No ha terminado de calentar el sol cuando un escándalo asalta la zona. Todos los días. A la misma hora. Adoraría saber qué es lo que se dicen las guacamayas desde tan temprano con semejante euforia. Se darán los buenos días, comentarán el clima, dilucidarán el menú, resolverán cuitas. Las mañanas sobre todo, pero también las tardes. Todo parece indicar que el ciclo solar las alebresta. No quiere decir que estén vetados los arrebatos a pleno mediodía, pero suelen ser respetuosas de sus horarios y guardan sus más sonoros chillidos para la salida y la puesta del sol. No. No es una hipótesis científica, tan solo la mera observación de una comeflor.
Cuando vivía en Los Palos Grandes las veía de vez en cuando, pero desde que me mudé a Sebucán -justo entre El Ávila y El Parque del Este- soy vecina afable de un grupete de guacamayas maracaná. Tras investigar un poco, he llegado a la feliz conclusión de que dos de ellas anidan en el cadaver de chaguaramo del edificio de enfrente. Las veo en las mañanas con sus cabecitas verdes asomándose en lo más alto del agujero, pasean por los árboles, se encaraman en el chaguaramo de al lado que aún conserva una abundante melena, discuten y se apurruñan. Es una maravilla que conmueve profundamente mi cotidianidad.
Ni hablar de cuando se aparecen las guacamayas azules y amarillas y de la vez que apareció una bandera. Eso sí fue regocijo absoluto en este hogar de comeflores y biólogos. No es por ningunear a mis vecinas las maracaná, bastante más pequeñas y tantito menos vistosas, pero qué le vamos a hacer si en la novedad está la sorpresa.
El caso es que ando intensa con el temita de las guacas y quise saber más. Entonces pregunté en Audubon quién era la persona indicada para versarme sobre mis escandalosas matutinas: Malú Gonzalez. La conocí hace ya casi un año en Masaguaral, un valioso refugio de fauna en Guárico. Yo andaba de paseo, ella trabajando. Salió de entre los mogotes con unos equipos de radio rarísimos, sudaba a chorros, sin embargo sonreía. Sólo mi biologuito supo en qué andaba aquel ser extraterrestre. Estaba monitoreando a "sus loritos" y había una pareja que andaba de farra y nada que aparecía. Me cautivó su entrega. Le escribí un correo y me invitó a asistir a una charla que daría por el aniversario de Audubon de Venezuela. Ese día descubrí que los loros, periquitos y guacamayas, se llaman psitácidos.
Me levanté temprano y bajo la lluvia salí para el Jardín Botánico, tenía tiempo sin ir y lo sentí verdísimo, hermoso. Un puñado de "pajarólogos" esperaba por el ciclo de charlas mientras comentaban los últimos hallazgos. Yo, como pajarito en grama. Menos mal que estaban los papás de Verónica Matheus, quien fuera mi amiga del cole, y me hablaron un ratico. Me anoté, me quedé con las ganas de comprarme unos libros de aves espectaculares por la mala maña de salir sin plata -tuve que pedirle cacaíto al del estacionamiento porque ni eso tenía en la cartera- y entré al auditorio con mi libretica Moleskine a ver cómo es eso de los loros urbanos.
No me sorprende saber que Venezuela es el 6to país del mundo en diversidad de aves, pero sí me asombra que el 30% de los psitácidos de Venezuela han fijado residencia en Caracas a pesar de que 40% de ellos se encuentran gravemente amenazados en sus lugares de origen. Me doy cuenta de que he visto muchas más guacamayas surcando los cielos de la capital de las que he visto en mis muchísimos viajes monte y culebra adentro.
¿Y qué hacen todas estas especies de loros, pericos y guacamayas en Caracas? Adaptarse. Cometimos la torpeza de convertirlas en nuestras mascotas, arrebatándoles el derecho de volar libres, y ahora, las que se han escapado, o han abandonado, se encargan de colonizar la ciudad. Malú habla del impacto del comercio de "mascotas" y de cómo la mayor parte de nuestras especies se encuentran fuera del país. Yo pienso en mis discusiones con los posaderos que se sienten tropicales por tener aves encerradas y en la gente que se para a comprar loritos y monos en la carretera como una gracia ¡ay qué liiindooo, más fiiiino! y me hierve la sangre, quiero gritar como loca NO AL TRÁFICO DE FAUNA, COÑO. Pero me contengo, no es el momento ni el lugar.
El tema es que de algo malo, puede surgir algo positivo. Caracas está entre las primeros 5 ciudades del mundo en diversidad de psitácidos. La sublime ironía es que esta urbe que derrama sangre humana con desgarradora destreza, resulta segura para los loros y las guacamayas. Sí, segura y Caracas pueden coexistir en una misma frase. Insólito.
Para los psitácidos Caracas es un paraíso en el que escacean los depredadores naturales, les provee sitios de anidación más seguros, abunda el alimento y la correlación entre la cantidad de árboles y la proporción de emplumados es positiva. Estas aves de colores se alimentan de unas 20 especies de plantas y 14 de ellas son nativas. Una razón más para sembrar almendrones, mangos y pomagás. Una razón más para proteger al Ávila, al Parque del Este, para fomentar la construcción de zonas verdes, para querer convertir a La Carlota en un súper parque, para no permitir que talen el árbol de tu edificio sólo porque le tapa la vista a un vecino, para indignarse por el ecocidio que se perpetra en los alrededores de La Guairita. Si Caracas es segura para "alguien", hay que hacer todo lo posible para que no decidan irse ellos también.
Pero estudiarlas le ha resultado a Malú más complicado de lo que pensaba, ha logrado recolectar algunos datos de población y comportamiento, pero no son suficientes para conocer realmente el fenómeno de los psitácidos de Caracas y en base a ello ayudarlos a establecer su estadía en la urbe.
Por ello se le ocurrió valerse de la tecnología y crear una base de datos virtual. Si ustedes también ver loritos y guacamayas cerca de casa o el trabajo, entren AQUÍ y repórtenlos. Le harán un gran favor a estos animalitos. Los únicos seres que logran sentirse seguros en Caracas.








