Los andaluces son divinos, se meten en las conversaciones ajenas, hablan duro, se ríen a carcajadas, chalequean, recomiendan, bailan. Mi tía Ana dijo que nada más parecido a un Quintero y por eso es perfecto que esta Quinterada se diera en Sevilla. Una sola guachafita perpetua desde el primer segundo juntos.
En el post anterior les conté cómo se había armado el viaje y qué tal el primer día feliz en Sevilla. Al día siguiente alquilamos dos carros y nos embalamos los nueve hasta Córdoba para conocer la Catedral-Mezquita. Tras pocas perdidas para el bandón que éramos y gracias al GPS de Android que llevaba Viki en su móvil, llegamos sin mayores percances a la ciudad y conseguimos dónde estacionarnos.
Como estábamos muertos de hambre, decidimos saciarla antes de caminar por los antiguos muros de moros y cristianos. Nos metimos en el barcito con mejores precios y decidimos que cada uno tenía derecho a elegir una ración y resolver si la compartía o no. Yo me empujé una montaña de boquerones fritos y sólo repartí unos pocos. Con la barriga llena y el corazón eufórico caminamos hacia la Catedral que alguna vez fuese el centro más importante de la cultura morisca.
Ir con una historiadora y un geógrafo, ambos profesores universitarios, es un lujazo familiar alucinante. A mi tía Inesita se le erizó la piel no más asomar la cabeza en medio de aquel bosque de columnas y arcos, yo me contagié en el acto. Saber la cantidad de siglos de historia, poder, guerras, alegrías, triunfos, derrotas y fe que pasaron por ahí es para sentir escalofrío. El espacio es realmente sobrecogedor y la superposición de culturas resulta más que evidente cuando ves arcos, columnas, estrellas y colores junto a santos, mártires y labrados elaboradísimos de relatos bíblicos, cruces, altares y capillas. Estuvimos casi un par de horas entre los muros inmensos de la Catedral-Mezquitaen las que mi "tío terremoto" me puso al día en clases de Historia Universal, para luego reunirnos en el patio de los naranjos que alguna vez fueron palmeras. El dominio...mi dios es mejor que el tuyo y por eso encaramo una cúpula gigante entre tus columnas, porque ahora mando yo. La Historia.
Luego pasamos por el puente romano al que no le pusieron mucho cariño en la conservación, más bien bastante cemento y listo. Regresamos al estacionamiento donde estaban los carros, y vuelta a Sevilla con el alma llena de antigüedad para comer arepas con la carne mechada que había hecho mi tía mientras veíamos cómo el portero del Sevilla le paraba un penalti a Messi. Esa noche se fueron Benjamín y su rusa.
A la mañana siguiente se fueron Viki y Cuchi a Barcelona, entonces Eze, Ale, mi tía Inés y yo, agarramos el carro que quedaba (el otro fue devuelto la noche anterior) y nos lanzamos a por los Pueblos Blancos en la sierra.
Comenzamos con Algodonales que no nos enloqueció para nada, así que seguimos a Ronda, donde sí hicimos una parada fascinante a ver puentes antiquísimos y la particular manera en que todo se levantó sobre los riscos más improbables. Caminamos las callecitas empedradas, angostas, y almorzamos fatal en un barcito tan malo como pequeño. Continuamos hacia Cortes de La Frontera, que por ser domingo estaba totalmente desolado, parecía un pueblo fantasma y sólo encontramos a un perro en la plaza que se asustó horrores al vernos.
Sin embargo el pueblito tenía su encanto. Pasamos por el mirador de Algatosin desde donde, si no hubiese estado completamente nublado, habríamos podido ver el Peñón de Gibraltar. Rodamos por bosques de alcornoque, un árbol con cuya corteza se hacen los corchos de vino y vimos montañas de piedra enormes, olivares, siembras, castillos, ríos, embalses, ovejas, paisaje, mucho paisaje. Finalmente cerramos la travesía con el insólito, hermoso e histórico Arcos de La Frontera.
Paramos el carro abajo y nos encaramamos cuesta arriba entre murallas gruesas y blancas, campanarios, arcos, torres y cafecitos hasta llegar a lo más alto y ver un paraje hermoso. Fue mi favorito, Ronda me encantó, pero Arcos me cautivó con mucha más profundidad, supongo que se me hizo más genuino, con menos museos inventados para atraer turistas y más gente normal haciendo vida entre sus murallas. Ahí, mientras nos comíamos una tapa y tomábamos un vino, escuché un asombrado "¿Arianna?", para voltear y encontrarme a mi amigo Federico Cabello, el gran fotógrafo de Los Roques de paseo con su novia por las mismas callecitas. Encontrarme a unos venezolanos fuera de el eje de grandes ciudades habría sido curioso, conseguirme a uno que conozco, quiero y admiro, estaba entre las casualidades más insólitas de la historia.
Nos tomamos otro vino juntos y nosotros arrancamos rumbo de vuelta a Sevilla. Esta vez no había GPS de Android, intentamos con el BB de Eze y fué un fracaso rotundo, así que encontrar el lugar donde había que devolver el carro fue una odisea loca de seguir cartelitos, preguntar, angustiarse y celebrar con gritos de júbilo la llegada a destino. Esa noche cayó una tormenta salvaje que batuqueó los toldos del balcón haciéndonos soñar con naufragios y locuritas afines.
A la mañana siguiente se fue Eze y de los primos sólo quedamos Ale y yo. Entonces nos dedicamos a caminotear Sevilla con más calma, comer churros con chocolate, comprar vegetales en el mercado, visitar la Catedral de Sevilla, comer en barcitos como el Estrella que es todo un clásico y hasta aventurarnos en El Corte Inglés a hacer alguna comprita nerviosa. Fueron un par de días mucho más tranquilos y de conversaderas, comer a deshoras y hasta fuimos a ver "La Piel que Habito", la peli nueva de Almodovar.
La amé, torcidita como muchas de su autoría, pero con giros realmente fascinantes e inesperados. Nuestra última noche la celebramos en una oda a la gula comiendo pinchos en un bar vasco y luego una jartada de colesterol en un lugar maravilloso de Triana que se llama "La Freiduría". No hay necesidad alguna de describir la oferta del local, supongo.
Esta mañana mi tiíta y mi primo me aconpañaron a la estación para agarrar el AVE de vuelta a Madrid, donde Eze me recibió para comer como los dioses en Ginger, un restaurante riquísimo. Luego caminamos el circuito guiri y nos vinimos a la casa. Necesito descanso, mañana salgo a Bordeaux a la boda, el magno evento del año de mi amiga Ana. Allá me encontraré con mis amigos, la "otra" familia. Ese será otro post de comida, paseos y felicidad, estoy segura.



















