Cuando uno viaja por carretera y recorre distancias larguísimas -como la que habría que recorrer hasta Yunek en La Gran Sabana que incluye carretera y viaje en curiara de varios días- , tienes ese montón de horas, amaneceres y atardeceres, para asimilar hacia dónde vas o de dónde vienes. Cuando ese viaje se hace en apenas tres horas de vuelo en avioneta, se convierte en una pequeña terapia de shock, en un viaje astral, una cosa que no entiendes para nada, una ilusión onírica, casi una trasgresión que te permite estar caminando por un valle rodeado de tepuyes y cascadas en la mañana, para estar acostado en tu cama en la tarde preguntándote qué pasó.
Así fue este fin de semana para mí. Salimos el sábado en la mañana del Aeropuerto Caracas hasta Yunek, una comunidad metida en las profundidades de la Gran Sabana y protegida por un montón de tepuyes entre los que se destaca imponente el Acopán como parte del Macizo de Chimantá. Cerca del mediodía ya se agitaban manitos pemonas de recibimiento que observé fascinada desde la ventanita del carro volador. Aterrizamos en una pistica de tierra, bajamos los peroles y contratamos a varios muchachos para que nos ayudaran a llevar la carga. El plan era que los chicos escalaran -mi biologuito y su amigo piloto/ecalador-, mientras su esposa y yo nos dedicábamos al más puro ejercicio de contemplación. También estaba pendiente encontrarnos con los muchachos de Tierra de Sueños (ver AQUÍ) que regresaban con ojazos iluminados tras haberse pasado un mes abriendo una ruta totalmente nueva en un tepuy cercano. Fue muy emocionante verlos felices, satisfechos con su logro y poder ser los primeros en abrazarlos y felicitarlos aún con los morrales puestos y las melenas despeinadas.
Finalmente tomamos nuestro rumbo hacia el campamento base del Acopán, en una caminata como de dos horas en la que el tepuy se acerca y se acerca. Montamos campamento en la selvita donde los pemones tuvieron la gentileza de colocarnos un techote plástico en el medio. Menos mal, porque acto seguido se desató un aguacero intenso que destapó el más profundo olor a tierra virgen. Hicimos una pasta bajo nuestro encerado azul y nos acostamos a dormir temprano.
El agua no dió tregua en la oscuridad y se desparramó por la sabana entera, alimentó ríos, bañó tepuyes, sin contemplaciones con la salida del sol, insistió en su campaña de riego profundo. Los chicos madrugaron para darse cuenta de que sus intenciones de escalar temprano estaban remojándose en la pared. Así que dormimos más de 13 horas, hasta que las gotas dejaron de golpear con terca insistencia el techo de las carpas. Desayunamos y salimos a la pared a ver cómo estaba eso. Nosotras para ver, ellos para ver si escalaban.
Para llegar hasta allá nos tocaba primero una caminata suave entre las raíces de la selva, luego una trepada seria entre los matorrales de la jungla y finalmente una sabanita escarpadísima, retadora, hasta llegar a la base misma de la pared. Debo confesar que convivo con el fantasma del vértigo y que es todo un reto para mí encaramarme por esa sabanita, ni hablar de acercarme a la pared de 300 metros y elevar la mirada. Pero todo es tan absolutamente asombroso desde allá arriba, tan amplio, que aprieto las manitos, respiro profundo y hago mi mejor esfuerzo para contener el miedo. A veces lo logro y todo.
Los chicos decidieron escalar dos largos y nosotras decidimos ver un rato más y bajar al campamento donde nos esperaba el mejor baño de río de la vida. Guindamos las hamaquitas y bajo un sol radiante nos acostamos a leer un rato. Dejamos el radio prendido para que los varones pudieran avisar el regreso y prepararles una comidita. Cuál sería nuestra sorpresa cuando escuchamos que se bajaban porque lo que venía era otro chaparrón de agua. Incrédulas, desde la selvita bañada en luz, nos asomamos a la amplitud de la sabana para encontrarnos en el horizonte con una mancha enorme y gris. Ni modo, recogimos hamaquitas y a guarecernos de nuevo.
Otra noche de pasta bajo techo y una lluvia que quería convertir la sabana en laguna, lanzar cascadas por las paredes de cada tepuy y transformar al riachuelo de nuestro bañito en un río brioso. Otra vez nos tocó dormir y dormir, hipnotizados por la danza parlanchina del agua que cae.
Amaneció encapotado, recogimos los peroles y vuelta a Yunek traspasando ríos, bosques de galería y sabanas. El río que de ida cruzamos con los pantalones arremangados, esta vez no aceptó otra cosa que no fuese una curiara para llegar a la otra orilla. Nos encontramos de nuevo con Tierra de Sueños y nuestro piloto estrella se los llevó en dos viajes a Santa Elena. La comunidad de Yunek, amable como ninguna, nos invitó a comer la piña más exquisita que existe, nos vendió artesanía primorosa y nos invitó alegre a celebrar con ellos el 10 de Marzo la inauguración de su capilla.
Nos regalamos el último baño de agua helada y roja, nos despedimos con abrazos de esa gente sabia que vive entre tepuyes y emprendimos el viaje astral: en tres horas estábamos en un aeropuerto de concreto y en una hora más abriendo la puerta de la casa. El hogar nos recibió a biologuito y a mí con dos orquídeas floreadas y un nidito nuevo de bienvenida. Una amabilidad que se le agradece para alivianar el shock de ese contraste: mañana entre tepuyes, tarde de tele en la casa. Me asomo a la ventana, veo El Ávila y se escapa un sonoro suspiro.










