31 mayo, 2011

YOSEMITE, LOS ÚLTIMOS DÍAS

Una de las excursiones que había que hacer antes de irnos de Yosemite, era subir hasta el tope de Yosemite Fall, la cascada más grandota del parque, la más icónica, de hecho: la cascada más alta de Noteamérica, y me refiero a esta porción del continente, no al país. Desde que entramos a Yosemite la estábamos viendo y casi no me podía creer que existiera una manera de estar ahí arriba en cuestión de horas. Salimos de el Camp 4 que es donde dormimos el biologuito y yo cada noche. Los varones se habían ido de madrugada a hacer una escalada larguísima a North East Butress of Higher Cathedral. Patricia y yo arrancamos más tarde, ya desayunaditas y descansadas a caminar por esa cuesta para arriba. Tremenda subidota, sin treguas hasta que llegas a la base de la cascada y te encuentras por primera vez ese espectáculo de agua cayendo. Me sorprendió cuánta gente le echa pichón a subirse hasta allá, desde viejitos con cabelleras blancas, familiones enteros, aventureros y paseos de colegio con muchachitos de no más de 10 años. Sin embargo, ni un papelito de caramelo mal puesto, se mantiene impecable el camino, se respeta el paso, nadie pone música, todo funciona en perfecta armonía. Es decir: se respetan las normas y se usa el sentido común.
 Tras llegar a la base de la cascada y recibir la lluvia de gotitas heladas que salpican desde arriba, viene la única mini bajada antes de que el camino agarre de una para el cielo. El sonido de la cascada, con esa cantidad de agua primaveral, es imponente. Como aviones despegando. Casi da miedito.
Hay que mantener el paso sin prisa pero sin pausa, son tres horas de subir, subir y subir. El paisaje, a medida que te elevas, es cada vez más amplio y hermoso. Al final la desesperación y el cansancio abruman y uno arranca a preguntarle a todo el que viene bajando que cuánto falta con cara de tragedia profunda. Las respuestas variaban entre una hora y quince minutos. Supongo que dependía de las percepciones y el paso de cada quién. Finalmente, llegamos.  Patricia en súper mejores condiciones que yo a pesar de una década más de vida y tres muchachitas. Me parece que tengo que empezar a hacer ejercicio...
 Arriba parecía un cuento de hadas con arbustos, nieve, arroyos y pinos cubiertos de musgo que luego dan paso a unas lajotas de piedra y de ahí el abismo, el rugir del agua y la vista franca se apoderan de todo. Paramos a ver el paisaje y luego bajamos el barranco agarradas de una barandita para llegar al lugar exacto en que el río se precipita 440 metros bañando el paredón de piedra. Hay una brisa furiosa, es helado y emocionante. El vértigo es inevitable. Sonreír enorme, también.
Conseguimos un rinconcito soleado junto al río, protegido del viento, y nos sentamos a comer nuestra merienda. Repetimos lo de la siestica, divina y reparadora para arrancar camino abajo. Para mí, la peor parte. Patricia andaba con una rodilla mala e igualito iba más rápido que yo. Menos mal que la luz estaba comenzando a ponerse hermosa y gocé tomando fotos todo el camino, porque la verdad es que se hace medio eterno bajar todo eso, duelen las rodillas, la espalda y los deditos de los pies, pero el paisaje y la felicidad de saber que estuviste encaramado allá arriba alivian todo.
Esa noche los chicos bajaron tarde de la pared y nos encontramos en la pizzería de Curry Village para echarnos los cuentos.
 A la mañana siguiente nos dolía todo, yo pasé una noche terrible gracias unas las alitas de pollo picantes que decidí comerme la noche anterior, tuve que levantarme de madrugada a escribir y mandar mi columna de UB, que menos mal que a mi jefecito le gustó, y recogimos campamento. Esa noche nos tocaba dormir en camita de hotel invitados por Horacio y Patricia que son lo más consentidor y generoso que hay. El biologuito tenía las manos hinchadas y las rodillas rotas.Estábamos apaleados. Igual Patricia y Horacio, así que el último día en Yosemite decidimos tomárnosla con calma. Los varones escalarían algo sencillo y nosotras agarramos un paseíto a caballo de un par de horas para luego ir en carro hasta Glaciar Point a ver la vista.
El paseo a caballo era, en realidad, en unas mulas enormes, preciosas y orejonas que le echan pichón a esos caminos de piedra sin dudar. Es tranquilazo, con lindos paisajes como todo en Yosemite, y se llega hasta Mirror Lake, lo que alguna vez fue un lago artificial que dejaron de llenar de agua cuando entendieron que no tenía sentido hacer algo así en un lugar natural tan estelar como ese. De ahí regresamos bordeando el río viendo piedrotas enormes y bosques encantado. Llegamos felices y relajadas. Bueno, yo con un poquito de dolor en las nalgas por la falta de costumbre, para Patricia que monta caballo a diario, esto era como caminar.
De ahí pasamos por Curry Village a comer y emprendimos camino a Glacier Point por una carreterita angosta y empinada repleta de nieve por todos lados que habían cerrado hasta ese preciso día. Cuando llegamos a arriba lo primero fué darnos cuenta de que no estábamos vestidas para ese pacheco, pero la vista era tan asombrosa que no importaba nada, igual nos bajamos a gozarnos todo el valle desde arriba, vimos las cascadas a las que habíamos subido, las piedrotas que los varones había escalado. Todo al alcance de nuestros ojitos anonadados. Majestuoso Yosemite.
Esa noche nos regalaron una exquisita cena de despedida, nos bañamos con agua caliente y dormimos en una camota para recuperar energías. Amanecimos felices, desayunamos como reyes y agarramos carretera de regreso a San Francisco desde donde les escribo. Ya les contaré de mis peripecias citadinas con el biologuito en esta ciudad de casas antiguas, edificios modernos, tolerancia y desarrollado sentido de la conservación.

25 mayo, 2011

2DO REPORTE DESDE YOSEMITE

Este lugar es espectacular, me gustaría tenerlos a todos en una cajita para que lo vieran, pero tendré que conformarme con tomar bastantes fotos y echarles el cuento por aquí. La vez pasada escribí tan rápido que creo que ni les comenté el plan. Vinimos a Yosemite mi biologuito y yo con un amigo y su esposa. Los varones a escalar, las niñas a pasear. Patricia, mi compañera de cuitas, no podía parecerse más a mí en el carácter. Es absolutamente comeflor, gozona y adora hacer fotos de cuanto se le atraviesa, así que somos un equipazo y gozamos juntas por ahí.
 El plan para el segundo día fue hacer rafting, Pati nunca lo había hecho, sin embargo, se entusiasmó en cuanto asomé la idea. Reservamos el día anterior y a las 2pm estábamos en el trailer del que salía el tour. Como estamos en primavera por estos lares del mundo, el río Merced está full de agua del deshielo. Helado. Lo primero fue ponernos wet suits, suéteres de lana, chaqueta impemeable, medias de lana, zapatos para mojar, casco, salvavidas y al agua. Yo estrené mi GoPro como debe ser y me sentía bien pro con mi camarita en el casco. Meter un pie en el río y dejar de sentirlo fueron la misma cosa, pero el entusiasmo era mucho mayor que la helada. De guía de la balsa tuvimos a Phil, un gordito encantador que nos explicó todas las instrucciones y no hizo más que chalequear todo el recorrido. De compañeros de remada estuvieron Peter, Gema y Jacob: un polaco criado en Canadá junto a su hermano y su esposa china. La confianza fue inmediata, supongo que el buen humor de Phil la facilitó. El rafting estuvo bien emocionante, los rápidos venían seguiditos uno del otro entre nivel 3 y 4. Nos emparamamos, nos morimos de risa, pasamos el frío parejo, pero nada importó. Fuimos absurdamente felices haciéndolo, salimos moradas y sonrientes. Luego vinimos a bañarnos en el hotel donde están Horacio y Patricia porque en el Camp 4 donde estamos nosotros no hay ni regaderas, y menos con agua caliente, lo que en ese momento era una exigencia física para mí.
 Ayer salimos a hacer otra caminata, esta vez a una cascada insólita que se llama Vernal Fall. Cómo habrán notado entre el post anterior y éste, ir a ver cascadas es un gran atractivo en Yosemite. Lo es todo el año, pero en primavera es sencillamente épico dada la cantidad de agua que sale de ellas cuando el hielo del invierno comienza derretirse. La caminata a Vernal Fall se hace casi toda junto al río, había muchísima gente, sin embargo se mantiene todo muy prístino. Eso me sorprende de este parque, que a pesar de las muchedumbres, te siente en el más virgen de los escenarios. Subes un poco por un caminito de vistas hermosas, cruzas un puente donde vez Vernal de lejos y de ahí comienzas a subir bordeándola por la derecha, por unas escaleritas de piedra empinadísimas donde el viento lanza agua sin compasión. Llegamos hasta arriba emparamadas de pies a cabeza, es como si el Aponwao tuviera unas caminerías pegadas a la caída de agua. Una loquetera fantástica. 
Arriba de la cascada la vista es para desmayarse: todo un valle de bosque de pinos, unos paredones de piedra absurdos y cielo abierto para todos lados. Seguimos subiendo un poquito más y llegamos a una laja de piedra enorme por donde rueda el agua salvajemente. Ahí hicimos pic nic de sanduchitos y hasta dormimos una siestecita arrulladas por el escándalo de agua. Como a las 4 decidimos emprender el regreso, pero por otro camino para ver más paisajes y no volvernos a mojar. Valió la pena. Se veía la cascada desde arriba y se veía de cerquita otra que se llama Nevada Fall. Me entró un calorón loco y me mojé la cabeza en un chorrito de agua que salía de un pedazote de nieve. Casi entro en shock, pero estuvo divino. Tomamos muchísimas fotos de la vegetación porque al bosque le pegaba una luz divina a esa hora. En total caminamos unas 6 horas entre la ida y la vuelta, llegamos molidas a encontrarnos con nuestros escaladores y comer pizza.
 Hoy fue un día de descanso, los varones de tanto escalar y nosotras de tanto caminar. Sin embargo fuimos a ver los sequoias, los seres vivos más grandes del planeta. Unos árboles que te dejan sin aliento. Enormes, milenarios, imponentes, gigantescos. Una de las cosas que no te puedes permitir perderte si la vida te trae hasta Yosemite. Los amé. Caminamos un par de horas entre sus raíces que se unen para ayudarse, los abrazamos, nos caímos a fotos y arrancamos a un pueblito cercano a comernos unas buenas hamburguesas con queso. 
Como verán estoy escribiendo corto y sin mayores reflexiones, llego exhausta cada día, pero no me puedo quedar sin contarles nada. Aquí les pongo foticos para que vean de qué les hablo, más adelante monto un álbum de Flickr para que vean más y prometo contarles mejor sobre las sensaciones que me ha dejado este viaje y sobre los ejemplo que podemos seguir en cuanto a la conservación de los nuestros. Tenemos el potencial, sólo hay que organizarnos y educarnos.
Desde Yosemite, feliz y cansada, les reportó La Pequeña Comeflor.

23 mayo, 2011

LLEGAMOS A YOSEMITE!

Tras 2 días atrapados en un hotel cerca del aeropuerto de San Francisco porque Taca había dejado nuestras maletas en Costa Rica, logramos que llegaran y además nos pagaron el hotel. Un detallazo que se les agradece. Alquilamos un carro horrendo que parece una carroza funeraria y dimos a bautizar como  "El Carro de Drácula" en guiño al archiconocido chiste de Emilio Lovera. En ocasiones se llama "El Espantomóvil", pero era lo que había y tenía muy buen precio, así que el bolsillo preló sobre la estética.
Arrancamos la mañana del sábado a Yosemite, son tres horas desde San Francisco y las quise manejar yo enteritas. Paramos a comprar fruticas divinas en un mercado de granjeros del camino y llegamos a nuestro destino. Yosemite te deja sin aliento y en primavera es alucinante. Paredones de piedra gigantescos, ríos salvajes, cascadas briosas, vegetación en flor. Todo un espectáculo natural.
Extraordinariamente bien señalizado todo, las normas son estrictas, ponen muchísimo empeño en informar y penar para proteger el parque. La primera noche tuvimos que dormir en un hotel porque el campamento estaba lleno, pero a la mañana siguiente amanecimos ahí y conseguimos nuestro puestico para acomodar la carpita. Todo muy organizadito. Se hace especial énfasis en el tema de los osos. No puedes dejar comida, papeles de comida, cosas que parezcan comida, ni siquiera pasta de diente o cremita de manos fuera de las cajas de metal resguardadas. Los osos son fuerte y muy inteligentes, despedazan montones de carros, carpas y lo que encuentren en su camino cuando huelen o ven algo que les interesa. Si eso sucede, deben matar al oso que se vuelve agresivo y peligroso gracias a nuestro descuido y te empujan una multa de 5mil dollares por el pecho. Bien merecida, por cierto. No cuesta nada tomar previsiones para mantener silvestre a la fauna.
El primer día mi biologuito salió a escalar con Horacio y Patricia y yo salimos a hacer una excursioncita de 5 horas ida y vuelta a unas cascadas espectaculares. De regreso caminamos un buen rato muy cerca de una venadita que parecía querer guiarnos por el camino sin mayor temor de nuestra presencia. Conmovedor. Una lindurita.
La primera noche de acampada estuvo muy fría, creo que voy a tener que dormir más abrigadita.
Hoy el plan es ir a ver a los varones escalando en la mañana y luego lanzarnos las niñas a hacer rafting. En cuanto pueda volver a conectarme, les cuento más.
Desde Yosemite les reportó, brevemente, La Pequeña Comeflor.

16 mayo, 2011

CHINA EN CARACAS

Saben que adoro viajar, generalmente me gusta hacerlo lejos, intrincado, mientras más rodeada de naturaleza, mejor. Pero también disfruto los viajes cortos que me permiten trasladarme a otro lugar estando cerca de mi casa. Entrar al Mercado Chino que se organiza en su Club del Bosque los domingos, es irse de viaje y perderse en otro mundo, sumergirse en una cultura extraña a través de las sensaciones de un espacio limitado. Siempre he tenido la imagen de una China bulliciosa y desordenada en su cotidianidad, y así mismo es la entrada al mercado de los chinos en El Bosque: un escándalo de gente. Estacionarse es una odisea anárquica y desde afuera se escucha el zaperoco. Los tarantines venden periódicos escritos en caracteres chinos que son editados en Venezuela, cigarros, sandalias, sostenes, comida preparada, pancitos, tortas, dulces, empanaditas rellenas de vegetales, de cochino, fideos, soya, woks, ajonjolí, gengibre, pato, gallina, cerdo, entrañas, verduras comunes y otras que jamás había visto, cd's de música y películas chinas, adornitos, caramelos de gengibre, arroz en sacos enormes, soya, salsas, flor de ajo, cebollín, pato laqueado, cochino frito, cochino asado, cochino caramelizado, lumpias, pancitos rellenos al vapor, paticas de pollo, huesos para el caldo, champiñones y otro montón de cosas que no sabría decir qué son y que con el tiempo espero aprender. 
 En un galpón grande se amontonan parte de los puestos de ventas bordeando el local y otra parte en el medio formando un pasillo de forma ovalada por donde nos estrujamos los curiosos y los que vienen a hacer mercado para la semana. Conviven una marcada mayoría asiática vendiendo y comprando junto a criollos y locales preguntando precios y maneras de preparar manjares con ingredientes que desconocen. Es una maravilla que ningún caraqueño debería perderse.
He ido varias veces, la primera fue con @ruidoblanco quien despertó mi curiosidad a través de sus comentarios en Twitter. En esa ocasión, también por primera vez, supe lo que era un desayuno chino. Quedé prendada de ambas experiencias.
Ayer fui con mi biologuito amado, mi tía Inés Mercedes la sabia historiadora y su amiga Maria Teresita. El biologuito y yo solemos compartir con Inesita el gusto por la gula, los mercados y la cocina, desde que se enteró de nuestra experiencia asiática en la capital, la invitación estaba extendida. Dimos cuenta de ella el domingo a las 9am. Esperamos a Maria Teresita, compramos periódico y salimos a El Bosque. Tras conseguir un puesto estupendo con mi carrito que es mínimo, nos bajamos. Inesita parecía una niña pequeña en parque de diversiones: sonrisa fija, ojos muy abiertos. Se recorrió cada tarantín, preguntó cuanto se le ocurrió y salió de ahí con un surtido puñado de bolsas que dejamos en el carro para proceder a la segunda parte del festín: el desayuno.
 Entramos al Lai King que estaba hasta los ñeques, nos consiguieron una mesa en el piso de arriba mucho más tranquila y procedimos a curiosear en el mesón de buffet hasta hacernos con una bandeja bien surtida de dim sum, empanaditas y otras curiosidades. Nos sentamos felices a devorar las delicateses chinas junto a una tetera caliente con té. Sólo hubo unas peloticas con salsa amarilla y textura indescifrable que pasó por "go", de resto todo lo comimos y todo lo alabamos. 
La promesa es volver para comprar, desayunar y luego pasarnos la tarde cocinando en clara devoción a la gula que nos caracteriza. Ya les contaré.
El Mercado Chino en El Bosque abre todos los domingos desde la mañanita temprano y cerca del mediodía ya está muriendo. Igual el desayuno en el Lai King, justo al lado. No se pelen esta experiencia, de verdad es como salir de viaje un ratico para luego regresar a casa a retozar el resto del domingo.