02 mayo, 2012

LA PROFE EN EL DELTA

Comienzo el post con "la profe" y una amplia sonrisa sonrojada se apodera de mis facciones. Le tenía terror a dar clases hasta que entendí que está bien tener alumnos que sepan más que tú, que lo más hermoso de la experiencia es aprender de ellos y que, como nadie sabe TODO, siempre va a haber algo que aportar, bien sea a nivel académico y profesional, como a nivel humano.
Nadie imagina la saña con la que rechacé la invitación de dar el taller de Fotografía de Naturaleza en la Escuela Foto Arte. Menos mal que la dulce insistencia de Diana melló mi coraza de pánico, porque es una de las cosas que más me estoy gozando en la vida. Así que este segundo #DestinoFotoArte para hacer #FotosAlAireLibre también fue de agua. Nos fuimos 12 alumnos, dos profes y dos panas, a Waro Waro Lodge en el Delta para aprender de las mareas, los waraos y la selva.
El encuentro en el aeropuerto con fin de semana largo estuvo violento, menos mal que no faltaron los prudentísimos que llegaron de madrugada e hicieron la cola por todos. Luego vino la cola de las arepas y nos montamos en el avión rumbo a Maturín. Una de mis grandes alegrías de este viaje era saber que la mitad de los alumnos estaban repitiendo -ergo, les gustó la cosa ¿no?- y la otra era compartir la cátedra con Arlette Montilla, la directora de la escuela, una fotógrafo extraordinaria y un caramelito de miel con limón que adoro. Si bien me intimidaba hacerlo porque es obvio que Arlette sabe MUCHO más que yo y tiene BASTANTE más experiencia, supe desde el principio que sería de ella de quién más aprendería y eso hay que aprovecharlo sin necedades ni complejos.
Llegamos a Maturín bajo la llovizna, recogimos las maletas y nos dividimos en dos vancitas que nos llevaron a San José de Buja con parada estratégica para adquisición de birras en el camino. Ya en puerto nos encaramaron en sendas curiaras de metal para no volver a saber lo que era tierra firme en 4 días. Navegamos un par de horas y tuvimos nuestro primer encuentro con la bora, una planta que se apodera del agua por temporadas y que con el vaivén de las mareas es capaz de entorpecer la movilidad en el Delta y hasta de anularla por completo. Sin embargo, para nosotros neófitos y apenas afectados por el tema, resultó fascinante esa alfombra verde brillante con florecitas moradas para caerle a fotos.
Finalmente llegamos a Waro Waro, un campamento precioso en medio de la selva y el agua, básico en lujos, pero construído con el mejor de los gustos y respetando el espacio en que se encuentra. Es decir, una serie de palafitos de madera y techo de palma que se unen con caminerías de tablas y cumplen sus funciones. Uno grande y con una amplia terraza para el comedor, uno para la cocina, uno para el baño común, dos para guindar hamacas y otro par con camitas y todo. A la mayoría le sorprendió que fuese todo obra de un francés y una argentina. Tras muchos años conociendo mi país, estoy acostumbrada a que este tipo de paisajes sólo sean apreciados por quien viene de afuera. Tampoco me pareció inusual que fuera una rareza recibir un grupo de venezolanos y que nuestros siguientes compañeros de posada fueran todos extranjeros. Ayer en Twitter me dijeron que con lo que costaba el full day a la Tortuga se iban un fin para Aruba. Imagínate, yo prefiero ir a una isla prácticamente virgen a caminar por playas desoladas que instalarme en un hotel impersonal a sancocharme en una piscina repleta de gente...definitivamente a los venezolanos les gusta demasiado el aire acondicionado. Por eso la mayoría jamás ha ido a un destino como el Delta, pero se conocen todos los malls de Miami. Supongo que es asunto de gustos.
En fin, de vuelta al Delta y dejando atrás las disertaciones culturales-turísticas, nos instalamos todos en nuestras hamaquitas que tenían unos mosquiteros enormes como para poner las cositas adentro y todo. Me conmovió saber que algunos jamás habían pasado la noche en una hamaca y sin embargo lo asumieron sin miriñaques. Esa tarde almorzamos y salimos al caño más cercano a navegar, tomar fotos y ver mucha, muchísima vegetación. Cerramos el día con el atardecer en el cielo y un baño de río delicioso. Esa noche decidimos no hacer revisión de fotos porque no habíamos tenido mayor variedad que fotografiar. 
Mi primera noche en el Delta estuvo bien rara. La señora que cocinaba y sus dos hijitas estaban en la churuata donde dorminos Afuita, Clara y yo (Afuita vino porque fue ella quien organizó el viaje www.autana.org y se trajo a Clara). Lo primero que notamos fue que roncaba como un león. Mis compañeras tenían Ipod, yo tuve que apelar a la respiración profunda. Pero lo más loco vino a la media noche cuando la mayor de sus niñas tuvo un sueño loco de alguien que la buscaba y la madre resolvió que era real. Lloraban enardecidas, prendían la linterna aterradas y convirtieron la noche en un show de terror digno de novela en horario estelar. 
Me levanté un poco choreta con lo abrupto de la noche y el sol no salió para tomar fotos. Sin embargo decidimos salir a otro caño a ver qué pasaba y nos pasamos horas persiguiendo a unos monos bastante esquivos. Antonio, el warao que nos llevaba y nos traía, se apoderó de nuestro destino y hubo que pasar de la súplica a la furia colectiva para que nos llevara a desayunar al campamento. Ya comidos, agarramos cámaras y platica y nos fuimos a visitar a una familia warao para comprar artesanías y compartir con ellos. Conociendo el frenesí de mis alumnos, les advierto que no pueden llegar como unos locos a clavarle el lente en la cara a la gente, que primero se pasea, se conversa, se entra en confianza y se saca la cámara. Lo segundo es que está prohibido regatear, la cestería warao es de los trabajos más hermosos y elaborados que hay, así que resulta injusto hacerlo, sobre todo viendo en la pobreza en que viven. También les recuerdo no preguntar nombres si hay bebés, la tasa de mortalidad en neonatos es tan alta que no les ponen nombre hasta que cumplen por lo menos un año. Todos asienten y se portan a la altura. Mariflor hasta les llevó ropita a los pequeñines. En medio de la faena de compras, fotos y sonrisas, me doy cuenta de que estoy rodeada de gente sensible y bonita y me alegro de que quisieran venir al Delta.
Cuando nos estamos regresando al campamento, pasa una curiara, el francés la detiene para que veamos. Me veo forzada a ver para otro lado, soy muy cobarde para enfrentar lo que me duele. Son varios tucanes y guacamayas atrapados para la venta. Los warao se encaraman en lo más alto de la palma con sus pájaros amaestrados que llaman a los silvestres y son atrapados. No los culpo, la necesidad es brava. Pero me enfurece saber cuánta gente se regodea en el placer de encerrar un ave exótica en casa para sentirse "tropical" en lugar de venirse a un lugar como el Delta y pagar para verlas libres.
Almorzamos en el campamento y tras un breve descanso nos encaraman en botas de plástico para la caminata de selva, una de las locuritas más divertidas del viaje.
La caminata de selva que se hace en el Delta, suele ser para mostrarle a los turistas las herramientas de supervivencia de los warao. En este caso, con un warao interesado casi exclusivamente en chalequear y un francés abrumado por el escándalo de 17 venezolanos a la vez, la caminata fue más bien una pequeña y cruel prueba de supervivencia. Un "vamos a ver de qué están hechos" en el imperio de los mosquitos asesinos, el lodo pastoso y las raíces engañosas. Arlette estuvo fascinada con el barro y se sumergió en él en cuanto se bajó de la curiara. Las botas de Azalia estaban empeñadas en vivir en la selva para siempre utilizando la técnica de aferrarse al terreno y dejarla descalza cada vez que pasaba por un lodazal. Nancy nos dejó atónitos con su elegancia proverbial digna de Doña Bárbara en su mejor época. Felicidad le imprimió drama al asunto con llanto y todo tras el paso de liana que la despatarró hasta la cintura en el barro (estamos convencidos de que vio demasiado La Historia Sin Fin y a eso se debió el susto), Sonia la acompañó con un poco más de autocontrol, Martín destruyó su atuendo de gauchito vestido de blanco impoluto para hacer una prueba Vanish y hasta Afuita, acostumbrada a estas lides, sintió el impulso desgarrador de regresarse porque los mosquitos la estaban desangrando. Cuando los ánimos comenzaban a caldearse, el francés reaccionó y le dijo a Antonio que nos hiciera abanicos con hojas de Temiche. El glamour del gesto calmó a las nenas. Luego nos abrieron unos coquitos, nos cortaron una liana de la que sale agua potable cual si se tratara de un filtro de ozono y regresamos picados, embarrados y muertos de risa a la curiara a darnos otro baño de río con atardecer para quitarnos el barro y sellarnos la sonrisa.
Esa noche hacemos la primera revisión de fotos y entiendo que fue el paisaje humano lo que más impactó. La mayoría de las fotos son retratos de los warao que visitamos. Me alegra ver con cuánta delicadeza lo hacen. Lo único que nos preocupa es que nadie está pensando sus fotos, están como unos locos soltando disparos a diestra y siniestra. Arlette da con una solución pontífica: "mañana van a contar una historia en tres fotos". Soy la primera en aterrarme, sólo se escuchan cuchicheos nerviosos y las buenas noches.
A la mañana siguiente decidimos hacer fotos en el campamento hasta la hora del desayuno y luego nos vamos a pescar pirañas. No fue el mejor momento fotográfico del viaje, pero fue una gozadera entendernos con la carnada de pollo podrido, la falta de paciencia citadina y con que Nancy, la única criolla que pescó, lanzara por los aires su caña presa de una emoción desbordada. Además, las profes gozamos con el fenómeno de "la historia". Comenzaron por comentar entre ellos las ideas, luego, al ver que se pisaban los talones, se desató una caleta misteriosa de fotógrafos fotografiando como quien no quiere la cosa. Los notamos en una actitud más de búsqueda que de lanzamiento de fotos a ver qué salía y presentimos que la noche podría estar buena.
Esa tarde fuimos a visitar otra familia warao, esta no hacía artesanías, así que la cosa era más de búsqueda antropo-fotográfica que otra cosa. Al bajarme de la curiara veo un desorden de plumas amarillas y azules regadas cerca de un fogón. El francés, encantado de escandalizarme, pregunta que si se la comieron y le responden que ese fue el desayuno. Respiro profundo. Entiendo que no tengo derecho a juzgar el hambre ajena y se me escapa una lágrima. Tengo una primera reacción de rechazo a la familia, así que decido acercarme sin preguntar nada. Me sorprende que puedan tener una guacamaya mascota y luego comerse a otra que atraparon. Veo las sonrisas de sus niños y sé que me toca guardarme mis prejuicios. Gozo con los niñitos, me río con ellos y acepto que todo se justifica cuando te toca alimentar a una familia. Que yo no sé lo que es pasar trabajo. Le doy gracias a la vida. Salimos de ahí a volver a pasear por los caños del Delta y cerrar la tarde con un baño y el atardecer. 
Esa noche me dejan heladas las historias, la satisfacción de ver como todos se fajaron, las miradas de cada quien y la manera en que el Delta tocó a cada uno me conmueven. Ser profe es lo mejor que me ha pasado en la vida y no me canso de agradecérselo a Foto Arte. 
Celebramos con ron y risas de noche estrellada y nos acostamos tarde.
Nuestra última mañana es para hacer dibujo libre. Como decidí dormir afuera para evitarme los ronquidos, puedo ver el amanecer y tomar foticos con las primeras luces. A las 6 y media no aguanto más y voy a fastidiar a la churuata para decirles que amaneció bello. Unos nombran a mi madrecita santa y otros sacan sus cámaras. Después de almuerzo nos encaramamos de vuelta para un último viaje en curiara, van, avión y de regreso a la casita todo el mundo con el buche y las memorias SD llenas de historias de selva, agua y waraos.

PARA VER TODAS LAS FOTOS EN MI FLICKR, CLICK AQUÍ.