14 septiembre, 2012

ANITA, BORDEAUX Y SAN SEBASTIÁN

Este es un viaje cuya ruta fue planeada en base a los afectos. De otra manera no tiene mayor sentido empujarse de Chamonix, en un extremo de Francia, hasta Bordeaux al otro. Lo que pasa es que en Bordeaux vive Ana, mi amiga adorada de la vida del mundo por siempre jamás, y a mi me parece que pisar Francia sin visitar a Ana Isabel no procede y punto.
El año pasado vine para su matrimonio y tuve el honor y la alegría de estar cerquitica del altar, viéndole la sonrisa, porque fui su madrina. Este año cuando salió el viaje a Chamonix estuve remolona y no me decidía a comprar los pasajes a Bordeaux, pero la emoción de Ana ante la simple duda de si ir o no, fue suficiente para comprar los pasajes a lo que salieran y encaramarme con Fede en un avión Ginebra-Bordeaux. Mi amiga, que tiene casi 5 años aquí, me vino a buscar en su carrito con Mari su hermana que está por una temporada para aprender el idioma. La primera emoción fue ver a Anita radiante llegar a buscarme, la segunda el cambio de clima. Pasamos de la nieve con chaqueta y medias gruesas, al vestidito veraniego con sandalias y un suetercito para la noche.
Ana nos había alquilado un apartamentico cerca de su casa, fuimos a recibir la llave y quedarnos fascinados con la maravilla de lugar donde nos estábamos alojando. Un cuarto grandote, sala, cocina, baño y hasta una lavadora teníamos a un precio menor al de un hotel. De ahí, por supuesto, a comer. Ana nos llevó a Petit Commerce (creo que se llama) un lugar al que habíamos venido el año pasado donde venden toda clase de mariscos fresquísimos y deliciosos. Nos tomamos una botella de delicioso vino blanco de Bordeaux (en toda la zona abundan los viñedos) y comimos hasta quedar idiotas. Luego fuimos a casa de Ana, que ahora será de María, conversamos un rato y alquilamos unas bicis para recorrer un poquito la ciudad. Nos agarró la noche entre el teatro, el espejo de agua, el río y el skate park. Bordeaux no deja de sorprenderme con esa perfecta unión entre pasado y presente. Justo cuando te sientes que todo es historia, entre muros de piedra, edificios antiguos y catedrales góticas, aparece silencioso, modernísimo y brillante el Tram, un tren que recorre la ciudad como medio de transporte público, y te regresa a este siglo.
Tras el abreboca citadino a pedal cenamos sopa Pho en una plaza que se destaca por tener tres restaurantes tailandeses en una esquina y nos quedamos en casa de Ana hasta la madrugada hablando y bebiendo más vino con Benji que llegó tardísimo de trabajar en la zona de salto.
Ana y Benji, ambos paracaidistas de familia paracaidista, se iban a China invitados a "estrenar" un nuevo puente saltando desde él. Así que al día siguiente nos tomamos con soda la mañana y quedamos en encontrarnos al mediodía para que ellos resolvieran maletas, lavadera de ropa y afines. Fede y yo visitamos en la esquina de nuestro apartamento, una panadería extraordinaria que María nos recomendó. Al parecer utilizan un especial método artesanal. No sé de métodos, pero les juro por todo que cuando yo mordí el croissant de Pain Maitre, tuve un orgasmo culinario épico. Qué cosa tan maravillosamente perfecta, crujiente, suave, con el toque de dulce justo, nos se deshacía sino lo suficiente. Insólito. Ni hablar del pain au chocolat, eso sería hard core porno y este blog es recatado.
Con el paladar satisfecho de tanto placer caminamos por nuestra zona entre locales libaneses, callecitas empedradas y edificios viejísimos y preciosos. Pasamos por Saint Michell, vimos el río de día y nos aparecimos en casa de Ana al mediodía cuando ella llegaba de una agotadora jornada de lavandería. Almorzamos en un japonés riquísimo, compramos quesitos, frutas, pan y vino y nos encaramamos en el carro para visitar la Dune du Pyla en la costa, una duna enorme que abre la bahía de Arcachon. Primero fuimos a ver la parte donde están los parapentistas y gozamos viendo las alitas de colores y la maravilla de paisaje. Luego, Ana nos llevó a su lugar favorito. Atravesamos un bosque de pinos, nos encontramos con una montañota de arena quita aliento y la subimos para gozar con una vista increíble. Como decía Anita, para un lado el mar verde de pinos y para el otro el azul. Seguimos caminando por la duna unos 15 minutos y llegamos al lugar. En medio de aquel arenero, frente al mar, hay unos búnkers de la II Guerra Mundial que han sido graffiteados por artistas franceses y que funcionan como boulders de escalada. 
Algunos están ya torcidos y metidos en el mar. Nosotros nos instalamos junto a uno que está en la arena y tenía unos graffitis voladísimos. Podías entrar por una ventanita y salirte por un hueco en la parte de arriba donde supongo se asomaban a ver o atacar. De nuevo me arroba ese contraste, esa historia tan viva, ahí, como si nada, convertida en arte y deporte, en parte del paisaje. Fede, que ya había sido advertido, se calzó sus zapaticos de escalada y se encaramó un buen rato probando las maneras más difíciles de hacerlo. Gozó él luciéndose y gocé yo embelesada viendo a mi prometido el escalador.
Vimos el atardecer entre vinos, frutas y quesos franceses y caminamos duna atrás, carretera de vuelta y llegada a casa de Anita donde María tan preciosa nos había hecho cena. 
Como era de esperarse, a esa hora se pusieron a hacer la maleta Ana y Benji mientras hablábamos de lo loca que podía ser la experiencia China base jumper. Me despedí de mi amiga adorada y su esposo queridísimo y nos fuimos a dormir. Ya nos veremos en Caracas en Octubre para forjar el camino que ambas queremos para nuestro país.
El tercer día en Bordeaux desayunamos en la panadería de la felicidad y nos quedamos en el apartamento trabajando con salidas sólamente a almorzar y cenar. A Fede le habían quedado pendientes unos planes de entrenamiento y yo estuve escribiendo para ustedes, mandando artículos que me faltaban y viendo qué haríamos al día siguiente en San Sebastián. Ana nos había dejado el carro y nos había recomendado esa ruta a apenas 2 horas y media de Bordeaux en el País Vasco.
Nos levantamos temprano y arrancamos. La primera angustia fue salir de la ciudad mientras el GPS se cargaba y nos informaba qué hacer. Las callecitas de Bordeaux son mínimas, intrincadas y nunca sabes si te estás comiendo la flecha o va a venir de frente el Tram. Finalmente lo logramos, agarramos autopista y pagamos un dineral en peajes por carreteras inmaculadas. 
Llegamos a San Sebastián al mediodía y ni el terrible clima lluvioso nos quitó las ganas de caernos a pintxos y txacori -tapas y vino, pero en el País Vasco-, caminar por las callecitas de la parte vieja y ver de lejos la playa sin ganas de meternos en el mar. Gozamos hablando con la gente ahora que estábamos de nuevo en nuestro idioma y agarramos carreterita por la costa pasando con breves paradas en San Juan de Luz y Biarritz. Felices de ver el mar, aunque fuese un día helado, hasta nos bajamos en una playa y caminamos por la arena, pero sin tocar el agua. Qué se le va a hacer si uno es caribe y cuando está nublado te da frío hasta en Los Roques.
Llegamos de noche y pasamos más trabajo que Frodo para llegar a casa de Ana, buscar a María y emprender juntos la ardua labor de conseguir un puesto para dejar el carro. Que si no era la zona, que no cabe, que aquí los remolcan y allá no. Finalmente encontramos algo que pareció sensato, le preguntamos a dos personas que pasaban por ahí y nos encomendamos bajo la amenaza de Mari: -si pasa algo fueron ustedes. Amén.
Nuestra última mañana en Bordeaux regresamos a la panadería, nos comimos hasta la servilleta, devolvimos el apartamento y nos montamos en el Tram para llegar a la estación de trenes y agarrar el tren a París. Tras mucha angustia, que ameritó meternos en un bar a tomarnos un vino, desciframos cómo llegar en metro al hotel del aeropuerto donde esta mañana mi prometido, mi amado, mi héroe, se encontró con la manada de muchachitos de Niños en La Cumbre y se fue con ellos a Nepal a subir montañas y ser feliz.
Yo, en mi viaje movido por los afectos, salgo esta noche a Berlín donde mi amigo Andrés, a.k.a Dj Trujillo, a.k.a El Cóndor de los Andes, me espera para conocer la ciudad bajo su ala de buena música y el cariño que nos tenemos.
Esa será otra historia que les contaré en unos días. Igual pueden ir sabiendo de mi recorrido por las fotos que pongo en Instagram como @arianuchis.

1 comentario:

Ana dijo...

Tremenda crónica mi Ari. Qué rico comerse hasta la servilleta.

Deberías poner las foticos más grandes.

Te quiero xxxxxxxxxxxx

A.