16 abril, 2012

EL ACOPÁN HECHICERO

Me ha costado sentarme a escribir este post. Como si de alguna manera quisiera guardármelo, como si de un tesoro se tratara, me cuesta confiarlo y compartirlo aunque sea este mi oficio y mi pasión.
Hace muchos años, Manuel Criollo, un pemón taurepán de la comunidad de Kariñacon, descubrió mientras pescaba un valle perfecto rodeado de tepuyes y se mudó con su familia para fundar Yunek Kukuy. Las cosas no fueron tan bien en un principio, así que intentaron en Santa Elena de Uairén 4 años. No los convenció, volvieron a Yunek y se quedaron ahí. Hoy en día Yunek son sólo 80 personas viviendo en un valle mágico donde el Acopán tepuy se roba el horizonte cual castillo primigenio vigilando el devenir.
Yo había ido un par de veces a Yunek y sabía de lo pura y hermosa que es la comunidad, había acompañado desde la base de la pared a mi amado escalador y me había pasado la noche en la selva para amanecer viendo la roca abrazarse de amarillo con los primeros rayos del sol.
Cuando supe que existía una ruta para subir al Acopán a pie, comencé a perseguir ese viaje. Ansiaba ver el mundo desde allá arriba como lo han hecho los escaladores tantas veces, quería bañarme en sus aguas rojas, cruzar la selva espesa y descubrir la magia hechicera del Acopán tepuy. La vida se tardó un par de años en regalarme el momento y, cuando menos lo esperaba, vi que Venelands lo tenía entre sus planes de Semana Santa y el grupo estaba armado. Me reuní con mis compañeros de viaje un domingo antes en un Kepen y quedé en encontrarme con ellos en Puerto Ordaz. 
Volé al sur del país y me hospedé en el fabuloso Hotel 286, comí con mi amigo Nacho y nos pusimos al día, me di un paseo a la mañana siguiente por el Parque La Llovizna, conocí a Gabriel Picón que me llevó por senderos hermosísimos del parque y me encontré en el Orinoquia con Gabi, Vivi, Aquiles y Elis que se convirtieron, desde ese primer instante, en los mejores compañeros de viaje.
Arrancamos de Puerto Ordaz con una cola infernal, nos perdimos porque el GPS de Aquiles adora los caminos verdes y llegamos agotados a las 10 de la noche a Santa Elena de Uairén a comer en la calle del hambre y acostarnos a dormir.
A la mañana siguiente desayunamos y nos buscaron para ir al aeropuerto. El pobre Elis, un boricua encantador que no sabía que eran mil horas de carretera y un vuelo en avioneta sólo para llegar al punto de partida, tuvo que hacer de tripas corazón para encaramarse en la tarita que nos voló hasta Yunek. Yo, que adoro ver todo y preguntar más, me senté de copiloto para ver cómo la sabana se abría entre los tepuyes y entristecerme con los desastres de la minería que nadie termina de parar.
Llegamos a Yunek donde me recibieron cariñosamente por ser "la esposa de Federico", Leonardo me abrazó, me preguntó por mi amado y me dió su bendició para subir el tepuy. Luego llegó Julio y nos sirvió la piña más extraordinariamente dulce y perfecta de la tierra en un banquito de la escuela. Instalamos campamento en la escuelita y mientras llegaba la otra avioneta, me fui con Gabi a ver el río. La emoción de aguas rojas, jardines naturales y vista de tepuy fue tal, que en cuestión de segundo nos empelotamos y nos lanzamos al río. Ir a buscar el traje de baño era retardar una necesidad intrínseca irrefrenable. En ese instante supe que Gabi sería una gran compañera de excursión.
Esa tarde todos nos dedicamos a bañarnos (ya con traje de bañito) y a ver al tepuy comerse el cielo. Presenciamos un partido de fútbol pemón en el que sólo uno tenía tacos, otros jugaban descalzos y los demás en botas de jardinero, con el Acopán como único árbitro mientras se escondía el sol.
Esa noche dormí poco, estaba ansiosa por comenzar a caminar. Desde las 3am estuve esperando la salida del sol y a las 5 salí de la carpa a presenciar cómo las estrellas le daban paso al azul claro, luego al rosado y finalmente al amarillo brillante. A las 5:30 Gabi se levantó y fuimos de nuevo a darnos un baño de río para abrir el día.
Tras un buen desayuno y repartir los peroles entre los porteadores, el equipo quedó conformado por nosotros 5 los turistas, Joel y Karla, los guías de Venelands, Julio, el guía local y Andrés, Tomás, Romualdo y Onésimo, los porteadores. A las 8am no soporté la ansiedad y arranqué a caminar por donde me dijeron. Caminé sola durante un par de horas hasta que llegué a la selva y esperé a los demás. Sumida entre mis pensamientos y la vista abrazadora del tepuy nunca sentí cansancio en el trayecto de sabana inicial. Cuando llegaron nos bañamos en el río para recuperar fuerzas y entrompar la selva, esa frontera perfectamente definida entre el pasto y una pared espesa de árboles altísimos.
Ahí cambió todo por completo, la selva es sumamente exigente, agobiante inclusive. Resulta demasiado fácil perderse y debes ajustar el paso para ir siempre con alguno de los pemones que se saben el camino. Tienes que ver el piso para no meter el pie en un hueco, tropezarte con una raíz o resbalarte con una piedra, pero debes subir la cabeza para no perder el ojo en una rama, hacerte un chichón con un árbol caído o meterte por el camino errado. Debes ir siempre concentrado y lo desigual del terreno resulta agotador, la belleza de la selva es directamente proporcional a lo difícil que resulta cruzarla. Sin embargo, ese día sólo nos pidió un par de horas entre raíces y ramas para llegar al Campamento Soropankén, suficientemente amplio para las carpas y con el río al lado. El día estaba hermoso y nos instalamos a conversar por horas entre las piedras y el agua como lagartijas. Todo parecía tan fácil que era imposible imaginar que la lluvia existía. Pero a las 4pm, como si fuera una cita, se apareció la lluvia cada día, sin mayores aspavientos -en un principio-, pero siempre presente. Nos guardamos en el toldo de la cocina y acompañamos a Joel y a Karla mientras hacían la cena y echaban sus cuentos de tepuyes. Tras el trasnocho anterior y la caminata, dormí como una piedra y me sorprendió encontrarme al río mucho más grande al amanecer. Nos levantamos temprano y agilizamos pues nos tocaba un día largo. Cerca de 8 horas de caminata en una selva que no daba tregua. Paramos a comer piña y fuimos atacados sin clemencia por las chivacoas y sus hermanas mayores las garrapatas, generando una neurosis colectiva de búsqueda y piquiña que no excluía ni a los pemones.
Luego de eso venían unas subidas intensas, agotadoras y largas en las que era preciso agarrarse con manos y pies de lo que se podía para llegar a un tronco caído, paralelo a una cascada, absolutamente baboso y con tan sólo unos machetazos de guía, en el que nos encaramamos para seguir avanzando, continuar entre rocas gigantes y cruzar un pasillo mínimo entre la espesura de la vegetación. Cuando finalmente volvimos a ver el cielo, las paredes del tepuy estaban al nivel de la mirada asombrada. Celebramos, caminamos un poco más y llegamos al Campamento Incá, una especie de campamento base prácticamente en la cima del tepuy. El espacio de acampada es reducido y algunas carpas quedaron sobre las piedras. Un río brioso, rojo oscuro, se contoneaba entre sinuosas formas pétreas y la lluvia llegó justo con nosotros, dándonos apenas chance de quitarnos el sudor con un baño helado para refugiarnos exhaustos en las carpas antes de cenar.
Esa tarde, cuando escampó, Gabi y yo nos unimos a la fogatica que cada día hacían los pemones para calentarse y logramos secar, ella los zapatos y yo la chaqueta impermeable. Probamos su cena que consistía en un atol de harina pan con azúcar y conversamos un rato con Julio que me contó la leyenda del Tirik Tirik, un águila cuyo nido estaba entre el Acopán y el Upuigma y que se comía a los habitantes de Yunek. Gozo con las leyendas pemón porque siempre me resultan surrealistas y descabelladas, tanto como la superficie de los tepuyes.
Amaneció tapado pero sin lluvia y salimos a caminar de nuevo para llegar a la cumbre. Como sólo serían tres horas, nos la tomamos con calma. Tras caminar un rato entre las raíces, llegamos a un río amarillo, grande y hermoso, subimos a una poza roja, oscura y nos instalamos en una laja de piedra a hacer una parrillita y aprovechar el sol que salió radiante de entre las nubes. Lavamos las franelas malolientes con jabón biodegradable y nos lanzamos desde una piedra en el pozo del clavadista. Fue un medio día perfecto. Claro que, cuando nos tocó continuar el camino, las deliciosas y muy grasosas calabresas se convirtieron en una pequeña pesadilla digestiva que se repetía sin cesar mientras atravesábamos una sabana de vegetación anegada que nos hundía hasta las rodillas si no poníamos el pie donde era.
Finalmente hicimos cumbre y nos encontramos con el otro grupo entre el que estaban varios panas del twitter que tuve la felicidad de conocer en carne y hueso. Ellos se instalaron en la laja de piedra con vista al infinito y nosotros en una cueva más abajito protegidos del clima. En la noche los pemones hicieron una fogata para todos y estuvimos horas en esa distracción hipnótica y primaria que es ver el fuego.
Esa noche me levanté a ir al baño, Gabi también. Nos pusimos a hablar y nos desvelamos. Le pregunté qué era eso de la sanación reconectiva que ella hacía y mientras me explicaba y hablábamos de nuestra vida, sentí un impulso incontenible de llanto profundo. Gabi mecomenzó a hacer la sanación y sentí como los latidos de mi corazón palpitaban al ritmo de la tierra mientras mi alma se expandía. Es algo que me cuesta explicar y que no entiendo tan bien, pero así se sentía y como revelaciones que se abrieron desde las entrañas de mi ser entendí de un perdón que necesitaba conceder. Me liberé. Salí de ese peso tenaz que es el rencor y le deseé, genuinamente, lo mejor en la vida al ser que me hirió.
Fue hermoso y extraño. Gabi estaba feliz de hacerlo y yo feliz de haber entendido. Puede que fuera la magia del tepuy, la energía de las piedras, la conexión entre Gabriella y yo...puede que sólo fuera una ilusión, pero fue todo para bien y eso es lo que importa. A veces resulta prepotente pretender entenderlo todo. A veces hay que sentir y más nada.
Nos levantamos entre cansadas del desvelo y energizadas de la experiencia para desayunar y salir a conocer el Valle de Los Soldados y caminar por la superficie del tepuy. Camino entre las piedras de formas sinuosas y me sorprende cuánta vegetación hay allá arriba. Valles verdes, grietas tupidas y a cada paso una pequeña plantica distinta a cualquier cosa que hayas visto antes.
Julio se para en el confesionario, una piedra con forma de silla y nos habla de que es Semana Santa, de que la subida al tepuy ha sido como una peregrinación y que debemos darle gracias a Dios por este paisaje fantástico que tenemos la gloria de presenciar. Adoro la ironía del sincretismo, Julio es un evangélico que se confiesa con el tepuy. Eso es hermoso. 
Poco después pasa Elis y lo veo salir con los ojos aguados, nos abrazamos y no puedo evitar conmoverme con mi amigo querido del tepuy. Se acerca Gabi y se une a las lágrimas, junto a Julio que en un abrazo colectivo nos dice con la voz quebrada: "Este es el origen de la creación, lo primero que hizo Dios y es hermoso, admírenlo, den gracias y recuerden que el cielo que nos espera, es aún más hermoso que esto". Sus palabras me siguen arrancando lágrimas de emoción. Algo pasa cuando uno está en la cima de estas formaciones. Me pregunto si será lo infinito de la vista, lo imponente de las rocas, lo insólito de las formaciones, la sutil elegancia de las plantas, el brillo de la arena rosada, el cielo abierto, el río brioso de colores...algo pasa que el Acopán hechiza.
Bajamos esa tarde a volver a dormir en Incá, llueve sin tregua toda la noche, el río se despierta furioso. Nos cuesta reacomodarnos para salir a caminar, pero debemos llegar ese mismo día a Yunek y nos esperan más de 9 horas de caminata de selva espesa y anegada. Todo comienza bien, vamos a buen paso, se disipan los temores cuando pasamos el tronco de la cascada y las subidas, ahora bajadas, más fuertes. Gabi, que iba más entusiasta que nunca, se lesiona una rodilla que la obliga a caminar a un tercio de su paso normal. Elis y yo seguimos con Joel y Karla, la esperamos una hora en Soropankén, pero se nos empiezan a acalambrar los músculos de frío y no nos queda sino seguir con Onésimo hasta llegar a la sabana. Nos preocupa Gabi, la pensamos mucho en silencio y lo comentamos. Nos sentimos un equipo fracturado. Pasamos dos ríos crecidos en los que Onésimo se porta como un ángel y nos ayuda a cruzar uno por uno. Siento que la selva me oprime, me ahoga, que los árboles se juntan a mi paso, me siento casi asfixiada el último trecho. Estoy desesperada y no quiero ver un árbol más, quiero caminar con la frente en alto. Parece que la selva se extendiera cada vez que creemos que la sabana está por llegar. Celebramos la salida de la espesura como celebra un náufrago que toca tierra. 
Tratamos de volver a esperar a Gabi y los puri puri nos comen. La verdad es que el resto del grupo está con ella. Onésimo se queda con la esposa de Julio que espera con cambures y piña a su marido. Nosotros caminamos las dos horas más de sabana y nos reímos de júbilo cuando entendemos que nuestra llegada a la "civilización" es un pequeño puñado de techos de palma y zinc. Queremos bañarnos y ponernos ropa limpia, nos encontramos con que a nuestro jardín zen se lo tragó la crecida y nos toca hacerlo con cautela en la orillita. Llega la noche y no sabemos nada de Gabi. Me voy a la casa más cercana y pido ayuda para comunicarme por radio. Me dicen que acaban de salir de la selva. Son las 7pm y se me encoge el corazón de pensar a mi amiga, mi compañera amada de faena, en esa situación. Decido activarme. Busco la comida de la cena, ordeno todo en el mesón, armamos las carpas. Gabi llega agotada y aún así feliz casi a las 9pm. La ayudo a cambiarse, lavarse con una tinita y descansar. Hablamos de la selva de noche, de la angustia y el llanto que pasó, de la solidaridad absoluta de Aquiles, de Vivi y de Julio, del aprendizaje de humildad. Doy gracias a la vida por haberla conocido aquí. Cenamos divino y dormimos agotados. 
Llueve toda la noche y nos despertamos preguntándonos si la avioneta podrá llegar así. Compartimos con la gente de Yunek, les regalamos lo que podemos, compramos artesanía y picante, les agradecemos, los abrazamos y llega nuestro carrito volador para ir a Santa Elena, comer carne en la línea y emprender el largo trayecto a casa con el Acopán hechizero prendado del alma.

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