09 febrero, 2012

LLUVIA EN EL MATAWI

El Kukenán está prohibido. Los pemones le dicen Matawi que significa "si me subes, mueres". Se supone que cuando los indígenas subían a alguien a su cumbre era para sacrificarlo a los dioses, de ahí las leyendas oscuras. Sigo queriendo investigar la razón de Inparques para prohibirlo, me da la impresión de que puede haber sido a partir de la muerte y desaparición de un jovencito hace ya unos cuantos años entre sus grietas. Los pemones, siempre entre la practicidad y el delirio, te permiten subirlo con su permiso, pagando más a los guías y porteadores dada la peligrosidad del ascenso, y dejando una contribución para mejoras de la comunidad. Como dice mi amigo Maickel: no me digas no, dime cómo.
Por años tuve la curiosidad de subir al Kukenán. Hice Roraima dos veces y su enigmático vecino me llamaba poderosamente la atención. Era una cuenta que quería saldar conmigo.
Como todas las grandes oportunidades, esta llegó de improvisto. Invité a mi querida Ana Isabel a la casa para vernos un rato y para que su esposo Benji conociera mi pequeño refugio. Entre una conversa y otra salió que se iban para el Kukenán en una semana a tratar de hacer una salto BASE. Antes de que me invitaran, me anoté en el plan sin pensarlo un segundo. Al día siguiente estaba sacando cuentas, pidiendo platica prestada y revisando mis equipos de excursión. Esa misma tarde nos reunimos a cuadrar todo y dos días después estaba agarrando carretera.
El equipo "explorador" sería: Ana y Benji su esposo francés, Igor nuestro guía estrella y su querida Jenni, una paracaidista italiana a la que le dicen Teti, Daniela, Emilianita y yo. Nos acomodamos en dos carros con el mercado, el perolero y emprendimos el eterno camino a La Gran Sabana. 
La primera noche la pasamos en Upata. Llegamos un poco tarde, resulta doloroso y agotador el pésimo estado en que se encuentra la vía a Oriente y la absurda cantidad de camiones que transitan por ella.
 Nos levantamos temprano y arrancamos, ponemos gasolina en La Claritas donde comienza el agite fronterizo de contrabando de gasolina. Le decimos a un Guardia Nacional que somos turistas, nos dice que se acabó la temporada, rogamos, una señora de franela roja se apiada y nos deja pasar cuando ve que nos queda menos de medio tanque. Subimos la Sierra de Lema y, cuando finalmente se abre la sabana, nos encontramos con que está forrada en nubes...mal augurio para los excursionistas. Llegamos a San Francisco de Yuruaní y nos acomodamos para hacer dos viajes a Paraitepuy -de donde sale la caminata- en el único rútico 4x4 que tenemos.
Cae la noche y nos instalamos en la posadita. No hay luz, nos arreglamos con velas y linternas para terminar de acomodar los morrales, la comida y cenar una pasta con pollo que nos preparan.
Amanece nublado, lo agradecemos con 6 horas de sabana por delante en las que el sol puede ser aplastante. Tras cuatro horas de caminata sin mayore esfuerzos llegamos a Río Tek, aquí empieza la trama del tepuy prohibido. Nos anotamos en Inparques como que íbamos a Roraima y en la colina después del río nos toca desviarnos a la izquierda rogando que nadie nos vea y le avise al guardaparque. Tratamos de hacerlo lo más rápido posible. Esa apretada del paso me deja sin fuerzas y soy la última en llegar a la Cueva de Los Españoles donde pasaremos la primera noche. Instalamos las carpas una al lado de la otra bajo el resguardo de las piedras. No llovió mucho, pero como pasamos por un largo trecho de monte alto y camino estrecho, tenemos los zapatos y pantalones emparamados. Hay un arbolito dentro de la cueva que se convierte en tendedero provisional. Cenamos caliente y pasamos la primera noche al aire libre. Es el cumpleaños de Igor. Daniella, que es una lindura, le lleva una torta y le hace una "rumba en el tepuy" con las corneticas del Ipod.
Nos levantamos temprano para entrarle con tiempo a un día que promete ser duro. Amanece medianamente despejado, pero cuando llegamos al campamento base, donde pensábamos comer algo, ya ha llovido un par de horas y estamos helados. Decidimos saciar el hambre cuando escampe. Una hora después conseguimos un hueco bajo las piedras y nos sentamos a comer. Comentamos el mal clima y esperamos que luego mejore.
Seguimos ascendiendo por la espesa vegetación de la falda del tepuy, la lluvia va y viene, de a raticos nos deja ver la sabana y hasta nos regala una despejada de la puntica del Roraima para hacerle un par de fotos.
Llegamos a la pared y comenzamos a bordearla, a este punto ya tengo clarísimo que la excursión a Roraima resulta bastante más sencilla. El camino va entre barriales, piedras y subidas. Luego son sólo piedras, gracias a la lluvia hay que ir con más cuidado del que ya vamos para no resbalarnos. Igor nos dice que busquemos los puntos rosados en la piedra que son los más confiables. Comienza el ascenso. No para de llover. La cosa se pone más peluda. Debemos trepar rocas enormes con profundos abismos entre ellas. Cada paso debe ser perfectamente calculado, la vegetación puede esconder grietas. Algunos pasos tienen voladeros demasiado cerca, en otros hay que aferrarse a cuerdas que no sabemos cuánto tiempo tienen ahí. Voy muerta de frío y honestamente asustada, sin embargo procuro mantener la calma, el paso firme y los sentidos agudos. Ya llevamos 8 horas y se supone que lo haríamos en 7. Hay un paso en el que subimos primero nosotros y luego los morrales. Durante la espera el viento arrecia, ya está escondiéndose el sol, la lluvia no para. Nos metemos detrás de unas piedras. Siento una desesperación terrible, casi ganas de llorar, lo único que quiero es moverme, me duele todo, estoy exhausta, tengo frío y sólo quiero continuar pero ya el camino no se ve, sin el guía al frente nos perderíamos. A todos nos preocupa Teti que ni siquiera tiene chaqueta porque las ramas destrozaron su poncho. Finalmente tenemos todo en la repisa y seguimos. Hay un último paso de cuerdas para llegar a la cumbre. Hay una cuerda de escalador negra y mojada, un mecate amarillo y un tronco con machetazos para poner los pies mientras te agarras de alguna de las dos cuerdas. Pienso en mi amado escalador, me agarro con el alma de la negra aunque ya no sienta las manos del frío. Igor me ayuda a poner los pies en el tronco.
Llego sola a la cumbre, es de noche, hace frío y donde sea que pise es agua. Arranco a llorar desconsoladamente. Es una mezcla de emoción por haber hecho cumbre, miedo contenido por horas y una sensación de soledad infinita. Jenni llega minutos después, me abraza, trata de resguardarme tras unos arbustos y esperamos juntas a que todos lleguen. No sabemos hacia dónde caminar y cerca de la hipotermia resulta peligrosa la inmovilidad. Doy vueltas en círculo y brinquitos con lo que me queda de energía. Llega Igor y caminamos hacia el Hotel Kukenán, la cueva en que dormiremos. 
Comienzo a quitarme la ropa mojada con dificultad por la torpeza de mis manos entumecidas. Estar seca es la gloria. Me meto en la carpa con Emi y enseguida comienza a llover a baldes, ni la cueva nos salva del chaparrón venteado y se hace un charquito en la carpa. Nos ponemos todo lo que tenemos para intentar entrar en calor. Ya no me acordaba de mis pies, paso horas calentándolos. Igor se destaca como el mejor guía de tepuyes que conozco y nos lleva la cena a la carpa a cada uno. Celebramos con gritos y aplausos la comidita caliente y tratamos de dormir a pesar del pacheco. Emi y yo pasamos horas descifrando una técnica para salir a hacer pipí sin que nos vuelva a dar frío. No paramos de reír ante nuestra situación. Son los momentos en que te preguntas por qué es que te gusta esto y ante la falta de respuestas sensatas sólo queda el buen humor.
Amanece con un atisbo de solecito, pero no tenemos ni un poquito de ganas de cambiar la pijama caliente por la ropa de faena que aún chorrea agua, así que no acompañamos a los paracaidistas (Ana, Benji, Teti e Igor) a explorar el borde para encontrar el punto del que saltarán. Recorremos los alrededores de la cueva, dormimos siesta y nos damos un bañito de río aprovechando un instante exento de nubosidad. Esa tarde suben unos porteadores a dejar la comida para un grupo que subirá en helicóptero a la mañana siguiente. Ana e Igor deciden llamar por el satelital a averiguar quién es el piloto, dan con él y llegan a un acuerdo para que les supervise el salto y nos baje a nosotras hasta la Cueva de los Españoles. Quiero morir de felicidad. Si subir la pared es una penuria, bajarla tiene que ser peor con este clima. Nos acostamos a dormir de buen humor. A la medianoche a Emilianita le da un ataque de vómito violentazo, de casualidad logra pasarme por encima, abrir la carpa y hacerlo ahí mismo. Me demuestro a mi misma cuánto la quiero porque en lugar de morir de asco, le agarro el pelo para atrás y le sobo la espalda para mantenerla caliente. Le echamos agua al pichaque y el resto de la noche permanece plácida aunque un poco fría porque se nos olvidó cerrar la puerta del sobretecho de la carpa...
Igor nos para de madrugada a acomodar todo para esperar al helicóptero. Ellos se ponen sus paracaídas y lo esperan también para que los deje en el lugar donde saltarán. Aprovechamos el tan anhelado calorcito para secar la ropa y los morrales que ya huelen a mapurite. Pasan las horas y nada de helicóptero. Los saltadores deciden irse caminando al borde, nosotras nos quedamos esperando. A las 10 comenzamos a intentar llamar y el satelital pierde por completo la señal. Hay mucha tensión en el ambiente. Pasar de viaje principesco en helicóptero a la realidad aplastante excursionista no es poco. Nos comunicamos por radio con Alberto, nuestro guía pemón, y le pedimos que nos espere un ratico más porque solas no podemos bajar ese tepuy y no sabemos nada del vuelo. Nos consolamos con que no está lloviendo y debería ser un poquito más fácil bajo estas condiciones. A las 11 entendemos que nos toca darle a pie. 
Agradezco haber secado mi ropa de faena en el ratico soleado, me la pongo seca e inmunda. Resignadas nos volvemos a encaramar el morral y le damos hasta el borde para encontrarnos con Alberto y comenzar el descenso. Cuando bajamos el tronco macheteado, Igor notifica por radio que tampoco pudieron saltar porque se tapó por completo el lugar. Comienza a darnos la sensación de que el tepuy nos bota a patadas, sentimiento que se acrecenta cuando un certero palo de agua comienza a re emparamarnos los huesos. Bajamos en "culicross", en cuatro patas, nos aferramos a las matas, los troncos, las piedras. La situación es penosa. Cuando bajamos la pared y pensamos que lo peor ya pasó, nos encontramos con unos barriales que nos hunden hasta las rodillas. Tenemos tierra hasta en la cabeza. En el campamento base me como un cachito Morán con Chez Wiz sin sentarme ni quitarme el morral porque lo único que quiero es que este día del demonio se acabe. Me sorprende la implacable hostilidad del Matawi con nosotros y me juro volver para reconciliarme cuando sea verano de verdad. No pienso de ahí en adelante, la bajada de la pared fue demasiado ruda y me dejó mentalmente agotada. Voy en automático. Me caigo mil veces, me levanto y sigo. Ya las rodillas no me responden.
No me lo puedo creer cuando reconozco la colinita donde la cueva nos espera para arroparnos entre sus piedras. Es la felicidad más grande de la tierra. Si pensabe que subir me había molido, la bajada me trituró y acabó conmigo. No paramos de reir y quejarnos a la vez, damos lástima, hasta los pemones que parecen de hierro están agotados. Benji, es su escueto español, dice que el tepuy nos escupió. Literalmente. Una vez que me acuesto siento que jamás volveré a pararme. En efecto, pararme a buscar un relajante muscular implica un esfuerzo absurdo. Comemos una pasta deliciosa que hizo Jenni y duermo como un tronco.
Se levanta la última mañana de esta excursión. Sólo se escuchan voces quejumbrosas intentando estirar los músculos. Nos clavamos un desayuno hipercalórico y arranca la última caminata. Salgo de primera, durante la noche no pude dormir boca abajo por el insoportable dolor en las uñas de los dedos gordos de mis pies, así que tengo claro cuánto voy a sufrir. Los primeros metros en recta son sensatos, pero en cuanto llega una bajada lo que me falta es una andadera. Entiendo que a ese ritmo llegaré en 5 días y la promesa de darme un buen baño de río en Tek me llama a gritos. Intento con los Crocs y es peor. Como tengo medias bien gruesas, decido ver cómo me va sin nada. Camino así durante un par de horas, tan feliz que no me lo creo. En una subida antes de llegar a Tek comienzan las piedritas y tengo que ponerme los zapatos. Comienzo a caminar con Daniela y un helicóptero hace un rasante para vernos. Pensamos que capaz Ana lo llamó para saltar porque hoy ha sido la única mañana realmente despejada. Llegamos a Tek y ya Jenni y Emi están felices estrenando los champuces biodegradables que no habíamos podido usar. Me lanzo al agua, todo mi ser agradece el aseo y el sol, el ansiado sol. Ni hablar del pelo pegado al cráneo con barro y sudor. Salgo y meneo la melena en estado de absoluto éxtasis. Llega Igor y nos dicen que el helicóptero vendrá a buscar los morrales, explota en mí la dicha: estoy limpia y las próximas 4 horas iré sin carga. Es la recompensa inimaginada. Por concenso decidimos que Jenni irá con el piloto y los morrales. El aparato en cuestión se para junto al río, se lleva los peroles y a Jenni. Nos tomamos una birra en el kiosco de Tek para celebrar la espalda liviana y continuamos caminando cerca de una hora. Vengo hablando con Ana sobre la imponente hostilidad que nos sacó del tepuy y de pronto taca taca taca taca taca, el helicóptero se estaciona en el camino frente a nosotras que, lelas, vemos la señal de "móntense" que nos hace el piloto y corremos como que no hay mañana. En segundos estamos volando hacia Paraitepuy mientras vemos desde el firmamento los kilómetros de camino ahorrados. 
Nos dejan en la posada como a unos pachás y explota la euforia. Gritos, brincos, fotos enardecidas, videítos, la locura absoluta. Amapuchamos al piloto y le agradecemos hasta el infinito y más allá. Luego se va y trae a Igor y Teti. Más hurras destemplados. Comentamos las felicidad y comenzamos a acomodar todo para los dos viajes de regreso a San Francisco donde cerramos la tarde con un pabellón acompañado de kumache. 
Es verdad, Matawi nos enseñó su cara más severa, pero yo estoy dispuesta a volver para ablandarlo. Dormimos una noche en Santa Elena, al día siguiente nos bañamos en el río Yuruaní y nos despedimos de una sabana soleada.
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