28 marzo, 2011

VOLAR CON JOANNA

Este fin me quedé en Caracas. Bueno, no todo el fin. El sábado me dediqué a las amigas, la familia y el marmoteo. El domingo fui a la Cota Mil a caminar con la Sra Keala y después me vino a buscar mi amiga querida, Joanna Di Grigoli, para ir a volar a El Jarillo. Joanna es una piloto durísima, comenzó a volar a los 18 cuando consiguó que le dieran permiso para hacerlo y a partir de ahí no ha parado. Ha sido 7 veces campeona nacional y recorre el mundo compitiendo con su parapente. Yo la admiro muchísimo por eso y la quiero por otro montón de cosas más. El tema es que teníamos días con el cuento de ir a volar y este domingo, con la belleza de día que estaba haciendo, nos decidimos a ir. (Si ella pudiera diría que estuve a punto de arrugar, pero como el blog es mío, la versión es esa, un plural "nos decidimos".)
Agarramos la vía por San Antonio de Los Altos y fue perfecto, nada de cola, en dos horas ya estábamos ahí. Me quedé impresionada con la cantidad de gente que había en el despegadero, algunos esperando su turno para volar en tandem, muchos aupando a sus amigos que iban a despegar y todos viendo el cielo. Eso me encantó, lo único es que deberían tener un poco más de cuidado, los parapentistas se las ven negras cada vez que tienen que aterrizar en medio de la muchedumbre. Sobre todo entre los grupetes que se están echando palo y no reaccionan con la rapidez necesaria. Supongo que será cuestión de educarlos poco a poco.
Ahí mismo nos acomodamos los arneses, cámaras, cascos, suéteres y a volar. Pasamos como una hora en el cielo, estuve fascinada con el paisaje, El Ávila apenas se divisaba en la bruma, pero las montañas que teníamos alrededor estaban preciosas y verdísimas. El cielo estaba imposiblemente azul y ya la luz me daba de sus mejores tonos. Esa sensación de volar es extraordinaria, sólo escuchas el viento, ves las nubes de cerquita, comprendes la dimensión del paisaje, es pura libertad de la buena. Lástima que me puse tan fiebruda a tomar fotos que morí...tras una hora de contemplación aérea no pude más con el mareo a causa de tanto asomarme por el visor de la cámara. Tardamos un poquito en aterrizar y no saben cuánta alegría sentí de sentarme en el suelo.
Luego, Joannita decidió volar un rato ella sola sin mi personita de carga mareada y como ya se habían ido todos me puse a recoger la basura. Otro bemol de la cantidad de visitantes: siempre están los insensibles que ni lo piensan para dejar regueros a donde vayan. Una lástima. Debo reconocer que fue poca, pero ni un papelito deberíamos dejar.
Cuando Joanna aterrizó, la ayudé con la doblada y guardada de los parapentes mientras que todo el que pasaba la interrogaba sobre los vuelos, el equipo, el precio. Supongo que eso de ver a una chica volando llama la atención de cualquiera, yo me sentía como si estuviera acompañando a una rock star.
Con el perolero listo y empacado, nos metimos en el restaurante de ahí mismo a comer. Yo no había masticado nada desde el desayuno, así que me dejé poseer por la gula y me zampé un plato alemán enterito. Luego pasé la noche a lo boa constrictor tratando de digerir el grasero, pero estaba divino.
Ese plan de irse a volar en El Jarillo es una maravilla, están cerquita de la Colonia Tovar si quisieran irse a cenar o por ahí mismo pueden comprar duraznos, fresas y flores.
Si quisieran volar con Joanna, contáctenla a través de su página www.joannaenvuelo.com y si ella no puede, consulten la página de www.fedevip.com.ve donde están las escuelas y pilotos federados.
Para ver el resto de las fotos, revisen mi Flickr AQUÍ.

16 marzo, 2011

LLUVIA EN LA OCTAVITA

Ya saben que pasé carnavales en perfecta armonía y feliz remando en el Morichal Largo. Luego, como soy una pata caliente, sobre todo si es para irme bien lejos, agarré una cola en avioneta en la que mi biologuito salía a una expedición de escalada tepuyera y me fui a Santa Elena de Uairén en La Gran Sabana. Mi abuelita habría dicho: "niña, no seas insaciable", pero qué vamos a hacer si soy así. Allá estaban mi madrecita santa y su comadre Lia desde hacía una semana. Cuando me buscaron en el aeropuerto de Santa Elena -debo decir que nuevecito y pulcro aunque aún no reciba vuelos comerciales- hubo que salir al pueblo a comprar algunas cositas que los expedicionarios olvidaron. Dimos vueltas por ferreterías, tiendas de moto, comida y los regresamos a su avioneta y el resto de su aventura. Nosotras nos fuimos al Campamento Yakoo, donde Roberto nos había preparado un pavo suculento de almuerzo y Xiomara nos esperaba con esa sonrisa eterna que ella luce. Remoloneamos en las cabañas, salimos a hacer otras diligencias y cenamos una sopita divina junto a una pareja que estaba en la posada.
Finalmente, a dormir en esa paz que sólo presta el sur del país.
No tanto. A las 5:45am, entró al cuarto como un huracán la Señora Quintero y espetó a grito en cuello con gran dosis de angustia y no menos de urgencia:
- ¡Lia! ¿cómo se prenden esas computadoras? ¿dónde está mi cuadernito?
La comadre, que cuando Valenta dice Carnaval, ella tira papelillo, salió en pantaletas despavorida del baño, se puso un pantalón ya en la puerta y corrió a socorrer a mi madre alterada porque siempre ha usado Mac, no sabe cómo prender una PC, y el desajuste no le permitió ver que su cuadernito estaba en la cartera guindando de su hombro. Yo, en la cama, desconcertada, decidí levantarme y bañarme de una vez.
Este amanecer violento, mi primera mañana en La Gran Sabana,  fue cortesía de La Guarandinga, el programa de radio que hace Valentina Quintero junto a Alonso Moleiro por Onda, la Súperestación, de lunes a viernes de 6 de la madrugada a 9 de la mañana. Gracias.
Cuando terminó su participación de ese día en el programa, desayunamos con algo de sana paz, terminamos de recoger y nos fuimos a Yenchitón, un campamentico que tienen los mismos dueños de la posada Minina de San Francisco de Yuruaní, en un lugar que se llama Aguas Calientes. El cielo estaba absolutamente nublado, al parecer estuvo así durante toda la estadía de las comadres que, sin embargo, se mostraban optimistas y decían que en la tarde aclaraba. Tan bellas.
 Primero hicimos una parada en Quebrada Jaspe donde me pude fajar a hacer foticos y gocé. No había un alma.
 Llegamos a Yenchitón y montamos campamento fajadas bajo las churuaticas, con cocina, mesitas, sillas, hamaquitas y carpas. Nos instalamos, yo hasta tendí el aislante y el saco de dormir con la linterna a un lado. Llegó la pareja que estaba en la posada con nosotras -los habíamos invitado- y nos fuimos a darnos un baño por la laja de piedra que tiene Yenchitón. Gozamos haciendo tobogán -con chores, porque cuando lo hice con traje de baño casi dejo la nalga ahí- chismeamos, nos contamos las vidas y, como vimos lluvia a lo lejos, decidimos volver al campamento. Todo esto bajo un cielo absolutamente gris cuando se supone que marzo es pleno verano en la sabana. Raro.
Preparamos salchichas a la parrilla y recalentamos una pastica que tenían las comadres por ahí. Poco después, comenzó a llover. Primero, con cierta sutil elegancia londinense, todavía podíamos estar bajo la churuatica esquivando un par de goteras y ya. Luego arreció un poco y bueno, nos arrimamos más hacia el centro, comenzaron a salir las primeras mangas largas. Acto seguido se desgajó un tanque de agua sobre nosotros con vientos huracanados. Ya la churuatica no daba y corrimos hasta el comedor del campamento, es decir, a la mitad del comedor del campamento a la que no le caía agua horizontalmente. Sacamos suéteres, medias, impermeables y zapatos cerrados, el pacheco no era normal. 
 En pánico, nuestros invitados desistieron la invitación huyendo en su camioneta para volver a la posada. Nosotras: estóicas con el cuento de que en la tarde aclaraba. De pronto, nos dimos cuenta de que la plácida laguna verde esmeralda frente a nosotras se tornaba marrón barro espeso mientras las piedras desaparecián bajo la superficie del agua. La cascadita era ahora un chorro violento y troncos bajaban velózmente con la corriente. Los ánimos comenzaron a caldearse. Gris a dónde sea que vieras. Ni un huequito de esperanza azul en ese cielo. Nada. Esperamos que amainara la tormenta y arrancó la retirada. En menos de 20 minutos la maleta de la camioneta estaba cargada de peroles mojadors y una acampada frustrada. Agarramos carretera hacia Las Claritas sin que dejara de llover un segundo. 
 Sí, con esto es que se come aquello del calentamiento global, por lo menos en carne propia. Dándote cuenta de que no son sólo imágenes de huracanes devastadores en los noticieros junto a campos desiertos, también son climas que ya no tienen sentido. Semanas de lluvia insistente cuando se supone que el cielo luzca azul. Tristeza por no entender cómo es que no podemos pararlo, por qué lo hicimos, qué va a pasar ahora.
Dormimos en Las Claritas con lo que quedaba seco y al día siguiente arrancamos a las 6am a ver si en la costa nos pillaba el sol. Nos perdimos tratando de dilucidar cómo cruzar el puente Orinoquia, pero lo logramos aunque pocos GN sabían de qué les hablábamos. Me peleé con un poli Anzoátegui que se lavó las manos tranquilazo cuando le dije que a 10 mts de ahí estaban vendiendo iguanas y eso era un delito -sí ok, no es su competencia, pero usted es una autoridad, hágase cargo- y paramos en Puerto Píritu a comer exquisito en Juan Sabroso para llegar a La Posada de Mary en Boca de Uchire y ser recibidas con todo el cariño de Héctor, su dueño. Ya no había sol, pero remojamos las paticas en el mar y las empanizamos en la arena antes de que saliera la luna. Nos acostamos a dormir con la esperanza de que el sol nos calentara los huesitos al día siguiente. 
Amaneció gris. Gracias.
Después del desayuno salió un solecito y cual lagartijas nos lanzamos en la playa. Leímos periódico -cosas que hay que hacer antes de entrar a Caracas- y con alguito de sol entre pecho y espalda recorrimos el corto camino a casa. Esa fue mi octavita de Carnaval, no me quejo, la verdad.

09 marzo, 2011

A REMO POR MORICHAL LARGO: UN VIAJE PERFECTO

Este fue un Carnaval perfecto: un grupo de 6 personas encantadoras, en un río hermoso, rodeado de la selva más exhuberante, repleto de fauna y remando en kayak para no perturbar la paz del lugar. Al aire libre.
Bien saben que soy de las que huyo de las multitudes a como dé lugar,  mi plan jamás será ir, por ejemplo, a la Feria del Sol, por eso supe que estaba lista en cuanto me llegó el boletín de Biotrek con una foto del río Morichal largo en las profundidades de Monagas. Eso era exactamente lo que me pedía el cuerpo: una remada suave en medio de la naturaleza.
El viernes a las 9pm salí de Caracas con Angelo, uno de los guías, y Yoel, un chico de Maracaibo que se empujó hasta la capital sólo para poder venirse al paseo. Llegamos hasta la casa de Aramis en Guatire, mi querido amigo y dueño de Biotrek nos esperaba con todo listo junto a Daniela, su novia. Ahí ya estaba la camioneta con los kayaks encaramados en el techo, la comida y el perolero.  Nos montamos y agarramos carretera vía oriente. Durante un primer rato conversé con Ara, luego me desmayé. Supe de unas dos paradas en las que fui al baño, de la alcabala de los chivos, que nos paramos a las 4:30 en otra alcabala a dormir un poquito todos, y que cuando se hizo de día estábamos bajo un puente preparados para salir a remar. Me cambié medio zombie y conocí a Cecilia y Daniel, los que faltaban del grupo. A las 9am embarcamos en los kayaks para arrancar la remada. Justo ahí había un par de palafitos de los warao, luego, ya no vimos prácticamente más nada que indicara vida humana. Puro verde espeso, agua oscura y cielo abierto. 
La remada es una delicia, vas con la corriente, sin mayores esfuerzos, y si dejas de remar igual avanzas poco a poco. En minutos las tres niñas del equipo nos contamos las vidas enteras -clásico de las mujeres- y resolvimos el mundo en un largo chismorreteo a remo. Cuando llevábamos como tres horas comenzó a pegar el hambre. Aramis y Daniela sacaron algunas chucherías y todos pegamos los kayaks. Así nació nuestra actividad favorita en el Morichal Largo: la islita. Es decir, pegar los 6 kayaks y dejarnos llevar por la corriente mientras parloteábamos, comíamos y nos dedicábamos a la contemplación del paisaje selvático. Vimos montones de aves, especialmente unos martín pescador que parecían viajar con nosotros, algunos monos a lo lejos y un perro de agua se asomó brevemente sobre un tronco.
Tras 5 horas de navegación relajada, llegamos a la morada warao donde pasaríamos la noche. Nos esperaban una madre tejiendo moriche y su hija. Cansados, con las piernas quemadas (algunas, entre ellas yo que llevo aún el bronceado portugués) y hambrientos, nos instalamos en una churuata -palafito abierta con un muellecito donde la niña warao pescaba peces pequeños para carnada. También retozaban unos patos criados por los dueños del lugar y unos perritos flacos y divertidos. Horas después llegaron los hombres de la caza y salieron a pescar con las carnaditas que la chiquila había conseguido. 
Comimos, montamos las carpas, y con toda una tarde por delante, nos dedicamos a bañarnos, conversar y ver para allá. Con el final de la tarde y un atardecer sin mayores esplendores, llegaron los mosquitos cual ejército chupa sangre, no sólo con sed, con hambre también y sin pizca de compasión. Menos mal que Aramis ya se sabe su cosa y tenía montado desde hacía rato un gran toldo con mosquitero que sirvió de comedor, sobremesa y pre dormida. Salir de ahí era una proeza descabellada. Las niñas aguantamos las ganas de hacer pipí por horas, y cuando ya no aguantábamos ni las vejigas, ni el sueño, nos lanzamos en equipo forradas en Off. No fue tan horroroso, creo que el psicoterror nos preparó mentalmente para una debacle que no fue tal. Yo hasta me cepillé los dientes y todo. Caímos muertas las tres. Hasta que, a las 10pm, los varones decidieron salir del toldo-comedor sin ninguna noción cercana a la discreción. Linternas en la cara, perros que ladraban, peroles llevados por delante, risas y, el premio mayor que se lo llevó Daniel:
- Miamor, -le dice a Cecilia metiéndole un bombillo de linterna en el ojo- cámbiate de lado.
A lo que Cecilia espeta, claramente molesta y sorprendida: 
- ¿Para qué?
- Bueno, porque ese es mi lado.
Silencio sepulcral de unos segundos.
- Bueno ¡pero te sacudes los mosquitos antes de entrar!
Fin del diálogo, seguido por algunos ronquidos medianamente sensatos por parte del dueño de su lado de la cama. Cada pareja tiene sus manías, de ese álbum TODOS tenemos una barajita.
La mañana siguiente amaneció con algo de lluvia, lo que nos mantuvo en las carpas un buen rato más a pesar de las ruidosas faenas mañaneras de nuestros anfitriones. Desayunamos, recogimos campamento, departimos con la familia warao que nos hospedó y a las 10am regresamos a nuestras posiciones en los kayaks. Mientras te adentras en el Morichal Largo, el paisaje se vuelve cada vez más espeso, exhuberante y virgen. Los morichales lucen más sanos y grandes, selvas enteras de moriche honrando el nombre del río. Precioso. Nos encontramos con unos tucanes que no logré fotografiar, varias águilas, cientos de pajaritos y montones de loros surcando el cielo. A mitad de camino paramos en el Campamento Boral de Aerotuy (www.tuy.com) para almorzarnos unos sánduches de atún a un lado de su muelle. Ahí estaba un mono capuchino comeflor -literalmente comía flores-  que sí pude deleitarme fotografiando. Estuvimos un buen rato contándonos las cuitas viajeras por el país y el mundo, y al kayak de nuevo. 
 Poco después nos encontramos con un par de monos araguatos preciosos que estaban comiendo, nunca supimos a quién le daba mayor curiosidad, si a ellos o a nosotros, pero la oportunidad de foto era impelable. Con ayuda de Aramis me estacioné en la bora y saqué cuidadosamente el telex para acercarme bien al objetivo, lo logré tras varios intentos de foco entre las ramas y nos dimos cuenta de que ahí mismo estaban un par de capuchinos. Repetimos el proceso y también pude lograr una linda imagen. Salí asquerosamente feliz, fue la primera vez en mi vida que fotografié monos en su ambiente salvaje, como debe ser. Felices, libres, radiantes, espontáneos, como merecen seguir viviendo y no  como esclavos enjaulados para distraer a humanos que se sienten "exóticos" con un primate en casa.
 Tras esa linda experiencia de observarnos mutuamente con los monos, seguimos remando hasta la laguna Guasacónica. Insólito ese momento en que el río se expande hasta convertirse en una inmensa explanada de agua,  espejo gigante para el cielo, el hogar de una madre tonina con sus pequeños que pasaron a saludarnos. Nos volvimos a convertir en islita. comimos dulcitos de guayaba y le clavamos a las pupilas una última dosis de agua, cielo y bosques inmensos de moriche y árboles para darle a la última remada de un paseo perfecto. 
Angelo nos esperaba con la camioneta, subieron los kayaks al techo y una espesa nube de mosquitos nos atacó sin piedad. Yo, que me había chamuscado las piernas por andar de chorcito el día anterior, me juré blindada de todo peligro externo con mis licras negras. Craso error. Sigo tomando antialérgicos para poder dormir sin querer arrancarme las nalgas con las uñas. Los mosquitos atraviesan sin problemas el algodón. Gracias. 
 Finalmente, tras perpetrar una masacre de mosquitos dentro de la camioneta,  llegamos a La Venturosa, una hacienda que cumplía 131 años ese día, arribamos en plena rumba. Bastante en shock con el cambio de ambiente y buscando el lugar más alejado del mundanal ruido para acampar, nos adaptamos  a la idea de no estar solos. Lo encontramos, nos bañamos con cascos de obrero en un tanque de agua -los cascos fungían de taparas- comimos una rica cena y a dormir. Esta vez Cecilia le respetó su lado a Daniel y no hubo inconvenientes. Además la rumba murió temprano pues ya era el segundo día.
En la última mañana de nuestro viaje, tomamos el mejor café de la vida, observamos a todos los animales de la granja, desayunamos, y arrancamos a Caracas con la certeza de haber pasado el más perfecto de los Carnavales. Si quieren ir al próximo, entren AQUÍ. Para ver el resto de las fotos, entren a mi Flickr AQUÍ.