Una de las excursiones que había que hacer antes de irnos de Yosemite, era subir hasta el tope de Yosemite Fall, la cascada más grandota del parque, la más icónica, de hecho: la cascada más alta de Noteamérica, y me refiero a esta porción del continente, no al país. Desde que entramos a Yosemite la estábamos viendo y casi no me podía creer que existiera una manera de estar ahí arriba en cuestión de horas. Salimos de el Camp 4 que es donde dormimos el biologuito y yo cada noche. Los varones se habían ido de madrugada a hacer una escalada larguísima a North East Butress of Higher Cathedral. Patricia y yo arrancamos más tarde, ya desayunaditas y descansadas a caminar por esa cuesta para arriba. Tremenda subidota, sin treguas hasta que llegas a la base de la cascada y te encuentras por primera vez ese espectáculo de agua cayendo. Me sorprendió cuánta gente le echa pichón a subirse hasta allá, desde viejitos con cabelleras blancas, familiones enteros, aventureros y paseos de colegio con muchachitos de no más de 10 años. Sin embargo, ni un papelito de caramelo mal puesto, se mantiene impecable el camino, se respeta el paso, nadie pone música, todo funciona en perfecta armonía. Es decir: se respetan las normas y se usa el sentido común.
Tras llegar a la base de la cascada y recibir la lluvia de gotitas heladas que salpican desde arriba, viene la única mini bajada antes de que el camino agarre de una para el cielo. El sonido de la cascada, con esa cantidad de agua primaveral, es imponente. Como aviones despegando. Casi da miedito.
Hay que mantener el paso sin prisa pero sin pausa, son tres horas de subir, subir y subir. El paisaje, a medida que te elevas, es cada vez más amplio y hermoso. Al final la desesperación y el cansancio abruman y uno arranca a preguntarle a todo el que viene bajando que cuánto falta con cara de tragedia profunda. Las respuestas variaban entre una hora y quince minutos. Supongo que dependía de las percepciones y el paso de cada quién. Finalmente, llegamos. Patricia en súper mejores condiciones que yo a pesar de una década más de vida y tres muchachitas. Me parece que tengo que empezar a hacer ejercicio...
Arriba parecía un cuento de hadas con arbustos, nieve, arroyos y pinos cubiertos de musgo que luego dan paso a unas lajotas de piedra y de ahí el abismo, el rugir del agua y la vista franca se apoderan de todo. Paramos a ver el paisaje y luego bajamos el barranco agarradas de una barandita para llegar al lugar exacto en que el río se precipita 440 metros bañando el paredón de piedra. Hay una brisa furiosa, es helado y emocionante. El vértigo es inevitable. Sonreír enorme, también.
Conseguimos un rinconcito soleado junto al río, protegido del viento, y nos sentamos a comer nuestra merienda. Repetimos lo de la siestica, divina y reparadora para arrancar camino abajo. Para mí, la peor parte. Patricia andaba con una rodilla mala e igualito iba más rápido que yo. Menos mal que la luz estaba comenzando a ponerse hermosa y gocé tomando fotos todo el camino, porque la verdad es que se hace medio eterno bajar todo eso, duelen las rodillas, la espalda y los deditos de los pies, pero el paisaje y la felicidad de saber que estuviste encaramado allá arriba alivian todo.
Esa noche los chicos bajaron tarde de la pared y nos encontramos en la pizzería de Curry Village para echarnos los cuentos.
A la mañana siguiente nos dolía todo, yo pasé una noche terrible gracias unas las alitas de pollo picantes que decidí comerme la noche anterior, tuve que levantarme de madrugada a escribir y mandar mi columna de UB, que menos mal que a mi jefecito le gustó, y recogimos campamento. Esa noche nos tocaba dormir en camita de hotel invitados por Horacio y Patricia que son lo más consentidor y generoso que hay. El biologuito tenía las manos hinchadas y las rodillas rotas.Estábamos apaleados. Igual Patricia y Horacio, así que el último día en Yosemite decidimos tomárnosla con calma. Los varones escalarían algo sencillo y nosotras agarramos un paseíto a caballo de un par de horas para luego ir en carro hasta Glaciar Point a ver la vista.
El paseo a caballo era, en realidad, en unas mulas enormes, preciosas y orejonas que le echan pichón a esos caminos de piedra sin dudar. Es tranquilazo, con lindos paisajes como todo en Yosemite, y se llega hasta Mirror Lake, lo que alguna vez fue un lago artificial que dejaron de llenar de agua cuando entendieron que no tenía sentido hacer algo así en un lugar natural tan estelar como ese. De ahí regresamos bordeando el río viendo piedrotas enormes y bosques encantado. Llegamos felices y relajadas. Bueno, yo con un poquito de dolor en las nalgas por la falta de costumbre, para Patricia que monta caballo a diario, esto era como caminar.
De ahí pasamos por Curry Village a comer y emprendimos camino a Glacier Point por una carreterita angosta y empinada repleta de nieve por todos lados que habían cerrado hasta ese preciso día. Cuando llegamos a arriba lo primero fué darnos cuenta de que no estábamos vestidas para ese pacheco, pero la vista era tan asombrosa que no importaba nada, igual nos bajamos a gozarnos todo el valle desde arriba, vimos las cascadas a las que habíamos subido, las piedrotas que los varones había escalado. Todo al alcance de nuestros ojitos anonadados. Majestuoso Yosemite.
Esa noche nos regalaron una exquisita cena de despedida, nos bañamos con agua caliente y dormimos en una camota para recuperar energías. Amanecimos felices, desayunamos como reyes y agarramos carretera de regreso a San Francisco desde donde les escribo. Ya les contaré de mis peripecias citadinas con el biologuito en esta ciudad de casas antiguas, edificios modernos, tolerancia y desarrollado sentido de la conservación.





















