10 octubre, 2012

VIENA, BARCELONA, MI FAMILIA Y VENEZUELA


No haber escrito sobre los días en Viena, se lo debo a la flojera gozona de Barcelona y la alegría de estar con mi prima Victoria. No haber escrito sobre Viena y Barcelona cuando llegué a Caracas, se lo debo a mi apéndice que decidió morir y meterme de emergencia en un quirófano. No haber escrito sobre mi llegada a Venezuela y las elecciones, se lo debo a un guayabo punzante que va pasando poco a poco.
Pero ya estoy en mi casa, con Catalina que está bella y siento ganas de contarles las dos últimas semanas de mi periplo Europeo mientras las heridas de la lamparoscopia cicatrizan en reposo.
Tras desmayar de amor por Berlín, me levanté muy temprano, tomé un taxi y me monté en un tren a Viena. Fueron 8 horas a plena luz del día. Menos mal que soy una ávida lectora y Mi Último Suspiro de Buñuel acompañó la travesía. Llegué a la estación donde me esperaba Ale, mi primo preferido -esto puede levantar cierta roncha, pero es la verdad- para enseñarme la ciudad que lo hospeda desde hace un par de años. La emoción de verlo fue suprema. Él estaba llegando de un viaje por Grecia, así que tuvimos mil historias que contarnos mientras llegábamos a su casa, dejábamos los peroles y salíamos a cenar en la plaza donde están todos los museos. Escuchar a Ale pedir la comida en perfecto alemán, fue  lo más cercano al orgullo materno que he sentido hasta hoy.
A la mañana siguiente Ale me hizo un desayuno exquisito y salimos a ver el mercado y recorrer el centro de Viena. El mercado, como todos, me fascinó. Gocé entre las muchas verduras desconocidas, me sorprendió ver zanahorias amarillas y le pegué la nariz a las estanterías con antipastos de colores. En el centro nos metimos en las decenas de iglesias. Algunas más recargadas que otras, pero todas enormes, imperiales, como Viena misma. Nos asomamos por la inmensa ópera y nos metimos en Demel, la pastelería más alucinante de la historia, certificada por ser ellos mismos los que le hacían los dulcitos a la realeza. Desde que entras huele a azúcar, harina y felicidad absoluta. Además es hermosa, gigante, con los techos altísimos, el decorado imperial y ventanales descomunales. Me causo mucha gracia ver las sillitas playeras instaladas a la orilla de uno de los canales del Danubio en plena ciudad. Me encanta cómo la gente le saca provecho a lo que tiene y punto. Puse al pobre Ale a meterse conmigo en el mariposario de uno de los castillos, el de verano. No sé por qué sigo haciéndolo, siempre son espantosamente calientes y no he visto una sola mariposa que no hubiese visto antes al aire libre. Sin embargo, nadie imagina cuántas veces he perdido los reales en estos mariposarios. Siempre caigo y siempre me arrepiento.
Al día siguiente volvimos al mercado, pero esta vez para revisar el mercado de las pulgas. Casi nunca compro nada en ellos, el corotero me agobia, pero igual disfruto verlos y pensar que voy a encontrar un tesoro maravilloso a tres lochas. Para mi horror, abundaban las pieles, incluso estas que son como una bufanda y tienen la cabeza y paticas del animal en cuestión. 
Como el día estaba lindo, nos compramos los maravillosos antipastos que tanto velé el día anterior y nos fuimos a Schloss Schönbrunn, el castillote descomunal con aún más descomunales jardines donde vivía la épica emperatriz Sissi. Como Ale ya es local, se sabía un lugar en medio del bosque, encaramado en una colina, con una vista despampanante de Viena para hacer pic nic. Estuvimos dichosos, pero como se nos había quedado la botella de espumante, regresamos a casa a dar cuenta de ella. Luego nos fuimos a cenar en el restaurante donde Ale cocina y llegamos de nuevo a casa bastante alicorados y de risitas a dormir.
El domingo, día muerto en la Viena católica e imperial, Ale fue a trabajar y yo me fui con su compañero de piso David a visitar mumok, el museo de arte moderno, que estaba gratis. Me disfruté mucho la exposición que se trataba de la moda como expresión de arte y nos encontramos con su padre para almorzar. Luego me fui por mi lado al Leopold Museum, donde tienen la más extraordinaria colección de Schiele y Klimt. Deliré entre formas, pinceladas y colores.  Al salir me encontré con Ale para ir al cine a ver Chico y Rita, lde lo poco que yo podía ver porque era en español con letricas en alemán. La adoré, por cierto. Esa noche visitamos a unos amigos de Ale y cruzamos un parque donde se supone que había montones de puercoespines, pero no se asomó ni uno.
Para mi último día en Viena decidimos salir a pasear. Agarramos tren y luego barquito para llegar a Durnstein, un pueblito preciosísimo a orillas del Danubio. Gocé navegando por el río y caminando por las callecitas de piedra empinadas, los viñedos y las tienditas con montones de productos hechos a base de durazno. Mi última noche en Viena la pasé con mi amado Ale, tomándonos una botella de espumante cortesía de mi madre y comiendo sushi hasta reventar. Al día siguiente Ale me dejó en el aeropuerto y volé a Barcelona, donde me esperaba Fredy, alias El Cuchi, para hospedarme los últimos 5 días de mi euro gira en casa de mi otra prima favorita de la vida del mundo: Victoria.
Ya entre niñas la cosa es más sentimental, teníamos un año sin vernos y estábamos a pocos días de las elecciones en Venezuela. Vernos, abrazarnos y llorar, fueron un mismo gesto de alegría y nostalgia.
Mis días en Barcelona no tuvieron nada de turísticos. Con la excepción de una visita al interior de la Sagrada Familia, que no estaba abierta durante mis visitas anteriores, lo que hice en Barna fue comer, gozarme la compañía de Viki y Fredy, visitar a la venezolanada inmigrante y comer otro poco más.
Para mi, que nunca decidí emigrar, fue toda una experiencia visitar a quienes sí. Muchos de ellos tienen hijos nacidos allá, mascotas, casas, plantas, raíces echadas en el viejo continente. Sin embargo, se mantiene el acento dulce del caraqueño, la vaina como sujeto-verbo-predicado, la nostalgia caribe, la ansiedad ante el futuro incierto del país del que decidieron irse y el desasosiego. Los venezolanos que visité en Barcelona siempre comenzaban la conversa con un "¿Y tú cómo ves la cosa allá Ari?". 
Todos soltaban en algún momento las ganas de volver, que eran tan fuertes como el miedo a hacerlo. Resultó doloroso para mi. Siempre he respetado y comprendido al que se va. No me siento más venezolana que ellos sólo porque yo nunca quise irme. Pero ver en los ojos de tanta gente que quiero esa nostalgia, fue comprender que no es fácil ningún escenario, ni el mío arriesgando el pellejo ante el hampa a diario, ni el suyo añorando un país que ya no es.
Visité la escuela donde estudia mi prima, los restaurantes en los que suelen comer porque son ricos y baratos, nos caímos a dulces, caminamos, montamos bici y una tarde hasta metimos los pies en una pecera para que nos comieran las carnitas duras. Mi primo Eze viajó de Madrid para vernos y fue con él que me metí en la Sagrada Familia a alucinar con sus columnas de árboles y sus cúpulas de follaje. Ese Gaudí de verdad que estaba en una. Al Parc Guell no pude ir porque cuando íbamos a hacerlo llovió frenéticamente. 
Mi última noche en Barcelona estuvimos viendo la marcha de Capriles en Caracas, su discurso enérgico, la marea de gente. Lloramos emocionadas, esperanzadas. Rogamos.
Me vine a Venezuela ansiosa, en un avión repleto de venezolanos llenos de paquetes y ganas de votar. Al día de llegar mi apéndice decidió ir al quirófano para abandonarme. La sorpresa, el susto, la estadía en la clínica y en casa de mi madre. Voté con los viejitos sin hacer casi cola porque los puntos en el abdomen así lo exigían. Lloré mucho esa noche. Aún hoy me cuesta comprender qué pasó. Creo que lo único que me queda claro es que no comprendo a una buena parte de mi país y que esa es la tarea: derrumbar muros y construir puentes. Porque para mí, aún, HAY UN CAMINO, y ese camino se construye a través de la tolerancia, la comprensión y la aceptación del otro como parte de un solo ente que es este país.