15 marzo, 2012

EPOSAK, DONDE QUIERO VIVIR

Eposak significa "logro" en lengua pemón y de eso se trata esta fundación.
Supe de ellos por un tweet, me llamó la atención el nombre y que me hablaran de apoyar emprendedores. Entré a la página y con los ojos aguados llamé desesperada a mi mamá para que la viera. A esta gente había que apoyarla.
Recibí de mi madre el legado de crear sentido de pertenencia en éste país. Hoy hago una vida de recorrerlo, relatarlo y fotografiarlo, de compartir lo hermoso que veo e intentar que tomemos conciencia para mejorarlo. Cuando vi lo que hacía Eposak (pueden/tienen que verlo en www.eposak.org) lloraba de alegría porque esta gente estaba llevando a otro nivel lo que mi madre ha hecho siempre y yo continúo. Eposak es una fundación que no se limita (como nosotras) a dar a conocer pequeños emprendedores del turismo. No. Ellos, además, les consiguen financiamiento, los capacitan, los promueven y los apoyan con camiones de cariño y esperanza para que salgan adelante con sus proyectos. Sólo ver la página web, hacer click y donar lo que uno pueda es conmovedor. Ahora bien, nada me preparó para lo que me tocaría vivir en el Valle de Kamarata el fin de semana pasado.
Valenta y yo fuimos invitadas por Eposak para conocer de cerca el proyecto. Nos daba mucha risa que llamaran tanto a confirmar y recontra reconfirmar, porque desde el primer instante apartamos la fecha con tinta china en las agendas. No nos íbamos a perder ese viaje por nada del mundo.
Con la maletica en la mano llegamos el viernes a las 4:45am a la Plaza Altamira donde una sonriente Karen nos esperaba con Oscar. Ahí supimos que los otros periodistas eran Gerhard Weil y Eduardo Rodríguez. También estaba José Diaz que daría un curso de rescate y primeros auxilios y Esteban Torbar, fundador de Eposak. Arrancamos al aeropuerto Caracas, esperamos a que abrieran el cafetín y comentamos el viaje. Los únicos que ya conocían la zona era la gente de Eposak, mi madre y yo, así que para los otros el viaje sería aún más sorprendente. Desayunamos y nos dividimos. Los periodistas en una avioneta y los demás en la avioneta que piloteaba el mismísimo Esteban. Cuando cerraron la puerta de nuestra avioneta, al pobre Eduardo se le bajaron los suiches y le comenzó un tic nervioso. Sufría de claustrofobia y lo que venía era un vuelo de 2 horas con poco espacio. Lamentándolo mucho y con el dolor de su alma tuvo que devolverse y cederle el puesto a José. Me asombró el poder de las limitaciones de la psique, cuando la mente se niega es difícil controlar la situación.
Volamos plácidos entre el sueño y la lectura hasta Uruyén, uno de mis lugares favoritos en el mundo. Ahí nos recibió Victorino Carballo junto a su familia, los pemones propietarios de este campamento a orillas del río y cobijado por la falda del Auyantepuy. Lo primero que hice fue ponerme el trajebaño y lanzarme al agua color té para sacarme el madrugonazo de encima. Almorzamos y salimos a hacer un paseo en las cercanías del campamento para ver unas cascadas preciosas. Nos acompañó Arturo, uno de los chicos que Eposak capacita para ser guía turístico. Nos bañamos, nos las gozamos y, cuando veníamos de regreso, veo un grupito caminar hacia nosotros, enseguida noto la contextura corpulenta de Eduardo y comienzo a gritarle eufórica, él agitaba los brazos al aire cual ventilador y todos nos abrazamos entre sorprendidos e incrédulos al verlo caminar por la sabana como si nada. Nos contó cómo Esteban lo había ido convenciendo cual muchachito, hasta caramelitos le dió y le conversó largo y con aire acondicionado para hacerlo resistir las tres horas de vuelo que su avioneta se echaba hasta Uruyén. No había empezado el recorrido y ya a Eduardo le había cambiado la vida.
Esa noche cenamos y conversamos largo. Algo me tenía sensible, porque la absoluta certeza de Esteban de que este país daría un vuelco radical hacia el progreso me hizo llorar a mares. Supongo que esto de ser una militante del optimismo resulta agotador de a ratos, especialmente en una Venezuela tan conflictiva como la que me ha tocado vivir. Debe ser por eso que conseguirme con alguien que le apuesta todo a lo mismo que yo me generó como una explosión del alma, un sentir que no soy una loca absurda nadando a contracorriente. Dormí removida.
Me levanté de madrugada, en viajes pasados a Uruyén jamás había logrado agarrar al Auyantepuy despejado para una buena foto, esta era la oportunidad. Me senté horas en la pista a esperar que una nube al Este cediera y dejara al sol hacer lo suyo sobre la pared. A las 7 fue que por fin se colaron unos rayitos y me dejaron hacer mi tan anhelada foto. Entendí que sólo soy paciente para fotografiar algo que quiero, no sé si haya algo más en el mundo que me haga esperar hora y media sentada a merced de los puri puri.
Gerhard se fajó toda la mañana a hacer su programa de radio desde un teléfono satelital. Esta vez fue Karen la que me hizo llorar con sus declaraciones. El optimismo, la seguridad de que el cambio es posible, la fé, la alegría con la que esa mujer hace su trabajo me desarmó por completo.
Me volvía a bañar en el río para despedirme de Uruyén y arrancamos a Kavak, un campamento más grande e igual de bien ubicado en las faldas del tepuy. Ahí apareció Eulalia con su pinta de pemona de antaño, Hortensia, Alexander y todo el que tenía que ver con el funcionamiento de Kavak. Vimos todos y cada uno de los tres campamentos, comimos piña, saludé a Rosita que tenía años sin verla y hablamos con los pemones sobre la importancia de mantener sus tradiciones, la locura que vivieron con Aerotuy y la necesidad de tener vuelos más baratos y acceso a teléfono o internet para sacar adelante a Kavak como destino. Tras eso nos agasajaron con un hermoso ritual de baile pidiéndole permiso a la Cueva de Kavak para entrar a conocerla. Volví a llorar, -ya les dije que andaba sensible- la viejita pemona bailando con los muchachitos, dejándoles el legado de su sabiduría milenaria tan respetuosa con la naturaleza, me conmovió profundamente.
Entonces emprendimos camino a la cueva, otro de mis lugares favoritos en la tierra. Vas por el río y se abre una laguna entre peñascos enormes, a la izquierda se asoma un pasadizo estrecho que cruzas asido a una cuerda. Lo que te consigues al final es una cascada poderosa que horadó las piedra hasta crear una caverna amplia de paredes gigantescas, un útero primitivo, un espectáculo natural que me deja igual de estupefacta cada vez que lo presencio. La impresión es unánime. Todos estamos anonadados. Gerhard y Eduardo parecen dos muchachitos, no hay manera de sacarlos del agua.
Regresamos a Kavak, almorzamos rico y abundante para arrancar a Kamarata. Llegamos y comenzamos el recorrido por La Misión, la escuela, vemos cómo se hace el casabe y lo probamos recién hechecito y con picante, nos conmovemos con los cuentos de Flora y René y su panadería mínima, vemos la churuata de Fany que no logra terminar porque no hay cemento y llegamos al campamento de Santos que le está quedando increíble. Todo el tiempo me sorprende lo pequeños y fundamentales que son los proyectos, el entusiasmo de los pemones potenciado por el de Eposak, las dificultades, la emoción de querer salir adelante, de sentirse apoyados, el sentido de comunidad, la solidaridad.
Esa noche el profesor de la escuela nos prepara el más primosroso de los espectáculos, los niñitos se disfrazan, cantan, bailan, juegan, nos invitan a bailar, hacen una vasija y le entregan a Esteban un bordado de agradecimiento. Obviamente me lanzo de nuevo en llanto, es demasiada alegría y fé, más de la que mi pequeño cuerpo puede sostener, por eso se desborda en lágrimas gordas como garbanzos.
Cenamos opíparo, canto Luis Miguel con las chicas y me voy a dormir. Entiendo cuánto le ha cambiado la vida a Eduardo cuando lo veo tratando de resolverse su primera noche en la vida encaramado en una hamaca. Lo hace sonriente y curioso.
Nos levantamos, recogemos el perolero, llovió durísimo toda la noche y no voy a lograr hacer otra foto del tepuy. Me voy con las chicas al conuco de Petra y me uno a la algarabía que causan los pepinos verdecitos y las lombrices fertilizantes. Esperamos a que abra el tiempo, nos despedimos. Se me queda un pedacito en el Valle de Kamarata que no quiero buscar jamás. Si vuelvo, será para dejar más.
Gracias Karen por hacerme llorar con tu entusiasmo y mística infinita. Gracias Lucía por tu mirada clara, tu hablar pausado y esa manera de creer en lo que haces. Gracias Mayita por hablar a mil por hora y actuar aún más rápido, eres el motor fuera de borda que impulsa a Eposak. Gracias Joselyn por la sonrisa eterna y la dulzura perenne. Gracias Esteban por creer así de desbarrancademente en el futuro y saber contagiarlo. Gracias Edu por ser tan absolutamente espléndido, sencillo y tener ese corazón abierto a lo que venga. Gracias Gerhard por compartir el entusiasmo de hacer país y tener la humildad de dejarme enseñarte fotografía. Gracias a los pemones del Valle de Kamarata por enseñarme que las dificultades son para superarlas y convertirlas en posibilidad. Gracias al Auyán porque siempre me hace sentir chiquitita. Gracias Eposak por enseñarme de cerquita el país en el que yo quiero vivir.
(Para ver todas las fotos click AQUÍ)

06 marzo, 2012

VIAJAR CON MI MAMÁ

Viajar con mi mamá implica tener que agarrarse un día extra al llegar a casa para descansar de algo que se parece más a los maratones que a las vacaciones. Por eso me río con toda ese gente que en Twitter aclama "yo les llevo las maleeeetas".
El jueves, al salir de la radio me vino a buscar y salimos a Choroní. Hasta la noche anterior íbamos a Falcón, pero luego me llamó y dijo Choroní. Era la misma maleta con un par de días menos, además ella es la jefa y yo he aprendido a adaptarme sin discutir. Bueno, a adaptarme, porque casi siempre le discuto.
La misión del viaje: tomar fotos de una selección de posadas de mar para un proyecto nuevo que tenemos en el horno. No me apasiona ni un poquito tomar fotos de posadas, prefiero los paisajes, los animalitos, las excursiones. Pero trabajo es trabajo y hay que fajarse a hacerlo bien.
Con mi mamá uno no deja las cosas en la posada, se da un bañito y sale a faenar. No. Con Valenta uno llega a la posada exhausto tras haberse parado ya en 18 lugares para ver qué es lo que vamos a fotografiar al día siguiente. Ella se baja con su cuadernito y arranca a anotar de lo que ve y de lo que pregunta. Yo me bajo y voy viendo la iluminación de los cuartos, por dónde le va a pegar el sol en la mañana y me presentan al pobre ser que me atenderá cuando llegue en misión fotográfica. Esa tarde sale un solecito y le hago sus sesión a La Bokaina con una luz amarilla y preciosa. Se lucen los jardines. 
La cena también es trabajo, no importa lo rica que sea la comida en un lugar, debemos variar siempre para probar todo lo que se pueda probar. Cenamos una pizza donde Paco la primera noche y dormimos en Casa Grande. Caigo desmayada para escuchar el despertador a las 5:30am. Valenta se baña, se viste y sale a transmitir La Guarandinga porque es viernes y le toca. A las 6 me toca trabajo a mí. Preparo el equipo, paso por la recepción a darle un besito y me voy a tomar fotos. En Arakemo la piscina aún no está llena. Sigo a La Casa de Las García y hago las fotos, me paso un buen rato viendo a ver cómo levantar los toldos de la piscina, finalmente me ayuda el vigilante. Continúo mi faena con Casa Sol, el muchacho ya advertido me abre tres habitaciones y veo que barrió el patio con sumo cuidado. El perrito de la posada quiere jugar conmigo y mi lente. De ahí me voy a Casa Mori. Toco el timbre, ayer pasamos por ahí muy tarde y no avisamos que yo iría. 
Me atiende un muchacho, le digo que mi madre me ha mandado a hacer las fotos, eso de "soy la hija de Valentina Quintero" suele abrir la puerta de todas las posadas. El joven me dice educadísimo que él es ecuatoriano y no tiene idea, que va a llamar al patrón. Me quedo quietica esperando, el patrón le habla largo, el joven me sonríe, le dice al patrón que bueno, que están en plena limpieza. Tranca, entra a la cocina y les dice: "dejen todo lo que están haciendo y terminen de poner la posada perfecta que llegó una visita importante". Muero de vergüenza y les pido que desayunen que yo voy resolviendo. Angélica me hace juguito de patilla, le pone flores a los cuartos, abre las regaderas, coloca los cojines en las tumbonas de la piscina, suda como loca. 
Vale la pena el agite, es de las posadas más hermosas que he visto en años. El baño me enamora, es primera vez en la vida que quiero fotografiar una regadera. Casa Mori entra en mi top 5 de posadas para enamorarse. Me juro volver con Fede un día.
Llego a Casa Grande, donde Valenta ya está por terminar la transmisión. Hago las fotos de la posada y de su hermana Casa Grande II. Desayunamos en el pueblo y arrancamos a caminar por todo Puerto Colombia a ver tarantines, posadas que no conocemos, restuarancitos, heladerías y hasta el abasto nuevo. Almorzamos un ceviche bien bueno y decidimos dormir una hora. A las 4 salimos de nuevo a hacer oficio. No salió el sol, pero hacemos fotos de una tiendita y vamos a ver otras posadas. Nos morimos de risa con los cuentos de Alberto en El Oasis. Cenamos como reinas en Nettuno donde mi amigo Alexis comparte los fogones con otro pana. Saliendo de ahí nos ataja el chamo que da clases de surf y mi madre anota todo con los ojos a punto de colapsar.
A las 6am suena de nuevo el despertador, nos ponemos traje de baño, agarramos los peroles y nos encontramos en el embarcadero con el lanchero que Alexis nos cuadró. Alexis decide acompañarnos y agradezco infinito que alguien me lleve trípode y lentes. Vamos a Cepe, vemos las posaditas de Cepe que se llaman Hogares Productivos y luego la posada Puerto Escondido que es para batirse de lo linda. Nos invitan un tecito.
Luego seguimos a Chuao, nos comemos una arepa de pescado de la Sra Delia que se muere de emoción con la Valenta. Agarramos el autobusito y recorremos todo el pueblo de Chuao en busca de hospedajes y daticos. De regreso nos trae un gordo amabilísimo en un taxi que primero muerto que cobrarle a mi madre. 
Nos paramos en las plantaciones de cacao a hacer un par de fotos. A las 10am estamos llegando a la posada de regreso. Vemos a la gente bañadita, desayunando con calma para irse a la playa...y nosotras de regreso.
Valenta toma sol un ratico en la piscina, yo voy a dejarle el celular a Alexis que lo dejó en mi cartera. Almorzamos donde Morá, chismeamos divino con ella y nos mudamos a Casa Mori, porque como les dije, hay que variar.
Nos reciben con merienda, volvemos a dormir una horita y salimos de nuevo. Hacemos las fotos de Yacare Icoa la posada de los hippies en la montaña donde me había mordido un perro (se me había olvidado contar eso). Pero ellos son un sol y el lugar es precioso. De bajada paramos en el río a hacer otras foticos y me come la plaga. Pasamos a ver si hacemos Arakemo y Pittier pero hay mucha gente en las piscinas. Cenamos opípara y exquisitamente en Casa Mori.
A las 6am no suena el despertador, pero ambas estamos despiertas igual. Nos vamos a Playa Grande a hacer fotos de la playa ahora que todos duermen. De ahí a la piscina de la posada Pittier, que nos faltó ayer, y las fotos de Arakemo con su pianista maravilloso. Gozo porque hay colibríes y me encuentro una mantis religiosa entre las matas. Volvemos a Casa Mori a desayunar mexicano y quiero aplaudir. Nos bañamos, rechazamos el masaje que nos han ofrecido porque quién maneja después y arrancamos a Caracas. 
Toda esa maratona (vean el largo del texto y eso que no me desplayé en detalles) es cosa de un viajecito corto. Así que ya saben los que dicen que quieren llevarnos las maletas: van a necesitar un día extra para dormir en casa, van a llegar con par de kilos extras, sólo sus pies tocarán la arena y la única forma de darse un breve baño de mar es escaparse de Valentina en Chuao mientras le muestran unas fotos de cómo llegan los carros en lancha. Así es viajar con mi mamá.