30 agosto, 2012

GOZADERA CARIBE EN LOS TESTIGOS


Ya se ha convertido en tradición. Cada año espero, emocionada, ese email en que Tamarita me escribe desde Río Caribe para avisarme que nos vamos de viaje. Ya Uquire, en Paria Profunda, lo hemos hechos dos veces. En la última hablamos de ir a conocer Los Testigos y no hubo que decir más nada. Una mañana llegó el email. La fecha estaba lista, el grupo cuadrándose y yo ya me había anotado un año atrás. Mi madrecita santa decidió que también viajaba con nosotros y nos encontramos en Río Caribe al mediodía de un martes con Tamarita y Ferni para un almuerzo de madres e hijas en el tarantín que tiene Claudia, con tres mesitas y un fogón, en el mercado. Comimos pato, chivo, pescado, arepitas, ensalada y un papelón con limón perfecto. De postre merendamos cepillado de jobito frente a la iglesia. La tarde la pasamos Valenta y yo caminoteando todo Río Caribe en busca de daticos con sus respectivas fotos. Trabajando pues. La señora Ismenia que hace chorizos, la heladería nueva, las posadas, la plaza con diseño de Patricia Van Dalen, el malecón. La noche cerró con comilona extraordinaria en el restaurante Mano Bendita de nuestra queridísima Cosmelina donde pedí una ración de acrás para mi solita.
La noche estuvo un poco accidentada, no porque se fuera la luz que es lo normal en la zona. Es que cuando se iba la luz sonaba, como salida del infierno mismo, una lámpara de emergencia constipada. La Valenta se levantó aterrada mientras yo le caía a tanganazos a ver si la callaba. Con su linterna de scout la revisamos y no nos quedó más opción que resignarnos a su bulla.
Tempranito en la mañana llegó nuestro transporte para San Juan de las Galdonas y supe cómo estaba conformado el grupo: Tamara, Papajuani, Ferni, Andrés y Merry por un lado, Cristi, Marián, Camilita y  Claudio, Rose, Teresa y Carlita, Horacio e Ileana, Loys de invitada especial, mi madrecita santa y yo. A eso le sumaríamos en San Juan de las Galdonas la imprescindible participación del capitán Botuto (sin el cual nos negamos a viajar) y su equipo de marineros.
Agarramos carretera con el clásico volumen de peroles que ya caracteriza estos viajes, intentando sentarnos entre las patillas, el casabe, cuatro carpas y tres maletines. Hicimos una parada en la que arrasamos con los chocolaticos artesanales que hace una señora llegando a las Galdonas y llegamos para encontrarnos con más peroles que tenía Botuto y tres lanchas para irnos a Los Testigos.
La navegación fue perfecta, aunque un motor estaba echando broma, llegamos a Los Testigos en dos horas y media, nos reportamos en la Guardia Costera y nos instalamos en Playa Real en una colinita con bastantes palmeras.
Me impresionó muchísimo el paisaje. Son varios islotes como caparazones verdes de tortuga que emergen del mar. Hay muchas piedras, cactus y plantas peinadas radicalmente por el viento. Los asentamientos de pescadores se dejan ver en cada lengua de arena que se asoma al mar y el mar es de un azul imposible. Entre profundo y celeste repleto de vida. 
Yo había dejado mi carpa en Río Caribe (culpa de la lámpara loca), menos mal que mi madre la perfecta llevó hamaquita extra con su respectivo mosquitero para yo erigir mi morada, pues pronto supimos que en Los Testigos los "lame-ojos" son seres sumamente persistentes. No, no pican. Intentan meterse en tus orificios (boca, nariz, oreja y ojos) con fines que desconozco, pero vaya que quieren hacerlo y el repelente les da mucha risa.
Organizado el campamento hicimos la primera comida, una pasta con mejillones como para tirar cohetes de dicha, exploramos los alrededores, snorkeleamos y esa noche nos acostamos bastante temprano con un techote de estrellas conmovedor.
A la manaña siguiente organizamos equipos de pesca, snorkel, preparación de desayuno y nos dividimos. Horas después llegó la primera pesca. Como siempre, Botuto nos nos dejó pasar hambre. Había pescado y bastante. Esa tarde hicimos un ceviche de loro que quedó extraordinario. Luego se hizo una excursión a un acantilado a la que no fui. Cosa rara, pero me provocó más quedarme leyendo y chismorreteando con el grupo de las señoras bajo la sombra de un cocotero. El día transcurrió plácido entre las historias ajenas, las propias, las caminatas de playa y el meterse dentro del mar a bañarse o ver los corales y cientos de animalitos que estaban ahí mismito. Todo el mundo salía del agua con su cuento: ¡vi una tortuga! ¡vi un pulpo! y Merry, la bióloga ¡vi un blénido en el octocoral!
Carla, la niña más tierna de la vida, se dedicó a hacernos trenzas de pescado a todos los que teníamos melenas largas para aliviar la falta de glamour de las ventoleras.
Esa noche recuerdo haber visto más estrellas que nunca en la vida, un espectáculo conmovedor que intenté fotografiar sin resultados destacables.
Cerca de la madrugada, un conato de lluvia me lanzó de la hamaca a la carpa de mi madre, llena de arena, mojada y alterada. Madre sólo hay una y el único reclamo fue: "me llenaste la carpa de arena, bien bonito", de resto, solidaridad absoluta con la situación de refugio de la única hijita.
Amaneció claro y me tocó en el grupo de snorkeleo con Merry, Andrés, Ferni, Horacio y Claudio. Salimos temprano, Botuto nos dejó en un bajo de corales donde gozamos viendo peces y colores un par de horas. Justo antes de irnos nos topamos con una tortuga carey escurridiza que se dejó ver con cierta reticencia. Pero se dejó ver y eso para mi fue una emoción del tamaño del océano.
Al llegar desayunamos y nos organizamos para el paseo más esperado de todos: la duna. Nos encaramamos en las lanchas y nos fuimos a uno de los islotes que se llama Tamarindo. Nos dejaron en una orillita de piedras y comenzamos a caminar entre los árboles de manzanillo por un camino de arena blanca empinado. Con la lengua de corbata y achicharrados llegamos a la cima para encontrarnos con una vista de mar, islotes, cielo y arena despampanante. Al otro lado estaba una duna gigantesca, blanquísima con motas de verde y el mar azul por allá al final. La emoción de semejante paisaje se tradujo en fotos, alaridos y euforia generalizada. Botuto nos puso un techito a orilla de mar cuando cruzamos la duna y pasamos unas buenas horas de placidez absoluta y más snorkeleo. Con la tarde nos fuimos de ahí y visitamos Tamarindo. Conocimos a la señora Isabela que cuidaba cinco tortuguitas cardón hasta que crecieran para soltarlas al mar. Morimos de ternura y nos tomamos foticos con las tortus. Yo gocé explorando los ranchos de los pescadores y su particular forma de vida hasta que Valenta me mandó a La Casa Verde, la única posadita de Los Testigos encaramada en una lomita para tomarle fotos.
Esa noche era la última, así que compramos ron en Tamarindo y nos preparamos para una comelona musical épica. Entre los platos había: ceviche, pescado a la plancha, sancocho, verduras a la plancha, ensalada y hasta una auyama preparada con papelón y metida bajo la fogata de postre. La tenida musical comenzó con Horacio (sí, el de Desorden Público viajaba con nosotros) y continuó hasta altas horas con Papajuani, que arrancó a punta de éxitos de los Beatles y cerró con un súper set de boleros. Esa noche se gozó lo no escrito.
Trasnochados, enratonados y despelucados nos paramos todos para recoger e irnos cerca del mediodía. Una lluvia violenta y veloz atrasó un rato el proceso, pero cerca de la una ya estábamos todos montados en las lanchas. Isaac se acercaba a la costa (cosa que no sabíamos) y el viaje de regreso fue un solo batuqueo marítimo con lluvia y cielo negro cacho en el horizonte. Pero con Botuto y su gente uno siempre se siente tranquilo a final de cuentas. Llegamos mojados y locos a las Galdonas. Mareados, mojados, hambrientos y locos a Río Caribe y cuando pasó Jairo vendiendo pizzitas, nos comimos hasta las servilletas.
Yo soy recontra necia para decidir con quién viajo, es algo fundamental en mi vida eso de andar por ahí. Suelo preferir la soledad, de hecho. Pero este templete de 17 tenía un sello de calidad previo. Cualquier viaje organizado por los Sará Rodriguez es un exitazo garantizado. Ellos lo atraen naturalmente. Su buena energía hace que el grupo más variopinto se congregue feliz alrededor de una mesa, una guitarra, un viaje, una vida. Por eso son mi familia caribeña.
Si a eso le sumamos la presencia de Botuto, nuestro capitán y pescador estrella, el viaje resulta siempre perfecto. Viajar con mis amigos del alma no se los prometo, pero si resuelven que quieren ir a Los Testigos, a Uquire o cualquier navegada que salga de Las Galdonas, llamen al capitán Botuto y lo convencen: 0416 5977273.
El año que viene, les vuelvo a contar.

13 agosto, 2012

LA PROFE EN EL AUTANA



Los asiduos lectores de este blog ya saben que soy profe de fotografía de naturaleza en la Escuela Foto Arte y los que apenas están llegando, pues eso, ya los puse al día. Nuestro tercer Destino Foto Arte repite selva y vuelve a cruzar las aguas del Orinoco, para remontar las del Sipapo y llegar a la comunidad de Ceguera justo frente al Autana tepuy, el árbol de la vida.
Fue un destino que comenzó accidentado. Hubo cambio de fecha porque Conviasa nos embarcó, pero los muchachos estaban tan entregados a ir a la selva que apenas hubo una deserción en el equipo, el resto se reorganizó, empacó bien cuidadita su cámara y se lanzó un viernes al mediodía hasta el aeropuerto a agarrar el único vuelo que va a hasta Puerto Ayacucho, aunque Amazonas tenga tanto que ofrecer a nivel turístico.
Llegamos en la tarde, lanzamos los peroles en el hotel Waraira Repano y nos fuimos a la plaza donde está el mercado indígena que la verdad es que se ha vuelto más de mercancia colombiana que otra cosa. Como no estaba muy interesante, nos llevaron a orillas del Orinoco a ver la ribazón de pescado. Ahí sí gozamos viendo el montón de especies de peces de río que se come en la zona, hablando con la gente, viendo a los niñitos gozar con el agua y tomándonos unas frías junto al atardecer. 
Con la partida del sol regresamos a nuestro hotel, cenamos viendo las olimpiadas y a dormir todo el mundo. Bueno, a intentarlo. Resulta que nuestro simpático hotelito tiene una discoteca, lo que no sería problema puesto que está bien selladita de sonido. El detalle es que a los lugareños les parece mucho más divertido beber en las afueras de la discoteca con sus propios sistemas de sonido. Al despertarnos escuchamos partir a los últimos parranderos, nos acordamos de sus preciadas madres y nos fuimos ojerosos al aeropuerto a desayunar en cambote. Probamos jugo de túpiro y copoazú, dos frutas amazónicas riquísimas. El primero sabe como a jalea de mango líquida y el segundo a guanábana más dulce y menos cítrica.
De ahí nos llevaron al mercado agrícola de los sábados donde recontra gozamos viendo peces de río, frutas amazónicas, bachacos culones vivos, vísceras y cualquier cantidad de peculiaridades gastronómicas amazónicas. Los lentes saciaron la curiosidad, la profe aquí presente se comió un bachaco a ver qué es lo que era y arrancamos al puerto Samariapo, con parada a ver la Piedra de la Tortuga, para embarcarnos Orinoco arriba, Samariapo adentro y llegar a Ceguera.
Hicimos una parada en el camino para darnos un buen baño en unas pozas riquísimas y seguimos río arriba. Nadie se imagina la emoción cuando en el horizonte se asomó el Autana dejándose fotografiar con un cielo hermoso reflejado en el río. Me conmovió escuchar en mi lancha que para algunos de mis alumnos era la primera vez que veían un tepuy en persona. Entendí que hago estos viajes no para enseñar fotografía -lo que Arlette lo hace mil veces mejor que yo- lo hago para verles la cara de asombro cuando se enfrentan a lo que para mi se ha vuelto cotidianidad en esta vida viajera que he cultivado. Para compartir la sensibilidad que despierta en mi la vista del tepuy, los baños en el río, las conversas con los indígenas. Para despertar en ellos la curiosidad de seguir viajando, de conocer, de entender que hay tanto que ver allá afuera. Hago estos viajes para aver a través de otros ojos lo que yo tanto he visto. Y es fascinante hacerlo.
Llegamos a Ceguera, los más fiebrudos sacaron sus cámaras en el acto. Mi mayor fiebre es el río y llegué a hundirme en sus aguas de un solo sopetón. Siento que así es como llego, como mi cuerpo y mi mente se ponen en sintonía con lo que las rodea. Es mi ritual personal de bienvenida.
Tras el delicioso baño de aguas rojas y amarillas, nos instalamos todos en hamacas bajo las churuatas que nos tocaban y almorzamos-cenamos pescadito frito.
Esa noche a Arlette se le ocurrió variar el ejercicio de que cada quien eligiera sus tres mejores fotos, esta vez nosotras revisamos cada cámara e hicimos la elección. Arlette quería ver los resultados más ampliamente, los intentos, la búsqueda. Resultó interesantísimo para todos ver qué nos gustaba a nosotras y si ello coincidía con la elección que habría hecho cada uno. Todo aderezado con un par de botellas que nos pusieron de lo más conversadores y retardaron un par de horas la llegada a las hamacas.
El primer amanecer estuvo hermoso, no fue el clásico de todos colores con cielo despejado, pero las nubecitas le dieron un toque de misterio coherente con su leyenda. El Autana tepuy es el árbol de la vida y al verlo pueden perfectamente imaginarse un tocón que quedó en medio de la selva para siempre. 
Según Charles Brewer que tanto ha andado por esa selva, la cosa va así:
"La leyenda cuenta que, al Principio, cuando los animales poblaban la tierra, el Dios Wahari había dispuesto que nadie tendría que trabajar y que todos los frutos, nueces y raíces del mundo se encontrarían a la disposición de quien los necesitara en las ramas del gran árbol Wahari-kuawai . Durante todo aquel tiempo los animales vivieron alimentándose del gran árbol, hasta que una ardilla golosa, un tucán de pico largo y un pájaro carpintero, que eran los antepasados de los hombres actuales, decidieron tumbar ese árbol Wahari-kuawai y comerse todos los frutos de una vez para así no tener que recogerlos. Para lograr esto se dedicaron a cortar el tronco con sus picos y dientes, y con gran paciencia lograron tumbarlo. La caída del árbol sagrado produjo un gran estruendo y como la copa del árbol cayó hacia el Noreste, allí formó las tierras del río Cuao, que son las más fértiles y producen mejores cosechas. Las grandes ramas cayeron más cerca del cerro y entonces estas represaron los ríos y provocaron inundaciones, dejando como resultado un laberinto que todavía se puede observar cuando uno remonta el caño Umaj-Ajé donde hay piedras y raudales por todas partes . Después que cayó el gran árbol, los hombres que heredaron la tierra tuvieron que aprender a abrir sus conucos en medio de la selva para poder sembrar allí las semillas y obtener su alimento (Brewer-Carias, 1972)."
Con la leyenda en mente nos acomodamos para desayunar y salir a enfrentar el principal reto del viaje: ascender el cerrito (ya no sé si se llama Uripica o Wahari) que está frente al Autana cruzando la selva anegada y trepando hasta su cima bajo la aplastante humedad del Amazonas.
A mi me dio por entrenar y encontrarme con la soledad en medio de ese pocotón de árboles enormes y adelanté bastante el paso. Mis alumnos estuvieron todos a la altura. Algunos renegaron, otros llegaron a preguntarse qué hacían ahí y Azalia llegó con el pantalón convertido en falda, pero absolutamente todos llegamos a la cima y nos encontramos de frente con ese espectáculo natural. Un mar de verde profundo, infinito, sólo cortado por la imponente piedra del tepuy que se alza vertical. Verlo de lejos es alucinante, acercarse, sudarse el privilegio de estar más cerca es magia y más nada.
Esa tarde llegamos todos desbaratados a Ceguera, pero la contentura colectiva era evidente. Abundaron los baños en el río y cuando arrancó a llover hubo quienes se la gozaron enterita bajo el aguacero.
Igor logró convencernos a unos pocos de que ya no iba a llover más y nos lanzamos la caminata hasta otro mirador a 45 minutos de Ceguera. Una caminata bastante más suave, un mirador realmente hermoso, pero el palo de agua no perdonó. Llegamos de noche y emparamados a Ceguera. Esa noche hicimos la revisión de fotos bajo la persistente lluvia que jamás paró. Arlette, la mejor profe que cualquiera quisiera tener, me enseñó que puedo dar más que lindos paisajes y me instó a enseñar dos retratos que yo jamás habría elegido. Una vez más, aprendí de fotografía mucho más de lo que pude haber enseñado. Arlette escribió un lindo post en el que me agradece por haberla enseñado a salir de su zona de confort para visitar la selva. Arlettina, eres mi maestra de fotografía de la vida del mundo y te adoro, no sabe el orgullo que me da que ya hasta te compres chaqueticas impermeables. Mucho más aprendo yo de ti.
Cursilerías aparte, y me perdonan la emotividad pero yo soy así. 
Esa noche jamás paró de llover, hacer pipí se convirtió en una urgencia irrealizable y de sólo pensar en lo que sería la navegada de regreso bajo la lluvia, más una gotera que caía justo en mi saco de dormir, no fue la mejor noche de mi vida. Menos mal que dormí unas buenas horas en coma de cansancio y bebidas espirituosas.
Amaneció lloviendo con la misma intensidad, hubo que prepararse para navegar mojándonos y guardar una muda veloz que se utilizaría para volar sequitos a casa. Gajes del oficio. Todos metimos los peroles y el cuerpo envueltos en plástico y arrancamos el tedioso viaje de regreso. A la lluvia se le sumaron las bujías más necias de la tierra y la lancha con el equipaje murió y tuvo que llegar a otro puerto remolcada. Nadie imagina lo heroico que resultó tener un Movilnet para la ocasión. Finalmente llegamos todos al aeropuerto, nos enfrentamos a las irregularidades de Conviasa y almorzamos en alegre grupo, sequitos, cansados y felices de haber visitado el Autana y de tener camitas y regaderas calientes esperando en casa.
Gracias Arlettina por ser la mejor compañera de los talleres, gracias a mis alumnos de mi corazón amados por ser todos unos entregados, por estar dispuestos a vivir la experiencia y por enseñarme tanto de la fotografía y la vida, gracias Igor y Jenni de www.autana.org por ir con nosotros y asegurarse de que todo saliera perfecto, gracias al clima por dejarnos subir y bajar la montañita sin lluvia y gracias a toda la Escuela Foto Arte por permitirme ser parte del equipo.
Si quieren ver todas mis fotos, hagan click AQUÍ.