22 julio, 2011

EL SUR DEL LAGO

Cuando fui al Morichal Largo con Biotrek conocí a Yoel, un maracucho de pocas palabras y hermosa sonrisa que me habló del Relámpago del Catatumbo, los pueblos de agua, y un señor llamado Alan que llevaba a la gente para allá. Enseguida se fijó en mi cabeza la idea de ir. Ni hablar cuando entré en www.cocolight.com y vi las fotos. A partir de ese momento se convirtió en una fijación. Hablé con Alan, me dijo que esperara a Agosto para que la lluvia alborotara al relámpago y que si podía coincidiera con una luna llena.
Así lo hice, invité a mi madrecita santa y dió la linda casualidad de que la fotógrafo Suwon Lee decidiera ir el mismo fin de semana que nosotras. Viajamos al Vigía en avión un sábado en la mañana y Alan nos buscó en el aeropuerto. Su acento cobró sentido cuando vi a el hombre alto y rubio que es él. Alan es un surfista de Barbados al que se le acercó la mujer más bella que hubiese visto en su vida en un bar. Esa mujer es venezolana y es su esposa hasta el sol de hoy. Se vinieron a vivir a Mérida y tras trabajar en la hacienda del suegro, le entró la espinita de ser guía. Comenzó a la loca. Buscó a un señor en el aeropuerto y le dijo que lo llevaba a un lugar hermoso, una selva en el piedemonte zuliano, un hombre que siente tanta pasión por la naturaleza no puede ser un mal guía. La cosa funcionó y creció poco a poco. Las constantes talas de sus bosques lo obligaron a adentrarse más en la geografía. Años después, luego de  mucho ir y venir con visitantes de todo el mundo, compró una casita en Ologá.
A esa casita llegamos el sábado en la tarde tras salir de Puerto Concha, comer chicharrón de pescado en un palafito y navegar viendo pequeños delfines. El paisaje me impactó. Ologá, el pueblito al que llegamos, está en una laguna que lleva el mismo nombre. Los palafitos de colores se aprietan junto a un itsmo que los separa del Lago de Maracaibo. Un poquitico más allá está la casita azul de Alan con un cuarto con literas, un cuarto para los peroles, una cocinita, terrazas, embarcadero, y su jardín es una lengua de tierra repleta de cocoteros. Imposible más básico en comodidades, imposible más hermoso en paisaje. Guindamos las hamacas y esperamos a que bajara el sol para salir a tomar fotos. Mientras tanto Alan, que es arrebatadoramente apasionado en los temas que le interesan, nos explicó enfático la teoría,  desarrollada por el meteorólogo Julio Lescarboura y confirmada con sus años de meticulosa observación y documentación, que explica al relámpago como producto de una situación topográfica única. Una combinación que se da por los vientos fríos que vienen de las cordilleras que lo rodean y el vapor caliente que mana del Lago de Maracaibo generando una tormenta perenne en medio del lago que resulta mucho mayor y más impactante que el fenómeno estudiado sobre el Río Catatumbo. La polémica al respecto lo revuelve y es vehemente al hablar del tema. Saca gráficos, mapas, testimonios. El relámpago es su obsesión y le brillan los ojos cuando habla de él.
Esa tarde me doy banquete con la luz, el espejo de agua de Ologá, los colores de los palafitos y el zaperoco generado por la procesión de la Virgen del Carmen. Nos reímos a carcajadas cuando notamos que la lancha que lleva a la Virgen se llama Diávola y tiene una diabla sensual pintada en rojo. Debe ser esta la definición de ironía. Clásicas locuritas del imaginario venezolano.
Nos vamos a cenar y nos acostamos a esperar que comience el show nocturno. La parranda en Ologá dificulta el sueño y a la 1am Alan nos despierta eufórico -"¡Comenzó! 
Salté de la hamaca y agarré mi cámara ya montada en el trípode. Salimos al patio de atrás y nos instalamos entre las palmeras a intentar capturar ese instante efímero en que el cielo se ilumina de electricidad. Largas exposiciones, experimentos, distintas perspectivas. En una de esas pongo 30 segundos y me voy a buscar mi silla que había dejado por ahí regada. Siento una lucesota a mis espaldas, Alan grita exitado y pienso que ojalá la cámara lo agarre. Busco y mi silla y cuando vuelvo me encuentro con un rayote que ilumina hasta el agua congelado en mi lente. Pego alaridos. Tengo mi foto del Relámpago del Catatumbo.
A las 3:30am finalmente me acuesto, o hago el intento, entre la alegría y el zafarrancho musical que se armó en Ologá por la procesión, me cuesta horrores conciliar el sueño. Abro un ojo a las 5am y veo un amanecer fucsia. Mea culpa fotográfica. Pudo más el sueño, no me levanté a tomar la foto.
A las 7 nos paramos a desayunar y salir a un caño de la Laguna de Ologá a ver fauna, pero sobre todo, a compartir con Alan otra de sus grandes aficciones: las mariposas. Alan ha tenido el privilegio de nombrar especies y se siente orgullosísimo de poder enseñarlas. Una de ellas es una Morpho que brilla tornasol y otra es una hembra de Morpho que es gris en lugar de azul brillante. Logramos atraparlas, deleitarnos, fotografiarlas y dejarlas ir. Preciosas. Nos acompaña Alexis, que es algo así como el cacique del pueblo. El vocero, dice él. Un hombre divertidísimo, encantador, decide pasarse el resto del día con nosotros y prepararnos alguna comida. Intentamos que sean cangrejas, pero no se consiguen a esa hora con un Ologá enratonado y trasnochado.
Volvemos al palafito y quedamos noqueadas tras el almuerzo. El sopor es dueño y señor y el cansancio de la noche anterior su consorte. Caemos rendidas. Me levanto desesperada de calor e invito a mi mamá a bañarnos en las tripas de gandola que tiene Alan por ahí. Ya a las 4:30 salimos de nuevo a pasear, esta vez al Congo Mirador, otro pueblo de agua que, comparado con las dimensiones de Ologá, es una urbe. Tiene iglesia y Plaza Bolívar.
Abundan los banderines, asumo que se debe a la reciente celebración mariana. Compramos bocachico para freírlo, Alexis quería hacer mojito pero no encontró el pescado indicado. Recorremos la zona, nos montamos en la torrecita de la iglesia a ver desde arriba, hablamos con Delia, una doña de 75 años que nació ahí, vemos el cochinote que tiene junto a la casa. Unos niños jugando metras me recuerdan cuánto tiempo sin ver eso. Otros en una lancha esquían sobre una tablita de madera y gozan. Un pequeñito se traslada en un bidón de gasolina adaptado. Es otra vida la vida del agua.
Volvemos a Ologá, Suwon y yo pedimos que nos dejen botadas en las tripas y regresamos nadandito con el atardecer. Cenamos delicioso, el sabor del bocachico frito es una oda a la gula más insana. 
Esta vez, a las 3am, cuando Alan dice que comenzó el relámpago, me asomo, me parece que el de la noche anterior estaba mejor y me entrego a Morfeo de nuevo. Me siento mal cuando veo que Suwon sí se levanta, pero me alivia al día siguiente diciéndome que no salió casi nada. Alan nos había dicho que el relámpago merma la segunda noche después de la luna llena. Y Alan sabe.
El último día amanece nublado, nos levantamos tempranito, desayunamos y salimos. El Lago de Maracaibo está venteado y nos regresamos por el Río Catatumbo aunque sea un poquito más largo. Le agradezco a la vida porque el paisaje es espectacular y logro tomarle fotos a la Garziola, un ave elegantísima que jamás había visto.
Llegamos a Puerto Concha, Valenta se va a recorrer Santa Bárbara del Zulia y yo me voy con Alan y Suwon hasta un poco más allá del Vigía. Agarro un taxi hasta Mérida donde me encuentro -tras una barbaridad de cola cortesía de los quema cauchos- con mi amado Fede que estaba trabajando en el Campamento Sagarmatha. Subimos hasta Apartaderos, almorzamos y me pega la altura. Quedo anulada hasta el día siguiente que agarramos carretera hasta Caracas. Sin música, sin aire acondicionado, pero con la mejor compañía.
Para ver todas las fotos, click AQUÍ.


07 julio, 2011

EL CAURA

Hace años estuve navegando las aguas del bajo Caura en kayak, pero aún no conocía el Salto Pará y la curiosidad me comía las entrañas. Adoro el agua, los ríos y su fluir, me cautivan las cascadas, ese poder que derraman, esa energía derrochada me deja sin habla por horas. Me alucina. Tenía años queriendo ir.
Cuando Juan Carlos, de Akanan, me dijo que harían un Concierto en la Selva con Luis Julio Toro y que era en el Caura, convencí a mi madrecita santa -facilito- y arrancamos a Ciudad Bolívar el jueves en la tarde. Esa noche fue la alocución de Chavez develando su enfermedad. Llegamos a la posada a ver Globovisión, revisar las noticias online, comentar, hacer llamadas. Estábamos realmente impactadas, unidas al mutis nacional.
A la mañana siguiente Valenta se levantó de madrugada a hacer La Guarandinga, desayunamos con el resto del grupo y salimos a Maripa donde embarcaríamos la curiara río arriba. Nuestro guía fue Felix, al que ya conocemos y queremos de pasados viajes con Akanan (www.akanan.com). Iban dos doctores: Fabio y Lino, y dos periodistas: Adriana y Morellis. Fabio, un oncólogo de 40 años, dulce como un besito de coco, no se lo podía creer cuando vió a mi mamá, su heroína trashumante, entrar por la puerta del comedor de Casa Grande. Su expresión fue un poema.
 Ya en Maripa montamos el equipaje en la curiara de Enrique y su familia, me quedo impactada con la belleza de sus rasgos yekuanas, cada uno es más hermoso que el otro.
Llegamos al campamento Cocuiza, una lomita de grama verde rodeada de bosque y río crecido, una churuata grande para el comedor y la cocina, otra para las hamacas y un par más en construcción. Hasta un bañito acomodadito con sus pocetas blancas, todo un lujo en medio de la selva. Ahí nos encontramos con Luis Julio, el famoso flautista de Ensamble Gurrufío, hecho un forajido tras quince días entre los árboles. Es un tipo encantador, divertidísimo, gran conversador. Me quedo fascinada con todos sus cuentos, es absolutamente enfático y expresivo. Nos reímos mucho.
Con la tarde nos dimos un baño de río, cenamos rico y dormimos en hamaca. El grupo es sabroso y pequeño, disfrutamos la compañía y ese mismo día entramos en confianza como suele suceder en estos viajes.
Amanece rosado y navegamos hasta Nichare para almorzar y comprar artesanía. Valenta acapara el picante de ají en polvo, las taparitas y yo compro mañoco para Fuco que lo adora. Nos comemos unas piñas espectaculares de un conuco cercano y de plato fuerte costillas de morocoto, una de las exquisiteces más extraordinarias del sur del país. El morocoto es un pescado grande con una buena capa de grasa, su carne tiene muchísimo sabor. Aplausos de gula para Nilsa en los fogones. 
Seguimos hasta El Playón y el ambiente se enrarece. Cuatro curiaras verde oliva preceden la llegada. Ya las churuatas no son abiertas, hay que cerrarlas para que no roben. La presencia de los mineros que trajo consigo la presencia del Ejército, la miseria, la corrupción y el destrozo de valores intentan apoderarse del Playón que alguna vez fue un solitario destino de aventura ecoturística. Las churuatas para turistas se alquilan a Bs. 35 la hamaca, pero subirle 70lts de gasolina a un minero hasta el Pará son Bs. 400. Se imaginarán en qué prefieren trabajar los aborígenes de la zona, especialmente los sánema que son la etnia más desvalida. En el bajo Caura no se nota el destrozo ambiental de la mina, pero en el Alto son más de 80 hectáreas destrozadas y taladas según lo que me dijo un oficial. Un ecocidio barbárico. El Ejército va y los saca, pero en lo que se salen, los mineros vuelven. Está más fregado que nunca conseguir trabajo en Bolívar, las mafias de los sindicatos le exigen millonadas al obrero para trabajar en una construcción, así que la mina resulta la única opción. Y no es la opción fácil, para nada, mientras estábamos allá llegó un minero con la pelvis fracturada y una severa hemorragia interna, le había caído un talud de tierra encima y como le "decomisaron" el oro, no tenía como salir de ahí. Era un joven en sus veinte cortos, su tía lo estaba acompañando y lloraba desesperada tratando de que él no la viera para que no se angustiara. Lo bajaraon en una hamaca durante dos días por la selva. Mi madre hizo magia y lo sacaron. La situación es complejísima, nos se trata de malos o buenos, es mucho más complicado que eso.
Menos mal que el agua se lleva las penas y de eso sobra en El Playón. Esa noche prendemos un puño de velitas bajo un árbol a menera de escenario para el arte de Luis Julio Toro, él nos recompensa con un concierto conmovedor, sentido, la gente de otros campamentos se va uniendo, dejándose cautivar por esa pasión brotada en música que es Luis Julio cuando sopla una flauta. La lluvia obliga a un intermedio con cambio de escenario, terminamos el concierto bajo techo en una de las churuatas. Llueven aplausos y elogios.
Tras la noche de euforia musical nos levantamos temprano para caminar hasta el Salto Pará. Felix dice que no, que el de arriba es Las Pavas y el de abajo el Pará. Pero no me dejo cambiar la seña y decido que caminaré tres horas, en medio de la selva exhuberante, hasta llegar y conocer el Salto Pará. Valenta y yo vamos a buen paso y en hora y media llegamos al escándalo de agua. En verano te puedes bañar en la laguna del salto, ahora, en pleno invierno, es impensable. El derroche de poder del salto es abrumador. Sólo estamos mi mamá, yo y el Teniente Fonseca que pasa a saludar. Mis ojos se clavan en el agua, durante los primeros 20 minutos no puedo ni hacer fotos. Estoy derretida frente al Pará. Eufórica.
Llega el resto del grupo, se hacen las fotos de rigor, se escucha el asombro colectivo y almorzamos fascinados con el agua. Me doy un baño más arribita donde no hay corriente que me lleve salto abajo y comenzamos el camino de vuelta pasando por un mirador de piedra negra y sol aplastante. Veo todo el Caura y mucho cielo, bajamos por una piquita empinadísima y llegamos al Playón con ganas de tomar refrescos fríos y de colores. Esa noche caemos desamayados en las hamacas.
Comienza el regreso con otra parada en Nichare para almorzar, me voy con Felix, mi mamá y Fabio, a ver el conuco de Enrique. Da tristeza lo abandonado que lo tiene, lo de trabajar con turistas no le da tiempo para sus otras cosas y los hijos se han ido a la ciudad a estudiar.
Volvemos a Cocuiza donde un grupo de Valencia ocupa nuestra churuata anterior, nos acomodamos entre el comedor y una de las churuatas en construcción. Esa tarde veo a una niña jugar sola, debe tener cerca de 6 ó 7 años, cuando pregunto por ella me entero que es una niña sánema que le regalaron a Nilsa, la mujer de Enrique. Así es la selva. Su padre, de la etnia sánema, la más pobre de la región, no tiene como mantenerla. Se la dieron a Nilsa para que la crie y la ponga a trabajar con ella. La niña no habla ni yekuana ni español. Su soledad me abre un hueco en el alma que lloro hasta crecer el Caura. Tuvo suerte la niña, la familia de Nilsa y Enriques es hermosa y tiene bastante trabajo, su destino podría haber sido bastante peor. Pero me ensordece el ruido de su soledad. El atardecer no regala luces de colores, parece solidarizarse conmigo y la niña sánema.
Amanece rosado escandaloso, es otro día y aprovecho para hacerle unas lindas fotos a Luis Julio y su flauta, luego se tapa y desayunamos para arrancar hasta Maripa y volver a la civilización. En el camino encontramos a una pereza que cayó al agua y parece exhausta de tanto nadar, en lo que le ponemos un palito se aferra con sus largas garras y se deja llevar hasta un árbol donde se queda quietica. Parece agradecida, me permite tomarle fotos y hacerle un cariño en la cabeza. Cierra los ojitos cuando la toco. Me deja una sentida sensación de paz con ese Caura que tanto me removió el alma.