06 diciembre, 2011

LA PROFE EN EL SUR DEL LAGO

Regaba apacible mis maticas una tarde cuando me vibró el bolsillo. Tenía tiempo sin saber de Diana, colega fotógrafo admiradísima y amiga querida de las que uno nunca ve, pero las amapucha cuando se las encuentra. Diana me saluda, qué hubo, qué hubo y me lanza, de la nada, que ella está en la Escuela Foto Arte y quieren que dicte un taller de fotografía de naturaleza. Mi respuesta inmediata es  negativa rotunda: "Diana yo soy un rancho, yo nunca estudié, yo lo que medio sé hacer es escribir y ponerle fotos, no, qué angustia, no inventes". Dianita insiste, me habla de viajar y con eso logra ablandarme. Quedamos en vernos la semana que viene allá en la escuela y hablarlo con calma. Me siento un poquito halagada, pero me aterra y ese sentimiento prela.
 
Voy a la Escuela Foto Arte. Lo primero que me convence es que queda en Altamira y entiendo cuando me explican la dirección. Adentro, me espera un "intervention" de fotógrafos/docentes que me dan cuatro cachetadas y me dicen que claro que puedo hacerlo. Arlette con sus modos dulces hace lo que le da la gana conmigo. Llegamos al acuerdo de que debe ir un profesor de los que se saben todas las cositas técnicas a acompañarme y así sí. La fecha pautada para el primer experimento #DestinosFotoArte #FotosAlAireLibre es el 25 de Noviembre, el día de mi cumpleaños 31. Asumo la entrada a la adultez siendo "la profe" por primera vez en mi vida. Susto.
El destino elegido: Sur del Lago de Maracaibo. Nada como el Relámpago del Catatumbo, los pueblos de agua y la maravilla de guía que es Alan Higthon para un primer taller Al Aire Libre (entren AQUÍ si quieren ir un día).
Ese viernes comienza con un madrugonazo feroz para tomar el vuelo de Láser a las 7am. Por supuesto, se retrasa hora y media para darme tiempo de conocer al grupo mientras desayunamos. Me siento un poco intimidada, menos mal que la profe Diana se vino porque ella ya sabe de eso de dar clases y me llevo a mi Fede para no pasar el cumple separados, para que conozca el Sur del Lago y de apoyo moral.
A pesar de la hora y los retrasos, solo veo sonrisas, muchísimo entusiasmo y ganas de salir a tomar fotos. Comienzo a pensar que de pronto sí es buena la idea.
Llegamos finalmente al Vigía, Alan espera emocionado y al primer briefing ya tiene a todo el mundo en el bolsillo. Es un enamorado frenético de ese paisaje, es fotógrafo y es encantador. Creo que de todos, es el que más contento está con la idea del taller. Nos montamos en el autobusito a Puerto Concha, en las paradas a comprar frutas, vegetales y lo que falta, mis alumnos se lanzan a tomar las primeras fotos. Entiendo que ando con un camión de fiebrudos y eso me encanta. Cuando llegamos nos esperan Nilo, Matuco y Juancho, los capitanes de las lanchitas que serían nuestro transporte todo el fin de semana. A partir de aquí somos seres fluviales. Enseguida comenzamos a ver monos araguatos, águilas y gavilanes. Salen de sus estuches todos los teleobjetivos y comienza la cacería fotográfica. Cuando pega el hambre nos vamos a almorzar al palafito donde Alan siempre va. El menú: chicharrón de pescado con tostoncitos y pedacitos de queso frito. Estamos en Zulia, las planchas son para ropa y cabeza, no para cocinar. Todos se preguntan cómo es que aquí todavía hay aceite.
Seguimos navegando y nos encontramos con los delfines que están inusualmente atrevidos y no paran de asomarse. Igual resulta casi imposible tomarles una foto decente, pero la fiebrudez del grupo da para cerca de una hora de espera y persecución.
Finalmente llegamos a Ologá donde está el palafito de Alan. Bajamos los peroles y nos organizamos, unos en hamacas en el pasillo, otros en las literas del cuartico bajo amenaza de calor inminente. Lo que sigue es salir a tomar fotos por Ologá. Doce lentes se devoran el paisaje, los palafitos, cada rostro, nube, ave, niño, embaracación, planta y finalmente el último rayo de sol se esconde. Volvemos para la cena y el primer ejercicio se anuncia: cada quién debe elegir sus mejores tres fotos del día, se proyectarán todas en el video beam y serán discutidas en grupo. Hay bellas imágenes, Diana y yo quedamos impactadas ante el nivel de talento. Sin embargo, se han ido todos por lo seguro y les pido que se arriesguen más el segundo día. Esa noche intentamos hacer fotos del relámpago, el único que lo logra es Luis y un palo de agua certero nos mete a todos bajo techo.
Amanece lloviendo, esto acaba con nuestros planes de ir a hacer fotos a las 5am como los buenos fotógrafos de naturaleza, pero permite descansar un poquito. Desayunamos y salimos con el sol hasta los últimos cañitos perdidos en la Laguna de Ologá rodeados de selva espesa. Perseguimos mariposas, pero no logramos atrapar la de Alan. Se hacen fotos de aves, de paisajes, de las plantas, las libélulas, el grillo, el palito, veo a los chicos más hambrientos de imágenes diferentes, buscando el detalle que nadie vió, la perspectiva difícil, lo inusual. A estas alturas ya los amo a todos.
Volvemos a casa a almorzar, se duerme siesta profundamente ante lo implacable del calor y cerca de las 4 salimos de nuevo en nuestra cacería, esta vez el destino es Congo Mirador, el más grande de los pueblos de agua. Comenzamos por la Iglesia y la Plaza Bolívar a la que se la cayó el prócer. Seguimos de palafito en palafito, nos bajamos a ver a los pescadores, a la gente en su casa, los niñitos navegando en bidones de gasolina modificados, las muchachitas juegan a la peluquería, toda la vida transcurre en el agua, los perros y los gatos se mantienen en sus casas y no se mueven de ahí. Somos una manada de acoso fotográfico, como las marabuntas de hormigas en la selva, pero buscando fotos a manera de alimento. Adoré ver cómo cada quién indagaba su foto perfecta independientemente de la búsqueda colectiva. Nunca se dijo qué fotografiar, pero esa mañana la tarea para el final del día estaba pautada: un retrato, un paisaje, una de fauna, una "artística"(entre comillas porque todas son arte) y una de Congo Mirador. Cuando cae el sol todo el mundo tiene sus fotos y ya es hora de volver a casa.
Cenamos y comienza la elección de fotos, cunde la angustia: "no tengo el retrato", "no tengo paisaje", "¿esta cuenta como artística?". Comienza el sarao de los relámpagos en el jardín y todo se atrasa un poco, pero se sosiega y logramos ver las fotos después de cenar. Quedo hechizada. No puedo sentirme más feliz y orgullosa. Diana se ha fajado a ayudarlos a todos en la parte técnica y el paisaje se encargó de sensibilizarlos, es más que evidente. Yo no sé muy bien lo que hice, me imagino que por lo menos debí entusiasmarlos y que esta pasión loca que siento yo por el paisaje se debe contagiar. No sé si ellos habrán aprendido mayor cosa de mí, pero yo aprendí infinito de cada uno.
Terminamos la sesión, los felicito emocionada y decidimos dormir para esperar a que la tormenta se ponga buena. Poner las cabezas en las almohadas y escuchar rayos y centellas fueron una misma cosa, así que enseguida nos volvimos a levantar y nos repartimos por el jardín en busca de la foto más ansiada: el Relámpago del Catatumbo. 
La faena comienza floja, pero nos armamos de paciencia y estamos decididos. En una de esas pareciera que ya no saldrá, me regreso a la casa a darle una pastilla a Alan, y me aletargo. Cuando la hamaca comienza a picarme el ojo, un flash ilumina el cielo y se escuchan gritos en el jardín. Agarro mi cámara de vuelta y corro al encuentro de los chicos, la euforia se ha apoderado del lugar, un ventarrón sopla fuerte y nos anclamos a los trípodes para no perder los equipos ¡pratarapaplán! suena y nos alumbra un relampagote, ¡prrrgrggrrrplatafanplán! cae otro, tras cada uno se escuchan histéricos ¡LO TENGOOOOO!!!!!! y corremos de una cámara a otra a ver los resultados de todo el mundo. Antonio pega alaridos de dolor porque se está haciendo pipí pero primero muerto que sin relámpago. Se menta madre con furia si el relámpago te agarra desprevenido, Alan intenta tomarnos fotos tomando fotos y desespera con el disparador, hay desorden, gritos, la emoción se apodera de todos, la euforia es colectiva y sólo logra sacarnos de ella un palo de agua salvaje y avisado que nos devuelve corriendo al techo. Con la adrenalina nadie logra dormir de nuevo, todos revisan sus fotos a ver qué salió, decidimos esperar a que pase la lluvia para continuar, pero eventualmente el sueño nos derrota y vamos cayendo uno a uno bajo el sonido hipnótico de la lluvia.
Vuelve a amanecer lloviendo, todo el mundo acomoda sus peroles para la partida. En el desayuno no se habla de otra cosa que no sea la noche anterior. En cuanto escampa salimos, paramos a hacer fotos de los pescadores de cangrejas y su peculiar técnica con cabezas de pollo y más adelante acechamos por horas a los araguatos para fotografiarlos. Finalmente llega la hora de volver a tierra, nos despedimos de los lancheros y nos montamos en el autobús, comemos pollo en brasa y nos instalamos en el aeropuerto del Vigía a esperar el vuelo a casa. Fueron tres días intensos que se sintieron como 7, somos un grupo distinto al que llegó, nos despedimos de Alan con abrazos sentidos, todos le felicitan por su extraordinaria guiada y su entusiasmo contagioso. Llegamos a Maiquetía, nos dividimos en taxis y madres que buscan a sus crías. Los amapucho a todos. Estoy absurdamente feliz. Cumplir 31 años rodeada de fotógrafos fiebrudos, gente adorable, paisajes alucinantes y fenómenos únicos en el mundo fue lo que me convirtió en la profesora Ari.
Gracias Dianita y Arlette por darme esta oportunidad en la Escuela Foto Arte, gracias Alan porque cuento contigo y eres de los mejores guías que conozco, gracias Sur del Lago porque eres alucinante, gracias relámpago por hacer tu show con todo, y sobre todo, gracias Luis, Sergio, Antonio, Nancy, Raúl, Marielvis, Maria Alejandra, Nati y Azalea, fueron el mejor grupo de la vida entera para bautizarme, que este proyecto de llevar fotógrafos a pasearse por los paisajes que tanto adoro continúe y prospere, se lo debo a ustedes. Los quiero.