26 octubre, 2011

ADORÉ ANDALUCÍA

Los andaluces son divinos, se meten en las conversaciones ajenas, hablan duro, se ríen a carcajadas, chalequean, recomiendan, bailan. Mi tía Ana dijo que nada más parecido a un Quintero y por eso es perfecto que esta Quinterada se diera en Sevilla. Una sola guachafita perpetua desde el primer segundo juntos.
En el post anterior les conté cómo se había armado el viaje y qué tal el primer día feliz en Sevilla. Al día siguiente alquilamos dos carros y nos embalamos los nueve hasta Córdoba para conocer la Catedral-Mezquita. Tras pocas perdidas para el bandón que éramos y gracias al GPS de Android que llevaba Viki en su móvil, llegamos sin mayores percances a la ciudad y conseguimos dónde estacionarnos. 
Como estábamos muertos de hambre, decidimos saciarla antes de caminar por los antiguos muros de moros y cristianos. Nos metimos en el barcito con mejores precios y decidimos que cada uno tenía derecho a elegir una ración y resolver si la compartía o no. Yo me empujé una montaña de boquerones fritos y sólo repartí unos pocos. Con la barriga llena y el corazón eufórico caminamos hacia la Catedral que alguna vez fuese el centro más importante de la cultura morisca. 
Ir con una historiadora y un geógrafo, ambos profesores universitarios, es un lujazo familiar alucinante. A mi tía Inesita se le erizó la piel no más asomar la cabeza en medio de aquel bosque de columnas y arcos, yo me contagié en el acto. Saber la cantidad de siglos de historia, poder, guerras, alegrías, triunfos, derrotas y fe que pasaron por ahí es para sentir escalofrío. El espacio es realmente sobrecogedor y la superposición de culturas resulta más que evidente cuando ves arcos, columnas, estrellas y colores junto a santos, mártires y labrados elaboradísimos de relatos bíblicos, cruces, altares y capillas. Estuvimos casi un par de horas entre los muros inmensos de la Catedral-Mezquitaen las que mi "tío terremoto" me puso al día en clases de Historia Universal, para luego reunirnos en el patio de los naranjos que alguna vez fueron palmeras. El dominio...mi dios es mejor que el tuyo y por eso encaramo una cúpula gigante entre tus columnas, porque ahora mando yo. La Historia.
Luego pasamos por el puente romano al que no le pusieron mucho cariño en la conservación, más bien bastante cemento y listo. Regresamos al estacionamiento donde estaban los carros, y vuelta a Sevilla con el alma llena de antigüedad para comer arepas con la carne mechada que había hecho mi tía mientras veíamos cómo el portero del Sevilla le paraba un penalti a Messi. Esa noche se fueron Benjamín y su rusa.
A la mañana siguiente se fueron Viki y Cuchi a Barcelona, entonces Eze, Ale, mi tía Inés y yo, agarramos el carro que quedaba (el otro fue devuelto la noche anterior) y nos lanzamos a por los Pueblos Blancos en la sierra.
Comenzamos con Algodonales que no nos enloqueció para nada, así que seguimos a Ronda, donde sí hicimos una parada fascinante a ver puentes antiquísimos y la particular manera en que todo se levantó sobre los riscos más improbables. Caminamos las callecitas empedradas, angostas, y almorzamos fatal en un barcito tan malo como pequeño. Continuamos hacia Cortes de La Frontera, que por ser domingo estaba totalmente desolado, parecía un pueblo fantasma y sólo encontramos a un perro en la plaza que se asustó horrores al vernos. 
Sin embargo el pueblito tenía su encanto. Pasamos por el mirador de Algatosin desde donde, si no hubiese estado completamente nublado, habríamos podido ver el Peñón de Gibraltar. Rodamos por bosques de alcornoque, un árbol con cuya corteza se hacen los corchos de vino y vimos montañas de piedra enormes, olivares, siembras, castillos, ríos, embalses, ovejas, paisaje, mucho paisaje. Finalmente cerramos la travesía con el insólito, hermoso e histórico Arcos de La Frontera. 
Paramos el carro abajo y nos encaramamos cuesta arriba entre murallas gruesas y blancas, campanarios, arcos, torres y cafecitos hasta llegar a lo más alto y ver un paraje hermoso. Fue mi favorito, Ronda me encantó, pero Arcos me cautivó con mucha más profundidad, supongo que se me hizo más genuino, con menos museos inventados para atraer turistas y más gente normal haciendo vida entre sus murallas. Ahí, mientras nos comíamos una tapa y tomábamos un vino, escuché un asombrado "¿Arianna?", para voltear y encontrarme a mi amigo Federico Cabello, el gran fotógrafo de Los Roques de paseo con su novia por las mismas callecitas. Encontrarme a unos venezolanos fuera de el eje de grandes ciudades habría sido curioso, conseguirme a uno que conozco, quiero y admiro, estaba entre las casualidades más insólitas de la historia. 
Nos tomamos otro vino juntos y nosotros arrancamos rumbo de vuelta a Sevilla. Esta vez no había GPS de Android, intentamos con el BB de Eze y fué un fracaso rotundo, así que encontrar el lugar donde había que devolver el carro fue una odisea loca de seguir cartelitos, preguntar, angustiarse y celebrar con gritos de júbilo la llegada a destino. Esa noche cayó una tormenta salvaje que batuqueó los toldos del balcón haciéndonos soñar con naufragios y locuritas afines.
A la mañana siguiente se fue Eze y de los primos sólo quedamos Ale y yo. Entonces nos dedicamos a caminotear Sevilla con más calma, comer churros con chocolate, comprar vegetales en el mercado, visitar la Catedral de Sevilla, comer en barcitos como el Estrella que es todo un clásico y hasta aventurarnos en El Corte Inglés a hacer alguna comprita nerviosa. Fueron un par de días mucho más tranquilos y de conversaderas, comer a deshoras y hasta fuimos a ver "La Piel que Habito", la peli nueva de Almodovar. 
La amé, torcidita como muchas de su autoría, pero con giros realmente fascinantes e inesperados. Nuestra última noche la celebramos en una oda a la gula comiendo pinchos en un bar vasco y luego una jartada de colesterol en un lugar maravilloso de Triana que se llama "La Freiduría". No hay necesidad alguna de describir la oferta del local, supongo.
Esta mañana mi tiíta y mi primo me aconpañaron a la estación para agarrar el AVE de vuelta a Madrid, donde Eze me recibió para comer como los dioses en Ginger, un restaurante riquísimo. Luego caminamos el circuito guiri y nos vinimos a la casa. Necesito descanso, mañana salgo a Bordeaux a la boda, el magno evento del año de mi amiga Ana. Allá me encontraré con mis amigos, la "otra" familia. Ese será otro post de comida, paseos y felicidad, estoy segura.

21 octubre, 2011

¡VIAJE CON PASAPORTE!

Cuando puse en Twitter que viajaba con pasaporte, más de uno me preguntó que si había otra forma de viajar...y sí, yo en términos generales viajo con cédula, por eso viajar con pasaporte me resulta tamaña novedad.
Primero les explico mi viaje y cómo se fue armando. Mi amiga Ana se casa en Bordeaux donde tiene un montón de años viviendo, Maickel va a hacer el Maratón de NY y yo soy parte del equipo. Ana se casa el 29 y Maickel corre el 6 de Noviembre. Así las cosas, si agarraba un avión a Europa, pues cómo no quedarme ahí a pasear un poco más. Entonces me decidí por España donde tengo temporalmente a mi tía Inesita porque París me iba a salir impagable y no quería irme demasiado lejos de Bordeaux. Mi primo Ale, experto en Despegar.com me consiguió un vuelo en American para llegar a Madrid y de regreso quedarme en NY. Como los Quintero somos una tribu y dos de nosotros ya íbamos a estar juntos, decidimos juntarnos todos los que pudiéramos en Sevilla y armar la Quinterada.
Con un viaje así, hacer la maleta -una solita porque es la norma con AA- resultaba un dilema. En Sevilla hace calor, en Madrid fresquito, en Bordeaux frío y en NY helado. Tenía que traer ropa elegante porque soy la orgullosísima madrina de la boda y ropa cómoda para el resto del viaje. Supe lo experta que soy en éstas lides cuando cerré mi maleta roja con apenas 17Kg de peso y todo lo necesario (esto, claro está, es una suposición que está por confirmarse).
Mi amado Fede, al que me encontraré en NY porque es el entrenador de Maickel, me llevó al aeropuerto el miércoles en la mañana. Llegué tempranísimo esperando la clásica cola de venezolanos que viajan a Miami -mi primera escala- y resulta que ahora AA tiene maquinitas para hacer el check in. En menos de 15 minutos ya estaba en la sala de embarque esperando por mil horas. Menos mal que me encontré a un grupo de amigas de mi mamá que iban al matrimonio donde ella está ahora. Tras horas de espera me monté en el avión, que salió dos horas tarde por un error de cálculo peso-gasolina. Mi plan era almorzar en Miami, en sana paz, para esperar mi vuelo a Madrid. Pero mi expectativa de serenidad viajera se convirtió en frenesí de corredera para hacer migración, aduana y correr como si la vida se me fuese en eso, gritando como loca: "I'm about to loose my fligth!!!" y rogándole a extraños que me dejaran pasar.
Me monté sudada, despeinada, alterada y de última. Pero lo logré. Tuve la suerte de dormir chueca en un asiento para dos y casi ni me enteré cuando llegué a Madrid a las 9am del día siguiente.
Mi primo Eze, que tiene 8 años en la capital española, me esperó como en las películas y, como en las películas, corrimos, gritamos y nos abrazamos. Llegamos a su casita cerquitica de Atocha, me di un baño para entender algo y arrancamos a la calle de una. Madrid me recibió fresca, con un cielo azul radiante y mi voracidad viajera desatada. Lo primero fue desayunar en el Museo del Jamón. Lo que más amo de la cultura ibérica es el jamón curado y así debía empezar mi jornada madrileña. 
De ahí caminamos, caminamos y caminamos, paseamos por el Jardín Botánico, paramos a comer de nuevo en La Mallorquina, en Diurno, Chueca, Serrano, Plaza del Sol, Cibeles, en el mercado San Antón y cerramos con tapas y cava en el Mercado San Miguel con mi primo Eze y mis amigos de la universidad Luis Miguel y Adelaida. Cuando llegué a la casa me estaba muriendo de cansancio, me desperté a media noche con dolor de barriga y recordé que en todo el día ni el agua ni las frutas habían tocado mi garganta...demasiado desate y lo pagué. El frenesí comelón tuvo consecuencias y, sin embargo, no me arrepiento ni un poquitiquito.
Hoy, molida, me desperté para correr hacia Atocha con Eze para agarrar el AVE a Sevilla. Caímos desmayados sobre la mesita y casi nos tienen que despertar cuando llegamos. Agarramos el autobús que nos dijo Inés, cuya instrucción era: no se bajen hasta que nos vean. Brincos, gritos, euforia y ¡fuerza Quintero! nos recibieron en Triana. Viki, Cuchi y mi tía eran el comité de bienvenida. Viki y Cuchi habían llegado de Barcelona el día anterior. Dejamos las maletas en la casa y repetimos el proceso para recibir a mi primo Ale que llegaba de Viena. 
Los niveles de felicidad estaban a tope y salimos de paseo por Sevilla. Me quedé enamorada de la ciudad de grandes catedrales con influencia mora, callecitas empedradas, el río Guadalquivir, los azulejos, patios internos y árboles hermosos. Caminamos hasta desfallecer, vimos a las niñas bailar sevillanas en la calle, gozamos con la maravilla del acento andaluz y la personalidad de los habitantes. Comimos tortilla de patatas, tapas y tinto de verano, chalequeamos infinito y gozamos hasta que los pies pidieron cacao.
Ahora estoy en la casa, nos repartimos sofáces, colchonetas y camas para descansar un rato. Más tarde vamos a comernos todo el jamón que nos quepa entre los sorbos de vino y las carcajadas. Mañana vamos a Córdoba en carro, ya les contaré. Por ahora sólo me queda decir ¡fuerza Quintero! y con pasaporte.