Cuando escribí a Casa Las Tortugas para hacer mi reserva, fue Beatriz, una mexicana cariñosa y amable, la que me atendió. Cuando llegué acá me buscó y hablamos largo rato porque la estuve interrogando sobre qué hacer y mis ganas de bañarme en un cenote. Cuando me quedé sin preguntas, ella, educadísima, pidió permiso para hacerme una a mí y me habló de cuánta ilusión le hacía tener un blog como este y viajar más de su cuenta por ahí. Me enterneció infinito y entre una conversa y otra, decidimos que el viaje fuera de Holbox lo haríamos juntas. Así yo no iba tan solita y ella veía cómo hacía yo mi trabajo para saciar su curiosidad.
Así las cosas, puse el despertador a las 6 de la madrugada para encontrarme con Bety en el puerto del ferry a las 7am del día de ayer. Nos embarcamos contentas y en Chiquilá nos encontramos con Valentín, el taxista más conversador que mi amiga pudo conseguir. Con mucha hambre paramos en Kantunilkin donde me comí dos tacos de pollo y una quesadilla con picante y todo. Hablamos largo y extenso sobre la locura de los mexicanos con el chile y seguimos hasta Chichén Itzá entre tantos temas, que el camino se hizo corto de puro parloteo.
Ya llegando a Chichén, Valentín nos recomendó contratar un guía afuera, certificado, que nos llevara a las dos por un precio sensato. Paramos y nos encontramos a César, un señor simpaticazo que estuvo dispuesto a llevar al par de viajeras y explicarles todo lo que sabía sobre este importante recinto arqueológico.
Al llegar, me vuelve a sorprender lo claro que tienen los mexicanos el poder del turismo como fuerza económica. La entrada a Chichén Itzá es enorme, organizada, el estacionamiento grandote y todo está perfectamente bien señalizado. Compramos las entradas, que son más caras para extranjeros, fuimos al baño antes de empezar el recorrido y nos adentramos en los vestigios del pasado.
Confieso que me da envidia el legado histórico de estos países con importantes historias precolombinas de grandes reyes, imperios, guerras y conocimiento. Adoro la cultura de mis indígenas, pero definitivamente andaban en una más relajada por la vida.
César nos explica la amplitud geográfica de la cultura Maya, sus periodos y que inventaron el chicle, mientras veo mesones repletos de artesanía turística. Finalmente nos topamos con el monumento principal de Chichén y me sobrecoge lo que veo. Nos explica cómo los mexicanos no le hicieron pizca de caso, embebidos en sus guerras, y fueron un americano y un inglés los primeros en llegar y saquear el lugar para sus museos. Luego, finalmente le hicieron caso y resulta que una familia lo había comprado. Ahora parece que sí es del Estado Mexicano, pero dicen las malas lenguas que el consorcio de quienes tienen Xcaret lo quiere comprar para hacer un hotel y controlar la entrada.
Seguimos por los monumentos y me quedo fascinada con el Caracol u Observatorio donde esos seres antiguos descubrieron Venus y su movimiento alrededor del sol e hicieron una puerta que da justo a donde se pone el sol haciendo un haz de luz dentro del edificio. Nos cuenta también como en el monumento principal se hace una serpiente en el equinoccio. Escucho encantada su relación entre el inframundo y supramundo, cómo la culebra (Quetzalcoat) los une, veo caras de jaguares, dioses de la lluvia, de la fertilidad, la invención del cero, las matemáticas basadas en la cantidad de números que tenemos. Es tanta información que termino soltando la libretica para dedicarme sólo a escuchar e imaginarme ese mundo de juegos de pelota, plumajes, rituales, edificios enorme y castas separadas por la forma en que moldeaban sus cráneos. Es fascinante, aunque lo haya escuchado antes, aunque lo haya leído y visto en museos, siempre me deja helada el mundo Maya.
Dos horas de recorrido por lo que queda de ese pasado que vibra en las piedras y terminamos en el cenote donde se hacían los sacrificios. De regreso me compro un vestidito azul eléctrico con flores bordadas ultra mexicano (que llevo puesto mientras escribo) y una franela para mi amado.
Muertas de calor regresamos con Valentín que nos lleva al cenote Ik Kil dentro de un hotel. Se me hace demasiado turístico y quisiera ir a uno totalmente natural, pero esto es lo que hay. Nos toman una foto al entrar, nos hacen darnos un duchazo y me encuentro un abismo profundo que cae al verde esmeralda intenso entre las raíces de las plantas. Peces nadan en él y personas se lanzan a sus aguas dichosas. Me dejo de malos ruidos y me entrego a la experiencia saltando al agua desde una plataforma medio alta que se ve altísima cuando estás arriba. Me niego a arrugar y brinco de una. Me baño, tomo -o intento tomar- fotos y veo que Bety no termina de decidirse. Le da cuarenta vueltas a la escalera, deja pasar a cuanto quiere subir o bajar y finalmente se mete aterrada, da dos brazadas y vuelve en pánico a la seguridad de la escalera. Le digo que para eso que se ponga el salvavidas y se de un baño de verdad. Accede y le tomo fotos dando pataditas alegres desde la orilla. Entiendo sin mediar palabra que Bety enfrentó un miedo enorme así fuera con un salvavidas anaranjado de ayuda. Ahora la quiero más aún.
Ya fresquitas y contentas regresamos al volante de Valentín que nos lleva a Valladolid a comer. Estamos transidas de hambre y nos sentamos en un restaurantcito en una esquina de la plaza. Bety acompaña con limonada mi birra, compartimos unos nachos y nos pedimos sendas raciones de tacos de cochinita pibil, un plato típico de la zona. Llegan. Tres tacos de tortilla de maíz, cochino guisado muy lento y por ello tiernísimo a punto de deshacerse, unas cebollitas moradas por arriba, le ponemos limón, salsa verde de chiles habaneros y juápata ¡la felicidad toca mis papilas gustativas! explotan los sabores, las texturas, el picante, el limón, el cochino perfecto, el crujiente. Quiero bailar, llorar, dar brinquitos de dicha. Quiero tener cinco estómagos para comer y comer esta maravilla. Abrazo a Bety, a los mesoneros y a la vida.
Salimos a la plaza a caminar un poco y nos comemos un raspado de tamarindo con una salsa agridulce y roja que pica poquitico. Me encuentro a una pareja de señores venezolanos que estaban en Cancún con su pulsera fucsia y bajándose de un autobús gigante. Los saludo con cariño de tierra compartida y gustos no tanto.
Entramos a la iglesia, más bien austera y preparada para una primera comunión. Le damos otra vueltita a la plaza y regresamos a manos de Valentín para emprender el regreso a Chiquilá. Vuelven a pasarse volando las tres horas, descifro parte del funcionamiento del turismo aquí, sus bemoles, sus fuertes, las quejas de los lugareños. Bety duerme atrás profunda, me imagino que se sabe el rollo de memoria. Cae un palo de agua épico, pero llegamos con algo de sol al ferry de las 7. Nos da por inventarle historias a cada pasajero para distraernos y llegamos a Holbox. Acompaño a mi amiga a buscar a su hija canina en el refugio donde pasó el día con otros perritos y nos devoran los mosquitos. Nos despedimos con abrazos apretados, me como medio sánduche en el restaurante del hotel y caigo desmayada tras editarle y copiarle unas fotos a Juan Karateca que lo ayuden a promover sus tours.
Como anoche no logré cuadrar nada para ir hoy a nadar con los tiburones ballena, me levanté temprano, dejé todo listo para el nuevo cambio de cuarto y me fui al muelle a buscar donde encaramarme para el encuentro acuático antes de irme de esta isla maravillosa.
En menos de cinco minutos ya estaba montadita en una lancha esperando a los demás. Esta vez el grupo fue todo en castellano, una pareja de mexicanos de Aguas Calientes y una pareja de una argentino y una californiana panísima que hablaba español mejor que yo. Conformado así el equipo salimos aguas adentro y en menos de una hora estábamos en el agua con un tiburón ballena más pequeño que el anterior -de unos 6 metros- pero bastante más dado a los encuentros. En mi primer turno me acorraló contra la lancha y, aunque está prohibido tocarlos, fue él el que me tocó y yo la que morí de dicha con la cercanía. Juraría que me dio un besito, pero todos sabemos que ese amor es imposible y que Fede me espera en casa.
Pude nadar cinco veces con el amable gigante y aunque mis fotos son menos malas, me juré llegar a Caracas a hacer un curso con alguno de mis amigos submarinistas para dominar con más pericia el arte de fotografiar bajo el agua. Estoy picadísima.
Ya casi de salida, me peleé a muerte con una operadora llamada VIP tours que estaba rompiendo las reglas y lanzaban de a 5 y 6 turistas a la vez. Llegué buscando al jefe para acusarlos y se portó muy amable, sin embargo les toca aguantarse mi opinión en Trip Advisor.
Almorcé con Alex y Ana (el argentino divertido de Mendoza y la californiana encantadora) y descansé un rato para sentarme frente al mar a escribir este último post desde una isla que me cautivó con su gente, sus sabores, los colores, la calidez y, sobre todo, la fauna maravillosa con la que me encontré. Ahora me tocan unos días cosmopolitas en el DF y la ansiada vuelta a casa donde mi amado me espera, mi perrita mínima me menea la cola y mi familia adorada ansía escuchar los cuentos.
Les reportó desde Isla Holbox, en el caribe mexicano, donde los animales de dejan ver y la gente se deja hablar, Ariannita agradecida con la vida.









7 comentarios:
Qué viaje espectacular Arianninsis. Me quedo con antojo de vacaciones y de comida picante yummmm.
Besitos x
Espectacular!!! Yo pude conocer esos sitios y fue maravilloso, pero tienes que ir a Tulum, es verdaderamente mágico! ;)
ariannita la mas feliz. . . ya habia leido y juraria que donde dice duchazo lei durazno y me llamo la atención. acostumbro a leer y volver a leer cuantas veces puedo ya que con ello casi que me traslado al lugar. . . hace un momento le comentaba a una amiga que habias nadado con un animalote hermoso y hoy volver a leer y terminar de percatarme que pudiste hacer contacto, me emocione. . . que ricura lo que estas viviendo. una vez mas disfrute de tu experiencia. saludos. . . en la espera del proximo reportaje.
Ana: haga maletas y láncese!
Anónimo: no puedo hacer todo :( pero queda pendiente para un próximo viaje :)
Jenioska: será que puse durazno? jajajaj
Estás segura que Bety no estaba aterrorizada era por los peces negros del cenote que están tan acostumbrados a la gente que ya ni se molestan en apartarse cuando uno pasa nadando por ahí?? A mí me daba terror toparmelos en cada brazada y que terminara por error uno en mi mano... Tengo que volver al cenote solo para superar ese miedo tonto de que los peces no se aparten de mi camino!! jejeje.. Estoy super alineada con tus gustos.. Cuando fui a la Riviera Maya me asesoré con mis amigos Mexicanos, porque no me llamaba la atención el plan de los hoteles grandes y todo incluido.. Así que me decidí por ir a Playa del Carmen a un hotelito pequeño y por demás acogedor, donde podía estar más en contacto con los locales y simplemente caminar y hacer lo que me provocara... Ha sido de mis viajes preferidos, me diste muchas ganas de regresar y esta vez visitar Holbox :)!!
Arianuchis...escribes tan rico que uno te siente así, como de la familia. Casi que siento en mi boca el picosito de tus relatos. Gracias! es lo que puedo decir, sigue en tu búsqueda interminable de lo bonito de la vida, hay mucho en Venezuela, pero en otras fronteras también!! Te sigo, eres consulta obligada cada ciertos dias, para leer qué cosa nueva pones! Dios te bendiga y guíe tus pasos, un beso grandotote de una nueva "prima"
En primer lugar enhorabuena por el blog.
Yo también adoro la cultura prehispánica, en este sentido, la cultura Maya.
Es una pena que los mexicanos no le hiciesen caso hasta que llegaron un estadounidense y un inglés pero en España también ocurrió lo mismo con la Alhambra.
Por cierto que buena idea refrescarse después de contemplar esas maravillas.
un saludo.
Jesús Martínez
Vero4travel
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