21 septiembre, 2012

BERLINEANDO

Berlin me enamoró. En Caracas, cuando dije que iría a París y Berlín, mi amiga Ana Laya, que tiene una asombrosa capacidad de observación y síntesis, me dijo que ambas eran bellas, pero París era una bella pretenciosa "ay sí, ay sí, qué bella soy". En cambio Berlín era la bella pana, la que te dice "soy bella, ven, quiéreme, yo te quiero", una bella accesible pues. Me pareció tal cual. Berlín, la multicultural, la desordenada con estructura, la rumbera, la graffitera, la histórica, la desgarrada, la separada, la reconstruida, te abre los brazos grandotes y te invita a gozártela.

Llegué un viernes tarde en la noche, esperé largo rato por un taxi en el aeropuerto y cuando llegué a casa de Andrés no lo encontré. Habiéndome despedido esa mañana de Fede para emprender viaje de mi cuenta, andaba bastante sentimental. Le lloré al del restaurante de al lado, al taxista y al niño del hotel donde decidí quedarme esa noche. Pero en lo que tuve internet encontré a un Andrés mortificadísimo con el que tuve un error de comunicación y por eso no lo encontré. En el acto fue al hotel a buscarme -ante la mirada de desaprobación del chico de la recepción- y me llevó arrastrada a rumbear.
Todo el que me conoce sabe que no me gusta rumbear, me atormento, me choca el olor a cigarro y me harto velozmente del ambiente. Pero si Berlín es la capital mundial de la vida nocturna, pues había que ir así fuera de puro experimento sociológico, sobre todo si tu anfitrión berlinés es Dj. Trujillo y está anotado en la puerta de Watergate.
Me asombró que el desorden comenzara en el metro abierto 24 horas los fines de semana, la gente puede beber en la calle y se aplica con fervor. Se escucha música, euforia, alaridos y apenas vamos en camino. Llegamos a Watergate y veo una cola larguísima que pasamos de largo, Andrés se presenta y entramos. Este gocho en VIP hasta en Berlín. La música suena brutalmente bien, pero se puede hablar sin alaridos, el ambiente es de rumba amorosa y cada quien en lo suyo. Nada de ver y dejarse ver, la gente va a bailar y gozar, cero poses. Punto. Eso me encantó. La verdad es que gocé, había que presenciar la rumba berlinesa.
Llegué a las 6am al hotel y dormí hasta el mediodía que hice mi mudanza. Andrés, excelso representante de la Ciudad de los Caballeros, me cedió su cuarto, me administró la toalla más limpia y se fue al sofá. Esa tarde andábamos golpeaditos, pero salimos al sushi y paseamos por Mitte, el barrio donde se está quedando mi gocho favorito en Berlín. Paseamos, me compré unas botitas y caminamos largo por la zona.
Al día siguiente el plan fue ir a ver el mercado de las pulgas que hacen en Mauer-park, todo un evento berlinés, berlinesísimo. Ahí sí que gocé viendo cachivaches de todo tipo. Desde ropa vieja, libros, peroles y muebles, pasando por diseñadores locales, productores, gente que hacía comida, antigüedades, jaboncitos, relojes, cámaras viejas, todo lo que se pueda vender está ahí los sábados. Andrés se quedaba pegado en los discos y yo en absolutamente todo, así que estuvimos un buen rato en el mercado. De ahí nos fuimos al parque y tuvimos la fortuna de ver a www.andysnatch.com, un malabarista inglés divertidísimo que se metió a todo el anfiteatrico de Mauer en el bolsillo.
Nos perdimos el karaoke por hambre, así que lo dejo pendiente para el próximo berlineo. Porque voy a volver, esta ciudad con su gente colorida, desenfadada, me ha cautivado para siempre. La gente te sonríe, te habla en el idioma que quieras y te ayuda siempre. Es muy sabroso andar por Berlín, esta gente está en otra. Si el futuro es esto, de verdad que va a estar chévere. 
Esa tarde caminamos rato más y nos quedamos en la casa domingueando para luego salir a cenar. Porque, otro punto a favor de Berlín, se come comida de todo el mundo y es baratísima. Comer en la calle es un lujo de felicidad, pero no un lujo de bolsillo, eso es...un lujo.
El tercer día en Berlín me reencontré con Horacio y Patricia que tenían días allá y nos invitaron de tour en bici con su guía Kristin. Me dio mucha alegría verlos de nuevo y presentarles a mi amigo querido. 
Fuimos a un búnker con un guía argentino extraordinario. Me apasiona que me cuenten los detalles más íntimos de la II Guerra. Dónde y cómo dormía la gente, la propaganda, qué hacían durante los bombardeos, qué comían, cómo lo cocinaban, qué pasó después. La cotidianidad de la guerra más allá de las batallas históricas y los grandes personajes me conmueve. Al lado, al salir, vamos a una colina en un parque. Pero Berlín es plano y esas colinas son escombros de una ciudad que quedó 80% en ruinas. Ahora son parques con rosales, esculturas y árboles enormes, con gente que se tiende feliz en la grama a tomar sol. Los contrastes de una ciudad con tanta historia.

De ahí nos vamos a Bernauer Str, por donde pasó el muro, y recorremos una exhibición -extraordinariamente bien montada- al aire libre sobre su historia. Las familias separadas, las incoherencias del poder, los escapes, los caídos, el dolor y la vuelta a una Alemania unida. Hoy es difícil decir cuál era cual en toda una ciudad tan absolutamente actual, vibrante y culturalmente exquisita. La gente pasa en bici, eso es parte de su historia y está ahí para que nosotros lo visitemos y ellos lo recuerden. En Berlín la historia y la actualidad conviven armoniosamente.

Nos vamos a un cafecito en Mitte y conversamos largo, vemos en atardecer en Mauer-park y nos encontramos con la mamá de Pati para cenar en un italiano delicioso que Andrés recomienda. Me despido de Pati y Horacio que siguen su viaje al día siguiente. Ellos no saben cuánto los quiero y les agradezco lo bellos que son conmigo.
Mi cuarto día es de mi cuenta porque Andrés tiene que trabajar. Decido hacer plan de viejita y me compro el ticket para subirme y bajarme del autobusito turístico que hace el tour clásico de Berlín. El primer guía que me toca es un choreto, cínico, divertido, me quedo un rato para reírme, pero desde el techito veo Tiergarten, un parque gigantesco como un bosque, y me bajo en Postdamer Platz para alcanzarlo. Busco lo verde, entro por un caminito pequeño y casi me caigo de espaldas como Condorito cuando de lejos veo a la famosa piedra Kuika.

Llegué a Berlín pendiente de verla, imagínate, una piedra de La Gran Sabana en Alemania. Pero ni sabía dónde estaba, así que la casualidad me pone mística. Siento que la piedra de alguna manera me atrajo. Me acerco y la toco, se me aguan los ojos de alegría. Está tan bella, pulida, brillante. Veo que representa a todo el continente americano en un monumento a la hermandad y me conmueve que la eligieran a ella entre tantas. Les digo, por mí que se quede en Berlín, nos representa orgullosa y forma parte de algo hermoso. En Venezuela, es una piedra más entre millones de kilómetros de piedra roja. Ni siquiera se sabe si es jaspe. Habría estado mejor en su ambiente natural, pero ya está aquí y es la más bella de los cinco conjuntos de roca. Además, una piedra en Alemania hablando de unirse, me hace pensar que eso es lo que quiero para Venezuela.

Estuve amapuchándome con la Kuika un ratote y me senté en la grama a ver bien mis mapas, mi recorrido del autobusito y dónde me interesaba de verdad bajarme. Cuando volvía a Postdamer Platz escuché mi nombre y no me podía creer la casualidad de encontrarme a Daniel, un pana al que no veía desde hace por lo menos 12 años. Una gran alegría que celebramos con foto y todo.
Seguí mi ruta pasando brevemente por Checkpoint Charlie, visité Topografía del Terror donde estuve con los pelos parados de punta, vi la famosa Puerta de Brandemburgo y cerré mi tarde en el Monumento y Museo del Holocausto.

No sé ni qué decir. Lloré muchísimo, me arrebató el alma ese lugar. Los testimonios, la manera en que te llevan de humano a humano para palpar, si se puede, el horror que vivieron los judíos durante el Holocausto. Salí de ahí desbaratada. Sin embargo, me resulta admirable que esto esté en Berlín, que la ciudad, su gente, el país, no intente borrar la mancha. Al contrario, es un reconocimiento, un sabemos que esto pasó aquí y no queremos que se repita, queremos que lo sepan, que no se olvide. Eso es hermoso y te reconcilia con la humanidad. Berlín no tapa su historia jamás, deja ver sus costuras, sus errores, sus atrocidades, es una ciudad honesta consigo misma y eso la hace más hermosa aún. Berlín no intenta engañar, se muestra tal cual es. Por eso la adoré.
Esa noche cené sopita thai con Andrés y nos contamos nuestro día.
Mi último día en Berlín lo pasamos visitando Kreuzberg, la parte más genuina de Berlín, con estudiantes, ocupas, graffitis y lugares acordes a su estatus de clase media librepensante. Comenzamos comiendo hamburguesas en Burgermeister bajo un puente por donde pasa el metro, sentados en un tubito y con birra alemana como debe ser. Luego caminamos y caminamos por horas. Vimos lo mejor del street art en Berlín, nos sentamos a ver el río junto a un campamentote ocupa y nos tomamos un trago en el legendario Luzia. Me quedé con ganas de más Kreuzberg, sus cafés pequeños y su espíritu rebelde. Luego me contaba Ale que LA actividad de Kreuzberg el 1ro de Mayo es intentar quemar el McDonalds con los grupos anti globalización. Por ahí va la onda de la zona.

Volvimos a Mitte para unas últimas comprar nerviosas y cenamos vegetariano picantísimo, en un restaurancito cuyo logo, por cierto, es una M de McDonalds patas arriba.
Llegué a hacer mi maletica de nuevo y llamamos un taxi que me llevara temprano a la estación de tren. Me despedí en la mañanita de un Andrés dormidísimo y agarré 9 horas de tren para llegar a Viena donde Ale me esperaba. Cuando me vaya de aquí les cuento, pero sólo con lo que vi anoche, creo que me va a encantar Viena.

14 septiembre, 2012

ANITA, BORDEAUX Y SAN SEBASTIÁN

Este es un viaje cuya ruta fue planeada en base a los afectos. De otra manera no tiene mayor sentido empujarse de Chamonix, en un extremo de Francia, hasta Bordeaux al otro. Lo que pasa es que en Bordeaux vive Ana, mi amiga adorada de la vida del mundo por siempre jamás, y a mi me parece que pisar Francia sin visitar a Ana Isabel no procede y punto.
El año pasado vine para su matrimonio y tuve el honor y la alegría de estar cerquitica del altar, viéndole la sonrisa, porque fui su madrina. Este año cuando salió el viaje a Chamonix estuve remolona y no me decidía a comprar los pasajes a Bordeaux, pero la emoción de Ana ante la simple duda de si ir o no, fue suficiente para comprar los pasajes a lo que salieran y encaramarme con Fede en un avión Ginebra-Bordeaux. Mi amiga, que tiene casi 5 años aquí, me vino a buscar en su carrito con Mari su hermana que está por una temporada para aprender el idioma. La primera emoción fue ver a Anita radiante llegar a buscarme, la segunda el cambio de clima. Pasamos de la nieve con chaqueta y medias gruesas, al vestidito veraniego con sandalias y un suetercito para la noche.
Ana nos había alquilado un apartamentico cerca de su casa, fuimos a recibir la llave y quedarnos fascinados con la maravilla de lugar donde nos estábamos alojando. Un cuarto grandote, sala, cocina, baño y hasta una lavadora teníamos a un precio menor al de un hotel. De ahí, por supuesto, a comer. Ana nos llevó a Petit Commerce (creo que se llama) un lugar al que habíamos venido el año pasado donde venden toda clase de mariscos fresquísimos y deliciosos. Nos tomamos una botella de delicioso vino blanco de Bordeaux (en toda la zona abundan los viñedos) y comimos hasta quedar idiotas. Luego fuimos a casa de Ana, que ahora será de María, conversamos un rato y alquilamos unas bicis para recorrer un poquito la ciudad. Nos agarró la noche entre el teatro, el espejo de agua, el río y el skate park. Bordeaux no deja de sorprenderme con esa perfecta unión entre pasado y presente. Justo cuando te sientes que todo es historia, entre muros de piedra, edificios antiguos y catedrales góticas, aparece silencioso, modernísimo y brillante el Tram, un tren que recorre la ciudad como medio de transporte público, y te regresa a este siglo.
Tras el abreboca citadino a pedal cenamos sopa Pho en una plaza que se destaca por tener tres restaurantes tailandeses en una esquina y nos quedamos en casa de Ana hasta la madrugada hablando y bebiendo más vino con Benji que llegó tardísimo de trabajar en la zona de salto.
Ana y Benji, ambos paracaidistas de familia paracaidista, se iban a China invitados a "estrenar" un nuevo puente saltando desde él. Así que al día siguiente nos tomamos con soda la mañana y quedamos en encontrarnos al mediodía para que ellos resolvieran maletas, lavadera de ropa y afines. Fede y yo visitamos en la esquina de nuestro apartamento, una panadería extraordinaria que María nos recomendó. Al parecer utilizan un especial método artesanal. No sé de métodos, pero les juro por todo que cuando yo mordí el croissant de Pain Maitre, tuve un orgasmo culinario épico. Qué cosa tan maravillosamente perfecta, crujiente, suave, con el toque de dulce justo, nos se deshacía sino lo suficiente. Insólito. Ni hablar del pain au chocolat, eso sería hard core porno y este blog es recatado.
Con el paladar satisfecho de tanto placer caminamos por nuestra zona entre locales libaneses, callecitas empedradas y edificios viejísimos y preciosos. Pasamos por Saint Michell, vimos el río de día y nos aparecimos en casa de Ana al mediodía cuando ella llegaba de una agotadora jornada de lavandería. Almorzamos en un japonés riquísimo, compramos quesitos, frutas, pan y vino y nos encaramamos en el carro para visitar la Dune du Pyla en la costa, una duna enorme que abre la bahía de Arcachon. Primero fuimos a ver la parte donde están los parapentistas y gozamos viendo las alitas de colores y la maravilla de paisaje. Luego, Ana nos llevó a su lugar favorito. Atravesamos un bosque de pinos, nos encontramos con una montañota de arena quita aliento y la subimos para gozar con una vista increíble. Como decía Anita, para un lado el mar verde de pinos y para el otro el azul. Seguimos caminando por la duna unos 15 minutos y llegamos al lugar. En medio de aquel arenero, frente al mar, hay unos búnkers de la II Guerra Mundial que han sido graffiteados por artistas franceses y que funcionan como boulders de escalada. 
Algunos están ya torcidos y metidos en el mar. Nosotros nos instalamos junto a uno que está en la arena y tenía unos graffitis voladísimos. Podías entrar por una ventanita y salirte por un hueco en la parte de arriba donde supongo se asomaban a ver o atacar. De nuevo me arroba ese contraste, esa historia tan viva, ahí, como si nada, convertida en arte y deporte, en parte del paisaje. Fede, que ya había sido advertido, se calzó sus zapaticos de escalada y se encaramó un buen rato probando las maneras más difíciles de hacerlo. Gozó él luciéndose y gocé yo embelesada viendo a mi prometido el escalador.
Vimos el atardecer entre vinos, frutas y quesos franceses y caminamos duna atrás, carretera de vuelta y llegada a casa de Anita donde María tan preciosa nos había hecho cena. 
Como era de esperarse, a esa hora se pusieron a hacer la maleta Ana y Benji mientras hablábamos de lo loca que podía ser la experiencia China base jumper. Me despedí de mi amiga adorada y su esposo queridísimo y nos fuimos a dormir. Ya nos veremos en Caracas en Octubre para forjar el camino que ambas queremos para nuestro país.
El tercer día en Bordeaux desayunamos en la panadería de la felicidad y nos quedamos en el apartamento trabajando con salidas sólamente a almorzar y cenar. A Fede le habían quedado pendientes unos planes de entrenamiento y yo estuve escribiendo para ustedes, mandando artículos que me faltaban y viendo qué haríamos al día siguiente en San Sebastián. Ana nos había dejado el carro y nos había recomendado esa ruta a apenas 2 horas y media de Bordeaux en el País Vasco.
Nos levantamos temprano y arrancamos. La primera angustia fue salir de la ciudad mientras el GPS se cargaba y nos informaba qué hacer. Las callecitas de Bordeaux son mínimas, intrincadas y nunca sabes si te estás comiendo la flecha o va a venir de frente el Tram. Finalmente lo logramos, agarramos autopista y pagamos un dineral en peajes por carreteras inmaculadas. 
Llegamos a San Sebastián al mediodía y ni el terrible clima lluvioso nos quitó las ganas de caernos a pintxos y txacori -tapas y vino, pero en el País Vasco-, caminar por las callecitas de la parte vieja y ver de lejos la playa sin ganas de meternos en el mar. Gozamos hablando con la gente ahora que estábamos de nuevo en nuestro idioma y agarramos carreterita por la costa pasando con breves paradas en San Juan de Luz y Biarritz. Felices de ver el mar, aunque fuese un día helado, hasta nos bajamos en una playa y caminamos por la arena, pero sin tocar el agua. Qué se le va a hacer si uno es caribe y cuando está nublado te da frío hasta en Los Roques.
Llegamos de noche y pasamos más trabajo que Frodo para llegar a casa de Ana, buscar a María y emprender juntos la ardua labor de conseguir un puesto para dejar el carro. Que si no era la zona, que no cabe, que aquí los remolcan y allá no. Finalmente encontramos algo que pareció sensato, le preguntamos a dos personas que pasaban por ahí y nos encomendamos bajo la amenaza de Mari: -si pasa algo fueron ustedes. Amén.
Nuestra última mañana en Bordeaux regresamos a la panadería, nos comimos hasta la servilleta, devolvimos el apartamento y nos montamos en el Tram para llegar a la estación de trenes y agarrar el tren a París. Tras mucha angustia, que ameritó meternos en un bar a tomarnos un vino, desciframos cómo llegar en metro al hotel del aeropuerto donde esta mañana mi prometido, mi amado, mi héroe, se encontró con la manada de muchachitos de Niños en La Cumbre y se fue con ellos a Nepal a subir montañas y ser feliz.
Yo, en mi viaje movido por los afectos, salgo esta noche a Berlín donde mi amigo Andrés, a.k.a Dj Trujillo, a.k.a El Cóndor de los Andes, me espera para conocer la ciudad bajo su ala de buena música y el cariño que nos tenemos.
Esa será otra historia que les contaré en unos días. Igual pueden ir sabiendo de mi recorrido por las fotos que pongo en Instagram como @arianuchis.

11 septiembre, 2012

LA FRANCIA ALPINA

Si algo me sorprende en la vida es un paisaje. Me asombra y me cautiva, reacciono eufórica ante su majestuosa presencia y me dejo conmover hasta la médula sin que medie filtro alguno. 
Llegamos a Chamonix, en los Alpes franceses, la noche de un lunes en carro desde París. Nos encontramos con Alejandro, un amigo de Fuco que acababa de correr el Ultra y nos fuimos a cenar en un restaurancito italiano delicioso. Alejandro hablaba de como todo el mundo estaba llegando o saliendo de un excursión y yo aún no entendía nada. Amaneció nublado, con la neblina bajita metida en el pueblo y sin dejarnos ver el cielo ni nada. Pati con su pie fracturado en recuperación se sentía bastante frustrada de no poder hacer excursiones, a mi ese clima me baja el ánimo y las casitas eran lindas, pero me hacía falta algo más. Nos fuimos a la oficina de turismo a averiguar qué podíamos hacer sin caminar demasiado por la zona. Nos dieron cientos de folletos y explicaciones amables que escuchamos semi de mala gana rodeadas de gente con las botas puestas y el morral en la espalda. Cuando salimos de ahí ya había salido un solecito, entonces levantamos la mirada y la euforia fue inmediata. 
Entendimos que estábamos en un vallecito encantador rodeado de montañas de todos los tamaños y formas: picudas, redondas, nevadas, de piedra, bosques infinitos de pino, cascadas, teleféricos, todo imponente, todo hermoso, todo perfecto. Frente a nosotras estaba la estación para subir a Brévent y ni lo pensamos, era mandatorio encaramarnos en alguna de esas alturas de inmediato y como fuera. La magia que obra el paisaje en mi había hecho efecto, porque a Pati le pasó igualito. La fiebre de ver la posibilidad de subir montañas con una pata fracturada hizo que compráramos un ticket para tres días de gozadera teleférica insaciable. En cosa de minutos estábamos viendo el valle desde arriba en Planpraz. Caminamos alrededor para ver a los parapentistas despegar, almorzamos en un restaurante con vista estelarísima y nos instalamos a ver el infinito entre conversas mientras nuestros maridos llegaban, con sonrisas inmensas, de escalar cerca de ahí. 
No parábamos de comentar lo felices que estábamos de estar ahí. Ese día comprendimos que con plan de viejitas y todo íbamos a gozar, porque a ese paisaje no existía manera de no verlo en todo su esplendor. Una cosa tan imponente no se esconde ni que te encierres.
Al día siguiente cambiamos teleférico por trencito (el ticket funcionaba para ambas opciones) y subimos hasta el glaciar de La Mer De Glace con una vista de montañas insólita. Esa mañana me quedé enamorada de las formas impetuosas del Dru y supe que a mi marido le iba a dar por escalarlo en algún momento. 
Bajamos en un funicular que te acerca al glaciar y de ahí se sigue bajando por unas escaleras hasta llegar a un túnel que cavan en el hielo para que uno viva la experiencia de azules que es eso. Por esas escaleras te ponen cartelitos con el nivel del hielo desde 1980. Da dolor saber que cada año hay que poner más y más escalones para llegar al túnel. Es tristísimo ver tan claramente la franca decadencia del glaciar.
Ya en el universo azul helado, asombradas con lo que veíamos, caímos en la trampa para turistas más tierna de todas y nos tomamos una foto de 6 euros con una perra San Bernardo llamada Ginger. La linda de Pati me la quiso regalar porque supo que deliraría por amapucharme con ese pelero aunque fuese un segundo. Así fue. Esa noche nos encontramos con nuestros maridos, más felices imposible tras su escalada diaria, para cenar.
Al tercer día nos levantamos temprano. La tarde anterior yo había hecho cita para ir a volar desde el mismo lugar que fuimos el primer día en teleférico. A las 8:50am llegó un peludo con olor a cigarro y sonrisa amable a buscarme. Pati me acompañó solidaria aunque su piecito roto no la dejara remontar las nubes con nosotros. Mi alegría de ver el Mont Blanc apabullante, los pinos de cerquita y una mañana luminosa desde el cielo fue de película. Lástima que con el viento helado se te congelan los dientes si los enseñas demasiado. Hicimos un vuelo de más de media hora de absoluto placer visual y aterrizamos en un campo de golf. 
Ahí me encontré con Pati y nos fuimos a subir la Aiguille Du Midi, el teleférico más alto de todos a 3842msnm. El motivo del día era estar alto. En el funicular nos apretujaron con 60 personas más y comenzamos a elevarnos desde los 1035msnm de Chamonix en algo que se parecía más a un ascensor por lo empinado y abrupto de la subida. Bajamos en Plan de l'Aiguille a cambiar de carrito y ahí si que fuimos verticales hasta la cima. No me quedó otra que entenderme de tú a tú con el vértigo, porque resulta descabellado comprender qué hace esa estación ahí encaramada y cómo la hicieron en esos farallones donde para donde sea que tú veas lo que hay es barranco. El Mont Blanc está ahí mismito y sientes que puedes dar un saltito a su cumbre. El frenesí absoluto de vista desatada de 360 grados hizo que no midiera el cambio de altura. En una de esas subí al trotecito unas escaleras y llegué sin aliento a la cafetería. Pedimos unas sopitas calientes y mientras Pati buscaba su café me dio un sueño desesperado, seguido de un notón rarísimo con extraños episodios semi alucinados. Al bajarme de ahí supe que era una hipoxia por lo que había pasado. Llámese falta de oxígeno en el cerebro. Ya en el hotel me dio una temblequera de frío, me metí en la bañera hirviendo y mandé orgullosa mis foticos por Instagram aunque me hubieran costado unas neuronas. Ni modo...murieron felices frente a un paisaje deslumbrante.
Esa tarde intentamos subir a otro glaciar, pero llegamos tarde y nuestros amados nos buscaron en la estación para ir todos juntos a cenar y celebrar hipoxias, paisajes y escaladas maravillosas.
Esa noche Fede y yo fuimos a visitar a Fabi, una amiga queridísima que vive cerquita, en Passy,  en una casa de la pradera. Micky su esposo no estaba, pero gozamos chismorreteando, tomando vino y cenando por segunda vez con Fabi y sus adorables Paola y Sofía que ya son todas unas francesitas alpinas que esquían y escalan.
El cuarto día, ya contentas con el festival de teleféricos, agarramos el carro para irnos a conocer Annecy, un pueblito precioso que nos recomendaron en la oficina de turismo de Chamonix. Gracias al GPS llegamos sin contratiempos en un par de horas, dimos algunas vueltas buscando dónde parquear y como Quintero consigue puesto, dejamos el carro en un estacionamiento cerquita del centro. 
Habíamos visto fotos de Annecy y nos parecía preciosa, pero bueno, las fotos de los folletos siempre son como más bonitas, por eso quedamos en absoluto estado de shock cuando nos encontramos con la verdadera Annecy, la Venecia de los Alpes. 
Es que tanto bonito raya en el absurdo. Donde sea que viéramos, aquello parecía una escenografía montada para el rodaje de una película de amor. Las casitas de colores, los canales con patos y cisnes, las florecitas, la gente, los cafés y restaurantes con terraza, las heladerías. Nos recorrimos las callecitas angostas con calma, degustando cada detalle. Nos sentamos a almorzar en una de las terrazas. Yo vi que una gente se estaba comiendo unos pescaditos fritos idénticos a las camiguanas que te sirven en Los Roques de mi caribeña Venezuela. Me antojé en el acto y las llamé oficialmente camiguanas de lago. Estaban exquisitas, con sus papas fritas, ensalada y una copa de vino blanco seco y delicioso. Pati se comió un ensalada de melón con jamón curado y nos empinamos tremendo heladote de postre al salir de ahí. Caminamos un poco más y nos metimos en una tiendita donde vendían piedras de todas partes del mundo, la mujer era encantadora, las piedras curiosas y ahí estuvimos largo rato. Al salir nos acercamos al lago y morimos de emoción al ver que era posible alquilar una lanchita para nosotras sin guía, piloto ni nada. Como si fuera nuestra. Adoré la tranquilidad de los franceses que te medio explican, te dan la llave y te dejan en paz. En lugares como, por ejemplo, los Estados Unidos, te hacen firmar diez documentos y dejar la tarjeta con un depósito millonario. Aquí te sonríen y te dicen Aurevoir! desde el muelle.
Ahí, en medio de aquel lago esmeralda rodeado de montañas, me empeloté y me lancé a un agua sorprendentemente cálida a darme un chapuzón. Ya saben que el agua es mi debilidad y no me podía perder eso por nada de este mundo. Pati manejando la lancha con la melena al viento estuvo feliz. De haber tenido un "felizómetro" habría alcanzado tope y se habría fundido durante ese paseo por el lago de Annecy. Ya parecíamos un par de gafas con las sonrisas pegadas a los cachetes. Una hora después regresamos la lanchita, caminamos más por el parque alrededor del lago y nos regresamos al carro para emprender camino a casa. Esta vez no agarramos autopista, nos vinimos bordeando el lago, parando a tomar más fotos y recorriendo pueblitos alpinos hasta Chamonix donde dos escaladores felices nos esperaban para intercambiar cuentos.
Nuestro último día decidimos traspasar la frontera y manejar a Martigny, un pequeño pueblito suizo con un museo que promocionaba por toda la zona una exposición con cuadros de Van Gogh, Picasso y Kandinsky de la Colección Merzbacher. Dejamos a nuestros amados en el lugar donde iban a escalar y seguimos camino unos 40 minutos más. Al GPS le costó horrores el cambio fronterizo y nos tuvo medio perdidas un buen rato, pero finalmente encontramos lo que veníamos buscando. Primero nos paramos en un museo de los San Bernardo que fue medio fraude hasta que finalmente sacaron un perro de su cuarto y me dejaron besuquearme con él. De cualquier manera, antes de eso, fue interesante saber de la historia del peludo gigante que tantos peregrinos salvó en ese lugar.
Justo al lado entramos a las ruinas de un pequeño coliseo romano y nos divertimos aplaudiendo con eco y hablándonos de la tribuna al centro y viceversa para comprobar cuán perfecta seguía siendo la acústica.
Almorzamos en el centro bastante despoblado de Martigny (casi fantasma me atrevería a decir) y nos fuimos al museo Fondation Pierre Gianadda a ver las obras prometidas. Quedamos satisfechas con la colección, aunque había un sólo Picasso era hermoso y los colorinches de Kandinsky nos iluminaron las pupilas. Pero lo mejor, lo más alucinante, era el jardín del museo repleto de esculturas entre los árboles, laguitos y grama perfecta. Para mi, que veo en la naturaleza las respuestas de todo, esa unión perfecta de verdes con arte fue reveladora y apasionante. Me provocaba aplaudir al beso de Rodin bajo el árbol gigante y gritarle hurras al Calder junto a un sauce llorón. Martigny en sí no llegó a sorprendernos, pero el jardín de ese museo pagó con creces la hora de carretera. Al salir, buscamos a los escaladores más felices de la tierra y regresamos a Chamonix a resolver unas compras para mi amado que irá a Nepal. Esa noche brindamos por un viaje sencillamente perfecto. Nosotras nos gozamos cada segundo así fuera imposible hacer excursiones a pie y los varones no hicieron otra cosa que escalar rutas extraordinarias con paisajes espectaculares. Los Alpes franceses batieron récords de expectativas y además debe ser esta felicidad de estar comprometida con un anillito lindo en el dedo. Sí, sigo dando asco, lo sé.
El domingo nos levantamos, desayunamos y salimos a Ginebra donde Pati y Horacio agarraban vuelo a su destino y nosotros a Bordeaux, desde donde les escribo hoy, a gozar con mi amiga del alma querida Ana Isabel. Pero eso lo cuento en el próximo post.

04 septiembre, 2012

PARIS MON AMOUR

París es el más exquisito de los clichés. Especialmente si vas en pareja, por tres días, e invitado a un hotel precioso frente a la Plaza de Vendome. Todo es ridículamente perfecto.
Como compramos los pasajes un poco tarde, para que el precio fuera sensato nos tocó dar una vuelta tanto rara por Atlanta y pasarnos casi 20 horas viajando para arribar a París en la mañana del sábado. La ciudad nos recibió radiante y fresquita. Federico se negó a agarrar un carísimo taxi de aeropuerto, así que nos encaramamos en el tren RER, luego en el metro y arrastramos nuestras maletas entre las tiendas más sifrinas de la ciudad para llegar al Hotel de Vendome. Como les dije, nos invitaron. Estamos aquí porque Fede vino a hacer una guiada de escalada en Chamonix que vino con tres días en la ciudad luz de regalo. En fin, este par de mamarrachos casi se desmaya cuando nos entregaron la habitación. Una preciosura repleta de detalles, buen gusto e historia. Ni hablar de lo céntrico, a pasos de los jardines de Tullerías, el Museo del Louvre y bastantes de las cosas lindas que uno quiere ver en esta ciudad. 
Agotados con la vuelta atlántica, dormimos una siestica que se alargó hasta que llegaron Horacio y Patricia y salimos a cenar a Le Dome. Pedimos montones de animalitos de mar en una fuente y nos dimos banquete sacándolos de sus conchas para engullirlos. De postre yo me comí un plato de fresitas silvestres -qué cosa más rica- con helado de chocolate negro. Esa noche caminamos largo por las calles parisinas bajo la luna llena. Llegué con poco sueño al hotel por el cambio de horario, pero la cama era tan rica que me convenció rapidito.
A la mañana siguiente nos levantamos temprano, desayunamos cuanto croissant nos sirvieron con mermeladitas, mantequilla, fresas, yogourt y té. Horacio salió a trotar, Fede tuvo que terminar los planes de entrenamiento de sus alumnos y yo acompañé a Pati a visitar a su caballo que está aquí en Francia tras una competencia reciente. Gocé dándole terrones de azúcar, ayudando a peinarlo y viendo con qué delicadeza ese animal enorme daba su patica para que le limpiaran los cascos. 
Al mediodía nos encontramos todos para consumar el clásico más clásico parisino: comer en L'Entrecote. Habrá quien no lo considere suficientemente gourmet, pero a mi esa carnita con papas fritas y salsita mágica de estragón me parece lo más delicioso que hay.
Tras eso arrancamos a caminar para el Arco del Triunfo. Queríamos ver París desde arriba y las colas de la Torre Eiffel son de locos. Nos encaramamos en el monumento bélico y vimos cómo la ciudad se dividía en líneas radiales a partir de ahí. Hermosa y conmovedora la vista, especialmente hacia la Torre Eiffel, así que al bajar decidimos caminar hasta allá. Recorrimos las callecitas perfectas, los edificios con balcones, entradas de película, las librerías, las tienditas, los cientos de café con fumadores que ven gente pasar, nos topamos con las manadas de turistas y con los parisinos gozándose su ciudad una tarde fresca. 
Cruzamos el Senna y llegamos al ícono de París. Debo decir que la Torre Eiffel luce irreal de cerca, sientes que la has visto tanto que ya no le pertenece a nada. Es muy extraña la sensación. Una mezcla de emoción obligada y decepción. Es hermosísima, pero en mi recuerdo se graban con más esmero los edificios bajitos y el aire a historia que el extraordinario monumento parisino. Caminamos de ahí a Trocaderos, pasamos por el museo de Rodin que ya estaba cerrado, nos asomamos a los jardines para ver aunque fuese un poquito y seguimos camina que camina hasta llegar al hotel. Llamamos a Pati y Horacio a ver si salíamos a cenar pero ya estaban empijamados. Era nuestra última noche en Paris, no importaba el cansancio. Salimos de nuevo y nos metimos en un sushi bar atiborrado de gente, nos perdimos entre los caracteres japoneses y el francés, pero logramos comer riquísimo. De ahí caminamos hasta La Coupe D'Or, un barcito cercano, a tomarnos unas champañas y el postre. Conversamos divino mi Fede y yo. De nosotros, de la vida, del amor. Al salir de ahí -yo bastante ebria en honor a la verdad- ya cerca de la Plaza de Vendome, le digo que la pasamos divino y que me parecía una ternura que Horacio y Patricia decidieran dejarnos solitos esa última tarde en París. Fede frena el paso, se mete una mano en el bolsillo y me dice ¿Sabes para qué nos dejaron solos? y me muestra una cajita azul ¿Tú te quieres casar conmigo miamor? Boquiabierta la tomé en mis manos, me le guindé del cuello a Federico y le dije que sí. El anillo me quedó mínimo, pero mi Fede es tan previsivo que llevó uno más grande porsia y me lo puso en el hotel metidos con espuma en la bañera. Yo jamás me imaginé que podía ser tan absurdamente feliz. Pero lo soy, doy asco. Imagínense que hasta me duelen los cachetes de tanto sonreír. Estoy enamorada de un hombre extraordinario que se quiere casar conmigo y tuvo el detallazo de pedírmelo en Paris. Si esto no es la felicidad, no existe.
Al día siguiente desayunamos más croissants, merendamos tartaleta de frambuesa y eclair de chocolate y agarramos carretera a Chamonix. Sigo igual de feliz y ahora entre las increíbles montañas de los Alpes francese. Pronto les cuento de aquí.