Berlin me enamoró. En Caracas, cuando dije que iría a París y Berlín, mi amiga Ana Laya, que tiene una asombrosa capacidad de observación y síntesis, me dijo que ambas eran bellas, pero París era una bella pretenciosa "ay sí, ay sí, qué bella soy". En cambio Berlín era la bella pana, la que te dice "soy bella, ven, quiéreme, yo te quiero", una bella accesible pues. Me pareció tal cual. Berlín, la multicultural, la desordenada con estructura, la rumbera, la graffitera, la histórica, la desgarrada, la separada, la reconstruida, te abre los brazos grandotes y te invita a gozártela.
Llegué un viernes tarde en la noche, esperé largo rato por un taxi en el aeropuerto y cuando llegué a casa de Andrés no lo encontré. Habiéndome despedido esa mañana de Fede para emprender viaje de mi cuenta, andaba bastante sentimental. Le lloré al del restaurante de al lado, al taxista y al niño del hotel donde decidí quedarme esa noche. Pero en lo que tuve internet encontré a un Andrés mortificadísimo con el que tuve un error de comunicación y por eso no lo encontré. En el acto fue al hotel a buscarme -ante la mirada de desaprobación del chico de la recepción- y me llevó arrastrada a rumbear.
Todo el que me conoce sabe que no me gusta rumbear, me atormento, me choca el olor a cigarro y me harto velozmente del ambiente. Pero si Berlín es la capital mundial de la vida nocturna, pues había que ir así fuera de puro experimento sociológico, sobre todo si tu anfitrión berlinés es Dj. Trujillo y está anotado en la puerta de Watergate.
Me asombró que el desorden comenzara en el metro abierto 24 horas los fines de semana, la gente puede beber en la calle y se aplica con fervor. Se escucha música, euforia, alaridos y apenas vamos en camino. Llegamos a Watergate y veo una cola larguísima que pasamos de largo, Andrés se presenta y entramos. Este gocho en VIP hasta en Berlín. La música suena brutalmente bien, pero se puede hablar sin alaridos, el ambiente es de rumba amorosa y cada quien en lo suyo. Nada de ver y dejarse ver, la gente va a bailar y gozar, cero poses. Punto. Eso me encantó. La verdad es que gocé, había que presenciar la rumba berlinesa.
Me asombró que el desorden comenzara en el metro abierto 24 horas los fines de semana, la gente puede beber en la calle y se aplica con fervor. Se escucha música, euforia, alaridos y apenas vamos en camino. Llegamos a Watergate y veo una cola larguísima que pasamos de largo, Andrés se presenta y entramos. Este gocho en VIP hasta en Berlín. La música suena brutalmente bien, pero se puede hablar sin alaridos, el ambiente es de rumba amorosa y cada quien en lo suyo. Nada de ver y dejarse ver, la gente va a bailar y gozar, cero poses. Punto. Eso me encantó. La verdad es que gocé, había que presenciar la rumba berlinesa.
Llegué a las 6am al hotel y dormí hasta el mediodía que hice mi mudanza. Andrés, excelso representante de la Ciudad de los Caballeros, me cedió su cuarto, me administró la toalla más limpia y se fue al sofá. Esa tarde andábamos golpeaditos, pero salimos al sushi y paseamos por Mitte, el barrio donde se está quedando mi gocho favorito en Berlín. Paseamos, me compré unas botitas y caminamos largo por la zona.
Al día siguiente el plan fue ir a ver el mercado de las pulgas que hacen en Mauer-park, todo un evento berlinés, berlinesísimo. Ahí sí que gocé viendo cachivaches de todo tipo. Desde ropa vieja, libros, peroles y muebles, pasando por diseñadores locales, productores, gente que hacía comida, antigüedades, jaboncitos, relojes, cámaras viejas, todo lo que se pueda vender está ahí los sábados. Andrés se quedaba pegado en los discos y yo en absolutamente todo, así que estuvimos un buen rato en el mercado. De ahí nos fuimos al parque y tuvimos la fortuna de ver a www.andysnatch.com, un malabarista inglés divertidísimo que se metió a todo el anfiteatrico de Mauer en el bolsillo.
Nos perdimos el karaoke por hambre, así que lo dejo pendiente para el próximo berlineo. Porque voy a volver, esta ciudad con su gente colorida, desenfadada, me ha cautivado para siempre. La gente te sonríe, te habla en el idioma que quieras y te ayuda siempre. Es muy sabroso andar por Berlín, esta gente está en otra. Si el futuro es esto, de verdad que va a estar chévere.
Nos perdimos el karaoke por hambre, así que lo dejo pendiente para el próximo berlineo. Porque voy a volver, esta ciudad con su gente colorida, desenfadada, me ha cautivado para siempre. La gente te sonríe, te habla en el idioma que quieras y te ayuda siempre. Es muy sabroso andar por Berlín, esta gente está en otra. Si el futuro es esto, de verdad que va a estar chévere.
Esa tarde caminamos rato más y nos quedamos en la casa domingueando para luego salir a cenar. Porque, otro punto a favor de Berlín, se come comida de todo el mundo y es baratísima. Comer en la calle es un lujo de felicidad, pero no un lujo de bolsillo, eso es...un lujo.
El tercer día en Berlín me reencontré con Horacio y Patricia que tenían días allá y nos invitaron de tour en bici con su guía Kristin. Me dio mucha alegría verlos de nuevo y presentarles a mi amigo querido.
Fuimos a un búnker con un guía argentino extraordinario. Me apasiona que me cuenten los detalles más íntimos de la II Guerra. Dónde y cómo dormía la gente, la propaganda, qué hacían durante los bombardeos, qué comían, cómo lo cocinaban, qué pasó después. La cotidianidad de la guerra más allá de las batallas históricas y los grandes personajes me conmueve. Al lado, al salir, vamos a una colina en un parque. Pero Berlín es plano y esas colinas son escombros de una ciudad que quedó 80% en ruinas. Ahora son parques con rosales, esculturas y árboles enormes, con gente que se tiende feliz en la grama a tomar sol. Los contrastes de una ciudad con tanta historia.
De ahí nos vamos a Bernauer Str, por donde pasó el muro, y recorremos una exhibición -extraordinariamente bien montada- al aire libre sobre su historia. Las familias separadas, las incoherencias del poder, los escapes, los caídos, el dolor y la vuelta a una Alemania unida. Hoy es difícil decir cuál era cual en toda una ciudad tan absolutamente actual, vibrante y culturalmente exquisita. La gente pasa en bici, eso es parte de su historia y está ahí para que nosotros lo visitemos y ellos lo recuerden. En Berlín la historia y la actualidad conviven armoniosamente.
Nos vamos a un cafecito en Mitte y conversamos largo, vemos en atardecer en Mauer-park y nos encontramos con la mamá de Pati para cenar en un italiano delicioso que Andrés recomienda. Me despido de Pati y Horacio que siguen su viaje al día siguiente. Ellos no saben cuánto los quiero y les agradezco lo bellos que son conmigo.
Mi cuarto día es de mi cuenta porque Andrés tiene que trabajar. Decido hacer plan de viejita y me compro el ticket para subirme y bajarme del autobusito turístico que hace el tour clásico de Berlín. El primer guía que me toca es un choreto, cínico, divertido, me quedo un rato para reírme, pero desde el techito veo Tiergarten, un parque gigantesco como un bosque, y me bajo en Postdamer Platz para alcanzarlo. Busco lo verde, entro por un caminito pequeño y casi me caigo de espaldas como Condorito cuando de lejos veo a la famosa piedra Kuika.
Llegué a Berlín pendiente de verla, imagínate, una piedra de La Gran Sabana en Alemania. Pero ni sabía dónde estaba, así que la casualidad me pone mística. Siento que la piedra de alguna manera me atrajo. Me acerco y la toco, se me aguan los ojos de alegría. Está tan bella, pulida, brillante. Veo que representa a todo el continente americano en un monumento a la hermandad y me conmueve que la eligieran a ella entre tantas. Les digo, por mí que se quede en Berlín, nos representa orgullosa y forma parte de algo hermoso. En Venezuela, es una piedra más entre millones de kilómetros de piedra roja. Ni siquiera se sabe si es jaspe. Habría estado mejor en su ambiente natural, pero ya está aquí y es la más bella de los cinco conjuntos de roca. Además, una piedra en Alemania hablando de unirse, me hace pensar que eso es lo que quiero para Venezuela.
Llegué a Berlín pendiente de verla, imagínate, una piedra de La Gran Sabana en Alemania. Pero ni sabía dónde estaba, así que la casualidad me pone mística. Siento que la piedra de alguna manera me atrajo. Me acerco y la toco, se me aguan los ojos de alegría. Está tan bella, pulida, brillante. Veo que representa a todo el continente americano en un monumento a la hermandad y me conmueve que la eligieran a ella entre tantas. Les digo, por mí que se quede en Berlín, nos representa orgullosa y forma parte de algo hermoso. En Venezuela, es una piedra más entre millones de kilómetros de piedra roja. Ni siquiera se sabe si es jaspe. Habría estado mejor en su ambiente natural, pero ya está aquí y es la más bella de los cinco conjuntos de roca. Además, una piedra en Alemania hablando de unirse, me hace pensar que eso es lo que quiero para Venezuela.
Estuve amapuchándome con la Kuika un ratote y me senté en la grama a ver bien mis mapas, mi recorrido del autobusito y dónde me interesaba de verdad bajarme. Cuando volvía a Postdamer Platz escuché mi nombre y no me podía creer la casualidad de encontrarme a Daniel, un pana al que no veía desde hace por lo menos 12 años. Una gran alegría que celebramos con foto y todo.
Seguí mi ruta pasando brevemente por Checkpoint Charlie, visité Topografía del Terror donde estuve con los pelos parados de punta, vi la famosa Puerta de Brandemburgo y cerré mi tarde en el Monumento y Museo del Holocausto.
No sé ni qué decir. Lloré muchísimo, me arrebató el alma ese lugar. Los testimonios, la manera en que te llevan de humano a humano para palpar, si se puede, el horror que vivieron los judíos durante el Holocausto. Salí de ahí desbaratada. Sin embargo, me resulta admirable que esto esté en Berlín, que la ciudad, su gente, el país, no intente borrar la mancha. Al contrario, es un reconocimiento, un sabemos que esto pasó aquí y no queremos que se repita, queremos que lo sepan, que no se olvide. Eso es hermoso y te reconcilia con la humanidad. Berlín no tapa su historia jamás, deja ver sus costuras, sus errores, sus atrocidades, es una ciudad honesta consigo misma y eso la hace más hermosa aún. Berlín no intenta engañar, se muestra tal cual es. Por eso la adoré.
No sé ni qué decir. Lloré muchísimo, me arrebató el alma ese lugar. Los testimonios, la manera en que te llevan de humano a humano para palpar, si se puede, el horror que vivieron los judíos durante el Holocausto. Salí de ahí desbaratada. Sin embargo, me resulta admirable que esto esté en Berlín, que la ciudad, su gente, el país, no intente borrar la mancha. Al contrario, es un reconocimiento, un sabemos que esto pasó aquí y no queremos que se repita, queremos que lo sepan, que no se olvide. Eso es hermoso y te reconcilia con la humanidad. Berlín no tapa su historia jamás, deja ver sus costuras, sus errores, sus atrocidades, es una ciudad honesta consigo misma y eso la hace más hermosa aún. Berlín no intenta engañar, se muestra tal cual es. Por eso la adoré.
Esa noche cené sopita thai con Andrés y nos contamos nuestro día.
Mi último día en Berlín lo pasamos visitando Kreuzberg, la parte más genuina de Berlín, con estudiantes, ocupas, graffitis y lugares acordes a su estatus de clase media librepensante. Comenzamos comiendo hamburguesas en Burgermeister bajo un puente por donde pasa el metro, sentados en un tubito y con birra alemana como debe ser. Luego caminamos y caminamos por horas. Vimos lo mejor del street art en Berlín, nos sentamos a ver el río junto a un campamentote ocupa y nos tomamos un trago en el legendario Luzia. Me quedé con ganas de más Kreuzberg, sus cafés pequeños y su espíritu rebelde. Luego me contaba Ale que LA actividad de Kreuzberg el 1ro de Mayo es intentar quemar el McDonalds con los grupos anti globalización. Por ahí va la onda de la zona.
Volvimos a Mitte para unas últimas comprar nerviosas y cenamos vegetariano picantísimo, en un restaurancito cuyo logo, por cierto, es una M de McDonalds patas arriba.
Volvimos a Mitte para unas últimas comprar nerviosas y cenamos vegetariano picantísimo, en un restaurancito cuyo logo, por cierto, es una M de McDonalds patas arriba.
Llegué a hacer mi maletica de nuevo y llamamos un taxi que me llevara temprano a la estación de tren. Me despedí en la mañanita de un Andrés dormidísimo y agarré 9 horas de tren para llegar a Viena donde Ale me esperaba. Cuando me vaya de aquí les cuento, pero sólo con lo que vi anoche, creo que me va a encantar Viena.




































