Cuando fui al Morichal Largo con Biotrek conocí a Yoel, un maracucho de pocas palabras y hermosa sonrisa que me habló del Relámpago del Catatumbo, los pueblos de agua, y un señor llamado Alan que llevaba a la gente para allá. Enseguida se fijó en mi cabeza la idea de ir. Ni hablar cuando entré en www.cocolight.com y vi las fotos. A partir de ese momento se convirtió en una fijación. Hablé con Alan, me dijo que esperara a Agosto para que la lluvia alborotara al relámpago y que si podía coincidiera con una luna llena.
Así lo hice, invité a mi madrecita santa y dió la linda casualidad de que la fotógrafo Suwon Lee decidiera ir el mismo fin de semana que nosotras. Viajamos al Vigía en avión un sábado en la mañana y Alan nos buscó en el aeropuerto. Su acento cobró sentido cuando vi a el hombre alto y rubio que es él. Alan es un surfista de Barbados al que se le acercó la mujer más bella que hubiese visto en su vida en un bar. Esa mujer es venezolana y es su esposa hasta el sol de hoy. Se vinieron a vivir a Mérida y tras trabajar en la hacienda del suegro, le entró la espinita de ser guía. Comenzó a la loca. Buscó a un señor en el aeropuerto y le dijo que lo llevaba a un lugar hermoso, una selva en el piedemonte zuliano, un hombre que siente tanta pasión por la naturaleza no puede ser un mal guía. La cosa funcionó y creció poco a poco. Las constantes talas de sus bosques lo obligaron a adentrarse más en la geografía. Años después, luego de mucho ir y venir con visitantes de todo el mundo, compró una casita en Ologá.
A esa casita llegamos el sábado en la tarde tras salir de Puerto Concha, comer chicharrón de pescado en un palafito y navegar viendo pequeños delfines. El paisaje me impactó. Ologá, el pueblito al que llegamos, está en una laguna que lleva el mismo nombre. Los palafitos de colores se aprietan junto a un itsmo que los separa del Lago de Maracaibo. Un poquitico más allá está la casita azul de Alan con un cuarto con literas, un cuarto para los peroles, una cocinita, terrazas, embarcadero, y su jardín es una lengua de tierra repleta de cocoteros. Imposible más básico en comodidades, imposible más hermoso en paisaje. Guindamos las hamacas y esperamos a que bajara el sol para salir a tomar fotos. Mientras tanto Alan, que es arrebatadoramente apasionado en los temas que le interesan, nos explicó enfático la teoría, desarrollada por el meteorólogo Julio Lescarboura y confirmada con sus años de meticulosa observación y documentación, que explica al relámpago como producto de una situación topográfica única. Una combinación que se da por los vientos fríos que vienen de las cordilleras que lo rodean y el vapor caliente que mana del Lago de Maracaibo generando una tormenta perenne en medio del lago que resulta mucho mayor y más impactante que el fenómeno estudiado sobre el Río Catatumbo. La polémica al respecto lo revuelve y es vehemente al hablar del tema. Saca gráficos, mapas, testimonios. El relámpago es su obsesión y le brillan los ojos cuando habla de él.
A esa casita llegamos el sábado en la tarde tras salir de Puerto Concha, comer chicharrón de pescado en un palafito y navegar viendo pequeños delfines. El paisaje me impactó. Ologá, el pueblito al que llegamos, está en una laguna que lleva el mismo nombre. Los palafitos de colores se aprietan junto a un itsmo que los separa del Lago de Maracaibo. Un poquitico más allá está la casita azul de Alan con un cuarto con literas, un cuarto para los peroles, una cocinita, terrazas, embarcadero, y su jardín es una lengua de tierra repleta de cocoteros. Imposible más básico en comodidades, imposible más hermoso en paisaje. Guindamos las hamacas y esperamos a que bajara el sol para salir a tomar fotos. Mientras tanto Alan, que es arrebatadoramente apasionado en los temas que le interesan, nos explicó enfático la teoría, desarrollada por el meteorólogo Julio Lescarboura y confirmada con sus años de meticulosa observación y documentación, que explica al relámpago como producto de una situación topográfica única. Una combinación que se da por los vientos fríos que vienen de las cordilleras que lo rodean y el vapor caliente que mana del Lago de Maracaibo generando una tormenta perenne en medio del lago que resulta mucho mayor y más impactante que el fenómeno estudiado sobre el Río Catatumbo. La polémica al respecto lo revuelve y es vehemente al hablar del tema. Saca gráficos, mapas, testimonios. El relámpago es su obsesión y le brillan los ojos cuando habla de él.
Esa tarde me doy banquete con la luz, el espejo de agua de Ologá, los colores de los palafitos y el zaperoco generado por la procesión de la Virgen del Carmen. Nos reímos a carcajadas cuando notamos que la lancha que lleva a la Virgen se llama Diávola y tiene una diabla sensual pintada en rojo. Debe ser esta la definición de ironía. Clásicas locuritas del imaginario venezolano.
Nos vamos a cenar y nos acostamos a esperar que comience el show nocturno. La parranda en Ologá dificulta el sueño y a la 1am Alan nos despierta eufórico -"¡Comenzó!
Salté de la hamaca y agarré mi cámara ya montada en el trípode. Salimos al patio de atrás y nos instalamos entre las palmeras a intentar capturar ese instante efímero en que el cielo se ilumina de electricidad. Largas exposiciones, experimentos, distintas perspectivas. En una de esas pongo 30 segundos y me voy a buscar mi silla que había dejado por ahí regada. Siento una lucesota a mis espaldas, Alan grita exitado y pienso que ojalá la cámara lo agarre. Busco y mi silla y cuando vuelvo me encuentro con un rayote que ilumina hasta el agua congelado en mi lente. Pego alaridos. Tengo mi foto del Relámpago del Catatumbo.
A las 3:30am finalmente me acuesto, o hago el intento, entre la alegría y el zafarrancho musical que se armó en Ologá por la procesión, me cuesta horrores conciliar el sueño. Abro un ojo a las 5am y veo un amanecer fucsia. Mea culpa fotográfica. Pudo más el sueño, no me levanté a tomar la foto.
A las 3:30am finalmente me acuesto, o hago el intento, entre la alegría y el zafarrancho musical que se armó en Ologá por la procesión, me cuesta horrores conciliar el sueño. Abro un ojo a las 5am y veo un amanecer fucsia. Mea culpa fotográfica. Pudo más el sueño, no me levanté a tomar la foto.
A las 7 nos paramos a desayunar y salir a un caño de la Laguna de Ologá a ver fauna, pero sobre todo, a compartir con Alan otra de sus grandes aficciones: las mariposas. Alan ha tenido el privilegio de nombrar especies y se siente orgullosísimo de poder enseñarlas. Una de ellas es una Morpho que brilla tornasol y otra es una hembra de Morpho que es gris en lugar de azul brillante. Logramos atraparlas, deleitarnos, fotografiarlas y dejarlas ir. Preciosas. Nos acompaña Alexis, que es algo así como el cacique del pueblo. El vocero, dice él. Un hombre divertidísimo, encantador, decide pasarse el resto del día con nosotros y prepararnos alguna comida. Intentamos que sean cangrejas, pero no se consiguen a esa hora con un Ologá enratonado y trasnochado.
Volvemos al palafito y quedamos noqueadas tras el almuerzo. El sopor es dueño y señor y el cansancio de la noche anterior su consorte. Caemos rendidas. Me levanto desesperada de calor e invito a mi mamá a bañarnos en las tripas de gandola que tiene Alan por ahí. Ya a las 4:30 salimos de nuevo a pasear, esta vez al Congo Mirador, otro pueblo de agua que, comparado con las dimensiones de Ologá, es una urbe. Tiene iglesia y Plaza Bolívar.
Abundan los banderines, asumo que se debe a la reciente celebración mariana. Compramos bocachico para freírlo, Alexis quería hacer mojito pero no encontró el pescado indicado. Recorremos la zona, nos montamos en la torrecita de la iglesia a ver desde arriba, hablamos con Delia, una doña de 75 años que nació ahí, vemos el cochinote que tiene junto a la casa. Unos niños jugando metras me recuerdan cuánto tiempo sin ver eso. Otros en una lancha esquían sobre una tablita de madera y gozan. Un pequeñito se traslada en un bidón de gasolina adaptado. Es otra vida la vida del agua.
Volvemos al palafito y quedamos noqueadas tras el almuerzo. El sopor es dueño y señor y el cansancio de la noche anterior su consorte. Caemos rendidas. Me levanto desesperada de calor e invito a mi mamá a bañarnos en las tripas de gandola que tiene Alan por ahí. Ya a las 4:30 salimos de nuevo a pasear, esta vez al Congo Mirador, otro pueblo de agua que, comparado con las dimensiones de Ologá, es una urbe. Tiene iglesia y Plaza Bolívar.
Abundan los banderines, asumo que se debe a la reciente celebración mariana. Compramos bocachico para freírlo, Alexis quería hacer mojito pero no encontró el pescado indicado. Recorremos la zona, nos montamos en la torrecita de la iglesia a ver desde arriba, hablamos con Delia, una doña de 75 años que nació ahí, vemos el cochinote que tiene junto a la casa. Unos niños jugando metras me recuerdan cuánto tiempo sin ver eso. Otros en una lancha esquían sobre una tablita de madera y gozan. Un pequeñito se traslada en un bidón de gasolina adaptado. Es otra vida la vida del agua.
Volvemos a Ologá, Suwon y yo pedimos que nos dejen botadas en las tripas y regresamos nadandito con el atardecer. Cenamos delicioso, el sabor del bocachico frito es una oda a la gula más insana.
Esta vez, a las 3am, cuando Alan dice que comenzó el relámpago, me asomo, me parece que el de la noche anterior estaba mejor y me entrego a Morfeo de nuevo. Me siento mal cuando veo que Suwon sí se levanta, pero me alivia al día siguiente diciéndome que no salió casi nada. Alan nos había dicho que el relámpago merma la segunda noche después de la luna llena. Y Alan sabe.
El último día amanece nublado, nos levantamos tempranito, desayunamos y salimos. El Lago de Maracaibo está venteado y nos regresamos por el Río Catatumbo aunque sea un poquito más largo. Le agradezco a la vida porque el paisaje es espectacular y logro tomarle fotos a la Garziola, un ave elegantísima que jamás había visto.
Llegamos a Puerto Concha, Valenta se va a recorrer Santa Bárbara del Zulia y yo me voy con Alan y Suwon hasta un poco más allá del Vigía. Agarro un taxi hasta Mérida donde me encuentro -tras una barbaridad de cola cortesía de los quema cauchos- con mi amado Fede que estaba trabajando en el Campamento Sagarmatha. Subimos hasta Apartaderos, almorzamos y me pega la altura. Quedo anulada hasta el día siguiente que agarramos carretera hasta Caracas. Sin música, sin aire acondicionado, pero con la mejor compañía.
El último día amanece nublado, nos levantamos tempranito, desayunamos y salimos. El Lago de Maracaibo está venteado y nos regresamos por el Río Catatumbo aunque sea un poquito más largo. Le agradezco a la vida porque el paisaje es espectacular y logro tomarle fotos a la Garziola, un ave elegantísima que jamás había visto.
Llegamos a Puerto Concha, Valenta se va a recorrer Santa Bárbara del Zulia y yo me voy con Alan y Suwon hasta un poco más allá del Vigía. Agarro un taxi hasta Mérida donde me encuentro -tras una barbaridad de cola cortesía de los quema cauchos- con mi amado Fede que estaba trabajando en el Campamento Sagarmatha. Subimos hasta Apartaderos, almorzamos y me pega la altura. Quedo anulada hasta el día siguiente que agarramos carretera hasta Caracas. Sin música, sin aire acondicionado, pero con la mejor compañía.
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