07 noviembre, 2012

REENCUENTRO CON MORROCOY

No me gusta Morrocoy, nunca voy. Soy de las que busco playas bien lejos, donde no vaya nadie, donde sólo se escuche el sonido del mar y la brisa y eso no pasa en Morrocoy. Por lo menos no de viernes a domingo. Este conjunto de islas y cayos en el Estado Falcón "protegido" bajo la figura de Parque Nacional es hogar de cientos de lanchas que se mueven a toda velocidad, gente que bebe hasta la inconciencia, muchedumbres en la playa, gasolina y aceite saliendo de los motores, música a todo el volumen posible, basura en el agua, basura en la arena, anclas destrozando los corales, lanchas destrozando los corales, gente destrozando los corales y en medio de esa anarquía un montón de playas absolutamente espectaculares llorando de desidia. No entiendo para qué la figura de Parque Nacional si no hay media norma que se cumpla.
Es por eso que cada vez que Francis, de Vulcanos Tours, me mandaba mensajitos e invitaciones para ir a hacer snorkel en Morrocoy, yo me hacía la loca. Entonces, mi colega y amiga Adriana Herrera (www.viajaelmundo.com) me escribió para decirme que ella quería ir, que fuéramos las dos. Decidí que era hora de dejar la necedad y darle otra oportunidad a ese paraíso maltratado de azules y palmeras.
Salimos un viernes por la mañana. Yo al volante, Adri copiloto y Stela (el GPS) comandando la ruta porque a mi estresa terriblemente pasarme el desvío y meterme de cabeza en la cola valenciana.
Adriana es una máquina de hacer ideas y en el camino estuvimos cual Pinky y Cerebro confabulando para apoderarnos del mundo. Terminamos decidiendo que haremos 4 viajes al año juntas y usaremos el HT #VenezuelaTeQuiero para promover esta cosa de viajar por el país que amamos tanto hacer y sentimos tan necesario.
Llegamos a Tucacas. Cada vez que paso me parece más feo e incoherente. Jamás logro comprender ese pueblo sucio y desordenado con centros comerciales y edificios de lujo. Me resulta de un absurdo abrumador. Si hay plata para locales gigantes, cómo es que no hay para hacer aceras y calles sensatas. Pasamos de largo y paramos a comer arepas con queso fresco justo antes de cruzar a Chichiriviche donde nos espera Francis. Llegamos al hotel donde nos hospedaron, dejamos los peroles en la habitación y nos encaramamos en una lancha para salir a snorkelear.
Adri cargaba un rollo con que le tenía miedo a los corales, que una vez buceando se aterrorizó y tuvo que salirse y todo. Para mi que le dio claustrofobia el buceo, pero ella resolvió que era con los corales la cosa y llegó dispuestísima a enfrentar a esos entes locos que crecen bajo el mar y hospedan peces pequeños. Yo había escuchado que en Morrocoy habían muerto más del 80% de los corales, así que supuse que mi amiga no tendría mayor problema.
Francis nos recibe amorosísima con su familia y Paulita. Mientras le averiguo la vida comprendo cuánto ama esta mujer el mar, especialmente el que estamos visitando. Una enfermedad intentó truncarle la vida, ella le sacó la lengua y se metió al agua. Es un pecesito, camina con cierta dificultad, pero ponla a nadar para que veas. A partir de su propia experiencia Francis se dedicó a reconciliar al mundo con el mar, le encanta que llegue un turista que no sabe nadar, que le tiene terror al agua o que, como Adriana, le tiene miedo a los corales. Ella sabe que es cosa de paciencia. No hay cómo no enamorarse del agua en Morrocoy, cristalina, calientica. Como un abrazo salado. Y si cuando te asomas ves colorines, vida y peces, ese amor es para siempre.
Llegamos a una puntica en cayo Sombrero, nos pusimos las máscaras, snorkel y chapaletas. Francis toda combinadita en rosado se lanza al mar y se ocupa con cariño de las fobias de mi amiga. Yo me voy de mi cuenta y veo el fondo marino. Un gran desierto me recibe, mucho coral muerto y, sin embargo, logro encontrar islitas de coral que se recuperan, estrellas de mar, pecesitos de colores y hasta una pequeña familia de calamares. El mar es noble, dice Francis. Sí lo es, pienso.
En la tarde vamos a la Cueva del Indio, Victor el lanchero nos va echando todos los cuentos que si de los nombres de los cayos, del barco hundido, de los mangles y de esa montaña que vemos detrás, una formación de roca milenaria y bosque que me sorprende. Nos bajamos en un muellecito y se alza frente a nosotros un muro de piedra enorme. Nos adentramos entre los cangrejos azules que se esconden y descubro los petroglifos. Me conmueve imaginarme cómo sería Morrocoy cuando los Caribe vivían ahí. Alzamos la mirada estupefactas con las dimensiones del lugar, pero la plaga interrumpe la contemplación y salimos de nuevo al mar a visitar el Santuario de la Virgen justo al lado. Adoro presenciar la devoción a deidades femeninas, me reconcilia con el mundo.
Esa tarde vamos con Francis y su familia a ver los apartamentos que alquilan. Adri y yo nos cenamos una pizza en Chichiriviche y a dormir. Nos espera madrugonazo.
A las 5:15 suena el despertador, sin mediar palabra nos ponemos los trajes de baño de nuevo y salimos a encontrarnos con Francias, Paulita y Víctor. La comeflor aquí quería ver pajaritos y el amanecer y fue complacida.
Nada como ver el sol salir cuando uno ya está afuera. El agua serena, el día desperezándose, las aves alzando vuelo. Tomamos unas fotos y seguimos a hacer más pero de las playas. Nos llevan a Varadero y nos regresamos en el acto. Un basurero gigante nos recibe en aquella maravilla de playa enorme. Tristísimo. Seguimos a Cayo Peraza, mucho más limpiecito y bello para fotografiar. Buscamos empanadas en el pueblo y continuamos el periplo con parada en Cayo Alemán, tranquilito y pequeño. Finalmente llegamos a Sombrero y nos bajamos con todos los aperos. Adri y yo gozamos haciendo fotos. Es tan bello, tan caribe, tan tropical, tan cliché. Les juro que Sombrero es casi empalagoso a esa hora del día cuando no ha llegado un alma.
Pero falta poco para que se convierta en un enorme sancocho de lanchas pegadas a la orilla, música, bebentina y mucha basura al final del día. 
Vamos hacia el otro lado. Veo a un hombre fumando, tiene una franela de Inparques, le pregunto si es el guardaparque y me dice que el sillero. Bota la colilla en la arena y me ignora. Es sábado en la mañana, no quiero pensar en qué estado queda esa playa el domingo por la tarde. Lo hablo con Francis, ella está al tanto y mueve cielo y tierra para crear conciencia. Sabe que es un problema grave y quiere ayudar a resolverlo.
Nos volvemos a poner los aparaticos de ser peces un rato y entramos al mar. En este lugar me encuentro más coralitos vivos y bastante más fauna que el día anterior. Me pregunto si es así o me estoy reconciliando con Morrocoy. Francis me da la cámara para tomarle una foto con Adri (quien por cierto nada feliz entre los corales a estas alturas) y me escapo con ella. Descubro que quiero mucho una buena cámara acuática porque gozo con el juguetico. Nos pasamos horas felices bajo el agua hasta que una lancha nos pasa cerca, veo las aspas de sus motores levantar arena sobre los corales. Saco la cabeza indignada, pero ni les interesa. 
Salgo poco después, feliz con todo lo que vi, con haber nadado sin que me diera frío, con haber tomado fotos, visto peces, estrellas, erizos enormes y calamares, con el entusiasmo de Francis a prueba de todo y la alegría de Adriana de haberse reencontrado con el mar. Entiendo que a mi sí que me gusta Morrocoy. Lo que no me gusta es la gente que va  a Morrocoy a tomar sol, echar pinta en una lancha, echarse palos y no respetan el parque. Lo que no me gusta es la gente que no se sensibiliza ante semejante espectáculo natural y dejan las latas de cerveza, las colillas, las chapas, las bolsas, la basura.
Si les pasa como a mi y quieren reconciliarse con Morrocoy o por lo menos conocer su lado más amable y natural, contacten a Vulcanos Tours www.vulcanostours.blogspot.com y contágiense del amor que siente Francis por su parque.