Este lugar es espectacular, me gustaría tenerlos a todos en una cajita para que lo vieran, pero tendré que conformarme con tomar bastantes fotos y echarles el cuento por aquí. La vez pasada escribí tan rápido que creo que ni les comenté el plan. Vinimos a Yosemite mi biologuito y yo con un amigo y su esposa. Los varones a escalar, las niñas a pasear. Patricia, mi compañera de cuitas, no podía parecerse más a mí en el carácter. Es absolutamente comeflor, gozona y adora hacer fotos de cuanto se le atraviesa, así que somos un equipazo y gozamos juntas por ahí.
El plan para el segundo día fue hacer rafting, Pati nunca lo había hecho, sin embargo, se entusiasmó en cuanto asomé la idea. Reservamos el día anterior y a las 2pm estábamos en el trailer del que salía el tour. Como estamos en primavera por estos lares del mundo, el río Merced está full de agua del deshielo. Helado. Lo primero fue ponernos wet suits, suéteres de lana, chaqueta impemeable, medias de lana, zapatos para mojar, casco, salvavidas y al agua. Yo estrené mi GoPro como debe ser y me sentía bien pro con mi camarita en el casco. Meter un pie en el río y dejar de sentirlo fueron la misma cosa, pero el entusiasmo era mucho mayor que la helada. De guía de la balsa tuvimos a Phil, un gordito encantador que nos explicó todas las instrucciones y no hizo más que chalequear todo el recorrido. De compañeros de remada estuvieron Peter, Gema y Jacob: un polaco criado en Canadá junto a su hermano y su esposa china. La confianza fue inmediata, supongo que el buen humor de Phil la facilitó. El rafting estuvo bien emocionante, los rápidos venían seguiditos uno del otro entre nivel 3 y 4. Nos emparamamos, nos morimos de risa, pasamos el frío parejo, pero nada importó. Fuimos absurdamente felices haciéndolo, salimos moradas y sonrientes. Luego vinimos a bañarnos en el hotel donde están Horacio y Patricia porque en el Camp 4 donde estamos nosotros no hay ni regaderas, y menos con agua caliente, lo que en ese momento era una exigencia física para mí.
Ayer salimos a hacer otra caminata, esta vez a una cascada insólita que se llama Vernal Fall. Cómo habrán notado entre el post anterior y éste, ir a ver cascadas es un gran atractivo en Yosemite. Lo es todo el año, pero en primavera es sencillamente épico dada la cantidad de agua que sale de ellas cuando el hielo del invierno comienza derretirse. La caminata a Vernal Fall se hace casi toda junto al río, había muchísima gente, sin embargo se mantiene todo muy prístino. Eso me sorprende de este parque, que a pesar de las muchedumbres, te siente en el más virgen de los escenarios. Subes un poco por un caminito de vistas hermosas, cruzas un puente donde vez Vernal de lejos y de ahí comienzas a subir bordeándola por la derecha, por unas escaleritas de piedra empinadísimas donde el viento lanza agua sin compasión. Llegamos hasta arriba emparamadas de pies a cabeza, es como si el Aponwao tuviera unas caminerías pegadas a la caída de agua. Una loquetera fantástica.
Arriba de la cascada la vista es para desmayarse: todo un valle de bosque de pinos, unos paredones de piedra absurdos y cielo abierto para todos lados. Seguimos subiendo un poquito más y llegamos a una laja de piedra enorme por donde rueda el agua salvajemente. Ahí hicimos pic nic de sanduchitos y hasta dormimos una siestecita arrulladas por el escándalo de agua. Como a las 4 decidimos emprender el regreso, pero por otro camino para ver más paisajes y no volvernos a mojar. Valió la pena. Se veía la cascada desde arriba y se veía de cerquita otra que se llama Nevada Fall. Me entró un calorón loco y me mojé la cabeza en un chorrito de agua que salía de un pedazote de nieve. Casi entro en shock, pero estuvo divino. Tomamos muchísimas fotos de la vegetación porque al bosque le pegaba una luz divina a esa hora. En total caminamos unas 6 horas entre la ida y la vuelta, llegamos molidas a encontrarnos con nuestros escaladores y comer pizza.
Hoy fue un día de descanso, los varones de tanto escalar y nosotras de tanto caminar. Sin embargo fuimos a ver los sequoias, los seres vivos más grandes del planeta. Unos árboles que te dejan sin aliento. Enormes, milenarios, imponentes, gigantescos. Una de las cosas que no te puedes permitir perderte si la vida te trae hasta Yosemite. Los amé. Caminamos un par de horas entre sus raíces que se unen para ayudarse, los abrazamos, nos caímos a fotos y arrancamos a un pueblito cercano a comernos unas buenas hamburguesas con queso.
Como verán estoy escribiendo corto y sin mayores reflexiones, llego exhausta cada día, pero no me puedo quedar sin contarles nada. Aquí les pongo foticos para que vean de qué les hablo, más adelante monto un álbum de Flickr para que vean más y prometo contarles mejor sobre las sensaciones que me ha dejado este viaje y sobre los ejemplo que podemos seguir en cuanto a la conservación de los nuestros. Tenemos el potencial, sólo hay que organizarnos y educarnos.
Desde Yosemite, feliz y cansada, les reportó La Pequeña Comeflor.








2 comentarios:
Muy buenos los reportes, a pesar del cansancio.
Muy especialmente, despues de la recuperación del feliz cansancio, :-D espero ese reporte en detalle de los arbolotes, y la descripción de la enegia percibida.
yux
Publicar un comentario en la entrada