15 enero, 2011

Diciembre tropical

Sí, tropical, caribe, verde, ají dulce, cacao, arena, cocotero. De amigos entrañables, sobremesas eternas, familias que se ajustan, se adaptan, se quieren.
Comenzó con Caruao, a donde me fui con mi madrecita santa a pasar 24 y hacer hallacas. Los primeros días estuvo mi tío Alberto con Camila, Alberto Carlos y la tía Adelita. Todos bastante impactados con la debastación que dejó el agua tras su paso. Luego, para el hallaquicidio, quedamos sólo el más petite de los comités: los abuelitos, Inesita, Valenta y yo. Punto. Las razones: harto conocidas por todos los venezolanos. Primos afuera, tíos visitando a primos afuera. Este éxodo al que tan poco acostumbrados estábamos, este recibir llamadas de Berlin, Buenos Aires y Madrid en lugar de abrazarnos todos. Pero de cada tristeza sale algo bueno, esta vez tuve la oportunidad -gracias a la falta de quorum- de subir de rango en las hallacas Quintero. Pasé de un raso "tiendemasita" a ser la mano derecha de Inés Mercedes, directora absoluta desde que mi abuelo resolvió delegar responsabilidades. Este año pude meter mano desde el consomé, el guiso, la amasada y la armada, hasta el amarre y cata. Fascinante.  Eso sí, quedamos dobladas, ese trajín de dos días cocinando entre tres mujeres y cuatro botellas de espumante no estuvo fácil. Divertido sí. Pero las hallacas quedaron estelares, es más, quedaron perfectas. ¡FUERZA QUINTERO Y MÁS NADA!
Tras mi exitoso repecho de rango hallaquista, volví a la ciudad donde me esperaban los clásicos encuentros con los que están afuera y vienen en Navidad, aproveché y me rapté a un par de ellos -Cheo y Belita- para agarrar carretera a Oriente y pasar el 31 en Paria.
A las 7am del 28 de diciembre, día de los inocentes, estábamos encaramados en el carro. A las 8 ya despuntaba la primera tranca gracias a los "inocentes" disfrazados de mamarrachos pidiendo platica por la vía. Durante toda la mañana las causas variaron -puentes inundados, carros volteados, derrumbes, fallas de borde, cambio de batería- , pero la cola no. A las 3 de la tarde logramos parar en Boca de Uchire para almorzar. Gracias. De ahí en adelante la cosa fluyó bastante mejor y un viaje que debía tomarse no más de 9 horas, se arrebató 14 interminables horas. de carreteras en mal estado. Anabella, con 5 meses de estado, se portó como una santa y Cheo, músico, nos alivió con una extraordinaria selección melódica.
Llegamos a Río Caribe a las quién sabe cuántas de la noche, donde Tamara y Juan nos borraron, de una sentada, todo el pesar del viaje. Al fondo de una hermosa casa colonial antillana estaba servida la más cálida de las mesas, cada quien tenía plato, copa y sonrisa. En seis botellas de vino desperdigamos las cuitas y nos fuimos a dormir.
A la mañana siguiente salimos a mostrarle a mis citadinos favoritos las maravillas de Paria. Comenzamos con el Museo del Cacao de Chocolates Paria, hicimos el tour y comimos cacao en todas sus formas: semilla, licor, manteca, polvo, semilla tostada, 100, 70, 60%, con nib, con especias, con leche, en ponche, en fotos, en vivo. Nos llevamos una carretilla de chocolates y seguimos hacia El Pilar. Allá comimos -recomedación de Tamara, baquiana, periodista, curiosa y cocinera estelar- en una taguarita a orilla de carretera, donde mi biologuito jura haber comido el mejor chivo de su vida entera.
Barrigas llenas, a conocer Aguasana, las aguas termales más ricas y bonitas que conozco. Bella y el chipilín que nada en su vientre, debieron moderarse en las temperaturas y buscar entre las piscinitas tibionas. De barro sí nos embadurnamos todos, toditos. Probamos cada una de las pocitas de aguas termales, nos guarecimos en ellas ante la arribada inclemente de la plaga y corrimos al carro para volver a casa. Probamos los acrás de Cosmelina, departimos con los fans de Cheo y dormimos delicioso.
Los siguientes días levitamos entre playas salvajes, paradisíacas, cocoteros, buenas lecturas, mejores conversas, comilonas extraordinarias, sobremesas indefinidas, casualidades insólitas, elucubraciones, teorías improbables, cocinas, mesas, hamacas, gente que entraba y salía, perras que se emocionaban con los paseos, baños de mar movidos, baños de mar plácidos. El cariño de Tamara y Juan lo inundaba todo y todo lo abarcó. 
Entre conversas nos quedamos helados más de una vez con los cuentos de esa tierra verde que los narcos colonizaron, ya no era extraño ver una casita con paredes de barro y equipos de sonido de 4mil dollares de donde no salía otra cosa que no fuese vallenato. Todo tiene sus bemoles, esa naturaleza es tan perfecta que no podía ser perfecta.
Llegó el 31 y lo celebramos en Villa Antillana con una comelona bárbara y una cantidad absurda de fuegos artificiales caseros -no nuestros, pero en el pueblo fué verdaderamente épica la parranda pirotécnica- muchos abrazos, amapuches y besos, pero pocas uvas, maletas y cero dollares. Ya se verá.
El 1ro arrancaron Belita y Cheo a la capital, mientras que el biologuito y yo decidimos quedarnos hasta el 4 en sana paz pariana. Un día me perdonarán, ellos entienden, yo lo sé.
El camino de vuelta se hizo en el tiempo estimado, con Andrés de copiloto, un bonsai y un coco de Juani, un amanecer increíble, las mejores empanadas mochimeras y un plácido encuentro con la capital. 
El guayabo pariano aún no lo supero. Tropical, caribe, verde, ají dulce, cacao, arena, cocotero.