20 diciembre, 2010

PIEDEMONTE Y PÁRAMO

Finalmente salí de Caracas, ante mi desesperación el biologuito hizo plan. Poco después, tras comprar cauchos nuevos y hacer mercado, estábamos encaramados en el carro vía Barinas. Su amigo Yupi estaba haciendo kayak en el Campamento Aguas Bravas que da la casualidad que es de mi amigo del alma Alejandro Buzzo y su esposa Fabiana. Allá caímos el biologuito y yo junto a la señora Keala, nuestra Golden Retriever de 10 años.
El camino estuvo tranquilo y nos rindió la carretera, llegamos a La Acequia para ver la tarde y darnos un primer baño de río. La euforia de Keala era sólo comparable a la mía. El campamento: una preciosura obra de la laboriosidad y el buen gusto de Fabiana quien resultó ser la compañera perfecta para Alejandro. La adoro y admiro desde el día uno, tiene una capacidad de trabajo asombrosa y es una mujer brillante. Alejandro, por su parte, le ha dedicado su vida entera al agua: kayak de aguas bravas, de travesía, de surf, balsas, con motor, sin motor, en Amazonas, en Barinas, en el mundo. Su padre fue el pionero del deporte en Venezuela y mi primer recuerdo de esta loquetera de aguas revueltas es a los 11 años en el Orinoco con él. Yo lo quiero muchísimo y no para de impactarme la fuidez de su trato con el agua. Que ellos se encontraran y armaran su campamento de rafting a orillas del Río Acequias, es una fortuna para el planeta.

A la mañana siguiente el plan era, evidentemente, hacer rafting. En esta época del año no suele haber suficiente agua, pero con La Niña la cosa se alargó un poco y pudimos aprovechar. Desayuno delicioso preparado por Fabi y al agua. El equipo de mi balsa era perfecto: Alejandro Buzzo comandaba, al frente biologuito que es fuerte y Mari, una chica que forma parte del equipo nacional de rafting. Atrás Antonio, ayudante y baquiano de la zona, junto a mi pequeña persona., más interesada en comer flor que en remar, pero dispuesta a seguir instrucciones. 
Primero hicimos un recorrido corto - como una hora- del Campamento Arassari hasta el puente de La Acequia, y luego subimos en un camión hasta el río Sinigüis para pasarnos 4 horas remando río abajo. Río esmeralda, helado, intempestivo y espumoso. Piedras redondas, cantarinas, enormes, pequeñas, claras y oscuras. Árboles. Todos los árboles del mundo ataviados con bromelias, orquídeas, líquenes, musgo, aves de colores. Todo un cañón mágico, un cuento de hadas aderezado con adrenalina. Perfecto. Sencillamente perfecto. 
Llovió con sol, salió un arcoiris atravesando el camino y luego una niebla sutil como manto cubrió la superficie esmeralda. Además pasamos unos rápidos dificilísimos con éxito rotundo, gritos y aplausos.  Tras un día en semejante agite de flor y aventura, llegué al campamento adolorida, golpeada, extenuada y con las pupilas llenas del verde más brillante. Feliz.
Los siguientes días transcurrieron entre contemplar, dormir, leer, comer, hacer body rafting en el rápido frente a Aguas Bravas, bañarse en el río, echarse frente al río y conversar horas muertas sobre los temas más disímiles. Los hijos de Yupi y Mari revoloteaban por el campamento dinamizando más la cosa, pero la paz fue reina. Días de la más absoluta placidez.

Una mañana ameneció tan claro que se veía el Pico Humboldt entre las palmeras. Decidimos irnos al páramo. Marcus Tobía, amigo histórico del biologuito estaba allá en su refugio de montaña en Apartaderos junto a un grupo de niños que asistían a su campamento Sagarmatha. Cómo me habría gustado que eso existiera durante mi infancia: suben picos, escalan, aprenden a armar sus morrales y gozan. Gozan como enanos.
Llegamos una tarde en que acababan de subir y bajar un pico en bicicleta. Jamás vi caras más satisfechas. Nos prestaron un cuartico con literas llamado Everest -grata coincidencia- y nos instalamos entre la muchachera. Escuchamos la algarabía de cuentos entre risas  y salimos a ver la tarde de montañas. La señora Keala descubrió que existía un clima acorde a su pelaje y parecía fascinada con la novedad, la pobre sólo conocía playa y playa, más nada. Contamos estrellas y nos fuimos a buscar el calor del refugio de Marcus. Me conmovió su esfuerzo, sólo un ser con el empeño para hacer cumbre en el Everest podía lograr algo así. Poco a poco. Marcus cree en sus sueños, se ha endeudado, ha trabajado con sus propias manos, ha sudado -literalmente- todo lo que hay en ese refugio para recibir a los chamos que van a perpetuar su amor por la montaña. (Si quieren saber más del proyecto, entren aquí: Campamentos Sagarmatha)

Tras una noche helada en la calidez de ese lugar, nos levantamos a presenciar una mañana clara de páramo. De pronto son locuras y comeflorismos míos, pero para mí el cielo es más azul cuando estás tan alto. Desayunamos arepitas andinas y fuimos a caminar por la zona hasta un domo de piedra donde los chamos practicarían escalada en roca y rapel. La señora Keala, adicta al agua, no tuvo contemplaciones con la temperatura y restregó su pancita en cuanto arroyito encontró, se embarró las patas, olió a las vacas peludas y se llenó las melenas de cadillos, tanto, que hubo que hacerle un corte de pelo al regresar al refugio para librarla de los muñuños. Yo estuve feliz de verla feliz y de verme espatarrada como una odalisca en esa pradera infinita que es el páramo. Me reencontré con los frailejones que tanto disfruto tocar y vi a mi biologuito de instructor de escalada. Mi héroe.
Esa noche hubo peli en video beam, La Guerra de Las Galaxias, ignoro cuál capítulo era, pero Anakin era un niño y Obi One era joven. Estuve fascinada.

 Luego el campamento se fue de excursión y nos quedamos solitos en el refugio. Ese día comimos exquisito en La Cocina de La Casa del Páramo, un restaurante con una tiendita de artesanía preciosa. ahí mismo en Apartaderos Compramos en Embutidos El Águila y disfrutamos ver documentales en el video beam, porque aunque me quedé profunda, lo disfruté.
Esa noche no la pasamos tan bien, tras diversos exesos de comida durante el viaje, nuestros estómagos se declararon en desobediencia. A las 4am estábamos despiertos y a las 5am decidimos recoger y salir a Caracas. Para mi asombro había caído una helada, la grama estaba blanca y crujiente al igual que el carro. Hubo que darle un manguerazo para descongelar el parabrisa. Eso sí, fue alucinante ver el amanecer mientras bajábamos del páramos a Barinas y de Barinas a Caracas el cielo azul nos hizo compañía.

Llegamos ayer a la casita, cansados, con un montón de ropa sucia que pasaba del traje de baño a la chaqueta de plumas y una alegría que daba asco. Mañana me voy a Carua al hallaquicidio Quintero, les cuento al regreso.


08 diciembre, 2010

SENTADA VEO LLOVER

Siempre me ha parecido que mi elemento es el agua. Adoro el mar, los ríos, una laguna, un riachuelito me hacen felíz. Nada me gusta más que bañarme. Sin embargo, no me gusta la lluvia. Tengo perfectamente claro el absurdo de este razonamiento. Pero es así. Adoro un día de sol, me da toda la energía del mundo. En los días lluviosos me encierro, escucho y veo llover. Quiero acostarme con las persianas cerradas, comer sólo cosas calientes, entregarme a la más absoluta desidia.
Por eso tengo más de un mes de inconsistencia blogera. Me disculpo. Las lluvias me han encerrado en esta casa y sufro, irónicamente, una pesada sequía creativa. Este es un blog de viajes y, cuando la mitad del país está inundada y la otra mitad a punto de, pues no es mucho el material con el que cuento para regalarles lecturas alegres y fotografías llenas de color. La pequeña comeflor está seca, mustia, gris.
Me encuentro en un estado de absoluta neurosis. El biologuito se pasó un mes en la cima del Roraima trabajando. Lo esperaba ansiosamente para irnos por ahí. Él llegó, por supuesto, con ansias de casita, cama caliente y comida casera. Yo: trepándome por las paredes de esta casa. El país para "irnos por ahí" cayéndose a pedazos. Aquí seguimos: él soportando mi sequía de humor. Yo: no soportándola.
Y sí, entiendo que resulte odioso y egoísta quejarme por estar encerrada en casa mientras hay miles de venezolanos sin una casa donde guarecerse de este palo de agua infinito e intermitente que amenza con acabar la geografía hasta Enero o Marzo. Pero qué quieren que les diga, intento ser honesta. Me estoy volviendo loca. Es imperativo para mi agarrar carretera con cierta frecuencia. Es mi trabajo, mi pasión, mi vicio, mi certeza, mi luz, mi alimento. Todo. Viajar para mi es todo y no lo puedo hacer.
Encontraré soluciones, lo sé. Solidarizarme mandando ropa a los centros de acopio fue un buen paso, veré que más se me ocurre. Cancelamos el lanzamiento de la guía porque resultaba un absurdo celebrar en medio de tanto horror. Mientras tanto, espero que entiendan por qué he dejado de escribir en el blog y sean comprensivos con la humedad de esta sequía creativa. Espero estar de vuelta pronto. Espero que estemos todos de vuelta pronto, especialmente el sol.