20 junio, 2011

LAS TORTUGAS DE QUEREPARE

La primera vez que fui a Querepare estaba con mi mamá y nuestra amiga común -primero suya y yo la adopté- Tamara Rodriguez. Tamarita es periodista y cheff, vive en Río Caribe y se sabía el cuento de que había unos biólogos en una playita antes de Las Galdonas fajados tratando de salvar tortugas marinas. Nos fuimos para allá. No se me olvida lo romántico de la escena, Hedelvy, la mamá tortuga y varios biólogos entre venezolanos y latinoamericanos trabajando en conjunto con voluntarios de la comunidad. Despelucados, entregados, felices. Esa noche vimos cuatro tortugas anidar, la que más me impresionó fue la segunda: una tortuga Laud cuyo caparazón medía 1.98mts. Recuerdo que cuando comenzó a poner los huevos me dejaron acercarme más, ella estaba en trance y ni me sentía. Su cabeza era enorme, la levantaba suavemente y hacía extraños sonidos guturales. Ese momento me marcó.
La segunda vez fui con Fede a ver tortuguitas nacer. Fue hermoso, no exactamente lo que me esperaba, porque en lugar de verlas salir de la arena, vi a Leila, una bióloga argentina, excavar en busca de los tortuguillos que se habían quedado atrás. Eso se llama hacer una exhumación y se hace dos días después de la eclosión natural de los huevitos. Igual fue conmovedor ver a estos animalitos correr en frenesí natatorio y perderse en la inmensidad del mar.
Pero la tercera vez, definitivamente, es la vencida. Ando fajada con mi proyecto de hacer un libro con 7 relatos Al Aire Libre y el proyecto CICTMAR (Centro de Investigación y Conservación de Tortugas Marinas) en Paria, no podía faltar. Hablé por teléfono con Hedelvy y me dijo que los patrullajes para ver tortugas anidar se terminaban el 15 de Junio. Era 9 y yo había llegado hace dos días de pasarme tres semanas en California. No importó nada, era esta la oportunidad de oro para, en un mismo viaje, ver tortugas enormes anidar y tortuguillos frágiles asomar sus cabecitas a ras de la arena y correr hacia el mar. No me lo pensé mucho y a Fede no cuesta nada convencerlo de agarrar carretera. 
El domingo 12 estábamos saliendo de Caracas tempranito en la mañana con encargos de Hedelvy para llevar a Paria, instrucciones específicas para el uso de la casa de los biólogos y toda la ilusión del mundo. Llegamos a Río Caribe en la tarde, hablamos con Kaela, una hermosa "mamá tortuga" local que nos hizo reflexionar muchísimo. Kaela nos contó que la comunidad ya ha tomado conciencia y protege a las tortugas, que el problema seguimos siendo los visitantes que no entendemos las normas, que queremos molestarlas con el flash de la cámara, poner música altísimo y meter los carros en la playa. El ecoturismo se plantea como una posibilidad sustentable para salvar a este proyecto, pero con turistas que no aprecian la oportunidad de recibir a una tortuga en la playa, y no entienden la solemnidad del momento, estamos lejos de lograrlo. Hay que educar a la visita, hay que tomar conciencia y eso lo dejó bien claro Kaela.
A las 5:30 nos recibió Alexander en Querepare. Veníamos de casi 9 horas de carretera, así que dormimos hasta las 8 y nos fuimos a patrullar con él. Esta vez no había biólogos, la situación de CICTMAR está difícil y no tienen con qué contratarlos, pero estaba Alexander, un joven querepareño que adora a las tortugas, lo que le falta de conocimiento técnico -que es poco, me sorprendió lo bien capacitado que estaba- le sobra en sentido de pertenencia, responsabilidad y empeño. Lo acompañaba Antonhy, un chamo de 15 añitos y pocas palabras que también colabora con CICTMAR.
Nos encontramos con ellos al final de esa playa de más de un kilómetro de largo que es Querepare y comezamos a caminar, a la tercera vuelta nos encontramos con lo que habíamos soñado ver durante todo el trayecto: una tortuga Laud o Cardón Pariano estaba en la arena para anidar. Federico nunca las había visto, estaba fascinado. Yo no me podía creer la suerte, la noche anterior no vieron ni una, ya estábamos al final de la temporada y sin embargo ahí estaba ella buscando el lugar adecuado para dejar descendencia.
Su comportamiento fué anómalo. Hizo un primer hueco muy cerca de la orilla y se le desbarató, hizo un segundo y pasó lo mismo. Generalmente a la segunda se cansan y deciden dejarlo para otra noche, pero ella hizo otro y al cuarto fue que por fin depositó sus huevitos. Alexander los recogió cuidadosamente en una bolsa plástica para reubicarlos en el vivero donde estarían mejor protegidos. La midieron, tomaron todos sus datos y se fueron al vivero a hacer lo suyo. Nosotros decidimos quedarnos a verla hasta que volviese al agua. Entonces nos sorprendió, aún más, lo que hizo. Se pasó por lo menos una hora tapando todos y cada uno de los huequitos que había armado sin éxito esa noche. Lanzó arena a diestra y siniestra con sus aletotas anteriores, presionó arena con sus aletas posteriores, dió vueltas, vino, regresó, volvió y finalmente decidió irse al mar. Fue el gran momento de la noche ver a ese animal legendario caminar decidida hasta el agua y fundirse con las olas. La luna estaba enorme y todo lo alumbraba. Nos despedimos y volvimos a la casita en el pueblo a las 2:30am. Felices.
A la mañana siguiente nos paramos tarde y cansados, desayunamos y nos fuimos a la playa a dormir en la arena. Los curiosos niños del pueblo lo hicieron imposible urgando en nuestros rostros, equipos fotográficos y hasta en los libros que llevábamos. Uno de ellos me preguntó si éramos "tortugueros" -así le dicen en el pueblo a los que trabajan o visitan CICTMAR- y comenzó a hablarme sobre lo importante que era cuidar a las tortugas. Irónicamente, en sus manos se batía desesperado un pajarito silvestre que su padre había cazado para "meterlo en una jaula a darle comida".
En la tarde llegó Alexander, que había estado patrullando hasta las 4am, nos dijo que nuestra tortuga fue la única de esa noche, que teníamos suerte. Entonces se puso manos a la obra junto a Antonhy y abrieron un hueco para poner los desechos de la exhumación que iban a hacer. Cuando llegamos al vivero me di cuenta de que en el nido justo al lado del que íbamos a revisar, se asomaba una cabecita oscura y pequeña, la arena hervía y poco a poco varias cabecitas intentaban asomarse. 
Hicimos la exhumación, pero debo confesar que mi atención estaba toda en aquel nidito vivaracho justo al lado. Fuimos a la playa a liberar a las sobrevivientes y al regreso nos encontramos a Alexander con un tobo repleto de tortuguillos, les hizo una rampa en la arena y las soltó con suavidad. Era una locura ver a más de 50 criaturitas lanzarse en cambote al agua. De las cosas más bonitas que me ha tocado presenciar en la vida.
Dormimos temprano y dando asco de la felicidad. El martes me levanté temprano a tomar unas fotos de la playa y recabar datos de las señoras que cocinan para los visitantes, los que alquilan las cabañitas en Querepare y los que hacen paseos en lancha a otras playas. La mamá de Alexander, Ismary, dueña de la bodega y una de las que ofrece comida, nos invitó un hervido de pescado que nos dejó nuevecitos. Recogimos todo y arrancamos a Cipara donde CICTMAR también tiene proyecto de tortugas. Lamentablemente estaban arreglando el camino y no pudimos llegar, así que dimos media vuelta y nos fuimos a Playa de Uva donde Marta y Lilo nos tenían almuercito y grata conversa. Al llegar, Marta me dijo que tenía una villa disponible. Una oferta irrechazable, bajamos los peroles y decidimos quedarnos a dormir siesta con vista al mar y pasar la noche ahí aunque el plan inicial fuera dormir en casa de Tamara y Juan en Río Caribe. Llamé a Tamara y me dijo "yo tampoco le habría dicho que no a levantarme entre los pajaritos y el mar, pero no se pierdan la cena corsa". Así lo hicimos, salimos a Carúpano a las 7pm para gozarnos el festival de comida corsa en el que Tamara presidía los fogones y comimos como reyes. Volvimos a Playa de Uva donde Marta y Lilo nos esperaban con una botella de vino para ver fotos y hablar bajo la luna. Una noche perfecta, sin duda.
Nos levantamos temprano, con lluvia, y arrancamos a Caracas. 
El viaje se hizo largo y pensé mucho en cuánto apoyo hay que darle a iniciativas como CICTMAR, una fundación que trabaja con las uñas y el alma. Hoy les pido, con todo el cariño del mundo, que entren en www.tortuadopcion.com y adopten una tortuguita pariana, que corran la voz, que inviten a otros a hacerlo, que si están en una empresa con recursos para ayudar lo intenten. Las tortugas marinas son viajeras incansables, protegerlas de la extinción es una labor global titánica y aquí tenemos una oportunidad de colaborar para que nuestros hijos puedan ir a Querepare, ver a un animalote hermoso poner sus huevos y a unos pequeñines correr al mar. Cuento con ustedes.

11 junio, 2011

SEATTLE Y LOS AMIGOS

Tras la lunita de miel aniversario en San Francisco, agarramos el Bart hasta el aeropuerto de Oakland,  nos encaramamos en un vuelo barato de Southwest Airlines (la línea aérea del corazón) y arrancamos para Seattle a visitar a Frank y Denise, dos grandes amigos de Fuco de toda la vida.
Frank nos buscó en el aeropuerto y durante todo el camino a la casa los varones hablaron de escalada, escalada y nada más que escalada, yo aproveché para ver la ciudad por la ventana. Llegamos a su casa en las afueras de Seattle, una casita morada, lindísima, toda de maderita con su jardincito y escaleritas para entrar. Dejamos el maletero y bucamos a Mateo y Amelia, los hijos de Frank y Denise, para ir a comer en Happy Dragon, un restaurancito chino riquísimo muy cerca de ahí. Adoré a los chamos desde el primer momento, divinos, simpaticazos y cero malcriadeces o berrinches. Es muy tierno escucharlos hablar en su español de niños nacidos en Estados Unidos que mezclan palabras con un fuertísimo acento. Riquísimos. En la tarde acompañamos a Frank a llevarlos a la natación y los saludamos desde las graditas.
Esa noche llegó Denise y finalmente la conocí. Una dulzura de persona, pensé que sería más ruda teniendo como referencia que maneja avionetas, escala, salta en paracaídas, etc. Y sí, puede que sea ruda para hacer esas cosas, pero de trato es lo más suave y pana que existe. Frank también es un encanto, un chalequeador nato y un tipo súper calmado y buena onda. Cosa que no me extraña, porque la verdad es que, si Fuco los quiere tantísimo, es porque son un par de seres especiales que han criado a dos muchachitos divinos.
Al día siguiente todos en la casa tenían trabajo y colegio, así que nos agarramos el día para andar agarraditos de la mano recorriendo Seattle. Preciosa ciudad. La primera parada fue en REI, una tienda de outdoors increíble, enorme, surtidísima, en la que nos pasamos horas viendo cualquier cantidad de perolitos que no podíamos comprar. De ahí caminamos hacia el centro persiguiendo en el horizonte al gran ícono de la ciudad: el Space Needle, una torre con forma de platillo volador alrededor de la cual se agrupan algunas de las grandes atracciones de la ciudad. Vimos la torre, decidimos no pagar para subirla y nos metimos de cabeza en una estructura que se nos hizo mucho más llamativa: las paredes redondeadas, metálicas y coloridas del EMP, el museo de ciencia ficción y música de Seattle (www.empsfm.org). Ahí gozamos con la exposición de Jimmy Hendrix y la de Nirvana y el grunge, pero las de ciencia ficción... la verdad es que no es mi tema favorito, así que les dimos una brevísima pasada de reconocimiento y listo. Luego pasamos por una parte en que ofrecen estudios de música para que los que saben de eso puedan entrar y grabar lo que les provoque, eso me pareció brutal y añoré haber nacido con algunita capacidad musical.Lástima que soy sorda como una tapia.
De ahí salimos cantando, pasamos por un parque con montones de esculturas frente al mar y caminamos hasta el Fish Market para cenarnos par de sanduchotes de salmón y sopita de almejas viendo la inmensidad del Océano Pacífico Norte. Agarramos autobús de vuelta a casita para ir al súper cine que había cerca y ver Piratas del Caribe en Imax 3D. Como decía la promo: "bigger than life", las imágenes y el sonido resultaban casi abrumadoras en esa pantallota. Estuve feliz viendo al guapo de Jhonny Deep en ese tamañote.
Al día siguiente al pobre Fede se le desató un malestar horroroso, así que apenas salimos a hacer una diligencia de banco, pasamos por una librería, almorzamos en Tom Thai y nos quedamos toda la tarde viendo películas y descansando en la casa para que mi pobre pichipuchi se recuperara antes del súper fin de semana que venía. Esa noche Denise y Frank tenían un concierto de U2 y nosotros nos quedamos cuidando a los peques y comiendo pizza. 
Amelia, que es la cosita más linda y femenina que existe, me pidió que le pintara las uñitas de los pies y me derretí con esos deditos de juguete que tiene la mununa. Mateo intentó malandrearnos para no bañarse y acostarse tardísimo, pero logramos nuestro cometido negociando con él ambas cosas.
La mañana siguiente estuvo de recontra lujo, una pepa de sol sin una sola nube se apoderó del sábado. Desayunamos en la casa y salimos a un aeropuertico cercano donde está la escuela de aviación en la que Denise aprendió para que nos hiciera un vuelo escénico. Imagínense qué emoción poder ver Seattle y sus arlededores (estamos hablando del espectacular Pacífico Norte con mar, fiordos, bosques, montañas y más montañas nevadas por todos lados, cascadas, puertos y la ciudad) desde el cielo con una chica preciosa que, además es tu pana, al mando. 
Para mí fue el gran súper momento del viaje y deliré tomando fotos y abriendo los ojos grandotes para intentar abarcarlo todo. Espectacular y emocionantísimo. Nos bajamos fiebrudísimos y fuimos a comer a un restaurante vietnamita en la ciudad. Exquisito. Lo que más me gustó es que casi todo se comía con las manos y lo confeccionabas tú mismo. Luego buscamos a los chamos y nos pasamos la tarde echados en un parque leyendo, dormitando y comiendo cerecitas.
El domingo fue día viajero, arrancamos en dos carros vía Vancouver en Canadá, que queda a apenas un par de horas, para visitar un lugar llamado Squamish donde los varones iban a escalar y las madres y niños a hacer pic nic. Allá nos encontramos con Carlos, Patricia, Juancho, su esposa y la respectiva prole de cada quién. Hicimos mercadito y fuimos, entre lagos y montañas nevadas, hasta donde estaban las paredes de escalar. Los chamos gozaron a más no poder, las madres quedaron exhaustas y los chicos fueron felices escalando. Yo, estuve leyendo mientras veía a Fede treparse como una araña y me deleité con la lindura del paisaje.
 Esa noche regresamos tarde a casa, Denise y yo cantamos como locas y hablamos sin parar todo el camino, volvimos a comer pizza y nos acostamos medio muertos. 
A la mañana siguiente nos tocaba acomodar el equipaje y hacer el viaje larguísimo de vuelta al hogar. Frank nos dejó en el aeropuerto, agarramos nuestro vuelo de dos horas a Oakland, nos perdimos en el Bart y pasamos hora y media para llegar al aeropuerto de San Francisco, ahí recibimos el notición de que Taca nos había metido en primera clase para resarcirse por el incidente de las maletas cuando llegamos, cenamos chino, esperamos nuestro vuelo que salía a la 1am, nos vacilamos cómo era eso de ir en los asientotes de primera y comer rico, paramos en San Salvador, volvimos a turista, seguimos hasta Costa Rica y de ahí, finalmente, a casa. 
 Nos recibió el calor, un taxista chanchullero y nuestra perrita keala meneando la cola. Caaaaasiiiiita, casiiiiiiiiiiiiiiiiitaaaaaaa, como dice Simón Díaz en la canción.



08 junio, 2011

EL AMOR Y SAN FRANCISCO

Si por alguna razón de la vida yo tuviera que irme de aquí o buscara una ciudad del primer mundo para hacer un curso de lo que sea, sin lugar a duda, San Francisco estaría de primera en mi lista de opciones. Qué ciudad tan hermosa, tan sabrosa, amigable, culturalmente atractiva, espléndidamente tolerante y VERDE, verdísima! No sólo por sus parques que son una delicia, es porque en todas partes te invitan a reciclar, reducir y re usar, se prefiere lo orgánico a lo industrial y se buscan nuevas edificaciones que sean sustentables y amable con el entorno. Merece especial atención el edificio de la Academia de las Ciencias, donde además de unas exposiciones interesantísimas, un acuario estelar y una selva tropical, tienen un techo vivo que mantiene fresca la instalación todo el año, paneles solares y mucho vidrio por todas partes para utilizar menos luz artificial. Hermosísimo, vale la pena visitarlo aunque la entrada resulte cara. Además, ninguna ciudad podía resultar mejor para celebrar 2 años de felicidad caminando, comiendo y gozando.
En fin, Fede y yo (sí, a partir de hoy ha dejado oficialmente de llamarse el biologuito y pasa a tener nombre propio tras dos años juntos) llegamos de Yosemite, devolvimos el carro y nos instalamos en un hotelito pequeño muy cerca del centro de la ciudad que habíamos conseguido en oferta por internet. Era en un edificito de los viejos, sin ascensor, de regadera escasa, mobiliario antiguo, nada parecido a un loby, absolutamente básico y encantador. Esa noche estábamos muertos y no salimos ni a comer, nos tocaba dormir y más nada para recuperarnos de las respectivas caminatas y escaladas en Yosemite.
A la mañana siguiente comenzó la ronda de reconocimiento que duraría apenas tres días. Como el tiempo estaba recontra espectacular, decidimos caminar y caminar. Arrancamos hacia Haigth Ashbury, zona de tienditas hippies, librerías pequeñas, cafés y edificitos victorianos. Gozamos entrando a todos los locales a curiosear, una ricura. Mucho diseño, marihuana, arte y tai dai. 
De ahí, derechito, llegamos hasta el Golden Gate Park, enorme, perfectísimos todos sus jardines repletos de californianos disfrutando un domingo soleado. Ahí entramos un ratote largo a la Academia de las Ciencias y recorrimos cada una de las exposiciones. Fue divertido ver la de la selva tropical y entender cuán más exhuberante resulta vivirla en el jardín de la casa. Cuando lo cerraron, seguimos hacia el Conservatorio de Flores a ver maravillas en maticas. 
Cerramos la tarde agarrando un autobús hasta el puente Golden Gate, el grán ícono de San Francisco, que con esa tarde soleada se dejó ver en el máximo esplendor. Lo recorrimos, lo fotografiamos y agarramos otro autobús que nos dejaba cerca del Fisherman's Warf, una zona frente al mar que pasó de ser un montón de depósitos a un montón de restaurantes y atracciones repleto de turistas. Ahí cenamos los mariscos más frescos y ricos de la vida en el Fish Market, hablamos con el señor que atendía la barra y agarramos el único taxi del viaje hasta el hotel. Hacía demasiado frío para caminar y no sabíamos cuál autobús agarrar a esa hora.
El día siguiente se lo dedicamos enterito al SFMOMA, el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Nos metimos un desayuno resuelto y entramos al museo hasta que cerró. Fascinante. Había una exposición maravillosa de la colección de los Stein, una familia que se dedicó a coleccionar obras de Picasso, Matisse y el movimiento Avant-Garde parisino y hacerse íntimos amigos de ellos. Tanto las obras como los intrínculis de la familia y sus amistades eran espectaculares.  No hay fotos porque no se vale en el museo.
De ahí fuimos bajando piso por piso gozando con las maravillas expuestas, pero sobre todo, con lo extraordinariamente bien montadas que están, no es sólo deleitar las pupilar con arte, es, además, cultivar el conocimiento con las explicaciones que provee el museo con la más absoluta frescura didáctica. Divino, de verdad. Lo amé. Además, fué rico compartir con Fede en el museo las sensaciones, opniones, diferencias. Es estimulante andar por la vida con un hombre culto y sensible. Cada experiencia que vivo con él me enamora más de ese cerebro extraordinario que acompaña su bello cuerpito de escalador.
La tienda del museo, cuando saliste de ver tanta maravilla... ni hablar, para lanzar cohetes y bajarse el cupo enterito en libros y curiosidades de diseño. Me sacaron a patadas porque era hora de cerrar.
Como estaba oscureciendo tardísimo, aprovechamos para ir a Chinatown a curiosear tienditas y celebramos nuestro segundo aniversario en The Emperor, un restaurante chino elegantísimo donde degustamos cuanta cosita rica se nos ocurrió junto a sendas copas de vino y una vista de la bahía inmejorable. Caminamos abrazados hasta el hotel. Han sido dos años maravillosos, plenos, felices.
La tercera mañana en San Francisco desayunamos sólo yogurt y caminamos hasta North Beach donde está el barrio italiano. En la vía pasamos por Chinatown y entramos a Vital Tealeaf porque estaba lloviendo y no nos queríamos mojar. Vital Tealeaf (www.vitalTleaf.com) es una tienda de té donde Herman, un vietnamita delicioso no puso a degustar cualquier cantidad de maravillas. Fue uno de los momentos más ricos del viaje. La música, la probadera, la personalidad de ese chico. Perfecto todo. Salimos de ahí con maravillas en té y una linda teterita para revivir la felicidad en casa.
Seguimos rumbo a nuestro destino, entramos en las librerías y cafés donde se reunía la generación Beat y, recomendados por Herman, almorzamos en The Stinking Rose, un restaurante italiano que se especializa en ajo. Es más, como dice su menú, ellos sazonan sus ajos con comida. No soy dada a exesos en esta "rosa olorosa", me muero repitiéndolo luego, pero paré en la farmacia a comprar un Pepto Bismol y entré a ver qué es lo que era. San dios eso sí que valió la pena. Comimos una pasta con almejas y, por supuesto, ajo, que era delirantemente exquisita. Luego nos dejaron probar el helado de ajo que me pareció un horror y nos decidimos más bien por una copota de tiramisú memorable. 
Con la barriga llena y el corazón extasiado caminamos muy lentico hasta la Torre Coit, un faro con bella vista de la bahía y murales asombrosos que ilustran la visión de artistas influenciados y dirigidos por Diego Rivera durante la Gran Depresión. Sumamente polémicos, vale la pena acotar, algunos fueron censurados por "comunistas". 
Cansados, decidimos dormir un ratico en el hotel para salir a cenar a Japantown. Vimos un peli loquísima y cerramos el viaje con sushi riquísimo, sopita y cerveza japonesa. Enamorados de la ciudad, enamorados en general y con las maletas listas para visitar a Frank y Denise en Seattle. Ese ya será otro post.