aburridísimas que exigen usar flux y corbata. Un día se hartó de todas las formalidades y se lanzó a la aventura de comenzar un proyecto propio. Así, con apenas unos poquitos kayaks, él sólo y su camioneta, nació Biotrek.
Mi primer paseo con ellos fue a La Tortuga. Nunca hubo un mejor bautizo. Salimos con el sol desde Carenero en un barco que nos llevaba a nosotros y los kayaks. Yo dormí profunda todo el viaje. Cuando desperté, me quedé absorta en los azules. Insólito, el clásico paraíso tropical de postal. Eso sí, acostumbrarme al jaleo de la remadera con estos mini bracitos que Dios me dio, fue todo un tema. Pero cuando llegas de una isla a otra sin otro motor que tu corazón y ambiciones, te conviertes en un junkie del kayak.

Luego decidí ir más lejos. Salió un paseo para el Caura en Semana Santa, advertían claramente que exigía resistencia, pero no me pude resistir. Fue más de una semana a punta de palear contracorriente por el Río Caura en el Estado Bolívar. Es el tercer río más grande y caudaloso del país. Remábamos un puño de horas, descansábamos, nos bañábamos, se hacía alguna comidita y a seguir. Cada noche la pasamos acampando en una isla distinta en medio del río. Toda una aventura. No estaban pautadas, sencillamente buscábamos un buen lugar cuando el sol comenzaba a pintarnos de amarillo. Recuerdo que hubo una en la que tres indiecitos yekuana nos descubrieron a lo lejos. Creo que el mayor de la expedición podía tener 5 años. Se encaramaron en una curiarita tan mínima como ellos y fueron hasta nuestra isla a vernos. No sentados desde lejos, con la indulgencia social aprendida en la ciudad. Metían la cabeza hasta el fondo de los kayaks, se ponían los salvavidas, lanzaban las palas. Estaba en mi carpa dormitando cuando percibí seis ojitos asomados en la ventana que explotaron en júbilo ante mi púdico asombro. Me hicieron sentir -conmovedoramente- un bicho de circo, y eso fue divino. En ese mismo viaje un loro semisalvaje -vivía entre los yekuanas, pero volaba libre y a su antojo- se me paró en el hombro y me juré Mowgli (sí, el del Libro de la Selva) hasta que me di cuenta de que sólo se trataba de la arepa al final de ese hombro. Fue un viaje memorable y lo repetiría mil veces.

Luego salió un viaje a Mochima acampando en las Islas Caracas. Ante la posibilidad de ver delfines desde el kayak, no lo pensé medio nanosegundo. Hasta me llevé a mi mamaíta y remamos juntas en un kayak doble. Debo aclarar que eso acarrea -per se- conflictos filiales. La señora no tiene ritmo para bailar, para cantar, ni siquiera ¡para remar! Que es tan re básico. Yo iba atrás de timonel y se suponía que debía seguir el “ritmo” de su paleada, que pasaba de frenético a contemplativo a nulo sin previo aviso. Nos caímos a piña toda la remada, pero también gozamos compartiendo los paisajes. En Mochima uno se siente recorrer un imperio de fortalezas de piedra que se lanzan al mar. Es fascinante. Pero lo más increíble es el fondo marino, te pones una mascareta y entras en estado de absurdo gracias a todo lo que ves a escasos metros de la orilla. Especialmente en anémonas, que abundan por la zona y se llevan todos los honores con su atuendo psicodélico. Y no, los delfines sólo se dignaron a aparecer a lo lejos. Pretenciosos.
El último de mi lista fue un paseíto de un día desde Puerto Francés en el Estado Miranda, hasta una playita cercana llamada San Judas. El mejor plan de la vida. Sales tempranito en la mañana, remas un par de horas y llegas a una playa solitaria y deliciosa. Te dan comidita, te bañas en el mar, duermes una siesta playera -que vale por 4 en casa- y regresas. La felicidad.
 
Daticos útiles
No hay que ser un atleta, pero sí es importante tener algo de condiciones físicas. Es recomendable comenzar por un paseo corto a ver qué tal. Entren a BIOTREK para que vean cuáles son los planes y se inscriban en el boletín. Para las excursiones se lleva lo mínimo de equipaje porque todo va en los kayaks. Ellos te dan una bolsa de estanco para que no se te mojen tus cositas. Mientras remas, el sol no perdona, lleven bastante protector solar, gorra o sombrero, lentes oscuros y camisa manga larga. Mejor si son de esas que se secan rapidito. Unas cholitas mojables nunca están de más porsia la arena, las rocas, o lo que sea, esté caliente y quieran echar una caminadita. Palear en parejas puede ser nocivo para la relación, pero pueden intentarlo. Biotrek les lleva la comida, chuches y bebidas, sólo lleven un termito para cargar agua en el kayak. Un impermeable no está de más, igual estás siempre mojado, pero si llueve da mucho frío. Los planes incluyen transporte, pero si vas en tu carro, te lo descuentan, vale la pena si no te importa manejar.