23 agosto, 2011

FINALMENTE MÉRIDA

Con este queda saldada la cuenta de relatos durante la gira con mi madre por el occidente del país. En los post pasados se vinieron con nosotras a Yaracuy, Acarigua y Barinas.
De el Hato El Cristero salimos a media mañana e hicimos una parada fugaz en Altamira de Cáceres para visitar el Campamento Grados Alta Aventura, una preciosura. Ahí bajé al río con Lia mientras mi mamá entrevistaba a Goyo. No me puede resistir al ver ese montón de agua dando brincos montaña abajo, y como no tenía traje de baño y por ahí no había un alma, me di un chapuzón desnudita y me sequé con el sol. Delicioso. Seguimos camino por la trasandina y vimos con nuestros propios ojos todo el zaperoco de fallas de borde que dejaron las lluvias. Han arreglado algunas y otras están en camino. De cualquier manera nos son razón de peso alguno para dejar de ir a Mérida, sí para viajar de día y con cautela, pero nunca dejar de visitar esa preciosura de paisaje.
Hicimos una parada en La Casa del Páramo en Apartaderos para ver las maravillas de artesanías que ahí venden y comernos una sopita. Había un menú delicioso, pero como estábamos tan alto preferimos no inventar. Luego entramos a la cocina y probamos el saní.
De ahí atravesamos las montañas, que no podían estar más verdecitas, hasta Tabay para llegar a la Posada Xinia y Peter. Cuando entramos, pensé que me moría de emoción ¡qué posada más bonita! los jardines cuidaditos, la sala-comedor impecable abierta a la terraza, las habitaciones preciosas, amplias, pulcras, los potingues del baño, las toallotas, la bata guindadita y peluda, las obras de arte por todos lados...una oda al buen gusto y la exquisitez. Nos recibieron Xinia y Peter, una pareja de esas que hacen que uno se quiera casar para siempre y ser feliz, amorosísimos, atentos y pendientes de cada detalle en esa maravilla de posada que ellos llaman hogar.
Esa noche hubo una reunión a la que asistieron representantes de cuanto gremio turístico se precie en Mérida. Aprovecharon la visita de mi madrecita con su programa de radio para hablar con ella y plantearle los problemas que están teniendo con la vialidad y la falta de turistas. La asamblea fue numerosa y las ideas para solventar la cuestión no pararon de fluir. Por ello, más que quedarme preocupada, me acosté a dormir esa noche con la certeza de que aún sin teleférico, aeropuerto y las carreteras dañadas, Mérida volverá a sacar la cabeza como destino turístico porque su gente y sus paisajes no se dejarán amilanar jamás.
A la mañana siguiente Valenta transmitió La Guarandinga desde la posada, desayunamos como los dioses (en Xinia y Peter se come absurdamente bien) y salimos a recorrer.
La primera parada fue el Mercado Principal en Ciudad de Mérida para darle un vistazo y comprar alguna cosita que nos provocara. Compramos melcochas y nos las comimos con papelito y todo.
De ahí salimos al Taller Morera en La Pedregosa, donde Maria Eugenia y Eduardo crían gusanos de seda, fabrican sus hilos y hacen maravillas mezclándo la seda con materiales como el moriche, el algodón y hasta el aluminio. El trabajo es delicadísimo y gocé metida en los telares viendo el despliegue de colores y texturas. Mi mamaíta me regaló una bufanda estelar y Maria Eugenia me permitió llevarme hijitos de una de sus orquídeas del jardín.
Acto seguido no empujamos hasta la Hostería Spa La Sevillana, aprovechando que estábamos por la zona, y le hicimos la visita a Gerardo, su amabilísimo y divertido anfitrión. Preciosa esa posada metida en la selva nublada y de un gusto exquisito. Esto de anadar con mi madre hace que quiera ganar platica para poder quedarme en este montón de lugares tan bellos yo que me la paso en carpa.
Cerramos la tanda de visitas con un almuerzo tarde en La Abadía en Ciudad de Mérida y una visita que tenía años queriendo hacer: conocí a Mario Calderón, el juguetero de Mérida.
Adoro su trabajo desde hace años y me moría por conocer al genio detrás de esa gozadera perfecta que son sus juguetes. Las expectativas me fallaron, Mario, el hombre, supera con creces a su obra. No imaginaba yo la calidez, lo divertido y cariñoso de ese ser especialísimo que le ha entregado su vida a la niñez eterna. Así es su Colección de Juguetes en la que además tiene su taller y vive él mismo. Un mundo lúdico paralelo donde Mario ha vaciado el alma. Su taller ni hablar, es una ternura verlo gozar con sus peizas y reírse al verlas funcionar.
Salimos de ahí de noche, conmovidas con tanta hermosura y fascinadas con Mario. En Xinia y Peter me esperaba una comelona de 7 platos que me devoré enterita entre exclamaciones de profundo placer gastronómico. Valen y Lia le arrugaron y sólo se comieron tres platicos. 
Mi amigo merideño José Manuel me fué a visitar y pasamos un largo rato viendo fotos y parloteando.
Al día siguiente Valenta transmitió desde la residencia del Gobernador que le prestó la oficina pero no apareció para su entrevista, igual ella gozó con la idea de quedarse en el despacho y tomar el gobierno de Mérida en sus manos. Créanme que más de uno se entusiasmó.
Yo, me emancipé del yugo materno por un día y me fuí a visitar a mi Fede bello que estaba en el Campamento Sagarmatha trabajando como guía de escalada. Los muchachitos estaban recién llegados de una acampada de 5 días para ascender al Pico Piedras Blancas. Les tocaba un día de descanso perfecto para yo ir a visitar a mi amado. Salimos a almorzar pizca andina en el páramo y en la nochecita regresé a Xinia y Peter a dormir en esa cama que de pronto me pareció una sabana.
Finalmente, y muy a mi pesar, me tocó despedirme de Xinia y Peter donde me pasé tres días feliz rodeada de tanto bonito y entregada a la gula sin la menor culpa. Antes de partir pasamos por el taller de Valeria, una artista de Mérida que hace unos batiks para desmayarse.
Cuando me dijeron batik pensé que la cosa era de pareos y telitas hippies y no podía estar más equivocada. La obra de Valeria es sublime, delicada, colorida, femenina, un universo de formas redondas, equilibradas, lindas como Valeria. Ante mis ojos asombrados y conmovidos, la Valenta se ablandó y resolvió regalarme el batik de una mujer de melena rojiza al aire. Se me hizo tan libre y natural que quise llevármela a casa.
Finalmente montamos el perolero en la camioneta y arrancamos para la Estancia La Cañada donde Maritza Elena nos esperaba para hacer un paseo a caballo por las montañas de Ecagüey. Ni siquiera bajamos las cosas, agarramos suéteres y cámaras y de una al galope montaña arriba. El paisaje es una preciosura, eso es verdad, pero lo más conmovedor de este paseo a caballo son las paradas a visitar a los campesinos que siempre reciben con una sonrisota, café caliente, queso ahumado y arepitas andinas deliciosas. Es divino preguntarles lo que sea, averiguarles la vida y escucharlos hablar lento y gocho, gochísimo. Merece mención especial Encarnación, un campe maravilloso, pícaro y rochelero que hizo reír a la Valenta a carcajadas. Esa noche comimos riquísimo en la posada y nos acostamos temprano molidas con la cabalgata.
Nuestra última mañana en Mérida amaneció luminosa, brillante, azulísima. El páramo se vistió de frailejones y seguimos el camino hasta Duaca para luego, finalmente, llegar a casita.

10 agosto, 2011

EL GARCERO DEL CRISTERO

En el post anterior les contaba de nuestro viaje sifrino con hoteles y centros comerciales y de mi esperanza de cambio en Barinas. Así fue. Salimos de Acarigua después de la transmisión de La Guarandinga, pasamos por Barinas a resolver unas cositas y seguimos por la vía a San Silvestre hasta llegar al Hato El Cristero. Ahí nos esperaba Humberto hijo para salir a ver el garcero al atardecer. Dejamos las maletas en las cabañas lindísimas del Cristero y nos encaramamos en el jeep. 
Atravesando la llanura infinita, los bosques de teca sembrados por ellos y hasta lo que alguna vez fue un pozo petrolero, llegamos a un par de lagunas donde se ha armado un garcero que podría estar entre los más grandes del país. Impactante ver esa reunión de aves agrupadas en miles. Lo que predomina es la garza real, pero también hay un árbol donde se reúnen las corocoras rojas, se ven chenchenas, patos pico de cuchara y otro montón que no sé nombrar. Todas entregadas a la faena de la crianza con sus polluelos peludos pidiendo comida. Aprovechan la abundancia de agua y alimento del invierno para tener a sus crías y se acomodan todas juntas para darse seguridad. Como en El Cristero las protegen y respetan desde hace más de 40 años, han podido crecer a sus anchas, felices y tranquilitas sin que casi nada las perturbe. 
Esa tarde gozamos entre los pájaron aunque estuvo más bien nublado. Sin embargo logré fotografiar a una pata pico de cuchara con su polluelo mirándome fijamente.
Como mi lente no quedó satisfecho con eso, quedé con Jesse, el guía estrella y aficionado a la fotografía de naturaleza, en encontrarnos a las 5am para intentar mejores tomas.
No había salido el sol y ya nuestra habitación estaba activa. Valenta y Lia salían a Barinas para hacer La Guarandinga y yo preparaba mis equipos para ir a comer flor entre las aves.
Salí oscuro con Jesse en el jeep del Cristero y nos montamos en un botecito a recorrer el garcero, en el hato son muy respetuosos con las aves,  por ello el bote no usa motor y no nos acercamos a más de 5 metros de ellas para no perturbar la paz que les provee El Cristero. Tomo unas primeras fotos con el cielo aún rosadito hasta que sale el sol y me regala su luz más cálida. 
Puedo ver a los pichones de cerquita con mi lente y me conmueve el espectáculo. Hablamos susurrado, sólo se escucha la música de las aves y el click de las cámaras. De a ratos me eriza verme en ese espejo de agua azul eléctrico con pintas verdes y aquella inmensidad de garzas tranquilas, felices y protegidas. Los pichones son tan feos que son preciosos, me dan muchísima ternura con sus plumones choretos y sus caras de locos pidiéndole comida a sus espigadas madres. 
Dada la vuelta y tomadas las fotos, me encaramé a caballo para el regreso a las cabañas en un intento por ver más fauna. Claro que en invierno es dificilísimo, hay tanta agua y verde que se pueden desperdigar por toda esa inmensidad volviéndose bastante esquivas. Vi chigüiritos de lejos y más nada, pero me gocé mi cabalgata con paisaje infinito.
Desayuné con mi madre y Lía las arepitas más ricas del mundo, porque comer en El Cristero es una ricura, nos hicieron una tortilla que tenía papas y plátano como para tirar cohetes y unas caraotas refritas de lamer el plato. Con la barriga llena, el corazón contento y las pupilas llenas de naturaleza seguimos camino hacia Mérida, pero a ese cuento le toca su propio post.

08 agosto, 2011

YARACUY VERDÍSIMO

Los viajes que organiza mi madre, suelen ser distintos a los que yo organizo. Yo, fotógrafo y comeflor, busco viajes dedicados casi con exclusividad a la contemplación. Y no es que mi mamaíta no disfrute de ello, pero en la mayoría de sus viajes anda detrás de cuanto datico nuevo aparezca por ahí: posadas, restaurantes, artesanos, merenderos, vendetuti y afines. Ahora, además, tiene que transmitir para La Guarandinga, su programa en Onda de 6am a 9am y para ello hay que quedarse en lugares con buena conexión a internet o teléfono fijo CANTV. Eso ha sifrinizado el viaje, y no, no me quejo.
Comenzamos con el Hotel Nueva Misión en Yaracuy. Salimos el viernes en la tarde mi mamá, su comadre Lia y yo,  nos agarraron todas las colas del planeta y llegamos de noche a nuestra súper habitación con tres camitas frente a la piscinota del hotel. 
A la mañana siguiente nos dedicamos al hedonismo metiéndonos de cabeza en el Spa. Qué felicidad más grande. Llegas con tu trajebañito, te dan una bata y pasas de la regadera al sauna, del sauna al jacuzzi o la tina, de ahí a la exfoliación con uvas y chocolate, vuelta a la tina y el sauna y cierras con un masaje delicioso hasta que te quedas dormida y te despiertan con un tecito caliente. Por supuesto que, tras tanta relajación, nos salió almuerzo y siesta. El plan de recorrer el Parque de la Exótica Flora Tropical que está junto al hotel, se vió aplazado por mal tiempo y la tarde se resumió en el estado horizontal de nuestros cuerpitos. En la noche cenamos con Esteban, el dueño del todo eso, que nos invitó a degustar las ricuras que había aprendido su cheff en Alemania. Comimos como los dioses y a dormir.
Amaneció hermoso y nos fuimos tempranitico al Parque. Ahí deliré, mi comeflor estaba desatada, en todo su esplendor, mientras recorría en un carrito de golf la colección de plantas y flores exóticas más insolito que mis ojitos hayan visto jamás. Un despliege exhuberante de trópico. Todos los colores, los brillos, las formas. Alucinante. Bueno, y ni hablar de la gozadera de que nos dejaran el carrito para nosotras, sólo lo manejé yo y me pareció lo máximo ese aparatico.
Cuando llegamos del atracón de flor, @cataricarlos nos esperaba. En cuanto supo que estábamos ahí, se empujó desde Barquisiemto frenético de conocernos. Por supuesto lo invitamos a desayunar, un encanto de ser.
Ya comidas y floreadas salimos a Acarigua al Eco Inn, precioso, elegantísimo. Como se me quedaron a mí los zapatos y a Lía el suéter, nos fuimos al Centro Comercial Buenaventura a comprarlos y almorzar en la feria. Ahí decidimos que este viaje estaba rarísimo, no nos entendimos metidas entre tiendas y comiendo en una feria, pero ni modo, encontramos zapatos y suéter.
Llegamos al hotel, vimos tele un rato, cenamos en el cuarto y Valenta se levantó de madrugada para transmitir.
Me están apurando porque ya vamos saliendo a Barinas a un hato. Me parece que el viaje está por normalizarse :)

02 agosto, 2011

EL 286 Y LA LLOVIZNA

La semana pasada tuve la fortuna de ser invitada por el Hotel 286 (www.hotel286.com) a conocer sus recién estrenados aposentos con un grupo de periodistas. Salimos un jueves por la mañana de la Plaza Altamira en dos vancitas blancas. Es divertido el mundo de los periodistas, varios eran o habían sido mis jefes -la vida de la periodista free lance-, muchos, nombres conocidos cuyos rostros no conocía, otros, editores de revistas que ojeo con frecuencia y todos, colegas. Me pareció irónico que mis dos grandes amigos del grupo -además de Geraldine, la organizadora- eran los dj's. Irónico porque soy periodista y no conocía a casi nadie y más irónico considerando que jamás salgo de noche y soy lo más gallo que existe. En fin. Es divino conocer gente nueva y en este caso se trataba de personas interesantes con muchísimos intereses compartidos. Conocerlas de viaje: aún mejor.
Llegamos a Puerto Ordaz, nos repartieron las llavecitas y se llevaron las maletas, que encontramos en el cuerto después del brindis y la cara de asombro. Es insólito el Hotel 286. Una estructura (yo habría dicho moderna, pero el arquitecto, que sí sabe, me dijo que era "contemporánea") limpiecita, sencilla, elegantísima sin ser pretenciosa y que, a pesar del minimalismo, resulta acogedora. Entrar a las habitaciones fue una oda al más exquisito gusto, la decoración de todo el hotel es impecable, los materiales nobles y la cama...la cama, por favor, la cama. Es el aposento más extraordinario del hotel, les juro por todo que yo jamás había deseado tanto acostarme en una cama. Blanca, impoluta, con colchones Regal (sí, los del comercial de mi mamá) de material loco de la NASA que tiene memoria, almohadas divinas, sábanas de 1000 hilos y hedredón de plumas. Perfecta la bendita cama.
Con hambre bajamos a almorzar al Tomate Resto Bar donde se esmeraron en hacernos un rico almuerzo con ingredientes de la zona. Volví a la cama y de ahí salimos todos de paseo a La Llovizna.
Adoré ver sus verdes y su cascada enorme por las compuertas abiertas y el invierno. Preciosa. Nos quitamos los zapatos para mojar las paticas. Es inevitable querer acercarse más, tocarla, ser parte de eso de alguna manera. Tomamos fotos, chapoteamos y nos sacaron porque era hora de cerrar.
La cama esperaba por mí y la complací hasta que fue la hora de bajar al coctel que tenían preparado por la apertura del hotel. Al principio me sentí como cucaracha en baile de gallina. Supongo que es porque no soy de costumbres nocturnas y porque conocía sólo al grupete de periodistas difuminado entre montones de invitados locales. Muchas niñas enormes de grandes tacones, mucha gente elegantísima, y esta Pequeña Comeflor jugando a la noche. Hasta me maquillé un poquito y me puse perfume en un arrebato de coquetería.
Tras un par de cocteles riquísimos conseguí al grupete de colegas y chismorreteamos un rato, luego, mucho antes de medianoche, me escapé por la derecha y me fui a dormir, necesitaba descanso para mi plan mañanero.
La música se apagó a las 3am, el coctel resultó tremendo sarao con los beats de Dj Trujillo y Carolina Tinoco a.k.a La Tinox. 
Mi teléfono sonó a las 5:20am, era Nacho para avisarme que venía saliendo. A Nacho lo conocí en Monagas junto al Morichal Largo, en persona, porque ya nos conocíamos por correo de cuando yo hacía la Guía Extrema y él me mandaba fotos de paseos en kayak del Orinoco y el Caroní. Desde hace todos esos años estuvimos tratando de cuadrar para navegar hasta La Llovizna y en este viaje por fin lo logramos. Era su cumpleaños y a las 5:30 en punto estaba frente al hotel con Amanda, su hija de 7 años, y un kayak en el techo. Amanda, una pequeñísima comeflor, me cautivó desde el primer segundo con sus maneras de adultica y su hablar pausado y sonriente.
Llegamos al Club Náutico con los primeros rayos del sol y nos encontramos a Miguel en plena actividad. Sacó dos kayaks más al agua y salimos a remar. Miguel es un caballero uruguayo de una criollez cautivadora, sus ojos hablan de un ser que se levanta todas las mañanas de la vida a remar por los ríos del sur del país. Cruzamos el puente, yo en el kayak rojo que me prestó Nacho, Nacho en uno blanco de Miguel y Miguel llevaba a Amanda en uno doble, y remamos hasta un lugar donde te metes por entre las ramas y llegas a la Laguna de Punta Vista. Ahí se dió un baño Amandita y salimos de nuevo al Caroní, pasamos frente a La Llovizna y paramos entre las piedras junto a una cascada preciosa. Vi los Martín pescador más grandes de mi vida, muchos loros y algunas garzas en el camino, pero sobre todo agua, muchísima agua en el Caroní, el 2do río más grande que tenemos.
Sobre las piedras conversamos sabrosísimo entre baños y fotos, Amanda exploraba feliz caminoteando sin miedo, el canto tronado del agua nos acompañaba y la mañana luminosa le prestaba a mi lente los más lindos colores. No podía estar más contenta con el madrugonazo, sólo por esto se sale uno sin chistar de las camas atómicas del 286: el lujo de la naturaleza y la soledad bien acompañada. Más nada es necesario para sonreír.
Miguel regresó temprano para ir a trabajar, nosotros anduvimos un poco más. En la remada de regreso paramos para hacer el intento de acercarnos a La Llovizna. Nacho y Amanda se quedaron atrás. Para Nacho en un kayak sin timón y con su muchachita, era mejor verla de lejos. Yo hice mi mejor esfuerzo, pero más pudo la fotógrafo que la aventurera, y en cuanto me puse a sacar la cámara el corrientón me botó de vuelta al río. Igual me acerqué, sentí el agua batida, escuché el escándalo y me emocioné. Eso era.
Regresamos junto a la corriente serena del Caroní, sacamos los kayaks del agua, dejamos el alma en remojo y me regresaron a la extraordinaria cama del Hotel 286 para luego volver a casa con la parranda de periodistas trasnochados e infinitamente agradecida con Nacho, Amanda; Miguel y el Caroní.
El resto de las fotos en mi Flickr.