12 septiembre, 2011

JADE Y ESMERALDA EN PARIA PROFUNDA

Hay viajes que se hacen una vez y se dan por vistos. No necesariamente porque no la pasaras bien o no te gustara, pero sabes que lo más probable es que no vuelvas. Te despides contento y dices adiós. Hay otros que sabes que repetirás, no una, muchas veces. Son viajes que fascinan sin saciar, que te dejan sediento de más. A mí me pasa eso con Paria, esa tierra donde amanece Venezuela, donde el mar le lame los pies a la selva, donde la leyenda habla de cascadas que caen al mar. Paria me seduce como un amante adictivo. Cada vez que voy me quedo con ganas de ver más, de ir más allá, de volver, volver y volver. Me torna insaciable.
En el 2007 navegué hasta Uquire por primera vez. Tamara, Juan y Cristiane, nuestros amigo de Río Caribe, invitaron a mi mamá y Lia la comadre, mi prima Viki y yo la acompañamos. Llegamos justo después de que pasara una tormenta y aún así a mí me pareció el lugar más exuberante del planeta.
Cuando recibí, en Mérida, una llamada de Tamarita para decirme que se estaba armando grupo para Uquire, confirmé en el acto sin saber fecha, grupo que asistiría, ni monto acordado. Yo iba y punto.
Enseguida le dije a Fede más como una orden que como una sugerencia, sus ojitos miopes que deliran con los encantos naturales tenían que ver eso que se esconde más allá de las carreteras de tierra. Fede tenía que conocer Paria profunda.
Arrancamos a Río Caribe un día de semana y en la noche estábamos en casa de Tamara y Juan cenando y acomodando peroles para viajar al día siguiente. Felices, emocionados, expectantes.
Arrancamos de Río Caribe temprano en la mañana montados en un camioncito abarrotado de gente, comida y peroles hasta San Juan de las Galdonas. Mientras unos caleteaban equipaje a las embarcaciones del Capitán Botuto, otros comprábamos y comíamos de las mejores empanadas de la vida con vista al mar. El comentario que se robaba todas las conversaciones era el absoluto asombro ante la placidez del mar. Paria es tierra de mar rizado que golpea las piedras y revuelve la arena, sin embargo, como si fuera magia, como si se lo hubiésemos rogado a los dioses con ceremonias estrafalarias, el mar pariano dejaba ver su lado más sumiso pintado de verde esmeralda. La calma chicha o calma blanca le dicen los navegantes. Un regalo para el grupo de seres que iba a navegarse enterita la península de Paria hasta llegar al promontorio.
Comienza la navegación serena y entre los que hicieron vida en Paria, los citadinos de visita y los locales arranca la señaladera geográfica. Esa es Sipara, esa es Santa Isabel, esta es una donde los narcos se hacen sus casas, esta es otra donde la Guardia hizo una comandancia, en aquella se surfea, esa se llama Chuao, esa Pargo, Mejillones ¿Botuto cuánto falta para las cascadas?
Botuto baja la velocidad cuando ya llevamos como dos horas de navegación y empezamos todos a levantar la cabeza hacia la proa a ver qué viene. Desde la piedra, rodeada de selva verdísima y golpeando el mar de jade, se lanza un chorro de agua dulce: las cascadas que caen al mar, la leyenda de la exuberancia pariana, los chorros de Cacao. Con el mar benigno no hay peligro de que terminemos estampados contra la piedra. En segundos estamos todos metidos en el mar con la cabeza en la cascada. Los alaridos de júbilo salen sin poses, no nos podemos creer lo que estamos haciendo. La euforia se apodera del grupo. Así comenzienza el viaje.
Seguimos navegando un par de horas más, Botuto nos enseña otras cascadas, se mete en la ensenada de San Francisco y, oriental al fin, nos dice que al jardinero lo botaron, pero que él contrató uno para que dejara todo bien bonito. Y parece verdad. No ha nacido el paisajista que se lance jardines colgantes tan asombrosos como los de Paria profunda. Todos los verdes, las formas, las combinaciones.
Finalmente llegamos a Uquire. Recuerdo el Uquire del 2007 y me sorprendo. Lo primero es que el mar verde esmeralda que no se mueve lo hace ver más hermoso, pero veo menos gente haciendo vida en las casas y eso me da un poquito de tristeza. En una costa tomada por el narcotráfico, daba ilusión ver sobrevivir algunos pocos pueblos sanos y pesqueros.
Uquire es un pueblito de pescadores mínimo, no sale en casi ningún mapa y está más cerca de Trinidad que de Carúpano, cada vez vive menos gente en sus casitas sobre la arena y la única manera de llegar hasta ahí es navegando. Da la impresión, cuando uno lo ve desde el mar, de que la selva estuviera a punto de tragárselo y de que la montaña espesa fuese un anfiteatro a su alrededor, un muro de contención que lo separa de todo, una barrera infranqueable de verde espeso.
Armamos campamento base, unos en carpas bajo los árboles y otros en hamaca bajo el techo de un galpón. Se instalan la cocina, el mesón y los peroles y nos dedicamos a lo que haríamos los siguientes cuatro días: ser sibaritas, hedonistas, epicúreos. Dimos en llamarlo S.H.E. 
Hay quienes necesitan un resort de lujo para pertenecer a ese grupo, para los que estábamos en éste viaje bastaban el paisajismo natural, el mar amniótico, la pesca fresca y los ríos brotando de las piedras. Paria.
El grupo, absolutamente variopinto, se llevó de maravilla. Botuto llevó 5 marineros, amigos de su hijo Chipi, que gozaron tanto como los viajeros. Durante los siguientes días el plan fue ir a pescar, hacer snorkel entre las piedras, cuevas y corales, comer lo que habíamos pescado, resolver un hueco en la arena para ir al baño, cocinar en cambote, leer, ir a las playas aledañas, volver a comer, explorar con el kayak inflable que llevamos Fede y yo y conversar. Largas, deliciosas y estimulantes conversaciones frente al mar, la selva o ambos. La contemplación, esa fue la norma.
Una mañana nos fuimos hasta el Promontorio de Paria, la última puntica de Venezuela, del continente suramericano, Trinidad está ahí mismito y el mar le impone respeto hasta al marino más avezado. Sin embargo nos lanzamos al agua a celebrar ese baño fronterizo. La corriente nos arrastró, nos asustamos un poco, pero el mar estaba tan amable con nosotros que apenas fue una nadadita agitada y no más.
En las exploraciones con kayak descubrimos ríos cantarines, escondidos en la selva verdísima, donde los jobitos caían al agua sin golpearse y se mantenían friítos. Comer frutas tropicales, frescas, bañándote en agua dulce y viendo el mar. El paraíso no sabe nada de nada.
Meter la cabeza en el agua para ver peces y corales, sacarla para ver piedras, ríos y vegetación colgando, nadar envuelto en la temperatura perfecta, querer vivir en el mar.  Verdes, todos los verdes, el jade, la esmeralda. Insisto, el paraíso no tiene idea. Paria es Paria.
Una noche hicimos una cena memorable con langostas, pescados, aguacates, mejillones y un pancito delicioso que hace una señora de Uquire y lo amasa con leche de coco. La mesa se sirvió primorosa sobre hojas de plátano, pero éramos demasiados y no lográbamos colocar a unos y sacar a otros, queríamos estar todos juntos celebrando la bendición de ese banquete. Entonces una primera mano probó el pescado, otra le siguió y así se organizó el convite, cada quien comió lo que quiso, con la mano pelada, de pie y caminando alrededor de la mesa para probarlo todo y cometarlo con el de al lado. Sólo quedaron las espinas, los caparazones y las sonrisas satisfechas. Fue una cena perfecta que terminó con Juan cantando boleros, rock y tango y con Horacio Blanco (sí, Horacio el de Desorden estaba en el viaje) lanzándose un unplugged para nosotros y los pescadores que se acercaron a celebrar. Una comilona épica, sin lugar a dudas.
Finalmente, en una mañana de sol, nos tocó recoger campamento. El ansia de más de eso que abundaba era tal que nos pasamos 7 horas navegando de vuelta. Todo el mundo viajó en traje de baño con la mascareta y el snorkel en la mano para lanzarnos en cuanta cueva se le ocurrió a Botuto que queríamos conocer. Llevar al grupo al mar era cuestión de un comando, montarlos en la lancha de vuelta, una súplica. La parada final la hicimos en Chuao para darnos un baño de río y repartir útiles escolares entre los muchachitos del pueblo. Nos pasamos horas para montarnos en el peñero, nadie quería llegar a casa.
Durante la vuelta notamos cómo la tala se está llevando buena parte del bosque y los conucos también. El Parque Nacional Península de Paria no tiene a un solo guardaparque por todo eso. Me sorprende cuán hermoso se mantiene a pesar de ello, debe ser la lejura lo que lo protege.
Finalmente arribamos en Las Galdonas, nos montamos en el camión, llegamos a Río Caribe y ahí supe que Keala, mi perrita amada, ya no estaba entre nosotros. Por eso me costó tanto tiempo escribir este post de un viaje perfecto que cerró con tanta tristeza. Pero así como tengo la certeza absoluta de que le daré amor a otro ser peludo, no me cabe duda de que volveré a visitar Paria profunda. Lo haré muchas veces más y jamás me saciaré de ello.

El resto de las fotos, las pueden ver AQUÍ.

01 septiembre, 2011

KEALA

Llegaste a mi vida tan intempestiva e inesperadamente como te marchaste de ella.  Me regalaste 11 años del amor más incondicional que existe y eso, Keala, te lo voy a agradecer hasta el momento en que me toque a mí la gran mudanza.
Después de unos carnavales en Los Roques con mi mamá, ella salió y yo me quedé viendo tele en la cama del cuarto de huéspedes, regresó ahí mismo, sentí abrirse la puerta y la vi entrar con una pelotica amarilla y peluda. La lucha por tener una mascota había sido tan larga e infructuosa que le pregunté de quién era ese perrito tan lindo. Cuando Valenta abrió la boca y pronunció "tuyo", comenzó una nueva etapa en mi vida.
Fué Elizabeth Fuentes la que convenció a la Valenta. Le dijo que un perro era puro amor y compañía y que si ella estaba todo el tiempo viajando era una "ratapeludez" que me negara la felicidad de tener uno. Su sobrino Alfredo tenía una cachorra preciosa que era para mí. Así comenzó nuestra historia Kealita.
Si César Millan nos hubiese visitado, le habría parecido un horror nuestra relación, porque tú jamás te sentiste perro: entrabas de primera a la casa, cuando nos recibías no saltabas, no hacía falta porque yo me lanzaba al piso a besuquearte, paseábamos en carro, dormías en mi cama y exigías la comida sin pudores ni misericordia con el sueño de nadie. Sin embargo Keala, he conocido pocos perros más decentes que tú. Eras una dama. Tu gesto más principesco era montarte en el carro y colocar suavemente tu patica en el posa brazo para airearte en la ventana. Cuando no abríamos la ventana, me jadeabas en la oreja hasta ver cumplida tu petición. Sólo te comiste un par de alfombritas de mi mamá, era insólito, pero mis cosas no las tocabas, tú tenías clarísimo quién era tu aliada.
Tu único y más extraordinario acto de venganza se lo lanzaste a Adriana. Esa noche íbamos a una fiesta y decidimos hacer una siestica antes, Adri se puso una pijama mía, te sacó del cuarto -inmenso sacrilegio, ese era TÚ cuarto- y nos acostamos. En la noche dejamos un reguero de ropa sobre la cama, el clásico femenino de ponerme mil combinaciones hasta llegar a la versión final y nos fuimos. Cuando llegamos, a las quién sabe de la madrugada, estaba la pijamita que había usado Adriana, mordida y batuqueada, en la sala de la casa y tú dormías plácidamente sobre mi cama. A partir de ese día ella te adoró y no es coincidencia que decidiera tener un Golden Retriever cuando la vida le permitió tener uno.
Fuiste una perra feliz Keala, meneaste esa colita como la que más. Recuerdo tu primer viaje a la playa, te llevamos a Cuyagua, estabas pequeña y el mar te dió un miedo espantoso con ese escándalo de olas, pero fué un hito en nuestra historia juntas cuando entramos al río. Fue tan absolutamente natural para tí entrar al agua y comenzar a nadar... yo no podía estar más orgullosa Kealita, mi elemento siempre ha sido el agua y me conmovió profundamente saber que lo compartíamos.
Luego conociste Morrocoy y ahí sí que te gustó el mar, nadabas en círculos alrededor de la lancha de Gag hasta que te cansabas y llorabas para que te montáramos de nuevo y, como era día de semana, hasta en la piscina del edificio te lanzaste sin que nadie pusiera peros. Siempre fuiste una perra privilegiada. En Evio's Pizza te dejaban sentarte en la terraza de un ladito, a pesar de que eras la perra más lambucia que conocí, sabías quedarte acostadita sin molestar a nadie.
El viaje a La Tortuga fue otro de tus grandes favoritos y le agarraste el gusto a ir en el kayak conmigo, siempre estuve convencida de que disfrutabas los paisajes porque la manera en que nadaste en el mar turquesa y te revolcaste en la arena blanca de esa isla fué memorable. La Ciénaga también te encantó, aunque nos rasparas la espalda a todos los que intentábamos snorkelear y nos espantaras los peces, nadaste muchísimo y paseaste por toda la laguna en kayak.
En tus últimos años visitaste el piedemosnte barinés y Mérida. Adoraste el páramo Keala, creo que no te podías creer que existiese un clima acorde a tu pelaje, corriste, te lanzaste en cuanto riachuelo gélido te encontraste, te enredaste los pelos con cadillos y hubo que hacerte un corte de emergencia, jugaste y te amapuchaste con los niños del Campamento Sagarmatha y dormiste acurrucada en mis pies para ayudarme con el frío de la noche. Marcus sabía que yo no te iba a dejar durmiendo afuera y dejó que pasaras la noche en el refugio. Igual pasaba en Caruao, fuiste la única perra con permiso para entrar a la casa y dormir adentro, y aunque nadie decía nada, todos sabíamos que, además, te montabas en las camas en cuanto apagaban la luz. La alcahuetería contigo siempre fue norma.
Mi mamá dice que fuiste una hija para mí. A veces creo que más bien fuiste una hermana menor a la que me tocaba cuidar. Lo que sí está claro es que fuiste mi gran compañera de vida Kealita. Durante estos 11 años juntas amaste a los hombres que amé y me consolaste cuando se fueron. Fuiste amiga de mis amigos, familia de mi familia, lo más normal del mundo era verme llegar contigo y en Los Palos Grandes todo el mundo te saludaba antes que a mí. 
Nunca me sentí sola si tú estabas, viajamos mil veces a Caruao juntas, sólo tú y yo en la camioneta, los ríos, las playas y la casa de los abuelitos. Con ellos fuiste especialísima, supongo que siempre entendiste lo que ellos significan para mí. Nunca se nos olvida cómo acompañaste a Tony cuando le operaron la rodilla, dormías con él todas las noches y le avisabas a abuelita cuando él se despertaba con alguna incomodidad.  Ni hablar de cuando la invasión a la finca, no te separaste de ellos ni un instante, tú sabías perfectamente que las cosas estaban mal y que ellos necesitaban tu compañía. Por eso jamás fue una molestia que te pasaras hasta un mes en caruao durante las vacaciones de Diciembre, para mis abuelos eras la felicidad. Eras una perra súmamente intuitiva Keala, sabías cómo comportarte en cada situación, eso siempre lo adoré de tí. 
Siempre me pareció que tenías una mirada hermosa, profunda, distinta. Podías verme a los ojos y decirme cosas. No me cabe la menor dudad de que había un alma dentro de tu cuerpito peludo.
Tocaste muchas vidas Kealita, todo el que ha sido parte de mi vida te conoció, te quiso y supo lo que significabas para mí. Por eso tu muerte se convirtió en una avalancha de llamadas de solidaridad y cariño, todos saben el sufrimiento que implica para mí tu ausencia. Entrar a esta casa y no encontrarte meneando la cola es de los momentos más dolorosos que me ha tocado vivir. Levantarme en la mañana sin tus peticiones de comida, tus agradecimientos después de comer y tu espera impasible para que te diera pedacitos de las frutas que estaba picando en la cocina. Sacar un pollo del refrigerador y que no estés acostada en la cocina vigilándolo. Extraño terriblemente todos nuestros rituales cotidianos Keala, pero lo que más extraño es la alegría que tu presencia le imprimió a este nuevo hogar. El lazo con Fuco fué hermoso, es como que supieras la bendición que es este hombre en mi vida y se lo hubieses agradecido con ese amor incondicional que sólo los perros saben dar. Él te ha llorado tanto como yo Keala. Mi mamá me preguntó un día que qué habría hecho yo si Fuco no te hubiese querido. Yo no podría amar a un hombre que no entendiese el amor.
Fuiste feliz Keala, eso de a ratos me consuela. Fuiste tan feliz que tuviste la sabiduría de morir rápido, sin dolor, y sin esperarme. Un infarto fulminante que me genera sentimientos encontrados. Ya tenías 11 años y yo comenzaba a prepararme para tu gran mudanza, pero siempre pensé que estaría ahí para acompañarte, para decirte adiós y darte un último abrazo. Las expectativas no sirven para nada, uno hace planes y la vida se ríe. Me enteré de tu partida un día después, llegando de un viaje idílico por la costa de Paria, entré a la casa de los Sará Rodriguez en Río Caribe  eufórica a llamar a Valenta para contarle. "Tengo una noticia muy triste güirirí: Keala se murió". Ahora veo que de la boca de mi madre salieron las palabras que como hechizos abrieron y cerraron éste círculo de nuestra vida juntas Keala, de mi madre hermosa que también te adoró y que hasta lloró de culpa por no haberme dado un perro antes. Para ella fue una revelación verme crecer contigo y ocuparme de tí. Para mí también. Yo no me imaginaba la responsabilidad que esto era, ni cuán feliz se puede ser al lado de un perro. Tú abriste ese mundo para mí Kealita, esa sensibilidad te la debo a tí. Por eso sé que le abriré mi corazón y mi vida muy pronto a un nuevo ser de los tuyos, porque "el acto de vivir es el acto de querer" dijo Cristiane, y eso Kealita de mi sol, lo que más he querido en esta vida, me lo enseñaste tú.