
Ya se ha convertido en tradición. Cada año espero, emocionada, ese email en que Tamarita me escribe desde Río Caribe para avisarme que nos vamos de viaje. Ya Uquire, en Paria Profunda, lo hemos hechos dos veces. En la última hablamos de ir a conocer Los Testigos y no hubo que decir más nada. Una mañana llegó el email. La fecha estaba lista, el grupo cuadrándose y yo ya me había anotado un año atrás. Mi madrecita santa decidió que también viajaba con nosotros y nos encontramos en Río Caribe al mediodía de un martes con Tamarita y Ferni para un almuerzo de madres e hijas en el tarantín que tiene Claudia, con tres mesitas y un fogón, en el mercado. Comimos pato, chivo, pescado, arepitas, ensalada y un papelón con limón perfecto. De postre merendamos cepillado de jobito frente a la iglesia. La tarde la pasamos Valenta y yo caminoteando todo Río Caribe en busca de daticos con sus respectivas fotos. Trabajando pues. La señora Ismenia que hace chorizos, la heladería nueva, las posadas, la plaza con diseño de Patricia Van Dalen, el malecón. La noche cerró con comilona extraordinaria en el restaurante Mano Bendita de nuestra queridísima Cosmelina donde pedí una ración de acrás para mi solita.
La noche estuvo un poco accidentada, no porque se fuera la luz que es lo normal en la zona. Es que cuando se iba la luz sonaba, como salida del infierno mismo, una lámpara de emergencia constipada. La Valenta se levantó aterrada mientras yo le caía a tanganazos a ver si la callaba. Con su linterna de scout la revisamos y no nos quedó más opción que resignarnos a su bulla.
Tempranito en la mañana llegó nuestro transporte para San Juan de las Galdonas y supe cómo estaba conformado el grupo: Tamara, Papajuani, Ferni, Andrés y Merry por un lado, Cristi, Marián, Camilita y Claudio, Rose, Teresa y Carlita, Horacio e Ileana, Loys de invitada especial, mi madrecita santa y yo. A eso le sumaríamos en San Juan de las Galdonas la imprescindible participación del capitán Botuto (sin el cual nos negamos a viajar) y su equipo de marineros.
Agarramos carretera con el clásico volumen de peroles que ya caracteriza estos viajes, intentando sentarnos entre las patillas, el casabe, cuatro carpas y tres maletines. Hicimos una parada en la que arrasamos con los chocolaticos artesanales que hace una señora llegando a las Galdonas y llegamos para encontrarnos con más peroles que tenía Botuto y tres lanchas para irnos a Los Testigos.
La navegación fue perfecta, aunque un motor estaba echando broma, llegamos a Los Testigos en dos horas y media, nos reportamos en la Guardia Costera y nos instalamos en Playa Real en una colinita con bastantes palmeras.
Me impresionó muchísimo el paisaje. Son varios islotes como caparazones verdes de tortuga que emergen del mar. Hay muchas piedras, cactus y plantas peinadas radicalmente por el viento. Los asentamientos de pescadores se dejan ver en cada lengua de arena que se asoma al mar y el mar es de un azul imposible. Entre profundo y celeste repleto de vida.
Yo había dejado mi carpa en Río Caribe (culpa de la lámpara loca), menos mal que mi madre la perfecta llevó hamaquita extra con su respectivo mosquitero para yo erigir mi morada, pues pronto supimos que en Los Testigos los "lame-ojos" son seres sumamente persistentes. No, no pican. Intentan meterse en tus orificios (boca, nariz, oreja y ojos) con fines que desconozco, pero vaya que quieren hacerlo y el repelente les da mucha risa.
Organizado el campamento hicimos la primera comida, una pasta con mejillones como para tirar cohetes de dicha, exploramos los alrededores, snorkeleamos y esa noche nos acostamos bastante temprano con un techote de estrellas conmovedor.
A la manaña siguiente organizamos equipos de pesca, snorkel, preparación de desayuno y nos dividimos. Horas después llegó la primera pesca. Como siempre, Botuto nos nos dejó pasar hambre. Había pescado y bastante. Esa tarde hicimos un ceviche de loro que quedó extraordinario. Luego se hizo una excursión a un acantilado a la que no fui. Cosa rara, pero me provocó más quedarme leyendo y chismorreteando con el grupo de las señoras bajo la sombra de un cocotero. El día transcurrió plácido entre las historias ajenas, las propias, las caminatas de playa y el meterse dentro del mar a bañarse o ver los corales y cientos de animalitos que estaban ahí mismito. Todo el mundo salía del agua con su cuento: ¡vi una tortuga! ¡vi un pulpo! y Merry, la bióloga ¡vi un blénido en el octocoral!
Carla, la niña más tierna de la vida, se dedicó a hacernos trenzas de pescado a todos los que teníamos melenas largas para aliviar la falta de glamour de las ventoleras.
Carla, la niña más tierna de la vida, se dedicó a hacernos trenzas de pescado a todos los que teníamos melenas largas para aliviar la falta de glamour de las ventoleras.
Esa noche recuerdo haber visto más estrellas que nunca en la vida, un espectáculo conmovedor que intenté fotografiar sin resultados destacables.
Cerca de la madrugada, un conato de lluvia me lanzó de la hamaca a la carpa de mi madre, llena de arena, mojada y alterada. Madre sólo hay una y el único reclamo fue: "me llenaste la carpa de arena, bien bonito", de resto, solidaridad absoluta con la situación de refugio de la única hijita.
Amaneció claro y me tocó en el grupo de snorkeleo con Merry, Andrés, Ferni, Horacio y Claudio. Salimos temprano, Botuto nos dejó en un bajo de corales donde gozamos viendo peces y colores un par de horas. Justo antes de irnos nos topamos con una tortuga carey escurridiza que se dejó ver con cierta reticencia. Pero se dejó ver y eso para mi fue una emoción del tamaño del océano.
Al llegar desayunamos y nos organizamos para el paseo más esperado de todos: la duna. Nos encaramamos en las lanchas y nos fuimos a uno de los islotes que se llama Tamarindo. Nos dejaron en una orillita de piedras y comenzamos a caminar entre los árboles de manzanillo por un camino de arena blanca empinado. Con la lengua de corbata y achicharrados llegamos a la cima para encontrarnos con una vista de mar, islotes, cielo y arena despampanante. Al otro lado estaba una duna gigantesca, blanquísima con motas de verde y el mar azul por allá al final. La emoción de semejante paisaje se tradujo en fotos, alaridos y euforia generalizada. Botuto nos puso un techito a orilla de mar cuando cruzamos la duna y pasamos unas buenas horas de placidez absoluta y más snorkeleo. Con la tarde nos fuimos de ahí y visitamos Tamarindo. Conocimos a la señora Isabela que cuidaba cinco tortuguitas cardón hasta que crecieran para soltarlas al mar. Morimos de ternura y nos tomamos foticos con las tortus. Yo gocé explorando los ranchos de los pescadores y su particular forma de vida hasta que Valenta me mandó a La Casa Verde, la única posadita de Los Testigos encaramada en una lomita para tomarle fotos.
Esa noche era la última, así que compramos ron en Tamarindo y nos preparamos para una comelona musical épica. Entre los platos había: ceviche, pescado a la plancha, sancocho, verduras a la plancha, ensalada y hasta una auyama preparada con papelón y metida bajo la fogata de postre. La tenida musical comenzó con Horacio (sí, el de Desorden Público viajaba con nosotros) y continuó hasta altas horas con Papajuani, que arrancó a punta de éxitos de los Beatles y cerró con un súper set de boleros. Esa noche se gozó lo no escrito.
Trasnochados, enratonados y despelucados nos paramos todos para recoger e irnos cerca del mediodía. Una lluvia violenta y veloz atrasó un rato el proceso, pero cerca de la una ya estábamos todos montados en las lanchas. Isaac se acercaba a la costa (cosa que no sabíamos) y el viaje de regreso fue un solo batuqueo marítimo con lluvia y cielo negro cacho en el horizonte. Pero con Botuto y su gente uno siempre se siente tranquilo a final de cuentas. Llegamos mojados y locos a las Galdonas. Mareados, mojados, hambrientos y locos a Río Caribe y cuando pasó Jairo vendiendo pizzitas, nos comimos hasta las servilletas.
Yo soy recontra necia para decidir con quién viajo, es algo fundamental en mi vida eso de andar por ahí. Suelo preferir la soledad, de hecho. Pero este templete de 17 tenía un sello de calidad previo. Cualquier viaje organizado por los Sará Rodriguez es un exitazo garantizado. Ellos lo atraen naturalmente. Su buena energía hace que el grupo más variopinto se congregue feliz alrededor de una mesa, una guitarra, un viaje, una vida. Por eso son mi familia caribeña.
Si a eso le sumamos la presencia de Botuto, nuestro capitán y pescador estrella, el viaje resulta siempre perfecto. Viajar con mis amigos del alma no se los prometo, pero si resuelven que quieren ir a Los Testigos, a Uquire o cualquier navegada que salga de Las Galdonas, llamen al capitán Botuto y lo convencen: 0416 5977273.
















