Con este queda saldada la cuenta de relatos durante la gira con mi madre por el occidente del país. En los post pasados se vinieron con nosotras a Yaracuy, Acarigua y Barinas.
De el Hato El Cristero salimos a media mañana e hicimos una parada fugaz en Altamira de Cáceres para visitar el Campamento Grados Alta Aventura, una preciosura. Ahí bajé al río con Lia mientras mi mamá entrevistaba a Goyo. No me puede resistir al ver ese montón de agua dando brincos montaña abajo, y como no tenía traje de baño y por ahí no había un alma, me di un chapuzón desnudita y me sequé con el sol. Delicioso. Seguimos camino por la trasandina y vimos con nuestros propios ojos todo el zaperoco de fallas de borde que dejaron las lluvias. Han arreglado algunas y otras están en camino. De cualquier manera nos son razón de peso alguno para dejar de ir a Mérida, sí para viajar de día y con cautela, pero nunca dejar de visitar esa preciosura de paisaje.
Hicimos una parada en La Casa del Páramo en Apartaderos para ver las maravillas de artesanías que ahí venden y comernos una sopita. Había un menú delicioso, pero como estábamos tan alto preferimos no inventar. Luego entramos a la cocina y probamos el saní.
De ahí atravesamos las montañas, que no podían estar más verdecitas, hasta Tabay para llegar a la Posada Xinia y Peter. Cuando entramos, pensé que me moría de emoción ¡qué posada más bonita! los jardines cuidaditos, la sala-comedor impecable abierta a la terraza, las habitaciones preciosas, amplias, pulcras, los potingues del baño, las toallotas, la bata guindadita y peluda, las obras de arte por todos lados...una oda al buen gusto y la exquisitez. Nos recibieron Xinia y Peter, una pareja de esas que hacen que uno se quiera casar para siempre y ser feliz, amorosísimos, atentos y pendientes de cada detalle en esa maravilla de posada que ellos llaman hogar.
Esa noche hubo una reunión a la que asistieron representantes de cuanto gremio turístico se precie en Mérida. Aprovecharon la visita de mi madrecita con su programa de radio para hablar con ella y plantearle los problemas que están teniendo con la vialidad y la falta de turistas. La asamblea fue numerosa y las ideas para solventar la cuestión no pararon de fluir. Por ello, más que quedarme preocupada, me acosté a dormir esa noche con la certeza de que aún sin teleférico, aeropuerto y las carreteras dañadas, Mérida volverá a sacar la cabeza como destino turístico porque su gente y sus paisajes no se dejarán amilanar jamás.
Hicimos una parada en La Casa del Páramo en Apartaderos para ver las maravillas de artesanías que ahí venden y comernos una sopita. Había un menú delicioso, pero como estábamos tan alto preferimos no inventar. Luego entramos a la cocina y probamos el saní.
De ahí atravesamos las montañas, que no podían estar más verdecitas, hasta Tabay para llegar a la Posada Xinia y Peter. Cuando entramos, pensé que me moría de emoción ¡qué posada más bonita! los jardines cuidaditos, la sala-comedor impecable abierta a la terraza, las habitaciones preciosas, amplias, pulcras, los potingues del baño, las toallotas, la bata guindadita y peluda, las obras de arte por todos lados...una oda al buen gusto y la exquisitez. Nos recibieron Xinia y Peter, una pareja de esas que hacen que uno se quiera casar para siempre y ser feliz, amorosísimos, atentos y pendientes de cada detalle en esa maravilla de posada que ellos llaman hogar.
Esa noche hubo una reunión a la que asistieron representantes de cuanto gremio turístico se precie en Mérida. Aprovecharon la visita de mi madrecita con su programa de radio para hablar con ella y plantearle los problemas que están teniendo con la vialidad y la falta de turistas. La asamblea fue numerosa y las ideas para solventar la cuestión no pararon de fluir. Por ello, más que quedarme preocupada, me acosté a dormir esa noche con la certeza de que aún sin teleférico, aeropuerto y las carreteras dañadas, Mérida volverá a sacar la cabeza como destino turístico porque su gente y sus paisajes no se dejarán amilanar jamás.
A la mañana siguiente Valenta transmitió La Guarandinga desde la posada, desayunamos como los dioses (en Xinia y Peter se come absurdamente bien) y salimos a recorrer.
La primera parada fue el Mercado Principal en Ciudad de Mérida para darle un vistazo y comprar alguna cosita que nos provocara. Compramos melcochas y nos las comimos con papelito y todo.
De ahí salimos al Taller Morera en La Pedregosa, donde Maria Eugenia y Eduardo crían gusanos de seda, fabrican sus hilos y hacen maravillas mezclándo la seda con materiales como el moriche, el algodón y hasta el aluminio. El trabajo es delicadísimo y gocé metida en los telares viendo el despliegue de colores y texturas. Mi mamaíta me regaló una bufanda estelar y Maria Eugenia me permitió llevarme hijitos de una de sus orquídeas del jardín.
De ahí salimos al Taller Morera en La Pedregosa, donde Maria Eugenia y Eduardo crían gusanos de seda, fabrican sus hilos y hacen maravillas mezclándo la seda con materiales como el moriche, el algodón y hasta el aluminio. El trabajo es delicadísimo y gocé metida en los telares viendo el despliegue de colores y texturas. Mi mamaíta me regaló una bufanda estelar y Maria Eugenia me permitió llevarme hijitos de una de sus orquídeas del jardín.
Acto seguido no empujamos hasta la Hostería Spa La Sevillana, aprovechando que estábamos por la zona, y le hicimos la visita a Gerardo, su amabilísimo y divertido anfitrión. Preciosa esa posada metida en la selva nublada y de un gusto exquisito. Esto de anadar con mi madre hace que quiera ganar platica para poder quedarme en este montón de lugares tan bellos yo que me la paso en carpa.
Cerramos la tanda de visitas con un almuerzo tarde en La Abadía en Ciudad de Mérida y una visita que tenía años queriendo hacer: conocí a Mario Calderón, el juguetero de Mérida.
Cerramos la tanda de visitas con un almuerzo tarde en La Abadía en Ciudad de Mérida y una visita que tenía años queriendo hacer: conocí a Mario Calderón, el juguetero de Mérida.
Adoro su trabajo desde hace años y me moría por conocer al genio detrás de esa gozadera perfecta que son sus juguetes. Las expectativas me fallaron, Mario, el hombre, supera con creces a su obra. No imaginaba yo la calidez, lo divertido y cariñoso de ese ser especialísimo que le ha entregado su vida a la niñez eterna. Así es su Colección de Juguetes en la que además tiene su taller y vive él mismo. Un mundo lúdico paralelo donde Mario ha vaciado el alma. Su taller ni hablar, es una ternura verlo gozar con sus peizas y reírse al verlas funcionar.
Salimos de ahí de noche, conmovidas con tanta hermosura y fascinadas con Mario. En Xinia y Peter me esperaba una comelona de 7 platos que me devoré enterita entre exclamaciones de profundo placer gastronómico. Valen y Lia le arrugaron y sólo se comieron tres platicos.
Salimos de ahí de noche, conmovidas con tanta hermosura y fascinadas con Mario. En Xinia y Peter me esperaba una comelona de 7 platos que me devoré enterita entre exclamaciones de profundo placer gastronómico. Valen y Lia le arrugaron y sólo se comieron tres platicos.
Mi amigo merideño José Manuel me fué a visitar y pasamos un largo rato viendo fotos y parloteando.
Al día siguiente Valenta transmitió desde la residencia del Gobernador que le prestó la oficina pero no apareció para su entrevista, igual ella gozó con la idea de quedarse en el despacho y tomar el gobierno de Mérida en sus manos. Créanme que más de uno se entusiasmó.
Yo, me emancipé del yugo materno por un día y me fuí a visitar a mi Fede bello que estaba en el Campamento Sagarmatha trabajando como guía de escalada. Los muchachitos estaban recién llegados de una acampada de 5 días para ascender al Pico Piedras Blancas. Les tocaba un día de descanso perfecto para yo ir a visitar a mi amado. Salimos a almorzar pizca andina en el páramo y en la nochecita regresé a Xinia y Peter a dormir en esa cama que de pronto me pareció una sabana.
Yo, me emancipé del yugo materno por un día y me fuí a visitar a mi Fede bello que estaba en el Campamento Sagarmatha trabajando como guía de escalada. Los muchachitos estaban recién llegados de una acampada de 5 días para ascender al Pico Piedras Blancas. Les tocaba un día de descanso perfecto para yo ir a visitar a mi amado. Salimos a almorzar pizca andina en el páramo y en la nochecita regresé a Xinia y Peter a dormir en esa cama que de pronto me pareció una sabana.
Finalmente, y muy a mi pesar, me tocó despedirme de Xinia y Peter donde me pasé tres días feliz rodeada de tanto bonito y entregada a la gula sin la menor culpa. Antes de partir pasamos por el taller de Valeria, una artista de Mérida que hace unos batiks para desmayarse.
Cuando me dijeron batik pensé que la cosa era de pareos y telitas hippies y no podía estar más equivocada. La obra de Valeria es sublime, delicada, colorida, femenina, un universo de formas redondas, equilibradas, lindas como Valeria. Ante mis ojos asombrados y conmovidos, la Valenta se ablandó y resolvió regalarme el batik de una mujer de melena rojiza al aire. Se me hizo tan libre y natural que quise llevármela a casa.
Finalmente montamos el perolero en la camioneta y arrancamos para la Estancia La Cañada donde Maritza Elena nos esperaba para hacer un paseo a caballo por las montañas de Ecagüey. Ni siquiera bajamos las cosas, agarramos suéteres y cámaras y de una al galope montaña arriba. El paisaje es una preciosura, eso es verdad, pero lo más conmovedor de este paseo a caballo son las paradas a visitar a los campesinos que siempre reciben con una sonrisota, café caliente, queso ahumado y arepitas andinas deliciosas. Es divino preguntarles lo que sea, averiguarles la vida y escucharlos hablar lento y gocho, gochísimo. Merece mención especial Encarnación, un campe maravilloso, pícaro y rochelero que hizo reír a la Valenta a carcajadas. Esa noche comimos riquísimo en la posada y nos acostamos temprano molidas con la cabalgata.
Nuestra última mañana en Mérida amaneció luminosa, brillante, azulísima. El páramo se vistió de frailejones y seguimos el camino hasta Duaca para luego, finalmente, llegar a casita.
Cuando me dijeron batik pensé que la cosa era de pareos y telitas hippies y no podía estar más equivocada. La obra de Valeria es sublime, delicada, colorida, femenina, un universo de formas redondas, equilibradas, lindas como Valeria. Ante mis ojos asombrados y conmovidos, la Valenta se ablandó y resolvió regalarme el batik de una mujer de melena rojiza al aire. Se me hizo tan libre y natural que quise llevármela a casa.
Finalmente montamos el perolero en la camioneta y arrancamos para la Estancia La Cañada donde Maritza Elena nos esperaba para hacer un paseo a caballo por las montañas de Ecagüey. Ni siquiera bajamos las cosas, agarramos suéteres y cámaras y de una al galope montaña arriba. El paisaje es una preciosura, eso es verdad, pero lo más conmovedor de este paseo a caballo son las paradas a visitar a los campesinos que siempre reciben con una sonrisota, café caliente, queso ahumado y arepitas andinas deliciosas. Es divino preguntarles lo que sea, averiguarles la vida y escucharlos hablar lento y gocho, gochísimo. Merece mención especial Encarnación, un campe maravilloso, pícaro y rochelero que hizo reír a la Valenta a carcajadas. Esa noche comimos riquísimo en la posada y nos acostamos temprano molidas con la cabalgata.
Nuestra última mañana en Mérida amaneció luminosa, brillante, azulísima. El páramo se vistió de frailejones y seguimos el camino hasta Duaca para luego, finalmente, llegar a casita.




































