17 junio, 2012

CHICÉN ITZÁ, CENOTE Y VUELTA AL TIBURÓN BALLENA

Cuando escribí a Casa Las Tortugas para hacer mi reserva, fue Beatriz, una mexicana cariñosa y amable, la que me atendió. Cuando llegué acá me buscó y hablamos largo rato porque la estuve interrogando sobre qué hacer y mis ganas de bañarme en un cenote. Cuando me quedé sin preguntas, ella, educadísima, pidió permiso para hacerme una a mí y me habló de cuánta ilusión le hacía tener un blog como este y viajar más de su cuenta por ahí. Me enterneció infinito y entre una conversa y otra, decidimos que el viaje fuera de Holbox lo haríamos juntas. Así yo no iba tan solita y ella veía cómo hacía yo mi trabajo para saciar su curiosidad.
Así las cosas, puse el despertador a las 6 de la madrugada para encontrarme con Bety en el puerto del ferry a las 7am del día de ayer. Nos embarcamos contentas y en Chiquilá nos encontramos con Valentín, el taxista más conversador que mi amiga pudo conseguir. Con mucha hambre paramos en Kantunilkin donde me comí dos tacos de pollo y una quesadilla con picante y todo. Hablamos largo y extenso sobre la locura de los mexicanos con el chile y seguimos hasta Chichén Itzá entre tantos temas, que el camino se hizo corto de puro parloteo.
Ya llegando a Chichén, Valentín nos recomendó contratar un guía afuera, certificado, que nos llevara a las dos por un precio sensato. Paramos y nos encontramos a César, un señor simpaticazo que estuvo dispuesto a llevar al par de viajeras y explicarles todo lo que sabía sobre este importante recinto arqueológico. 
Al llegar, me vuelve a sorprender lo claro que tienen los mexicanos el poder del turismo como fuerza económica. La entrada a Chichén Itzá es enorme, organizada, el estacionamiento grandote y todo está  perfectamente bien señalizado. Compramos las entradas, que son más caras para extranjeros, fuimos al baño antes de empezar el recorrido y nos adentramos en los vestigios del pasado.
Confieso que me da envidia el legado histórico de estos países con importantes historias precolombinas de grandes reyes, imperios, guerras y conocimiento. Adoro la cultura de mis indígenas, pero definitivamente andaban en una más relajada por la vida.
César nos explica la amplitud geográfica de la cultura Maya, sus periodos y que inventaron el chicle, mientras veo mesones repletos de artesanía turística. Finalmente nos topamos con el monumento principal de Chichén y me sobrecoge lo que veo. Nos explica cómo los mexicanos no le hicieron pizca de caso, embebidos en sus guerras, y fueron un americano y un inglés los primeros en llegar y saquear el lugar para sus museos. Luego, finalmente le hicieron caso y resulta que una familia lo había comprado. Ahora parece que sí es del Estado Mexicano, pero dicen las malas lenguas que el consorcio de quienes tienen Xcaret lo quiere comprar para hacer un hotel y controlar la entrada.
Seguimos por los monumentos y me quedo fascinada con el Caracol u Observatorio donde esos seres antiguos descubrieron Venus y su movimiento alrededor del sol e hicieron una puerta que da justo a donde se pone el sol haciendo un haz de luz dentro del edificio. Nos cuenta también como en el monumento principal se hace una serpiente en el equinoccio. Escucho encantada su relación entre el inframundo y supramundo, cómo la culebra (Quetzalcoat) los une, veo caras de jaguares, dioses de la lluvia, de la fertilidad, la invención del cero, las matemáticas basadas en la cantidad de números que tenemos. Es tanta información que termino soltando la libretica para dedicarme sólo a escuchar e imaginarme ese mundo de juegos de pelota, plumajes, rituales, edificios enorme y castas separadas por la forma en que moldeaban sus cráneos. Es fascinante, aunque lo haya escuchado antes, aunque lo haya leído y visto en museos, siempre me deja helada el mundo Maya.
Dos horas de recorrido por lo que queda de ese pasado que vibra en las piedras y terminamos en el cenote donde se hacían los sacrificios. De regreso me compro un vestidito azul eléctrico con flores bordadas ultra mexicano (que llevo puesto mientras escribo) y una franela para mi amado.
Muertas de calor regresamos con Valentín que nos lleva al cenote Ik Kil dentro de un hotel. Se me hace demasiado turístico y quisiera ir a uno totalmente natural, pero esto es lo que hay. Nos toman una foto al entrar, nos hacen darnos un duchazo y me encuentro un abismo profundo que cae al verde esmeralda intenso entre las raíces de las plantas. Peces nadan en él y personas se lanzan a sus aguas dichosas. Me dejo de malos ruidos y me entrego a la experiencia saltando al agua desde una plataforma medio alta que se ve altísima cuando estás arriba. Me niego a arrugar y brinco de una. Me baño, tomo -o intento tomar- fotos y veo que Bety no termina de decidirse. Le da cuarenta vueltas a la escalera, deja pasar a cuanto quiere subir o bajar y finalmente se mete aterrada, da dos brazadas y vuelve en pánico a la seguridad de la escalera. Le digo que para eso que se ponga el salvavidas y se de un baño de verdad. Accede y le tomo fotos dando pataditas alegres desde la orilla. Entiendo sin mediar palabra que Bety enfrentó un miedo enorme así fuera con un salvavidas anaranjado de ayuda. Ahora la quiero más aún.
Ya fresquitas y contentas regresamos al volante de Valentín que nos lleva a Valladolid a comer. Estamos transidas de hambre y nos sentamos en un restaurantcito en una esquina de la plaza. Bety acompaña con limonada mi birra, compartimos unos nachos y nos pedimos sendas raciones de tacos de  cochinita pibil, un plato típico de la zona. Llegan. Tres tacos de tortilla de maíz, cochino guisado muy lento y por ello tiernísimo a punto de deshacerse, unas cebollitas moradas por arriba, le ponemos limón, salsa verde de chiles habaneros y juápata ¡la felicidad toca mis papilas gustativas! explotan los sabores, las texturas, el picante, el limón, el cochino perfecto, el crujiente. Quiero bailar, llorar, dar brinquitos de dicha. Quiero tener cinco estómagos para comer y comer esta maravilla. Abrazo a Bety, a los mesoneros y a la vida.
Salimos a la plaza a caminar un poco y nos comemos un raspado de tamarindo con una salsa agridulce y roja que pica poquitico. Me encuentro a una pareja de señores venezolanos que estaban en Cancún con su pulsera fucsia y bajándose de un autobús gigante. Los saludo con cariño de tierra compartida y gustos no tanto.
Entramos a la iglesia, más bien austera y preparada para una primera comunión. Le damos otra vueltita a la plaza y regresamos a manos de Valentín para emprender el regreso a Chiquilá. Vuelven a pasarse volando las tres horas, descifro parte del funcionamiento del turismo aquí, sus bemoles, sus fuertes, las quejas de los lugareños. Bety duerme atrás profunda, me imagino que se sabe el rollo de memoria. Cae un palo de agua épico, pero llegamos con algo de sol al ferry de las 7. Nos da por inventarle historias a cada pasajero para distraernos y llegamos a Holbox. Acompaño a mi amiga a buscar a su hija canina en el refugio donde pasó el día con otros perritos y nos devoran los mosquitos. Nos despedimos con abrazos apretados, me como medio sánduche en el restaurante del hotel y caigo desmayada tras editarle y copiarle unas fotos a Juan Karateca que lo ayuden a promover sus tours.
Como anoche no logré cuadrar nada para ir hoy a nadar con los tiburones ballena, me levanté temprano, dejé todo listo para el nuevo cambio de cuarto y me fui al muelle a buscar donde encaramarme para el encuentro acuático antes de irme de esta isla maravillosa.
En menos de cinco minutos ya estaba montadita en una lancha esperando a los demás. Esta vez el grupo fue todo en castellano, una pareja de mexicanos de Aguas Calientes y una pareja de una argentino y una californiana panísima que hablaba español mejor que yo. Conformado así el equipo salimos aguas adentro y en menos de una hora estábamos en el agua con un tiburón ballena más pequeño que el anterior -de unos 6 metros- pero bastante más dado a los encuentros. En mi primer turno me acorraló contra la lancha y, aunque está prohibido tocarlos, fue él el que me tocó y yo la que morí de dicha con la cercanía. Juraría que me dio un besito, pero todos sabemos que ese amor es imposible y que Fede me espera en casa.
Pude nadar cinco veces con el amable gigante y aunque mis fotos son menos malas, me juré llegar a Caracas a hacer un curso con alguno de mis amigos submarinistas para dominar con más pericia el arte de fotografiar bajo el agua. Estoy picadísima.
Ya casi de salida, me peleé a muerte con una operadora llamada VIP tours que estaba rompiendo las reglas y lanzaban de a 5 y 6 turistas a la vez. Llegué buscando al jefe para acusarlos y se portó muy amable, sin embargo les toca aguantarse mi opinión en Trip Advisor.
Almorcé con Alex y Ana (el argentino divertido de Mendoza y la californiana encantadora) y descansé un rato para sentarme frente al mar a escribir este último post desde una isla que me cautivó con su gente, sus sabores, los colores, la calidez y, sobre todo, la fauna maravillosa con la que me encontré. Ahora me tocan unos días cosmopolitas en el DF y la ansiada vuelta a casa donde mi amado me espera, mi perrita mínima me menea la cola y mi familia adorada ansía escuchar los cuentos.
Les reportó desde Isla Holbox, en el caribe mexicano, donde los animales de dejan ver y la gente se deja hablar, Ariannita agradecida con la vida.

15 junio, 2012

PLANCTON, MANGLE Y LLUVIA EN HOLBOX


La tarde de ayer cerró con un atardecer alucinante, lo que parece ser la costumbre aquí. Pero este lo vi con unos amigos en el mulle de Holbox y terminé lanzándome al mar porque había que ser parte de ese rosado intenso.
Las chelitas prometidas en el post anterior con mis amigos Juan y Manu, fueron secundadas por una cena bien, pero que bien charra, en "Antojitos Yucayecos La Cabañita" donde me comí un taco que, como me dijo un italiano para venderme el lugar, no se podía cerrar. Ahí la cosa se tornó aún más multicultural, es algo que amo en estos destinos. La cena se conformó por: un italiano a punto de partir a casa, un alemán altísimo y amable al que le dicen Grandi, un austríaco amarillo como un pollo, mis amigos mexicano y argentino respectivamente y esta venezolana comeflor y pequeñita. Comimos sabrosísimo y picoso (sí bueno, yo le pongo tres gotitas y me siento re ruda) y arrancamos a la punta, donde está el último muellecito y casi no hay luz de casas para ver si era cierto aquello del plancton y la bioluminiscencia de la que me había hablado Benjamín el terapista del hotel. Al llegar a la orilla no estaba pasando nada, pero seguimos un muelle de cemento que se adentraba en el mar y ¡oh sorpresa! Campanita es una amateur. 
Yo entré en estado de euforia profunda, eso de haber nadado con un tiburón ballena para luego nadar con su alimento brillando locamente, era demasiada emoción y atracón de flor para un sólo día. Como si de un acto psicodélico se tratara, con cada movimiento del agua se prendían estrellitas y quedaba una estela amarilla fosforescente. Todos nos lanzamos al agua, hicimos formas con los brazos, meneamos las piernas, pateamos el agua y dimos griticos de alegría con el espectáculo de luces. No, no tomé fotos porque la verdad es que no sabía que iba a encontrarme con esto y lo que andaba era tomando birras por la playa con la delegación hippie de las naciones unidas.
Llegué al hotel chorreando agua a la media noche, me bañé y dormí felicísima.
En la mañana acomodé todos mis peroles, por cosas de la disponibilidad del hotelcuando hice mi reserva,  hoy me tocaba cambio de habitación y les dejé todo listo para que se hiciera mientras me iba a kayakear. Tuvieron la amabilidad de prestarme un sombrero gigante para no seguir achicharrándome y me fui a desayunar.
A las 9am llegó Manu y poco después la lancha que nos llevó hasta una de las bocas del río que separa a Holbox de la península. La mañana estaba radiante y encontrarnos de cerquita con los flamingos fue la felicidad absoluta. Bajamos los kayaks y comenzamos a remar desde el mar hasta el río salobre rodeados de mangles y siguiendo de cerca a las estilizadas aves rosadas. Entendimos en carne propia y con sacrificio de sangre por qué se llama Punta Mosquitos y remamos más fuerte a ver si hacíamos brisa. 
Nuestro guía, Julian, era un hombre de pocas palabras, así que entre los comentarios asombrados de Manu y míos sólo se escuchaban las palas entrando y saliendo del agua. La paz más absoluta. A lo lejos vimos como una tormenta enorme se formaba dejándonos ver cielo gris a un lado y azulito al otro. Más dramatismo para un paisaje que no lo necesitaba para ser insólito. Remamos y remamos entre lagunas, canales y raíces de mangle, vimos pescadores, pequeñas mantarrayas y hasta un chucho y regresamos tras un par de horas de serenidad a la orilla del mar. Ahí nos esperaba un bajo gigante de arena de esos que te hacen sentir Moisés cruzando el mar mientras a los lados retozaban los flamingos. Imposible un paisaje más idílico y clásicamente Caribe que este. Caminoteamos, nos bañamos y nos buscó de nuevo la lancha para regresar al muelle.
Cuando llegué a Casa Las Tortugas di brinquitos de dicha pues mi nueva habitación, Girasol, está frente al mar con terracita y hamaca. Además, tiene cocinita en la que me acabo de preparar una taza triple de té verde mientras veo desparramarse la lluvia que tanto amenazó la kayakeada y escribo este post.
Mañana me voy con Beatriz a Chichen Itzá y a meter este cuerpito dentro de las aguas sagradas de un cenote. Ya les contaré.
Por ahora, reportó para ustedes desde Isla Holbox, donde viven los flamingos y el mar brilla como loco, Ariannita, la peque asquerosamente feliz. 

14 junio, 2012

EL ATARDECER Y EL MAR EN HOLBOX

Holbox es una islita en el golfo de México pegadita al Mar Caribe. Aquí en Holbox el mar es todo.
Ayer los dejé con el relato de llegada, la conocida de Juan Karateca y me fui a comer. Tras eso me di un masaje que me dejó levitando con envoltura de karité que es como una mantequilla que te recontra hidrata la piel. Benjamín, el terapista, resultó un encanto de ser con quién terminé hablando por horas.
Ya hidratada y levitando, me lancé de cabeza en una tumbona a leer a Leonardo Padura y ver el mar. Porque aquí el mar es todo y me gusta compartir culto. Cerca de las 7pm el cielo decidió unirse al mar en un desate de rosados irrespetuosos. No sabía si tomar fotos, verlo, alabarlo y opté por las tres a la vez en caos de alucinamiento.
Cené ceviche de langosta -¡oh sí!- y traté de acostarme temprano aunque la ansiedad me carcomiera.
Me desperté a las 6:30am aunque la cita con el despertador estuviera pautada para las 7:30. Demasiada emoción. Me puse mi traje de baño favorito de los Lolita Colita, uno que me parece que me da suerte, me hice clinejitas de la suerte también y me fui al malecón al encuentro del tiburón ballena. Compré unas fruticas para desayunar y Juan Karateca me recibió junto al capitán de la lancha Joaquín. La mañana estaba radiante y el mar sereno, todo pintaba para una gran jornada. Yo no paraba de sonreír.
El grupo de nadadores con animales inmensos estaba conformado por: Juan, un mexicano divertidísimo de Guanajuato, Manu, un argentino dulce e irremediablemente hippie, dos señores austríacos con un humor negrazo y una pareja de mexicanos encantadores con un miembro biólogo. Arrancamos a navegar casi a las 9am, como verán porque me aprendí los nombres, hice buenas migas con Juan y Manu y parloteamos de la vida y la emoción de ver a un tiburón ballena durante la hora y media de navegación. Manu confesó delirar por ver mantarrayas y de pronto ¡zácata! aparecieron en el horizonte con su baile armónico de aletas larguísimas unas tres mantas enormes. Tenían por lo menos 4 metros y ni un centímetro de miedo o timidez. Se acercaron al la lancha como si nada y se dejaron admirar por el grupete multicultural fascinado ante tanta elegancia.
También nos encontramos con dos tortugas verde apareándose. De nuevo la ausencia de pudor. Adorables seres milenarios en plena faena amorosa que, según nos dijeron, puede durar hasta 30 días. Más adelante delfines juguetones y, finalmente, el plato fuerte de la mañana.
Antes de encontrarnos con el tiburón ballena recibimos varias normas importantísimas:
-No se toca al tiburón ballena.
-Chaleco salvavidas a juro.
-No se usa protector solar para evitar contaminar su comida.
-Se nada de dos en dos.
-Cuando resuelve irse, se le deja en paz y punto.
Por lo visto la cosa al principio era un desorden de amapuches y bebedera con los tiburones que no se toleró más en aras de respetar su pacífica vida en el mar.
Tras vueltas y vueltas apareció un gigante de cerca de 8 metros. Una sombra enorme de movimientos sinuosos. El mar estaba tranquilo pero sin demasiada visibilidad. Los primeros fuimos Juan y yo, pero con la emoción y la ignorancia, de casualidad logré verle la cola y hacer una torpe foto y de casualidad no ahogo a mi compañero de nado.
Luego me tocó con Manu y la cosa estuvo mejor, ya más calmada y entendiendo cómo era la cosa, me di manjar viendo las absurdas dimensiones de ese pez que puede vivir hasta 150 años. Su menearse lento, suave, solemne, te brinda una sensación de paz instantánea. Lo seguimos unos minutos y apenas atiné a hacer un par de fotos peorras...comprendí que tengo mucho que aprender de fotografía submarina.
Salí del agua eufórica, no saben cuánto me costó la fulana regla de no tocarlo, estaba tan cerquita con sus puntos blancos, su bocota y sus aletas... Fue una experiencia sublime que pienso repetir antes de irme. Haber tenido el privilegio de compartir el mar con ese ser tan hermoso es algo que no se me va a olvidar jamás en la vida. Nunca del infinito del cielo y las estrellas.
De ahí, conmovidos y emocionados, seguimos a la boca del río que separa a Isla Holbox de la península. Un espectáculo de azules, arena, mangle y aves en donde nos prepararon un ceviche de lanzar cohetes. Ya con la barriguita llena emprendimos el regreso con breve parada a ver flamingos.
Esta noche me encontraré en el muelle con mis nuevos amigos para tomarnos unas "chelitas" y celebrar haber nadado con el pez más grande del mundo aunque las fotos me quedaran tan re chimbas.
Les reportó, directo desde Isla Holbox y habiendo nadado con un tiburón ballena, Ariannita la más feliz del mar.

13 junio, 2012

LLEGUÉ A ISLA HOLBOX

Salí de mi casa a las 3am, mi amado Fede me acompañó a bajar las maletas, le di tres besitos a Catalina y dormí profunda en el asiento de atrás del taxi. Al llegar a Maiquetía me encontré a mi amigo del colegio César que llevaba a los chicos de la Vida Bohéme de gira por Los Ángeles y México (donde nos vamos a encontrar para comer juntos tacos al pastor)
Ya chequeada, esperamos a que abrieran la zona de embarque y la arepera, desayunamos y salió el vuelo de Copa a Panamá donde me despedí de los niñitos.
Tres horas larguísimas en el aeropuerto y salió al mediodía mi vuelo a Cancún donde me esperaba David con un cartelito de Sra. Arteaga. Me ofrecieron una Corona helada de bienvenida que agradecí con hurras y vítores. Esperamos a un inglés que llegaba en el primer vuelo de la vida Londres - Cancún y agarramos dos horas de carretera -en las que también dormí un poco- hasta Chiquilá. En Chiquilá nos embarcamos en una lanchita 20 minutos más y llegamos a Isla Holbox.
Lo primero es que, tener que dar tantas vueltas y recovecos para llegar a un lugar, me habla bien de él. Casi nunca se llega fácil a los mejores destinos, los reales, escondidos de las muchedumbres y repletos de secretos que viajeras como yo adoramos develar. Que me recibieran en un carrito de golf, fue lo máximo. Me habla de un lugar tan recóndito y amante del entorno natural que casi no hay carros, sólo bicis, "tricitaxis" (triciclos que son taxis), carritos de golf y alguna moto que otra. Por donde quiera que veas te encuentras dibujos, murales y fotos del tiburón ballena. Entendí que en efecto, es aquí a donde quería venir, mi instinto para buscar destinos no me falló en nada.
La otra fascinación fue llegar a Casa Las Tortugas, el hotelito que reservé online. La arquitectura, de materiales nobles, colores y detalles mexicanos, respeta el entorno y casi ni se ve entre las palmeras. Me asignaron la habitación Maracuyá y eso lo amé también, prefiero ser el nombre de una fruta tropical en la cuenta del restaurante que el número 345 con una pulsera fosforescente de todo incluido.
Me recibió Carolina, una catalana amante del mar que buscaba trabajo en el trópico y como de aquí le respondieron, aquí se vino. Cuando llegué a mi cuarto, me encontré con una carta de las dueñas recibiendo a cada huésped como en su casa y solicitando el respeto y cuidado de la naturaleza. Sonrisa clavada en la tez para siempre. Me quité los zapatos y no me los pongo más.
Me instalé en la preciosura de cuarto con balconcito y todo que me tocó, me di un baño reparador y fui al restaurante del hotel, que se llama Mandarina, a cenar. Un mexicano amabilísimo, como casi todos, me recomendó unos raviolis que venía de a 6. Dos rellenos de camarones, dos de langosta y dos de queso con honguitos salteados por arriba. Me tomé una copita de vino blanco, una de helado y me lancé agotada a dormir.
Esta mañana me paré al ver la luz cálida de la mañana entrar por la ventana. Me desperté tan feliz de estar aquí que de verdad doy asco. Agarré mi cámara y salí a la playa a ver qué me deparaba la vida. La playa de Holbox (por cierto, se pronuncia Holbosh) es de arena blanca con muchas conchitas, algas en la orilla y mar turquesa. Se nota a leguas que pescar es una actividad importante y me encontré a algunos pescadores llegando y saliendo a la faena. Llegando al muelle se me acerca un señor con la franela de la selección de México y me pregunta risueño si tengo reserva, le explico que aún no, me dice si soy fotógrafo y le cuento de mi oficio. Sonríe y me dice que es guía naturalista, experto en aves y me cuenta de etiquetar tiburones, anillar pajaritos y monitorear tortugas marinas. En minutos estábamos tomando jugo, echándonos los cuentos y me hizo tres invitaciones irresistibles: esta tarde a las 4 le va a entregar a los guías cámaras subacuáticas para que tomen fotos de los patrones de los tiburones ballena y manden la data a una organización que los monitorea, me invitó a nadar con tiburones ballena -y gratis- mañana a las 8am y llevarme luego a hacer un tour de aves donde me explicará TODO lo que sabe. No eran las 9 de la mañana y ya esta peque había sido adoptada por un ecólogo mexicano. Ya ven que viajar sola se las trae.
Me vine al hotel a desayunar y me encontré a Beatriz, la chica que me hizo las reservas y quedó encantada con este blog. Hablamos largo rato sobre qué recorridos quiero hacer y cuánto quiero bañarme en un cenote. Ella me confesó que quiere ser blogger de viajes también y el sábado nos iremos juntas de aventura a bañarnos en cenotes y recorrer lugares arqueológicos en Yucatán.
Repito, soy tan, pero tan feliz, que doy asco.
Este post lo escribo echada en la hamaca del balconcito de mi cuarto y luego me voy al spa del hotel a hacerme una envoltura de karité.
Desde Isla Holbox, les reportó La Peque más feliz de la tierra en su #viajeconpasaporte.

06 junio, 2012

BIENVENIDA CATALINA

Hasta que por fin llegaste perrita. Me costo un año superar la despedida de Keala y abrirle de nuevo mi corazón a la experiencia de compartir la vida con un peludo. Te esperé mucho y ayer, cuando vi tus ojitos mínimos de perrita guerrera, supe que había valido la pena esperar.
Catalina, eres la más enana de la manada, tus hermanos te doblan el tamaño, tu criador pensó que no sobrevivirías y se fajó a darte tetero y llevarte a todas partes con él porque vio tu voluntad de permanecer en este mundo.
A mí me enamoró que fueras la más asentadita, no me mordiste las trenzas, no brincaste. Te paraste serena y te acercaste como quien sabe su destino. A tu abuelita le pareció un horror verme elegir a la más pequeña, pero por supuesto, y como siempre, terminó entendiendo. Luego, cuando íbamos en el carro, la vi derretirse con tu zanganismo echada cual odalisca en el asiento del copiloto.
Insistí en esperar tu concepción y nacimiento durante todo un año porque la historia de tu criador me conmovió. Javier y una ancestro tuyo vivían en La Guaira cuando sucedió la tragedia del 99. El hermano de Javier se fue a embarcar para salir del peligro y le rogó a Javier que cuidara a su mascota. Cuando se hizo inminente que había que abandonar la casa, Javier se fue con su perrita a tratar de salir de ahí. Pero se quedó atrapado en un barrial del que no podía salir. Si la peluda adorable y valiente que lo acompañaba no hubiera armado un escándalo de ladridos y alertas, Javier habría muerto como tantos durante esos días aciagos.
Fue entonces que Javier se dedicó a criar Golden Retrievers. Yo sé que los furibundos de la adopción rechazan a los criadores, pero no creo en generalizar y las razones de Javier para criar esa raza me han parecido las más nobles de la tierra. Ayer Catalina, cuando te elegí, se le aguaron los ojos y lloró al despedirse. Eras su consentida, supongo que vio en ti la fortaleza de aquella perrita que le salvó la vida en La Guaira.
Yo estoy locamente feliz de tenerte en casa, y Fede ni te imaginas. Estamos derretidos con tu tamañito, tus juegos y tu dormidera. A ambos nos hace una ilusión enorme criarte juntos.
Ya me imagino viajando contigo a Caruao, a Mérida a casa de Marcus, a Río Caribe donde los Sará y a Barinas para que juegues con las de los Buzzo. Te veo nadando feliz en los ríos, mares y lagunas, meneando tu colita rubia al ver el agua. Estoy pensando hasta en comprarme un kayak para que salgamos juntas de paseo.
Vamos a gozar mi Cata linda, ya verás. Bienvenida a casa.